La narración que hemos escuchado nos permite profundizar en el misterio que hemos venido considerando en los últimos domingos. Hemos visto que Cristo nos trae el don de hacernos hijos de Dios y de renovarnos por el Espíritu Santo. Pero hay aspectos muy hondos que no hemos tratado. En la consideración del evangelio que hoy hemos proclamado veremos tres cosas: 1) ¿por qué Cristo hace el primero de sus signos en el ambiente de un banquete de bodas?; 2) ¿a qué viene la frase con la que Jesús responde a la Virgen: todavía no ha llegado mi hora?; 3) ¿qué papel juega la Virgen María en todo esto y por qué Jesús la llama mujer, en vez de madre?
1 – Un banquete de bodas
Cristo, como hemos escuchado, se encuentra en un banquete de bodas ¿qué importancia tiene esto? Fijémonos que san Juan no nos da los nombres de los contrayentes, porque en realidad no interesan. Hablamos de bodas, sí, pero ¿de qué bodas? La primera lectura, que es la que se relaciona directamente con el evangelio, nos da la clave: como un joven se casa
con una virgen, así te desposará el que te reconstruye; y como la esposa es la alegría de su esposo, así serás tú la alegría de tu Dios (Is 62,5; cf. Is 61,10-62,3). La imagen del matrimonio y de las bodas es
muy usada por los profetas en el AT, para expresar las relaciones que se dan entre Dios y su pueblo. Es la imagen que mejor expresa el grado de intimidad que Dios quiere establecer entre Él y el hombre. Por eso, para expresar la intimidad a la que llama al hombre en su relación con Él, usa esa imagen. De allí que el Catecismo diga, hablando del milagro realizado en Caná, así: “en Caná, la madre de Jesús ruega a su hijo por las necesidades de un banquete de bodas, signo de otro banquete, el de las bodas del Cordero que da su Cuerpo y su Sangre a petición de la Iglesia, su Esposa” (2618).
Por lo tanto, se nos está enseñando el misterio de la Unidad: “la misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia... Esta misión conjunta asocia desde ahora a los fieles de Cristo en su Comunión con el Padre en el Espíritu Santo...” (737). No es simple casualidad que se hable de alianza para indicar tanto el pacto matrimonial como el pacto establecido por la sangre de Cristo. Alianza que establece una unión intimísima. La segunda lectura, hemos escuchado, subraya intensamente este aspecto de la unidad en el mismo Espíritu.
Bodas, entonces, porque hay unión, o mejor comunión. 2 – La Hora de Jesús
Ahora, ¿cómo y cuándo se hace posible esa comunión?
Dice el catecismo: “toda la misión del Hijo y del Espíritu Santo en la plenitud de los tiempos, se resume en que el Hijo es el Ungido del Padre desde su Encarnación: Jesús es Cristo, el Mesías” (727). Cristo significa Ungido, es decir, el que tiene el Espíritu (recordemos la celebración del domingo pasado). ¿Para qué tiene el Espíritu? Para darlo: “Dios es Amor y el Amor que es el primer don, contiene todos los demás. Este amor divino lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (733). San Basilio: “Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna” (en 736).
Pero, ¿desde qué momento es posible todo ello? Aquí interesa la respuesta de Jesús a su Madre: todavía no ha llegado mi hora ¿qué significa esto? “...llega la hora de Jesús: Jesús entrega su espíritu en las manos del Padre en el momento en que por su Muerte es vencedor de la muerte de modo que, resucitado de los muertos por la Gloria del Padre, en seguida da a sus discípulos el Espíritu Santo...” (730). “... desde su plenitud, Cristo, el Señor, derrama profusamente el Espíritu” (731). En consecuencia, la unión es posible por el misterio pascual de Cristo, cuando ha llegado su hora.
Y es posible porque la muerte de Cristo nos ha alcanzado la remisión de nuestros pecados: “Puesto que hemos muerto, o al menos, hemos sido heridos por el pecado, el primer efecto del don del Amor es la remisión de nuestros pecados. La Comunión con el Espíritu Santo es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina perdida por el pecado. Él nos da entonces las arras o las primicias de nuestra herencia: la Vida misma de la Santísima Trinidad que es amar como Él nos ha amado. Este amor (la caridad de 1Co 13) es el principio de la vida nueva en Cristo, hecha posible porque hemos
recibido una fuerza, la del Espíritu Santo” (734-735). Esta es la vida espiritual: “El Espíritu es
nuestra Vida: cuanto más renunciamos a nosotros mismos, más obramos también según el
Espíritu” (736). “Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar
fruto... el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad,
mansedumbre, templanza” (736).
3 – María
Nos queda el tercer punto: ¿qué papel juega María, en todo esto? Hemos visto que, a pesar de la respuesta dada, Jesús consiente en hacer el milagro, es decir que adelanta su hora y la adelanta de tal modo que, dice el evangelista así manifestó su gloria y sus discípulos
creyeron en Él. ¿Cómo interviene María?
“María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos... En ella comienzan a manifestarse las “maravillas de Dios”, que el Espíritu va a realizar en Cristo y en la Iglesia” (721). Por esto María es modelo de lo que debe suceder en nosotros. ¿Cómo obró
el Espíritu Santo en María? Veamos los grados:
- El Espíritu Santo preparó a María con su gracia (722).
- En María el Espíritu Santo realiza el designio benevolente del Padre. La Virgen concibe y da a luz al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo (723).
- En María, el Espíritu Santo manifiesta al Hijo del Padre hecho hijo de la Virgen... llena del Espíritu Santo, presenta al Verbo en la humildad de su carne dándolo a conocer a los pobres y a las primicias de las naciones (724).
- En fin, por medio de María, el Espíritu Santo comienza a poner en Comunión con Cristo a los hombres, objeto del amor benevolente de Dios, y los humildes son siempre los primeros en recibirle: los pastores, los magos, Simeón y Ana, los esposos de Caná y los primeros discípulos (725).
Y, por esta acción es que merece el título de mujer: “Al término de esta Misión del Espíritu, María se convierte en la Mujer, nueva Eva madre de los vivientes...” (726). Jesús llama
mujer para mostrar que ella viene a sustituir a Eva, madre común de la humanidad
pecadora.
En consecuencia, María es el modelo a seguir, tanto en su disposición y preparación previa, como en su accionar para poner en comunión a los hombres con Cristo.
4 – Conclusión
“La misión de la iglesia no se añade a la de Cristo y del Espíritu Santo, sino que es su sacramento: con todo su ser y en todos sus miembros ha sido enviada para anunciar y dar testimonio, para actualizar y extender el Misterio de la Comunión de la Santísima Trinidad” (738).
Al despedirnos de la celebración dominical, se les da a los cristianos este encargo: Ite,
Missa est, es decir: “Anuncien las maravillas del Señor entre los pueblos” (Salmo
CatIC 101-141 C-3
Lc 1,1-4; 4,14-21 / Neh 8,2-10 / Sal 19 / 1Co 12,12-30
ESCRITURAS
Hace dos domingos, queridos hermanos, cuando celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, vimos que, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, hemos de dejarnos conducir por el Espíritu Santo. Y entonces leímos rápidamente a través de qué medios el Espíritu Santo nos habla. A partir de hoy veremos más profundamente esos medios.
El primero de esos medios, dice el Catecismo, son “las Escrituras que Él ha inspirado” (688). ¿De qué se trata? Precisamente en el evangelio y la primera lectura de hoy hemos visto que se realizó la lectura de un texto, de rollos ya que esa era la forma que tenían en aquella época, cuando no se usaban los libros y menos los libros de papel.
1 – Hoy…
Hemos escuchado que Jesús dijo: esta Escritura que habéis oído se ha cumplido hoy. Evidentemente lo que Jesús leyó era parte del AT, concretamente del profeta Isaías. Pero Jesús señala que hay un cambio, ya que se da un cumplimiento. Y es que su venida, su Encarnación divide los tiempos. Es lo que nosotros reflejamos cuando hablamos de Nuevo Testamento contrapuesto al Antiguo: “La Palabra de Dios, que es fuerza de Dios para la salvación del que cree, se encuentra y despliega su fuerza de modo privilegiado en el Nuevo Testamento” (Dei Verbum 17). Por esa misma razón es que los evangelios son el corazón de todas las Escrituras, ya que ellos son el testimonio principal de la vida y doctrina de la Palabra hecha carne, nuestro Salvador; o sea en ellos se nos ofrece la verdad definitiva de la Revelación divina (cf. 124-125). Incluso nosotros expresamos esto en la misa a través de varios signos que manifiesta la veneración en que son tenidos: los escuchamos puestos de pie, se los inciensa, su lectura es acompañada de los cirios para señalar que son la luz, y el celebrante, al igual que hace con el altar, los besa luego de leerlos diciendo al mismo tiempo “por las palabras del evangelio sean perdonados mis pecados”.
Que los evangelios sean el corazón de las Escrituras, no significa que debamos desechar el resto, en particular el AT. “Aunque contienen elementos imperfectos y pasajeros, los libros del AT dan testimonio de toda la divina pedagogía del amor salvífico de Dios: contienen enseñanzas sublimes sobre Dios y una sabiduría salvadora acerca del hombre, encierran tesoros de oración y esconden el misterio de nuestra salvación” (122). No es poco decir que con ellos fueron educados Jesús y la Virgen. E incluso es imposible entender adecuadamente el NT sin el AT. Por eso la Iglesia siempre los ha considerado parte de la Sagrada Escritura, verdadera Palabra de Dios. E incluso ha rechazado ya desde el siglo II una doctrina conocida como Marcionismo, en razón de su fundador Marción,
que sostenía que podíamos prescindir completamente del AT (cf. 121 y 123). 2 – …Cristo
La posición de la Iglesia ha sido precisamente la opuesta, es decir, ha reconocido siempre una estrecha unidad entre ambas partes de nuestras Biblias: “la Iglesia, ya en los tiempos apóstolicos, esclareció la unidad del plan divino en los dos Testamentos gracias a la tipología” (128). ¿Qué es la tipología? La palabra viene del griego typos que significa “modelo” y con ella se quiere designar aquella particular condición, que existe en diferentes elementos del AT, por la cual se reconocen prefiguraciones de lo que Dios realizó en la plenitud de los tiempos en la persona de su Hijo encarnado. Un ejemplo, bien conocido por ustedes, es el cordero pascual. La sangre de ese cordero liberó a los judíos, esclavos en Egipto. Los liberó tanto de la esclavitud egipcia cuanto de la muerte a manos del ángel exterminador. Bien, esa sangre es typos de la sangre de Cristo que nos libra de la esclavitud del demonio y del exterminio.
Cristo en persona se aplicó el AT a sí mismo, como hemos escuchado en el evangelio de hoy. “Los cristianos, por tanto, leen el AT a la luz de Cristo muerto y resucitado”. Por eso, hermosamente dijo san Agustín: “El Nuevo está escondido en el Antiguo y el Antiguo está manifiesto en el Nuevo” (129). En síntesis, “a través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien Él se dice en plenitud” (102).
Hemos de tener cuidado de comprender adecuadamente que “la tipología significa un dinamismo que se orienta al cumplimiento del plan divino”, lo cual no se detiene en la época de Cristo, sino que se extiende hasta que, como dijo san Pablo, Dios sea todo en todos (130). Por eso es que Jesús dice Hoy en el evangelio que hemos leído; porque se trata del
Hoy divino que trasciende los tiempos, en relación al cual nos dice la carta a los Hebreos: exhortaos mutuamente cada día mientras dure este hoy para que ninguno de vosotros se endurezca seducido por el pecado (Heb 3,13).
3 – El Espíritu Santo, Intérprete de la Escritura
¿Cómo es posible que se haya dado esa prefiguración que nosotros llamamos tipología? Sencillamente porque los distintos libros contenidos en las Sagradas Escrituras, no son libros como cualquier otro, sino que poseen una condición especial: son libros “inspirados”. Con esto se quiere decir que han sido escritos por hombres bajo una especial gracia divina, llamada in-spiración, por la cual lo contenido en esos libros lo reconocemos como “Palabra de Dios”: “obrando Dios en ellos y por ellos, como verdaderos autores, pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios quería” (106).
Por supuesto que Dios, al obrar de esta manera, respeta las características de cada autor y así, por ejemplo, vemos que Isaías no escribe igual que Jeremías. Por eso es necesario, para entender correctamente las Escrituras, que estemos atentos a lo que los autores humanos quisieron afirmar y a lo que Dios quiso manifestarnos (cf. 109). O sea, por un lado, para descubrir la intención de los autores sagrados, hemos de tener en cuenta las
condiciones de su tiempo y cultura. Por otro lado, “dado que la Sagrada Escritura es inspirada… la Escritura se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita” (111). Y, respecto de esto, el Concilio Vaticano II señala tres criterios para una interpretación de la Escritura conforme al Espíritu que la inspiró (cf. 112-114).
- Primera condición: prestar una gran atención al contenido y a la unidad de toda la Escritura, ya que es una porque uno es el centro: Jesús.
- Segunda condición: leer la Escritura en la Tradición viva de toda la Iglesia: “la Sagrada Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la materialidad de los libros escritos” (113). Por eso los mejores intérpretes de la Biblia son los santos. Y también por eso, la “fe cristiana no es una religión del Libro” (108) como el Judaísmo o el Islam o el Protestantismo.
- Tercera condición: estar atento a la analogía de la fe, es decir a la armonía y cohesión de las verdades de la fe entre sí y en el conjunto total de la Revelación.
Junto con estos tres criterios brindados por el Concilio Vaticano II, el catecismo nos advierte de la enorme riqueza del texto bíblico: “según una antigua tradición, se pueden distinguir dos sentidos de la Escritura: el sentido literal y el sentido espiritual y este último se subdivide a su vez en sentido alegórico, moral y anagógico” (115). O sea que, en total, hay cuatro sentidos posibles ¿Cómo se entiende esto? El ejemplo clásico es el de Jerusalén. Con este término en la Biblia se designa no sólo la ciudad histórica de Jerusalén donde estaba el Templo, la Morada de Dios (sentido literal), sino también a la Iglesia militante (sentido alegórico) o la Jerusalén celestial o Iglesia triunfante (sentido anagógico) o también al alma justa ya que cada alma es morada de Dios por la gracia (sentido moral). O sea que al leer la Biblia podemos llegar a encontrar múltiples enseñanzas.
4 - Conclusión
En conclusión, dice el catecismo: “es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual” (131). Y por eso, “la Iglesia recomienda insistentemente a todos los fieles la lectura asidua de la Escritura para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo” (133). De allí que, Hoy, también nosotros hemos de buscar de leer y entender las Escrituras para escuchar que nos dice el Espíritu Santo porque, en última instancia, como dijo san Jerónimo, “desconocer la Escritura es desconocer a Cristo” (133).
CatIC 74-83.172-175 C-4
Lc 4,21-30 / Je 1,4-5.17-19 / Sal 71 / 1Co 12,31–13,13
TRADICIÓN
Hemos escuchado en la primera lectura y en el evangelio la indicación de una apertura del mensaje de salvación a las naciones gentiles o sea no judías. En la primera lectura se indica proféticamente: yo te he designado profeta para las naciones. En el evangelio, los ejemplos puestos por Jesús, que irritan a sus paisanos de Nazareth, van en la misma línea. En efecto, después del asombro causado por su enseñanza, Jesús refiere dos ejemplos tomados de las Escrituras, en los cuales los beneficiarios de los milagros realizados fueron dos personas de raza no judía. En última instancia, como señalamos, lo que tenemos aquí es una indicación de que el mensaje de salvación será dirigido a todos los hombres sin exclusividades ni excepciones, incluso una viuda pagana o un leproso gentil.
1 – Tradición, de Tradere
Es que, como dice san Pablo, Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento de la verdad, es decir al conocimiento de Cristo Jesús. Por esto mismo, Cristo sale
incólume de la situación de apremio, cuando lo quieren tirar por el barranco, debido a que todavía Él debía cumplir su misión, para que luego el mensaje que Él traía y que tanto maravilló a los nazaretanos, fuese dirigido a todos los hombres. “Es preciso, pues, que Cristo sea anunciado a todos los pueblos y a todos los hombres y que así la Revelación llegue hasta los confines del mundo” (74).
Es así que, en continuación de su misión y como parte de ella, Cristo mandó a los apóstoles predicar a todos los hombres el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta. Los apóstoles, en cumplimiento de ese mandato, transmitieron el evangelio, y lo hicieron de dos maneras: oralmente (con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, etc.) y por escrito (especialmente los escritos inspirados que constituyen el NT).
Por supuesto que los apóstoles, en vistas de su propio fin, nombraron sucesores, que son los obispos, porque, como recordó el Concilio Vaticano II: “la predicación apostólica, expresada de un modo especial en los libros sagrados, se ha de conservar por transmisión continua hasta el fin de los tiempos” (Dei Verbum 8). Y comenta el catecismo al respecto: “Esta transmisión viva, llevada a cabo en el Espíritu Santo, es llamada la Tradición en cuanto distinta de la Sagrada Escritura, aunque estrechamente ligada a ella” (78). La palabra Tradición viene del verbo latino Tradere, que significa entregar.
Tenemos así dos canales de transmisión, la Tradición y la Sagrada Escritura, los cuales