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En el evangelio del domingo pasado, cuando contemplábamos las tentaciones de Cristo, veíamos el aspecto más visible o tangible de nuestra condición. Las tentaciones son parte normal de nuestra vida, es necesario que existan y que combatamos.

Si nos quedásemos sólo con este aspecto de la vida cristiana, tendríamos una visión deformada de lo que es ser hijo de Dios. El evangelio de hoy nos enseña un aspecto mucho más profundo y esencial de nuestra vida espiritual, que es nuestra transformación en Cristo: sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman... a los que de

antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo (Ro 8,28-30; en 2012).

El evangelio del domingo pasado nos presentaba a Cristo conducido por el Espíritu. Así también nosotros: los que son guiados por el Espíritu, esos son hijos de Dios (Ro 8,14).

1 – ¿Dónde somos conducidos por el Espíritu?

Dice la liturgia: “en la gloriosa transfiguración... has preanunciado nuestra adopción definitiva de hijos” (colecta de la fiesta del 6 de agosto). Esto es algo que comienza a realizarse ya en el bautismo y que alcanzará su culmen en la gloria: Él transfigurará este

miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo (2ª lectura); esta transformación

presenta un desarrollo continuo y progresivo en esta vida: “el progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama mística, porque participa del misterio de Cristo... Dios nos llama a todos a esta unión íntima con Él...” (2014).

“Por el Bautismo de Jesús fue manifestado el misterio de la primera regeneración: nuestro bautismo; la Transfiguración es el sacramento de la segunda regeneración: nuestra propia resurrección” (556).

En conclusión, el Espíritu Santo nos lleva a identificarnos con Cristo, transformando nuestra existencia. Esto es tan así que “la caridad de Cristo es en nosotros la fuente de todos nuestros méritos ante Dios” (2011). Por ello así rezaba santa Teresita: “tras el destierro en la tierra espero gozar de ti en la Patria, pero no quiero amontonar méritos para el Cielo, quiero trabajar sólo por vuestro amor… En el atardecer de esta vida compareceré ante ti con las manos vacías, Señor, porque no te pido que cuentes mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas a tus ojos. Por eso, quiero revestirme de tu propia Justicia y recibir de tu Amor la posesión eterna de ti mismo…”.

2 – ¿Cómo somos transformados por el Espíritu?

realiza el misterio. Dice el evangelio: Cristo se transfiguró mientras oraba. Es decir que esa transfiguración se produjo a través de una acción propiamente espiritual.

En nuestro caso, este proceso de transfiguración, que bien podemos llamar cristificación, se realiza fundamentalmente por la acción del Espíritu Santo a través de los sacramentos: “Desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo” (556); “esta unión se llama mística, porque participa del misterio de Cristo mediante los sacramentos, “los santos misterios”...” (2014). O sea que la vida mística, como lo dice la palabra, es la participación en los misterios de Cristo [es pertinente que recordemos aquí que la palabra latina “sacramentum” traduce la palabra griega “mysterion”].

Esto nos muestra la gran importancia que tiene, de nuestra parte, el recibir bien los sacramentos, con las correctas disposiciones, es decir con un espíritu atento, dispuesto, consciente de lo que está realizando, de la mejor manera posible.

3 – Ascética y Mística

De allí que esta tarea de “cristificación”, aunque sea sobre todo obra de la gracia de Dios, requiere también de nuestro esfuerzo: “El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cf. 2Tim 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas” (2015).

Así lo comenta un autor contemporáneo: “La obra de ser conducidos a una plena transfiguración de la propia existencia, de florecer al contacto con la presencia transfigurante del Señor y del Espíritu, pide una gran paciencia, como lo permite entrever el esfuerzo exigido para subir la montaña de la Transfiguración, el número restringido de los discípulos privilegiados y el sueño apesadumbrante sobre la cima del Tabor... Si se quiere llegar a la cima de la transfiguración que es la santidad, el hombre tendrá necesidad de una lenta ascesis para decantar, unificar y orientar hacia Dios todas las pasiones y las capacidades que él esconde” (Omelie 318, p.41).

Por eso la advertencia de san Pablo que hemos escuchado en la segunda lectura: os lo

repito llorando: hay algunos de vosotros que se comportan como enemigos de la Cruz de Cristo... Su fin es la perdición.

4 – Conclusión

“La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo. Pero ella nos recuerda también que es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios...” (556). De hecho, observemos que el tema de conversación de Moisés y Elías con Cristo era su salida de este mundo, o sea la Pasión.

Por todo ello, concluye san León Magno: “El ejemplo del Señor invitaba la fe de los creyentes a comprender que, sin llegar a dudar de la felicidad prometida, debemos, sin

embargo, en medio de las tentaciones de esta vida, pedir la paciencia antes de la gloria; la felicidad del Reino no puede, en efecto, preceder el tiempo del sufrimiento” (Sermo 38).

CatIC 1730-1748 C-Cuar-3

Lc 13,1-9 / Ex 3,1-8a.13-15 / Sal 103 / 1Co 10,1-6.10-12