estebanlopezgonzalez.com
EXISTEN MUCHAS clases de pruebas en la vida, pero la decepción religiosa suele ser una particularmente hiriente para el corazón. Muchas personas han llegado a perder todo interés por la re- ligión organizada e incluso por el mis- mo hecho religioso debido al mal ejemplo de otros o a la falta de hones- tidad por parte de dirigentes religio- sos. El resultado suele ser el abandono de la organización religiosa a la que se perteneció alguna vez durante años y se había dado casi todo por ella.
La profunda secularización existente hoy día en muchos países produce también su efecto. Como me dijeron no hace mucho unas religiosas que te- nían que cerrar el colegio que dirigie- ron durante años, “existe una preocu- pante falta de vocaciones”. Yo mismo he conocido personas que durante años lo dieron todo en su servicio a la organización religiosa a la que perte- necieron, pero que ahora se declaran totalmente indiferentes o incluso vi- ven con un profundo resentimiento. Y es que en el caso de muchos de ellos, el abuso espiritual que recibieron fue ingente y muy doloroso.
Los escándalos de abusos sexuales de menores que han salpicado a distintas comunidades religiosas, ha supuesto también un varapalo importante a la confianza que antaño se tenía, por mé- todo, en quienes las dirigían. Sobre todo cuando se ha sabido que, para no dañar la imagen de la comunidad, ha habido esfuerzos por ocultarlos. Pero la gravedad del asunto va más allá de las políticas internas eclesiásticas; por el daño que tantos jóvenes han recibi- do, se trata ya, no sólo de un pecado, sino también de un delito que debe en- cauzarse por la vía judicial.
Cuando se produce una profunda de- cepción religiosa, muchas cosas se desmoronan. Se la ha comparado a una decepción amorosa a la que uno se había entregado con todo el cora- zón. En muchos casos se pierden refe- rencias vitales; la oración desaparece, la esperanza deja de brillar, y es posi- ble que el resentimiento dure mucho tiempo. Tal puede llegar a ser la pre- sión del dolor que hasta es posible que se niegue que alguna vez se conoció a Jesús y que una vez se le siguió con esperanza. Las referencias son ahora otras…
Quizá esa negación vital que se man- tiene ahora pueda parecerse un poco a la misma que manifestó un buen hom- bre al que se le preguntó en cierto mo- mento de su vida si conocía a Jesús de Nazaret. “Estaba, pues, Pedro en pie, calentándose, y le preguntaron: -¿No eres tú de sus discípulos? Él negó y dijo: -¡No lo soy!” (Juan 18:25, Ver- sión Valera 1995). Y lo negó así hasta tres veces. Parece mentira, porque poco antes Pedro estaba dispuesto in- cluso a luchar para salvar la vida de su maestro; porque cuando iban a arres- tarlo había cogido una espada y le ha- bía cortado una oreja a Malco, siervo del sumo sacerdote. Sin embargo, es curioso, ahora niega que le conozca o que alguna vez hubiera sido su discí- pulo. Y es que Pedro mostró ser tan humano como cualquiera de nosotros; bajo la presión del miedo, se transfor- mó; dejó de ser él mismo. Y es que las pruebas y la presión condicionan tan profundamente el espíritu del ser hu- mano que, incluso “el hombre sabio, cuando se encuentra bajo presión se comporta como loco“, dicen las Escri- turas (Ecl. 7:7).
Sin embargo, en ocasiones no se refle- xiona lo suficiente como para ver con claridad que, de la decepción religiosa de uno, poca culpa, si acaso alguna, tiene Dios. Que la piedra de tropiezo fue otra bien distinta y que el espíritu de las enseñanzas de Jesús de Nazaret
sigue ofreciendo luz pese a quien pese. Ejemplos no faltan. Por ejemplo, David tuvo que huir y refugiarse en el
desierto de Judá perseguido por el mismo Saúl, rey de Israel; el profeta Jeremías tuvo que sufrir persecución, encarcelamiento y humillación de parte de los dirigentes israelitas de su día; a muchos otros profetas enviados por Dios incluso se les apedreaba y mataba; John Hus ardía en la hoguera prendida por personas religiosas, pero aún así murió alabando a Dios; Teresa de Ávila, poco comprendida en cierto momento de su vida también excla- mó, ‘sólo Dios basta‘; y hasta el pro- pio Jesucristo vio cómo todos sus amigos desaparecían dejándolo ‘más solo que la una’, muriendo finalmente a manos de los líderes religiosos de su día y dejándolo clavado en un madero fuera de los muros de Jerusalén como un vil criminal despreciado por todos. Aún así, mantuvo su dignidad hasta el mismo final cuando dijo, “Padre, per- dónalos porque no saben lo que ha- cen“.
Así lo entendió finalmente también Pedro el pescador, quien al final y después de tanta negación “lloró amargamente” entregando después por completo su vida a su Señor. Y es que, es verdad, la fe se puede perder por culpa de otros, pero nunca es tar- de para que la esperanza vuelva a bri- llar en el corazón. R
EL EFECTO DE
LA DECEPCIÓN
Así lo entendió
finalmente
también Pedro
el pescador,
quien al final y
después de tanta
negación “lloró
amargamente”
entregando
después por
completo su vida
a su Señor. Y es
que, es verdad,
la fe se puede
perder por culpa
de otros, pero
nunca es tarde
para que la
esperanza
vuelva a brillar
en el corazón.
Sociología y Cristianismo Sociología y Cristianismo
Esteban López
González
estebanlopezgonzalez.com
EXISTEN MUCHAS clases de pruebas en la vida, pero la decepción religiosa suele ser una particularmente hiriente para el corazón. Muchas personas han llegado a perder todo interés por la re- ligión organizada e incluso por el mis- mo hecho religioso debido al mal ejemplo de otros o a la falta de hones- tidad por parte de dirigentes religio- sos. El resultado suele ser el abandono de la organización religiosa a la que se perteneció alguna vez durante años y se había dado casi todo por ella.
La profunda secularización existente hoy día en muchos países produce también su efecto. Como me dijeron no hace mucho unas religiosas que te- nían que cerrar el colegio que dirigie- ron durante años, “existe una preocu- pante falta de vocaciones”. Yo mismo he conocido personas que durante años lo dieron todo en su servicio a la organización religiosa a la que perte- necieron, pero que ahora se declaran totalmente indiferentes o incluso vi- ven con un profundo resentimiento. Y es que en el caso de muchos de ellos, el abuso espiritual que recibieron fue ingente y muy doloroso.
Los escándalos de abusos sexuales de menores que han salpicado a distintas comunidades religiosas, ha supuesto también un varapalo importante a la confianza que antaño se tenía, por mé- todo, en quienes las dirigían. Sobre todo cuando se ha sabido que, para no dañar la imagen de la comunidad, ha habido esfuerzos por ocultarlos. Pero la gravedad del asunto va más allá de las políticas internas eclesiásticas; por el daño que tantos jóvenes han recibi- do, se trata ya, no sólo de un pecado, sino también de un delito que debe en- cauzarse por la vía judicial.
Cuando se produce una profunda de- cepción religiosa, muchas cosas se desmoronan. Se la ha comparado a una decepción amorosa a la que uno se había entregado con todo el cora- zón. En muchos casos se pierden refe- rencias vitales; la oración desaparece, la esperanza deja de brillar, y es posi- ble que el resentimiento dure mucho tiempo. Tal puede llegar a ser la pre- sión del dolor que hasta es posible que se niegue que alguna vez se conoció a Jesús y que una vez se le siguió con esperanza. Las referencias son ahora otras…
Quizá esa negación vital que se man- tiene ahora pueda parecerse un poco a la misma que manifestó un buen hom- bre al que se le preguntó en cierto mo- mento de su vida si conocía a Jesús de Nazaret. “Estaba, pues, Pedro en pie, calentándose, y le preguntaron: -¿No eres tú de sus discípulos? Él negó y dijo: -¡No lo soy!” (Juan 18:25, Ver- sión Valera 1995). Y lo negó así hasta tres veces. Parece mentira, porque poco antes Pedro estaba dispuesto in- cluso a luchar para salvar la vida de su maestro; porque cuando iban a arres- tarlo había cogido una espada y le ha- bía cortado una oreja a Malco, siervo del sumo sacerdote. Sin embargo, es curioso, ahora niega que le conozca o que alguna vez hubiera sido su discí- pulo. Y es que Pedro mostró ser tan humano como cualquiera de nosotros; bajo la presión del miedo, se transfor- mó; dejó de ser él mismo. Y es que las pruebas y la presión condicionan tan profundamente el espíritu del ser hu- mano que, incluso “el hombre sabio, cuando se encuentra bajo presión se comporta como loco“, dicen las Escri- turas (Ecl. 7:7).
Sin embargo, en ocasiones no se refle- xiona lo suficiente como para ver con claridad que, de la decepción religiosa de uno, poca culpa, si acaso alguna, tiene Dios. Que la piedra de tropiezo fue otra bien distinta y que el espíritu de las enseñanzas de Jesús de Nazaret
sigue ofreciendo luz pese a quien pese. Ejemplos no faltan. Por ejemplo, David tuvo que huir y refugiarse en el
desierto de Judá perseguido por el mismo Saúl, rey de Israel; el profeta Jeremías tuvo que sufrir persecución, encarcelamiento y humillación de parte de los dirigentes israelitas de su día; a muchos otros profetas enviados por Dios incluso se les apedreaba y mataba; John Hus ardía en la hoguera prendida por personas religiosas, pero aún así murió alabando a Dios; Teresa de Ávila, poco comprendida en cierto momento de su vida también excla- mó, ‘sólo Dios basta‘; y hasta el pro- pio Jesucristo vio cómo todos sus amigos desaparecían dejándolo ‘más solo que la una’, muriendo finalmente a manos de los líderes religiosos de su día y dejándolo clavado en un madero fuera de los muros de Jerusalén como un vil criminal despreciado por todos. Aún así, mantuvo su dignidad hasta el mismo final cuando dijo, “Padre, per- dónalos porque no saben lo que ha- cen“.
Así lo entendió finalmente también Pedro el pescador, quien al final y después de tanta negación “lloró amargamente” entregando después por completo su vida a su Señor. Y es que, es verdad, la fe se puede perder por culpa de otros, pero nunca es tar- de para que la esperanza vuelva a bri- llar en el corazón. R