2.5. LA ENSEÑANZA DE JESÚS
3.1.2. La misión del discípulo desde Aparecida
El documento de Aparecida manifiesta un interés principal en la formación discipular. En virtud del Bautismo y la confirmación todo cristiano es llamado a ser discípulo misionero132. El Discípulo debe estar organizado de acuerdo a una seria de pasos y requisitos necesarios para una formación integral del mismo. Lo principal en su formación está en la participación sacramental y la escucha de la Palabra ya que quien está «fundamentado así en la roca de la palabra de Dios, se siente impulsado a llevar la buena nueva de la salvación a sus hermanos»133.
El documento resalta la importancia de la experiencia íntima con Jesús; la cual no es una experiencia con un personaje de la historia, sino que es una experiencia que se hace presente en el hoy de las vidas de cada cristiano. La presencia de Jesucristo en el hoy de los cristianos se da mediante el testimonio y vivencia de los valores del Reino. El encuentro personal con Jesús es el fundamento de vida del cristiano, el cual le da un nuevo horizonte y una orientación decisiva en su ministerio cristiano134. Como cristianos estamos llamados a mantenernos en contemplación de Cristo quien, mediante la revelación de su misterio, nos hace reconocer la vocación y el sentido de la vida humana135.
Los primeros discípulos atraídos por las palabras, el trato y los milagros de Jesús, acogieron el don de la fe y se comprometieron al seguimiento discipular136. En la convivencia cotidiana reconocieron que fueron llamados para permanecer y vincularse íntimamente a la persona de
131 Para mayor profundización ver: Pikaza, Historia de Jesús, 286-295. 132 Aparecida, 153.
133 Discurso inaugural de su Santidad Benedicto XVI, domingo 13 de mayo de 2007. 134 Cfr. Introducción al documento de Aparecida.
135 Aparecida, 41. 136 Cfr., Ibíd., 21.
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Jesús (cf. Mc 1, 17; 2, 14) participando en su misión137 y llegaὀdὁ a ser “amigὁs” y “hermaὀὁs” de Jesús; que ingresan en su vida, lo escuchan y lo conocen; dejando fluir la vida de Jesús en la propia vida.
Jesús quiere que su discípulὁ se viὀcule a Él cὁmὁ “amigὁ” y cὁmὁ “hermaὀὁ”έ El “amigὁ” iὀgresa a su Vida, haciéὀdὁla prὁpiaέ El amigὁ escucha a Jesús, conoce al Padre y hace fluir su Vida (Jesucristo) en la propia existencia (cf. Jn 15, 14), marcaὀdὁ la relacióὀ cὁὀ tὁdὁs (cfέ Jὀ 1η, 1β)έ El “hermaὀὁ” de Jesús (cfέ Jὀ βί, 1ι) participa de la vida del Resucitado, Hijo del Padre celestial, por lo que Jesús y su discípulo comparten la misma vida que viene del Padre, aunque Jesús por naturaleza (cf. Jn 5, 26; 10, 30) y el discípulo por participación (cf. Jn 10, 10)138.
Así como Jesucristo realizó la entrega radical de su vida en favor de las demás personas, con alegría de la fe, estamos llamados a ser misioneros que proclaman el «Evangelio de Jesucristo y, en Él, la buena nueva de la dignidad humana, de la vida, de la familia, del trabajo, de la ciencia y de la solidaridad con la creación»139; saliendo del individualismo y sintiendo la convocación de llevar una vida unida y compartida donde se profundiza y se desarrolla la vida fraterna140.
El encuentro del discípulo con Jesús genera una admiración y deseo de seguimiento; lo cual suscita una respuesta libre y consciente desde lo más íntimo del corazón, que conlleva la adhesión de la persona de Cristo. Posterior a ello, el Espíritu hace posible que el discípulo se identifique con Jesús-Camino, para ser hijos de Dios y hermano de los demás; con Jesús- Verdad, para renunciar a las ambiciones propias; y Jesús-Vida, en lo cual abrazando su plan de amor, pueda entregarse a los demás para que tengan vida141. Esta adhesión del discípulo sugiere algunos criterios importantes como son: asumir la centralidad del Mandamiento del amor, aprender y practicar las bienaventuranzas del Reino al estilo de la vida de Jesús y 137 Cfr., Ibíd., 131. 138 Ibíd., 132. 139 Ibíd.,103 140 Cfr., Ibíd., 110. 141 Cfr., Ibíd., 137.
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compartir su destino. El encuentro con Jesús del discípulo en intimidad es indispensable para su vida comunitaria y misionera. Basado en el modelo de la trinidad, la misión del discípulo es con-vocación comunitaria; la cual es el medio de atracción de la Iglesia142.
El itinerario formativo propuesto por Aparecida es el siguiente: En primer lugar es Dios Padre quien atrae a los discípulos mediante la entrega eucarística de su Hijo, de manera que renovados por la fuerza del Espíritu lo puedan llamar Padre; Luego el encuentro íntimo con Jesús, que da inicio a un nuevo sujeto, hace que surja en la historia al discípulo; por último, el encuentro íntimo con Jesús se lo realiza mediante la fe vivida de la Iglesia, el estudio de las Escrituras, en las celebraciones litúrgicas, en los sacramentos, la oración personal y comunitaria, la piedad popular, las devociones143.
El proceso de formación de los discípulos y misioneros es un continuo seguimiento que nace como fruto de la fascinación y deseo de realización humana, en el cual la persona de Jesús ha despertado pasión por la vida en el discípulo. El proceso tiene cinco etapas, las cuales pasamos a mencionar: primero se da el encuentro personal del discípulo con Jesucristo; luego de ese encuentro personal, sigue la conversión, la cual es respuesta inicial de admiración, de creer en Jesús y de la actuación del Espíritu; la madurez constante en el conocimiento, amor y seguimiento del maestro, que lleva al discípulo a dar testimonio de su experiencia mediante la comunión en todos los ámbitos donde se desenvuelve y, por último, la misión que es fruto de la necesidad de compartir la realidad del amor experimentado con los más necesitados144. La formación debe, por parte de la Iglesia, ayudar a los miembros a encontrarse con Cristo en el Kerigma; debe estar atenta a las diversas dimensiones del discípulo (humana, comunitaria, espiritual, intelectual, pastoral y misionera). Esta formación debe ser respetuosa de los procesos personales y comunitarios; que contemple el acompañamiento de los discípulos de acuerdo a su vocación peculiar y ministerio. Una formación que tenga en cuenta la espiritualidad de la acción misionera basada en la docilidad e impulso del Espíritu, y que
142 Cfr., Ibíd., 138-156. 143 Cfr., Ibíd., 241-275. 144 Cfr., Ibíd., 277-278.
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lleve al discípulo a identificarse con Jesús y su misión145. Se debe reconocer la importancia de la presencia del Espíritu en proceso de formación del discípulo dado que «cuando el impulso del Espíritu impregna y motiva todas las áreas de la existencia, entonces también penetra y configura la vocación específica de cada uno146.