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presentadas, refutadas o apoyadas.

In document Renovación nº 59 Julio 2018 (página 76-78)

Espiritualidad Espiritualidad

Julián Mellado

LOS CUSTODIOS

DE DIOS

DICEN QUE SABEN, que conocen la verdad, que la pueden enseñar a los demás. Son los que interpretan co- rrectamente la fe, los textos sagrados. Eso dicen. Se han convertido en los "custodios de Dios". El problema ra- dica en que son muchos los que dicen tener la sana doctrina, la ortodoxia. ¿Pero cuál de ellas es la correcta? Los custodios han luchado entre sí. Las ortodoxias se refutan unas a otras. Una ortodoxia puede ser considerada una herejía para otra. Siempre se es el hereje de alguien. Las guerras de Re- ligión que asolaron Europa fueron guerras de ortodoxias, entre los sabe- dores de la verdad. Te dicen, obliga- dos por los tiempos, que creen en el libre examen. Pero te dirán qué creer, cómo y hasta dónde.

Si te sometes a la ortodoxia de turno, serás arropado, sostenido hasta que como se suele decir, "te muevas de la foto".

Entonces serán implacables. El hereje no tiene derechos. Se le calumniará, denigrará, se le considerará alguien peligroso. Habrá que proteger a los feligreses de semejante apestado. Se intentará de que nadie le escuche, de aislarlo, de ser posible que no se ten- ga acceso por ningún medio a sus ideas. Algunos son nostálgicos de tiempos pasados donde se podía per- seguir a quien contradijera la ortodo- xia.

Si se ha dejado la fe o se la interpreta de otra manera es por supuesto por motivos indignos. Nunca porque ha sido convencido por otras razones

más convincentes, movido por la ho- nestidad. No, es alguien pérfido, que quiere socavar la fe. Es decir la de ellos, la de los custodios. 

Practicarán el Odium theologicum, el peor de los odios. Nadie considera que el odio sea una virtud, aunque se entienda el por qué alguien lo sienta. Se tratará de enmendar ese sentimien- to tan destructivo. Pero el odio  teoló- gico se presenta como virtud. Se nos dirá que no se odia a nadie sino que se defiende la sana doctrina, la verdad, hay que custodiar a Dios. Porque para ellos "su discurso" sobre Dios, es Dios mismo. No estar de acuerdo con ellos,  es atentar contra la Divinidad. El peor de los pecados.

Quien cae bajo su maldición estará expuesto a toda clase de acusación, de desprecio, pero eso sí expresado con "misericordia", el pobre se ha perdi- do. No se cuestionarán si quizás, re- motamente, ellos son los equivoca- dos.

Si se les presenta los "errores y horro- res" de sus textos sagrados, dirán que no lo son. Son otras cosas que los ig- norantes no entienden.

Pero señalarán los mismos errores y horrores en otros textos sagrados de otras religiones que en ese caso sí lo son.

Simulan el debate, pues quienes "ya tiene la verdad" ¿de qué van a deba- tir?

Cuando se les presenta algún error en su "sana doctrina" de manera eviden-

te, se ofenderán. Entonces pasarán al ataque ad honimem. Rebatir o recha- zar su doctrina es una ofensa personal y por lo tanto un ataque a Dios. Sebastian Castelio frente a la quema de Miguel Servet por los custodios de su tiempo, escribió lo siguiente:

"Matar un hombre para defender una doctrina, no es defender una doctrina, es solamente matar un hombre".

Se podría cambiar la palabra "matar" por denigrar, calumniar, acusar, des- preciar...

Los custodios de Dios nunca ofrece- rán el derecho de defenderse al hereje de manera pública. Se hablará de él a sus espaldas de forma directa, o insi- nuada, pero siempre al margen de toda posibilidad que él mismo pueda 

dar su punto de vista.

El pensador libre no pretende tener la verdad. La busca pero es consciente de sus limitaciones. Esto no es pro- blema para nadie pues hasta parece un signo de humildad. "Sólo sé que no sé nada" decía Sócrates. No fue esta frase lo que le llevó a la condena a muerte, sino la segunda parte de la misma: "y vosotros tampoco sabéis".

Buscar la verdad es estar abierto a otras razones. Con- siste en no pretender imponer la verdad sino proponer posi- bilidades para acercarse a ella.

El buscador no elabora dog- mas inamovibles y su priori- dad no es la sana doctrina sino la doctrina que sana.

Debe ser autocrítico, dispues- to a rectificar, en un compro- miso honesto de ponderar di- ferentes posiciones cuando el asunto no es evidente. Y al fi- nal tomará una preferencia pero nunca como verdad ab- soluta. Está dispuesto a cam- biar cuando otras razones o argumentaciones le conven- zan. Mientras tanto respetará a las per- sonas que opinan o creen de diferente manera.

Personas, no creencias o ideas. Las creencias e ideas no están para ser res- petadas (no respeto la creencia de la supremacía racial), sino para ser argu- mentadas, presentadas, refutadas o apoyadas. Quien debe ser respetada es la persona que sustenta esas ideas. Recuerdo una conferencia de Antonio Piñero, el historiador del cristianismo primitivo, cuando al final en el turno de preguntas, alguien le dijo que res- petaba sus ideas. El profesor exclamó: "¡No por favor! ¡No respete mis ideas, respéteme a mí! Mis ideas están ex- puestas para debatirdas, no para ser respetadas". Bravo por el profesor, por su lucidez, por su comprensión de la realidad humana.

Ya no vivimos en el tiempo donde una autoridad impone lo que se debe pen- sar o creer. Hablo de la sociedad. Es preferible, en mi opinión, exigir a quien pretende exponer "la verdad" que dé cuenta de cómo lo sabe. Y que se deje interrogar, e incluso debatir y, por qué no, refutar. 

En el siglo XVI Sebastian Castelio es- cribió un libro que fue ocultado por si- glos. Su título era Del arte de dudar y de creer, de ignorar y de saber. Lo es-

cribió en un tiempo donde la duda era considerada pecado, se dictaba lo que había que creer y pensar por aquellos que decían saber. El humanista se atrevió a desafiar todo esto (y tuvo que huir el resto de su vida) mostran- do que hay lugar a la duda y también a la fe. Que habían cosas que se igno- raban y otras que se podían saber. Siempre en los límites de las capaci- dades humanas, aceptando no tener respuestas para todo. Denunció, como su maestro Erasmo, todo dogmatismo y fanatismo que atentaba contra la li- bertad de conciencia en nombre de una Doctrina.

Vivimos otros tiempos, al menos eso creemos. El debate abierto, la con- frontación de ideas y creencias de ma- nera libre, el respeto por la persona discrepante, la ausencia de dogmatis- mo, la aceptación de los propios lími- tes, ¿es todavía posible?

No lo creo, mientras sigamos encon- trándonos con aquellos que dicen sa- ber, se anuncian como los portavoces de la verdad, y que se han convencido de que son....los custodios de Dios. R

Los pilares de la ortodoxia

Las creencias e ideas

no están para ser

respetadas (no respeto

la creencia de la

supremacía racial),

sino para ser

argumentadas,

presentadas, refutadas

o apoyadas.

Espiritualidad Espiritualidad

ESCUCHÉ RECIENTEMENTE este co- mentario: “Parece que todo lo que Cristo espera de nosotros es difícil lo- grar”. ¿Estás de acuerdo con esto? ¿Han oído hablar de la biosfera? Un grupo de científicos se reunió en el de- sierto de Arizona y creó un verdadero mundo bajo una gran burbuja de cris- tal y vivieron en ella por largo tiempo. Allí aprendieron muchas cosas. Una de ellas fue que los árboles, después de un tiempo, se caían. Crecían muy altos y luego se caían. Al principio no podían explicar por qué sucedía eso, pero no tardaron mucho en averiguar el motivo. En la biosfera ellos podían generar cualquier cosa bajo aquella burbuja gigantesca, pero pronto con- cluyeron que no podían recrear el viento, el aire. Por lo tanto los árboles crecían, pero sin la fuerza del viento, que en condiciones normales soplaría fuerte contra ellos y fortalecía el siste- ma de raíces para mantenerlos en pie, se caían.

Quizás parte del motivo de que todo lo relacionado con el discipulado sea di- fícil es que sin resistencia, la naturale- za humana crece débil en vez de fuerte. Creo que jamás fue la expecta- tiva de Dios que leamos esas nueve partes del fruto del Espíritu (Gal. 5:22), y pensemos: “Creo que una de ellas es muy fácil para mí, me viene naturalmente. La paciencia, la he lo- grado. O, “la benignidad es parte de mi naturaleza”. Pero no es así.

Lo que leemos en Gálatas 5 es fruto del Espíritu. Si crecen en nosotros, los cultivamos y con ellos colaboramos. Esas virtudes nacen cuando nos uni-

COMO CULTIVAR

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