2.4. LA ENSEÑANZA DE JESUS: AGUA DE VIDA Y LUZ DEL MUNDO
2.4.2. La Enseñanza de Jesús: Él es la Luz del mundo
En el capítulo 8 encontramos nuevamente a Jesús enseñando en el espacio físico de la sala contigua del Tesoro, en el atrio de las mujeres; lugar donde se encendían los candelabros de las fiestas de las tiendas116. En el desarrollo de la predicación de Jesús se presenta una situación de confrontación con los oyentes en donde se revela como la Luz del mundo que conduce a los discípulos a la vida (8,12). El testimonio de Jesús no es un testimonio individual sino que procede del Padre, quien lo legitima (8, 13-19). Mediante esta proclamación, «afirmará que su palabra, recibida del Padre, es verdad divina (8, 45-47) y que guardarla equivale a no ver jamás la muerte (8, 51s)» 117. El testimonio de Jesús es válido al estar acompañado en todo momento por el Padre; mediante su coherencia de vida, tanto
116 Para mayor profundización sobre el tema, ver: Brown, Evangelio de san Juan I., 638-639. 117 Doufur, Lectura del evangelio de Juan II, 206.
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en sus palabras y obras, demuestra la manifestación fiel de lo que el Padre quiere dar a conocer.
Jesús, como Luz del mundo, evoca nuevamente la idea del Mesías esperado; la acoge y se presenta como aquella Luz verdadera que la Ley118 y la Sabiduría119 le preparaban camino en el pueblo de Israel. Cabe aclarar que Jesús, mediante su expresión de Luz del mundo, ampliará el sentido de la misión del Mesías al no quedarse en el contexto judío sino se abre a toda la humanidad.
Ser la Luz del mundo es parte de la revelación de Jesús y además compagina con la idea del Génesis que afirma anterioridad a la sabiduría. Antes que la sabiduría existiera como tal la luz fue lo primero que se creó (Gn 1,3) y la sabiduría es reflejo de esa luz eterna (Sab 7,26). Jesús es la Luz de Dios que ha venido a iluminar al mundo; «En Jesús, portador de la revelación hecha carne, la luz de Dios brilla sobre la existencia humana y da al hombre el conocimiento del sentido y la finalidad de la vida»120. Para ello, los judíos deben estar abiertos a las manifestaciones de Dios. En este sentido entendemos que se mencione a Abrahán en el discurso de Jesús, apelando a que lὁs “judíὁs” ὀὁ sὁὀ sus hijὁs al ὀὁ seguir el ejemplo de él: ser un hombre abierto a Dios por medio de la fe (κ,γλ)έ δὁs “judíὁs” ὀὁ sὁὀ hijos de Abrahán porque son incapaces de reconocer a Dios (7, 28-29; 8,19). Ser hijos no es una situación por la cual se nace de una estirpe, sino que se reconoce la filiación en la medida que hace lo que el Padre realiza. Un modelo de filiación en este sentido es Jesús; quien hace y dice lo que ha contemplado del Padre.
La luz en el evangelio de Juan muestra la realidad del seguimiento de Jesús. Mediante la idea de la luz se presenta la idea de la acogida de Jesús. El seguimiento de Jesús, en Juan, está supeditado a dejarse empapar del Logos de Dios; no basta tener la fe y saber que Jesús es el enviado de Dios, sino mantenerse con y en él. En Jn 8,12 encontramos una indicación de
118 Prov 6, 23; Sal 119, 105
119 Prov 8, 22; Sab 7, 26.
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Jesús a sus discípulos: invita al seguimiento porque es el único que puede revelar al Padre121. Cuando el discípulo guarda las palabras de Jesús, está permaneciendo y guardando las mismas palabras del que lo envió, el Padre (8,55). Estos movimientos de la enseñanza de Jesús hacen referencia a lo que el prólogo nos afirma de los que pueden ser hijos de Dios y el medio para serlo (1, 12-13). Cuando el discípulo permanece en la palabra de Dios, comprenderá y conocerá de manera más profunda la comunión con la verdad122.
Jesús siendo la Luz del creyente lo posibilita para conocer y acercarse de manera más profunda a Dios; situación en la cual el Paráclito ejercerá su acción de acompañante. El mensaje de Jesús demuestra que su doctrina no tiene nada que no haya recibido del Padre (8,28); dice lo que ha visto y oído (8,38-40), honra y guarda la palabra del Padre (8,49-55), sin buscar su propia gloria. Encontramos que Jesús se revela mostrando su íntima relación que lo une con el Padre.
Mediante su discurso, Jesús pone en manifiesto que no hay vida ni salvación en el hombre, si éste no tiene una relación íntima con Dios. Jesús invita a sus seguidores a que, por medio de la creencia en él, puedan alcanzar la vida y el conocimiento en el Padre, del cual ha escuchado y puede transmitir su verdad. Se muestra con transparencia y su palabra es la palabra de Dios. Él ha estado desde el principio junto al Padre y es el único que lo puede revelar. Conocer a Jesús es el camino para conocer a Dios.
Otro de los temas que se presentan en este capítulo expuesto, y consideramos importantes para saber el tipo de enseñanza de Jesús es el juicio. Jesús se presenta como Juez (8,15-16); pero su juicio no es de condenación sino de salvación (3,17; 12, 47). Sabemos que para el evangelio de Juan la salvación se da mediante la acogida y la fe en Jesús. Como ya se ha indicado, no es un seguimiento ni una fe inmadura sino que seguir a Jesús es guardar sus enseñanzas y permanecer en él. Los que tendrán ese juicio de salvación son aquellos que
121 La referencia de mantenerse en Jesús no es simplemente afirmar la identidad de Jesús, a manera de una fe débil, sino que exige una comunicación vital con Jesús lo cual hace a Jesús el centro de vida que convierte la vida del discípulo. Para mayor información, ver: Sánchez. Evangelio de Juan, Comprensión exegético- existencial, 198.
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crean y sigan a Jesús; mientras que los que no acogen la palabra, ellos mismos se juzgan (3,19; 12, 48).
En este capítulo 8 del evangelio de Juan encontramos tres afirmaciones de Jesús sobre el conocido «Yo soy». Tema del cual no profundizaremos pero que en el sentido del seguimiento y la enseñanza de Jesús podemos afirmar, junto la afirmación de Leon Dufour, que «el Yo de Jesús resulta ejemplar para todo ser humano: si la fe requerida recae no solamente sobre la palabra que pronuncia Jesús de parte de Dios, sino sobre su misma persona, es porque el discípulo tiene que reconocer en él al Hijo y de este modo está llamado a serlo él también»123. En este capítulo encontramos ya a Jesús presentarse como la palabra misma de Dios, El Logos que se hace presente y su invitación a ser discípulos de él.
123 Ibíd., 201.
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