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Las lecturas de este domingo nos permiten advertir un elemento importante en nuestra vida, a la vez que profundizar lo que hemos considerado el domingo pasado. ¿Cuál es ese elemento importante? Se trata de nuestra condición de peregrinos en la tierra y ciudadanos del cielo. Observemos que, en el relato evangélico, Cristo se encuentra en la orilla mientras que los discípulos están en la barca. Este detalle ha sido interpretado desde antiguo como que Jesús está en el cielo (lugar seguro, firme) esperando el arribo de sus discípulos que están trabajando sobre algo inestable como es el mundo presente. Las otras dos lecturas nos presentan separadamente esta misma realidad. En la primera podemos ver a los apóstoles dando testimonio, sufriendo la persecución por Cristo, mientras que la segunda nos presentó la realidad celestial de una solemne celebración. Podemos recordar aquí la frase de san Agustín: “la Iglesia camina entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios”.

1 – Vivir en espíritu

Veamos esta segunda lectura. Los versículos que nos entrega la lectura son versículos que concluyen dos grandes visiones del Apocalipsis: la del trono y la del cordero (cf. cap. 4 y 5), de los cuales posteriormente se dirá que brota un río de vida (cf. 1137). ¿Qué es lo que sucede? Hay un himno que es cantado por una multitud de ángeles y que es respondido ¿por quién? toda criatura del cielo, de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, o sea el universo entero (cf. 1138). De esa celebración participa, de alguna manera, el vidente, Juan, que está contemplando todo eso. ¿Cómo es posible que participe? Lo hemos escuchado el domingo pasado en la segunda lectura: fui en espíritu (cf. Ap 1,10) decía, lo cual es traducido también

en éxtasis. Se trata, de cualquier manera, de una experiencia propia de la vida del espíritu.

Respecto de esta experiencia dice el catecismo: “en esta Liturgia eterna el Espíritu y la Iglesia nos hacen participar cuando celebramos el Misterio de la salvación en los sacramentos” (1139). ¿De qué se trata esto? Dice el Papa “La universalidad de la salvación exige, entre otras cosas, que el memorial de la Pascua se celebre sin interrupción en la historia hasta el regreso glorioso de Cristo ¿Quién actualizará la presencia salvífica del Señor Jesús?... el Espíritu Santo” (cateq. del 26/abril/2006). Hemos señalado en domingos anteriores que la vocación del hombre es la vida en el Espíritu y que esa vida es recibida gratuitamente (cf. 1699). ¿Cómo concretamente? Es lo que vemos aquí: a través de la celebración litúrgica que nos pone en comunicación con el misterio de Cristo.

¿Quiénes realizan eso? ¿Quiénes hacen esa celebración para que los hombres lleguen a participar de esa vida? Comúnmente se dice que los sacerdotes, lo cual no es

completamente correcto: “la Liturgia es acción del Cristo total”, o sea de toda la comunidad de bautizados, aunque cada uno según su condición, de manera tal que “los que desde ahora la celebran, más allá de los signos, participan ya de la liturgia del cielo, donde la celebración es enteramente Comunión y Fiesta” (1136).

2 – Participar activamente

¿De qué manera concreta se da la intervención de todos y cada uno en esa celebración? “Una celebración sacramental está tejida de signos y símbolos…” (1145) y, además, “toda celebración sacramental es un encuentro de los hijos de Dios con su Padre, en Cristo y en el Espíritu Santo, y este encuentro se expresa como un diálogo a través de acciones y de palabras. Ciertamente, las acciones simbólicas son ya un lenguaje, pero es preciso que la Palabra de Dios y la respuesta de fe acompañen y vivifiquen estas acciones, a fin de que la semilla del Reino dé su fruto en la tierra buena” (1153).

Veamos, por ejemplo, la liturgia de la Palabra, esto que estamos celebrando ahora. No es una lección de clase. Hay signos: el libro, los gestos de veneración (procesión, incienso, luz, beso), el lugar de su anuncio (ambón), la proclamación y las respuestas de la asamblea (aclamaciones: “te alabamos, Señor”; responsorio del salmo; credo…) (1154). Advirtamos que estamos en una acción sacramental por lo cual todo esto tiene un efecto especial: “El Espíritu Santo no solamente procura una inteligencia de la Palabra de Dios suscitando la fe, sino que también… hace presente y comunica la obra del Padre realizada por el Hijo amado” (1155). Es tal como si estuviéramos ahora mismo en Tierra Santa escuchando a Jesús en persona. Porque, en última instancia, tanto entonces como ahora, lo que importa es que es una experiencia en Espíritu.

Junto con los signos y palabras, también hay otros elementos que ayudan a esta experiencia, y en particular hemos de mencionar dos: el canto y la música y las imágenes sagradas. En cuanto al canto y la música podemos constatar que es algo natural al hombre mismo y que está presente desde muy antiguo, como vemos, por ejemplo, con el caso de los salmos o lo que decía san Pablo: cantad y salmodiad (cf. 1156). Lo que es importante es que el canto realmente ayude a la celebración, para lo cual el catecismo señala tres criterios: “la belleza expresiva de la oración, la participación unánime de la asamblea en los momentos previstos y el carácter solemne de la celebración” (1157).

Y, por otra parte, las imágenes también juegan su papel: “significan, en efecto, a Cristo que es glorificado en ellos. Manifiestan la nube de testigos que continúan participando en la salvación del mundo y a los que estamos unidos, sobre todo en la celebración sacramental” (1161). Decía san Juan Damasceno: “la belleza y el color de las imágenes estimulan mi oración. Es una fiesta para mis ojos, del mismo modo que el espectáculo del campo estimula mi corazón para dar gloria a Dios” (cf. 1162).

3 – Cuándo y Dónde

Todos estos elementos, entonces, nos ayudan a participar de manera más profunda en el misterio de Cristo, gracias a la acción del Espíritu. Tenemos, sin embargo, que prestar

atención a una condición real de nuestro ser: el hecho de estar sometidos a las condiciones de la vida presente, marcadas por el tiempo y el espacio. De allí que, dada nuestra sujeción a las necesidades de esa vida, la celebración se reserve a determinados momentos y lugares para disponernos mejor y obtener más fruto de ella.

¿Cuándo? “Cuando la Iglesia celebra el Misterio de Cristo, hay una palabra que jalona su oración: ¡Hoy!, como eco de la oración que le enseñó su Señor y de la llamada del Espíritu Santo. Este hoy del Dios vivo al que el hombre está llamado a entrar, es la Hora de la Pascua de Jesús, que atraviesa y guía toda la historia” (1165). O sea, la celebración que hacemos se relaciona de una manera especial con esa parte del Misterio de Jesús y de allí que, en la semana, el domingo “es el día por excelencia de la asamblea litúrgica” (1167), como vimos la semana pasada, y, en el año, el Triduo Pascual es como la fuente de la cual “el tiempo nuevo de la Resurrección llena todo el año litúrgico con su resplandor… Por ello, la Pascua no es simplemente una fiesta entre otras: es la Fiesta de las fiestas…” (1169). San Atanasio la llama “el gran domingo”.

A estos elementos centrales tenemos que añadir las celebraciones de los santos, “cuando la Iglesia… proclama el misterio pascual cumplido en ellos, que padecieron con Cristo y han sido glorificados con Él”. Y, por último, cabe que mencionemos lo que se conoce como “Liturgia de las Horas” o “Breviario” o también “Oficio Divino” que, “está estructurada de tal manera que la alabanza de Dios consagra el curso entero del día y de la noche” (1174). Las distintas devociones se incorporan en este último elemento (cf. 1178).

Como podemos ver, integrando todos los elementos, en realidad todo el tiempo está consagrado a la celebración, aunque, en esta vida presente, dadas las condiciones que tiene, privilegiamos algunos momentos sobre los demás, incluso para que, sicológicamente, podamos advertir mejor lo que hacemos. Algo semejante pasa con la cuestión del espacio. ¿Dónde conviene que celebremos? “El culto en espíritu y en verdad de la Nueva Alianza no está ligado a un lugar exclusivo. Toda la tierra es santa y ha sido confiada a los hijos de los hombres… El Cuerpo de Cristo resucitado es el templo espiritual de donde brota la fuente de agua viva…” (1179). Pero, por nuestra condición, nos es más conveniente disponer de un edificio, que “no son simples lugares de reunión, sino que significan y manifiestan a la Iglesia que vive en ese lugar, morada de Dios con los hombres reconciliados y unidos en Cristo” (1180).

“En esta casa de Dios, la verdad y la armonía de los signos que la constituyen deben manifestar a Cristo que está presente y actúa en ese lugar” (1181). ¿Cuáles son esos signos? El altar, el tabernáculo, la sede o cátedra, el ambón, la pila bautismal, el confesionario, elementos todos que hacen referencia a distintas celebraciones sacramentales, a distintos momentos de la celebración del único Misterio de Cristo. Pero, además, “el templo tiene una significación escatológica. Para entrar en la casa de Dios ordinariamente se franquea un umbral, símbolo del paso desde el mundo herido por el pecado al mundo de la vida nueva al que todos los hombres son llamados. La Iglesia visible simboliza la casa paterna hacia la cual el pueblo de Dios está en marcha y donde el Padre enjugará toda lágrima de sus ojos…” (1186).

4 – Conclusión

Esforcémonos, queridos hermanos, en participar dignamente en estos misterios que celebramos. Seamos, como los apóstoles, testigos de estas cosas.

CatIC 1814-1816.2087-2089 C-Pascua-4

Jn 10,27-30 / Hech 13,14.43-52 / Sal 100 / Ap 7,9.14b-17

FE

En el evangelio del domingo pasado Cristo dijo a Pedro: Apacienta mis ovejas. Ante tal orden, Pedro podría haber preguntado: “¿y quiénes son tus ovejas?”. Es importante precisar esto ya que ellas tienen derecho a recibir el pastoreo de Pedro. Además, en tiempos como los nuestros donde reina tanta confusión, es bueno poder determinar quién es propiamente oveja de Cristo. “Considerad en las palabras del Señor también vuestro peligro”, decía san Gregorio Magno, “ved si sois ovejas de Él, ved si lo conocéis, ved si conocéis la luz de la Verdad”.

1 – Oveja de Cristo y Virtudes Teologales

En el párrafo del evangelio que hemos leído hoy no se incluyen algunos versículos previos que nos ofrecen un elemento importante para encontrar la respuesta. De modo especial el versículo anterior al del comienzo del evangelio de hoy: vosotros no creéis porque

no sois de mis ovejas… mis ovejas escuchan mi voz (Jn 10,26-27). Como vemos, Jesucristo identifica

escuchar, acción propia de la oveja de Cristo, con creer.

Escuchar, en lenguaje bíblico, no es simplemente oír sino que indica también la disposición interior de docilidad a lo que se escucha. Escuchar, en la Biblia, quiere decir estar dispuesto a dejarse guiar: ellas me siguen. “Por eso el creyente se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios” (1814). Para ello la fe sola no es suficiente, para hacer la voluntad de Dios es necesario algo más. Por eso el catecismo añade: “la fe sin obras está muerta: privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su cuerpo” (1815). “Conocéis digo no por la fe, sino por el amor. Conocéis no por la creencia sino por las obras” (san Gregorio Magno). Por lo tanto, para estar plenamente unido a Cristo son necesarias estas tres cosas: fe, esperanza y caridad.

Estas tres son llamadas virtudes teologales porque “se refieren directamente a Dios, disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad… son infundidas por Dios”, es decir, son las que primeramente nos permiten vivir la “vida del Espíritu” a la que nos hemos referido en los domingos pasados. Porque son imprescindibles, ya que sin ellas no hay unión plena con Dios, son exigidas por el primer mandamiento: “el primero de los preceptos abarca la fe, la esperanza y la caridad” (2086). Detengámonos, entonces, en el análisis de cada una de ellas, que tanta importancia tienen en nuestra existencia como ovejas de Cristo, en la presencia de la vida del Espíritu en nuestras almas. Veamos hoy la primera de ellas, la fe, dejando las otras dos para los próximos domingos.

2 – La Fe

¿Qué es la Fe? “La Fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado y que la Santa Iglesia nos propone” (1814). “Por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios” (143), “es una adhesión personal del hombre a Dios;… asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado” (150).

Si bien, como hemos dicho, la fe sola no basta, sin embargo es absolutamente indispensable, como son indispensables los fundamentos de un edificio para que éste se mantenga en pie. De allí que sea necesario cuidar nuestra fe, preservarla. Así como preservamos nuestra salud corporal, no exponiéndonos inútilmente a cosas que nos podrían enfermar, con mucha más razón hemos de cuidar la fe, para que no nos suceda de quedar excluídos de la vida eterna, como hemos visto en la primera lectura: era necesario

anunciaros a vosotros en primer lugar la Palabra de Dios; pero ya que la rechazáis y vosotros mismos no os juzgáis dignos de la vida eterna, etc. (He 13,46; cf. Heb 3,7-19).

¿Cómo se cuida la fe? Ante todo evitando cuanto pueda crear dudas, sobre todo si no estamos bien preparados para responder y evitando todo menosprecio de la verdad revelada.

El catecismo señala que hay diversas maneras de pecar contra la fe:

- La duda voluntaria que descuida o rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y la Iglesia propone creer. La duda involuntaria, en cambio, es la vacilación en creer, la dificultad de superar las objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad suscitada por la oscuridad de ésta. Ahora, si la duda se fomenta deliberadamente, puede conducir a la ceguera del espíritu (cf. 2088).

- La incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento y aquí tenemos la herejía (que es la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad revelada), la apostasía (que es el rechazo total de la fe cristiana) y el cisma (rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice) (cf. 2089).

Pero el mejor modo de cuidarla es profesándola, es decir manifestándola públicamente, viviéndola: “La fe se robustece dándola” (Juan Pablo II). El mismo Cristo nos enseña que es necesario manifestarla para la salvación: aquel que se declare por mi ante los hombres, yo

también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos (Mt 10,32-33).

3 – Perseverancia en la fe

En la segunda lectura hemos oído que los salvados son los que soportaron la gran tribulación, es decir los que perseveraron.

“¿Cómo es que vemos a Judas perecer?”, se pregunta Teófilo, y responde “Porque no perseveró hasta el fin… porque si alguno se separa del rebaño de las ovejas y deja de seguir al Pastor, al punto cae en peligro” (cf. Catena Aurea de santo Tomás).

En cierta ocasión, una mujer preguntó al Papa San Gregorio Magno si ella se salvaría o no, a lo cual el santo respondió: “no lo sé, sólo sé que si persevera, Dios es fiel en cumplir sus promesas”. Por eso san Pablo no vacila en sostener con osadía: ¿Quién nos

separará del amor de Cristo? ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, como dice la Escritura: por tu causa somos muertos todo el día, tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (Ro 8,35-39).

¿Cómo hemos de hacer para perseverar en la fe? “la fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; san Pablo advierte de ello a Timoteo: Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla

rechazado, naufragaron en la fe. Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos

alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente; debe actuar por

la caridad, ser sostenida por la esperanza y estar enraizada en la fe de la Iglesia” (162).

4 – Conclusión

Pidamos, por lo tanto, queridos hermanos, la gracia de perseverar en la fe. Participemos lo más frecuentemente que podamos, sin dejarnos vencer por el cansancio o el hastío, de la Eucaristía, el misterio de la fe, el sacramento de la fe. De ese modo llegaremos sin duda a obtener aquello que dice Cristo en el evangelio: “ellas me siguen y yo les doy vida eterna. Nunca perecerán y nadie las arrebatará jamás de mi mano” (Jn 10, 27-28).

CatIC 1970-1974 C-Pascua-5

Jn 13,31-35 / He 14,21b-27 / Sal 145 / Ap 21,1-5a