Estado, representación y régimen político: una discusión en torno al análisis local
3. Estado, democracia y desarrollo en la localidad
De acuerdo con algunas interpretaciones provenientes de la geografía política (Taylor y Flint, 2002), la política local o municipal no es sólo la representación elemental de un territorio básico administrativo, sino que se trata de una nueva escala en la que se desenvuelve la política. Siguiendo esta línea de análisis, las localidades se transforman en “lugares especiales que son en sí mismos constitutivos de la política”, son “lugares que transforman”, son centros de las “geometrías del poder”, son “mucho más que meros escenarios donde tiene lugar la política: definen la vida cotidiana donde la clase, el género y las identidades étnicas se configuran como `lugares imaginados´.” (Taylor y Flint, 2002: 320)
Ahora bien, como observan los analistas de la política de la localidad, las escalas regionales o locales no tienen autonomía propia sino que se articulan en relación a esquemas más amplios, de acuerdo
con las características propias de los modernos Estados-nación, cuyas instituciones existen en más de una escala geográfica. Entonces, se tiende a distinguir una esfera de actividades y servicios propios del `aparato de Estado local y regional´ de aquellas correspondientes al `aparato de Estado central´ (Taylor y Flint, 2002). Esto genera para algunos analistas una imprecisión respecto del concepto de Estado local y regional, ya que “en este contexto no indica soberanía, puesto que el titular de la soberanía es el Estado territorial. […] Se ha señalado que la expresión administración local y regional (local governement) puede ser utilizada en muchos casos, en vez de la de aparato de Estado local y regional, sin alterar el significado (Duncan y Godwin, 1982, citados por Taylor y Flint, 2002), y de ahí el llamamiento a arrumbar el concepto […] El término `administración o gobierno´ implica exclusivamente la imposición de autoridad en una localidad, mientras que `Estado´ sugiere un conjunto de relaciones más amplio en el que se puede contemplar la política formal de una localidad” (Taylor y Flint, 2002: 352-353). En el marco de este trabajo, la noción de Estado local y regional como conjunto amplio de relaciones más allá de la mera administración o gobierno que habilita esta última caracterización, permite indagar más específicamente en las cuestiones del cambio, es decir, analizar las oportunidades de maniobra, los condicionamientos y la capacidad de acción que poseen los aparatos locales, a pesar de no tener autonomía formal.
Continuando con esta línea de estudio, existen algunos artículos que recuperan el análisis de la “dinámica política local” en nuestro país. De las primeras aproximaciones aparecidas en la recopilación de García Delgado (1997), pasando por los trabajos reunidos por Cheresky y Blanquer, (2003); Cheresky y Pousadela (2004), hasta la reciente compilación de Amaral y Stokes (2005), los diferentes artículos señalan que: hay un Estado local que canaliza demandas, redistribuye recursos o beneficios de programas nacionales o internacionales; existen instituciones y actores locales que tienden diferentes redes dinámicas de
participación política y ciudadana (comisiones vecinales, partidos políticos -de raigambre local, del tipo vecinalista-, clubes, ONGs, organizaciones gremiales, etc.); y hay un régimen político, una democracia local, que se puede observar a través de procesos de participación efectiva de los vecinos, la igualdad de oportunidades para votar, para intervenir en la discusión y en la implementación de políticas públicas. En definitiva, existe una dimensión local de la política, con una lógica propia, pero que necesariamente está ligada a la reproducción de los procesos políticos nacionales. Este conjunto de trabajos ha permitido incursionar en algunas temáticas que se entroncan con el objeto de estudio de este trabajo, sobre todo para su comparación.
Finalmente, para el análisis del cambio político en la localidad rafaelina no puede prescindirse del tratamiento del desarrollo local, sobre todo considerando que los condicionantes, el margen de maniobra, los intereses y las acciones de los agentes locales del cambio, se articulan en función de una estrategia basada en ese tipo de desarrollo. Hay una profusa literatura que aborda esta cuestión. Desde los clásicos trabajos compilados por García Delgado (1997), Vázquez Barquero y Oscar Madoery (2001), Cravacuore (2002), hasta los más actuales de Rofman y Villar (2006), Burin y Heras (2007), entre tantos otros, el tratamiento del desarrollo local ha ido en constante crecimiento.
La concepción de desarrollo local inmersa en estos estudios incluye un aspecto territorial: una localidad, una ciudad, una región, según sea el caso; un aspecto político: el Estado como uno de los promotores del desarrollo; y un aspecto social, o el conjunto de diversos actores no estatales que intervienen (activa o pasivamente) en este proceso. Según diferentes perspectivas, hay quienes hacen mayor hincapié en el papel del gobierno local como impulsor de las políticas de desarrollo, otros equilibran la participación entre Estado y actores sociales, pero todos coinciden en que el elemento medular del desarrollo local es la articulación de los actores locales (estatales y no estatales) en pos no
sólo del crecimiento económico, sino también del desarrollo de las instituciones y de la sociedad local (Villar, 2007). Esto último es fundamental en este trabajo, sobre todo porque interviene directamente en la hipótesis, a partir de la que se postula que el éxito de un determinado partido político durante la década de los noventa se basó, justamente, en “explotar” un proyecto de gobierno basado en el desarrollo local que recogía estas características de fomento económico, institucional y social.
Es por ello que para desentrañar el cambio político, se considera necesario incorporar a lo largo del trabajo algunos conceptos y categorías de análisis propios de estas líneas de investigación. Así, se trabaja desde el concepto de desarrollo local propuesto por Vázquez Barquero, que lo define como “un proceso de crecimiento y cambio estructural que mediante la utilización del potencial de desarrollo existente en el territorio, conduce a la mejora del bienestar de la población de una localidad o territorio” (Vázquez Barquero, 1998: 129). También se utilizan algunos elementos desarrollados por Arroyo (2003) que permiten categorizar la unidad de análisis, como el perfil de desarrollo, el tipo de municipio y el modelo de gestión. Asimismo, se complementa este abordaje con algunos análisis que tratan las relaciones entre municipio e instituciones y/o actores locales, como los trabajos de Cravacuore (2006), Villar (2006, 2007) y Madoery (2001). Todos estos elementos permiten la incursión en el análisis de lo local que incluye rasgos económicos, sociales, culturales y políticos y, como bien observa Villar (2007), nos resguardará de caer en una visión reduccionista del desarrollo económico.
Ahora bien, a las explicaciones estructurales sobre el cambio que proponen las teorías de desarrollo local, habría que sumarle aspectos específicos de la dimensión política que van más allá de las meras políticas públicas. Entonces, se trataría de ver, por un lado, cómo los actores definen sus objetivos a partir de sus intereses, sus aspiraciones,
sujetos a las circunstancias y los contextos de lucha política y, por otro lado, cómo, en función de estas metas, elaboran sus planes de acción.