El evangelio del domingo pasado nos enseñaba la obligación y el derecho de ser testigos de la Verdad. El evangelio de este domingo nos permite profundizar este privilegio del cristiano. Podemos preguntarnos si nuestro testimonio ha de ser simplemente pasivo o debe ser activo, es decir, si sencillamente hemos de actuar cuando alguien o algo nos lo solicita, o si nosotros mismos hemos de salir al encuentro de los hombres para proclamar esa verdad. Recordemos que estamos en la parte del evangelio de san Lucas en donde Cristo está recorriendo el Camino hacia Jerusalén, pero que este Camino Él lo realiza no sólo como un itinerario geográfico sino dándonos ejemplo de lo que es caminar, es decir, vivir, conforme a su enseñanza.
1 – El episodio del evangelio
El evangelio del domingo pasado concluía con la enseñanza de Jesús acerca de la necesidad de renunciar a todos los bienes para ser discípulo de él. A renglón seguido, el mismo Jesús añadía una frase, que no fue leída, y que engancha con nuestra problemática de hoy. Dice el evangelio: Buena es la sal, mas si también la sal se desvirtúa ¿con qué se la
sazonará?... El que tenga oídos para oír que oiga (Lc 14,34-35). A continuación sigue lo que
hemos leído hoy, que Jesús trataba con personas que eran pecadores públicos. Esto horrorizaba a los fariseos que no tenían ningún trato con ellos; precisamente la palabra fariseos significa “separados, apartados”. Resumiendo, a la actitud de los fariseos de alejarse de los pecadores, Cristo contrapone la suya de ir al encuentro de ellos, de relacionarse con ellos, de meterse en medio de ellos, precisamente como la sal que para dar gusto se introduce en la comida.
Pero, ¿el trato con los pecadores no puede dañar espiritual y moralmente al cristiano? El mismo Jesús advierte que la sal no debe perder su sabor. Es decir, el cristiano no debe perder su condición incluso metido en medio de los pecadores. Santo Tomás, de hecho, se pregunta si todos deben tratar con los pecadores o con personas inmorales o no religiosas. Y contesta que si la virtud del cristiano es tanta que no ha de sufrir pérdida de virtud en ese trato, entonces sí debe hacerlo para ayudar a los pecadores a mejorar; pero si su virtud ha de sufrir desmedro, entonces no, porque empeorará él mismo.
Segunda objeción ¿qué derecho tengo yo, cristiano, de ir y meterme en la vida del otro? El domingo pasado ya vimos que el testimonio del cristiano se coloca sencillamente en la misma línea que lleva a todo hombre sincero a investigar y abrazar la verdad.
que las parábolas de este día apuntan. En ellas se nos muestra la preocupación por la recuperación de algo perdido: una oveja, una moneda, un hijo. No sólo perdido, sino que el texto griego usa una palabra que significa más bien destruido. Se entiende claramente que Jesús, bajo las figuras de las parábolas, está señalando la acción de Dios por reencontrar lo perdido. Y es aquí donde se encuentra la razón que exige que nos involucremos en esta tarea. “Del amor de Dios por todos los hombres la Iglesia ha sacado en todo tiempo la obligación y la fuerza de su impulso misionero, porque el amor de Cristo nos
apremia... En efecto, Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La salvación se
encuentra en la verdad... la Iglesia, a quien esta verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela. Porque cree en el designio universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera” (851). Esta tarea involucra a todos los cristianos, a toda la Iglesia.
Sin duda que “la tarea misionera implica un diálogo respetuoso con los que todavía no aceptan el Evangelio... Si ellos [los creyentes] anuncian la Buena Nueva a los que la desconocen, es para consolidar, completar y elevar la verdad y el bien que Dios ha repartido entre los hombres y los pueblos, y para purificarlos del error y del mal para gloria de Dios, confusión del diablo y felicidad del hombre” (856).
2 – Cristo, ejemplo de auténtico hermano mayor
En este sentido, es de deplorar la actitud del hermano mayor, el cual, habiendo gozado siempre de los bienes del Padre, se encapricha por el retorno de su hermano. Nuestra actitud, lejos de ser como la de este hermano, debe asemejarse a la de Cristo: “aquel buen pastor, que dio su vida por sus ovejas, busca la extraviada entre montes y colinas... la encuentra y se la pone sobre aquellos mismos hombros sobre los cuales cargó el leño de la cruz...” (S. Gregorio Nacianceno, Sermo 38,13s). Ésta ha de ser nuestra actitud si queremos ser cristianos, discípulos de Cristo, otros Cristo. “La Iglesia peregrinante [es decir, nosotros] es, por su propia naturaleza, misionera... El fin último de la misión no es otro que hacer participar a los hombres en la comunión que existe entre el Padre y el Hijo en su Espíritu de amor” (850). Por ello, lejos de imitar al hermano mayor de la parábola que se irrita contra el hermano extraviado, hemos de imitar a Jesús, primogénito [= hermano mayor] de toda la creación, verdadero hermano mayor de nosotros (cf. Col 1,15; Heb 2,11-17), Él que “abraza la pobreza de mi carne, para que yo adquiera la riqueza de su divinidad” (S. Gregorio Nac., íd). Un caso singular que exige nuestra disponibilidad y apertura es el de la recuperación de la unidad plena entre los cristianos: “la misión de la Iglesia reclama el esfuerzo hacia la unidad de los cristianos” (855).
La actitud verdaderamente cristiana se logra sobre la base de la consideración del valor de cada persona. Muy poética, pero acertadamente, comenta san Ambrosio: “no es un particular superfluo que aquella mujer se alegre por haber encontrado la dracma. No es de poco valor esta dracma, sobre la cual está representado el soberano. Por esto, la imagen del rey es la riqueza de la Iglesia”. La atención primera se debe dirigir a la consideración
cristiana del pecador: él no debe ser condenado, sino salvado, perdonado, integrado en el amor. La oveja perdida no ha perdido las dotes y las cualidades que tenía. La dracma perdida mantiene su valor y su belleza. El errante no deja de ser un hermano y un hijo de Dios. Reflexionemos sobre el caso de san Pablo en la segunda lectura: de blasfemo y perseguidor ha llegado a ser ministro de Cristo.
La actuación de Moisés, que hemos escuchado en la primera lectura, nos brinda un ejemplo bien concreto de lo que puede hacer cualquiera de nosotros: “La intercesión es una oración de petición que nos conforma muy de cerca con la oración de Jesús. Él es el único intercesor ante el Padre en favor de todos los hombres, de los pecadores en particular... Interceder, pedir a favor de otro es, desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos. En la intercesión, el que ora busca no su propio interés sino el de los demás... La intercesión de los cristianos no conoce fronteras: por todos los hombres, por todos los constituidos en autoridad, por los perseguidores, por la salvación de los que rechazan el evangelio” (2634-36).
3 – Características infaltables de la misión: perseverancia y paciencia Por último, las parábolas referidas por Cristo nos ilustran acerca del empeño y la paciencia que la tarea misionera, en sus distintos aspectos, requiere de nosotros, como lo requirió de Cristo.. Es necesaria una entrega absoluta, una renuncia total. El pastor no cesa en su búsqueda hasta que encuentra la oveja ni la mujer ceja en su esfuerzo hasta recobrar la moneda. Así, la Iglesia “continúa y desarrolla en el curso de la historia la misión del propio Cristo, que fue enviado a evangelizar a los pobres... impulsada por el Espíritu Santo, debe avanzar por el mismo camino por el que avanzó Cristo; esto es, el camino de la pobreza, la obediencia, el servicio y la inmolación de sí mismo hasta la muerte, de la que surgió victorioso por su resurrección. Es así como la sangre de los mártires es semilla de cristianos” (852).
En este empeño constante, es necesario no deprimirse porque los frutos tardan en ser vistos: “el esfuerzo misionero exige entonces la paciencia... en cuanto se refiere a los hombres, grupos y pueblos, solamente de forma gradual [el evangelio] los toca y los penetra y de este modo los incorpora a la plenitud católica” (854).
4 - Conclusión
“La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser ‘sacramento universal de salvación’, por exigencia íntima de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador, se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres” (849). ¿Puede haber obra más excelente que colaborar con el Buen Pastor en la búsqueda de la oveja perdida, que llevar alegría al cielo por un hijo que retorna? No nos desanimemos, sino que conscientes de la importancia de la tarea misionera, del apostolado, de la catequesis, esforcémonos por colaborar en la obra más maravillosa, en la obra de la redención, siguiendo a Jesús por el Camino hacia la Jerusalén celestial.
CatIC 2407-2436 C-25 Lc 16,1-13 / Am 8,4-7 / Sal 113 / 1Tm 2,1-8