La solemnidad de este domingo, solemnidad de la Santísima Trinidad, nos permite dar razón de cuanto los evangelios de los últimos cuatro o cinco domingos nos han ido enseñando y entenderlos mejor. Vimos, primero, que para ser oveja de Cristo, para pertenecer a su rebaño era necesaria la fe (4º pascua). Los domingos siguientes nos indicaron la necesidad de la caridad, tanto de la caridad para con el prójimo, amaos los unos a
los otros como yo os he amado, como la caridad para con Dios, el que me ama cumple mis mandamientos (5º y 6º pascua). El domingo posterior, fiesta de la Ascensión de Nuestro
Señor, se nos inculcaba la esperanza, ya que viendo a Cristo entrar en los cielos, podemos también nosotros aspirar a ingresar en ellos, ya que la esperanza no quedará defraudada (Ro 5,5). Finalmente, el domingo pasado, consideramos la acción del Espíritu Santo, Soplo, Fuego y Paráclito.
Pues bien, todo esto ¿para qué? ¿qué sentido tiene? Es el misterio que hoy celebramos el que nos permite obtener una respuesta satisfactoria.
1 – Centralidad del Misterio
Hablando de este misterio, dice el catecismo: “el misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la jerarquía de las verdades de fe…” (234). ¿Por qué estas afirmaciones tan categóricas y tajantes?
Para comprender mejor, es conveniente que retomemos una distinción que hacían los Padres de la Iglesia. Cuando ellos hablaban de Dios distinguían en Él como dos aspectos: a uno lo llamaban Teología y al otro Economía, “designando con el primer término el misterio de la vida íntima del Dios-Trinidad, con el segundo todas las obras de Dios por las que se revela y comunica su vida…” (cf. 236). Por las obras podemos conocer las diferentes personas: “toda la economía divina, obra a la vez común y personal, da a conocer la propiedad de las personas divinas” (259).
Nosotros mismos, si prestamos debida atención al Credo que rezamos, podemos observar que respetamos ese modo de ver atribuyendo a cada una de las personas una determinada obra por la que esa persona se revela de modo especial (cf. 190). Así decimos “Creo en Dios Padre… Creador…; Creo en Dios Hijo… Redentor..; Creo en Dios Espíritu Santo… Santificador…”.
Ahora, ¿para qué todo esto? ¿Para qué la bellísima obra de Dios Padre, con su majestuosa creación? ¿Para qué la obra de Dios Hijo, que se hizo hombre y murió de muerte tan dolorosa, no ahorrándole sufrimientos a su Santísima Madre, Corredentora? ¿Para qué la estupenda obra santificadora del Espíritu Santo, hecha a través de la Iglesia? ¿Para qué tantos hospitales… escuelas… misiones… santos que se empeñaron en obras grandiosas… etc. etc.? Todo esto ¿para qué?
“El fin último de toda la economía divina es el acceso de las criaturas a la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad…” (260). Es lo que hemos escuchado en la primera lectura: mis delicias están con los hijos de los hombres (Prov 8,31). Lo que Dios quiere es que los hombres participen de esa vida íntima de Dios, que puedan entrar en su morada: “toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos” (234).
2 – La Vida de la Trinidad
Para poder lograr esto de entrar en la morada de Dios son necesarias las virtudes teologales, es decir, la fe, la esperanza y la caridad: “las virtudes teologales se refieren directamente a Dios. Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad… son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna” (1812-1813).
Esta vida eterna es la vida de Dios ¿en qué consiste? Los teólogos la definen como la “posesión simultánea, total y perfecta de todos los bienes” (tota, simul et perfecta possessio), es decir la posesión en un mismo y único instante (simul), en el grado máximo posible (perfecta) de todos los bienes (tota) que hacen a la vida. ¿Dónde se encuentra esto? En la Santísima Trinidad, en Dios. Y a participar de ella nos llama Dios mismo. Por eso exclama el salmista: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? También san Pablo, a pesar de estar encarcelado, no puede dejar de exultar viendo esta maravilla y proclama: Bendito
sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales… dándonos a conocer el misterio de su voluntad (Ef 1). “Este designio… se despliega en la obra de
la creación, en toda la historia de la salvación después de la caída, en las misiones del Hijo y del Espíritu, cuya prolongación es la misión de la Iglesia” (257).
3 – Trinidad: Fin del Camino
Así, pues, “Dios nos ha puesto en el mundo para conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo… El hombre entre… en el gozo de la vida trinitaria” (1721). Y ni siquiera hemos de esperar ir al cielo para comenzar a participar de esa vida: “la gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria…” (1997). Dios quiere comunicar libremente la gloria de su vida bienaventurada (cf. 257). Ya desde nuestro bautismo, hecho en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, “somos llamados a participar en la vida de la Bienaventurada Trinidad, aquí abajo en la oscuridad de la fe y, después de la muerte, en la luz eterna” (265; cf. 232-233). Así se entiende el deseo de san
Pablo de ser disuelto para estar con Cristo o aquello de santa Teresa: “muero porque no muero”.
“Toda la vida cristiana es comunión con cada una de las personas divinas…” (259). “… desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: si alguno me ama
guardará mi Palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él” (260).
Por eso este misterio es “la fuente de todos los otros misterios de la fe”. Y observemos cómo la liturgia nos enseña a vivir inmersos en este misterio. Toda la misa, de punta a punta, está como impregnada de este misterio: Señal de la Cruz, Gloria a Dios (porque nos quiere llevar a la vida eterna), Credo, Santo, Doxología (Por Cristo… a Dios Padre… en el Espíritu Santo…), Bendición Final, etc.…
Y la beata Isabel de la Trinidad rezaba así: “Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí misma para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, mi inmutable, sino que cada minuto me lleva más lejos en la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora” (260).
4 – Conclusión
Por eso, queridos hermanos, pidamos a María Santísima, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo, que nos enseñe a vivir ya desde ahora en este misterio de la Vida íntima de Dios, de la cual hemos de participar por toda la eternidad, si perseveramos en la fe y en la gracia.
CatIC 1333-1344 C-Corpus Christi
Lc 9,11b-17 / Gn 14,18-20 / Sal 110 / 1Co 11,23-26