En el siglo XVII Italia dejó de tener el protagonismo casi absoluto que hasta entonces la acompañaba en cuanto a la fiebre coleccionista de lo curioso, para pasar a ser la cantera de un nuevo negocio que se expandía por Europa: el comercio de objetos de arte. Países como Italia o España, más preocupados ahora por la formación de colecciones de pintura, cedieron al ansia coleccionista de antaño para centrarse en la formación de series más específicas del mundo artístico y religioso, que dejaran para los sabios ese otro coleccionismo científico. La nueva concepción de la ciencia se separaba claramente de la actividad artística para crear dos mundos: el del sabio dedicado al estudio de su gabinete de ciencias, y el del coleccionismo estético y devoto.
Poco a poco se diluye aquel inmenso gabinete de curiosidades en Italia, que, en opinión de Schlosser, no había alcanzado la fuerza que caracterizó a los países del centro y norte de Europa, y se impone la nueva galería de objetos artísticos y retratos, esta vez sí, abierta a la contemplación más o menos pública en aras del reconocimiento social del personaje y el artista57. Mientras tanto, los países nórdicos, siguiendo la antigua tradición comercial que los había hecho famosos, se lanzaron a dominar el tráfico de obras de arte que entonces se hacía cada vez más accesible a la nueva burguesía pujante.
55
SÁNCHEZ REAL, J. “El Museo arqueológico de Antonio Agustín”, en Jornades de Història: Antoni Agustín i
el seu temps (1517-1586) (Tarragona, 1986), Barcelona, 1990, pp. 495-506. HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, F. El patrimonio cultural: la memoria…, Op. Cit., p. 37.
56
MORÁN, M. y CHECA, F. El coleccionismo…, Op. Cit., pp. 155-6.
57
Un ejemplo interesante es el del arzobispo de Milán, cardenal Federico Borromeo, que concibió su colección de pintura con un destacado tono didáctico al abrirla a un público seleccionado, acompañarla de la Biblioteca Ambrosiana, de una Academia de pintura, escultura y arquitectura, y publicar su catálogo en 1625. Se unían los conceptos de biblioteca, museo y escuela. Carta Circular La Función Pastoral de los museos
eclesiásticos, Pontificia Comisión para los Bienes Culturales de la Iglesia, Ciudad del Vaticano, 15 agosto
Un caso de ese gusto por la diversidad nórdica es el de la colección de arte y maravillas de Salzburgo fundada por el arzobispo Guidobald58 (1654-1688), conde de Thun, que contenía, además de cuadros, objetos preciosos, curiosidades, piedras tratadas en su taller de pulimentación (cristal de roca, esmeraldas o topacios), microscopios y objetos científicos.
Probablemente una de las pocas excepciones a este razonamiento lo encontremos en el Museo Kircheriano59 fundado a mediados de siglo en Roma, eso sí, por un jesuita alemán: Athanasius Kircher. El catálogo del museo, publicado en Ámsterdam en 1678, refleja el deseo de abarcar el conocimiento humano en un conjunto heterogéneo de objetos e instrumentos que combinan la ciencia y el arte, siguiendo un reordenamiento previo con una intencionalidad educativa. Así lo describían a finales del siglo XIX los catedráticos de la Universidad de Santiago y peregrinos, don José Fernández Sánchez y don Francisco Freire Barreiro60, “El museo de Kircher se cuenta entre los más famosos y
ricos de Europa. La colección numismática, sobre todo respecto á antiguas monedas ponderales de los diferentes pueblos de Italia, es la más numerosa de cuantas en el mundo existen (…) Son también monumentos arqueológicos de grande interes dos copas de plata con los nombres de las mansiones que se encontraban en la gran vía de Roma á Cádiz; una silla de bronce con incrustaciones de plata, al servicio de los sacerdotes de Baco; idolillos, espejos, bajos relieves, objetos de barro cocido, armas y cuchillos de pedernal, etc. No es menos rico el museo Kircheriano en antigüedades cristianas, consistentes principalmente en lámparas de barro y de bronce, inscripciones griegas y latinas de los primeros siglos de la Iglesia, páteras, instrumentos de martirio, etc.”. A pesar
de no ser frecuente, pequeñas colecciones como éstas se podían encontrar también en casas como la del cardenal Fabio Chigi (sobrino de Alejandro VII), en la que convivían objetos litúrgicos antiguos con verdaderas curiosidades61.
En la Santa Sede del siglo XVII el inicio de una política papal de clientelismo y nepotismo colocó a una parte importante de las familias papales en cargos destacados que, a los ojos del público, se manifestaban en el fortalecimiento de su prestigio y poder político y económico a través del encargo de obras de arte y la práctica del coleccionismo artístico62.
58
SCHLOSSER, J. von. Las cámaras artísticas…, Op. Cit., p. 141.
59
SCHLOSSER, J. von. Las cámaras artísticas…, Op. Cit. p. 214. MORÁN, M. y CHECA, F. El
coleccionismo…, Op. Cit. p. 180. 60
FERNÁNDEZ SÁNCHEZ, J. y FREIRE BARREIRO, F. Santiago, Jerusalén, Roma. Diario de una
peregrinación, tomo III, Santiago de Compostela, Imp. del Seminario Conciliar, 1882, p.674. 61
INCISA DELLA ROCCHETTA, G. “Antichità Cristiane nel Museo di Curiosità del Cardinale Flavio I. Chigi”, en Revista di Archeologia Cristiana, publicata per cura della Pont. Commissione di Archeologia Sacra e del Pontificio Istituto di Archeologia Cristiana, anno XLVIII, nº 1-4, Roma, 1972, pp. 187-191.
62
En la España de este momento, en plena lucha contrarreformista, la valoración que alcanzaron los relicarios y los camarines de reliquias fue tal, que en todas las colecciones conocidas se podía encontrar un hueco para estas piezas que, solían acompañar también a las pinturas de temática religiosa. Si por una parte, los centros religiosos recuperaban las devociones a esos santos y las grandes celebraciones triunfales de la liturgia (la obra de Felipe II en El Escorial se convierte en un gran contenedor de reliquias), a nivel privado tanto laicos como religiosos llenaron sus casas con reliquias cuyos envoltorios eran encargados a los mejores artistas de la época. Siguiendo esta actitud, somos testigos de las inmensas donaciones de relicarios, objetos artísticos y rarezas, a importantes centros religiosos que incidieron en el acrecentamiento de su fama y, años más tarde, en la formación de museos de arte sacro. Son casos como el del Monasterio de las Descalzas Reales o el de la Encarnación, de Madrid.
En Galicia las donaciones reales o nobles de objetos preciosos y reliquias no son muy abundantes, pero los podemos encontrar, por ejemplo, en la Colegiata de Santa María del Campo de A Coruña a la que la segunda mujer de Carlos II, Doña Mariana de Neoburgo, hizo donación de un importante conjunto de piezas de ajuar litúrgico63. Pero, sin duda, la colección más destacada del momento fue la perteneciente a los VII Condes de Lemos64 que, tras la muerte del conde y el traslado de la condesa al convento de Santa Clara de Monforte, por ella fundado, para ingresar como monja, fue donada a la congregación. El conjunto había formado parte de la capilla privada de los condes, doña Catalina de la Cerda y Sandoval y don Pedro Fernández de Castro, y se veía influenciado por las modas italianas de principios del siglo XVII a raíz de la estancia de la pareja en Nápoles como virreyes. El grueso de la colección lo formaban reliquias traídas de la ciudad italiana y montadas en relicarios a los que les acompañaba un valor añadido al puramente económico: el ser objetos lejanos ungidos de un carácter devocional y sacro. El resto de la colección lo formaban esculturas de los mejores talleres castellanos, telas litúrgicas bordadas y pintura. A pesar del origen laico de esta colección, su donación al convento lo convirtió en un patrimonio religioso protagonista hoy de su Museo de Arte Sacro.
Se puede decir que el coleccionismo tal y como se mostraba en el resto de la Península es difícil de encontrar en tierras gallegas en ámbitos sociales que no fueran las altas esferas eclesiásticas o políticas. Es o reducía las posibilidades a los arzobispos compostelanos y a familias de las más elevadas estirpes. Fue el caso del arzobispo don
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LOUZAO MARTÍNEZ, F. J. Catálogo del Museo de Arte Sacro de La Coruña, 1993, p. 22. Entre las diferentes procedencias de las piezas, encontramos la donación de Dª Mariana de Neoburgo en 1691 y 1695 respectivamente de una arqueta eucarística y una custodia de primera calidad traídas de Augsburgo.
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CHAMOSO LAMAS, M. Museo de Arte Sacro de Monforte de Lemos, Caja de Ahorros de Galicia, 1980, pp. 128-9. Ver el apartado dedicado exclusivamente a este museo.
Pedro Carrillo y Acuña (1655-1667) que, además de gran mecenas y benefactor de obras de arquitectura, llegó a formar una de las colecciones artísticas más destacadas del momento, compuesta de cuadros (entre los que se encontraban obras de Guido Reni), mobiliario, ropas, ornamentos litúrgicos y orfebrería65. A una escala inferior aunque en absoluto despreciable, encontramos las figuras de eclesiásticos más o menos bien colocados que forman en sus casas pequeñas bibliotecas y colecciones de pintura, principalmente religiosa, pensadas más como elemento decorativo y devocional que como colección propiamente dicha. Son el Inquisidor Apostólico de Galicia y Canónigo de la Catedral, don Alonso Martínez de la Vega; el Cardenal don Juan Antonio Fernández Talavera, el Cardenal Mayor de Santiago, don Felipe de Navia Mariño y el Maestreescuela don Antonio Martínez de Yanguas66.
No se da, pues, en nuestras tierras un coleccionismo estrictamente erudito, como el que encontramos en otros ejemplos peninsulares, en los que la riqueza de todo tipo de objetos era excepcional tendiendo más a lo artístico que a lo puramente científico (reservado para colecciones muy concretas). El caso del eclesiástico de la corte don Juan de Espina67 es, sin duda, destacable en la medida que llegó a formar, no sólo una cámara de maravillas impresionante, sino que la acompañó con una interesante colección de pinturas y con una biblioteca más que digna, que a su muerte regalaría a Felipe IV para evitar su dispersión y olvido.
2.4.- El siglo XVIII
El siglo de la razón y las luces continúa la evolución iniciada la centuria anterior para acabar con un panorama bastante diferente en lo que al modo de coleccionar se refiere. En estos años en los que triunfa el ideal de la razón y la utilidad, se produce la separación disciplinaria entre las ciencias y las artes, a pesar de que ambas se incluían en la base del modelo de desarrollo social a través de la educación. No debemos olvidar que es la época de las excavaciones de Herculano y Pompeya, de Winckelmann (nombrado por Clemente XIII “sopritendente alle Antichitá de Roma”), de los viajes de las clases distinguidas por la Europa antigua (sobre todo Italia y Grecia), de la institucionalización de las ciencias y las artes a través de las Academias (siguiendo el modelo francés), de la pasión por la arqueología en detrimento de otros campos que habían tenido más éxito en épocas anteriores, etc. Y todo ello, concluyó en una manera diferente de ver el mundo. Los que entonces se dedicaron al estudio de las ciencias y la historia no lo hicieron, en
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FERNÁNDEZ GASALLA, L. “Consumo de arte e clientela privada en Santiago na segunda metade do século XVII (1649-1700)”, en Historia Nova, nº 2, Asociación Galega de Historiadores, Santiago de Compostela, 1993, pp. 196-198.
66
FERNÁNDEZ GASALLA, L. “Consumo de arte…”, Op. Cit. p, 199.
67
general, sobre sus propias colecciones sino sobre las que comenzaban a mostrar de forma oficial las instituciones públicas.
Al contrario de lo que ocurría anteriormente entre los que gustaban de coleccionar y estudiar sus propios “museos”, ahora los grandes proyectos científicos se apoyaban sobre el conocimiento más amplio del Estado gracias a viajes de estudios, dibujos o descripciones de objetos y monumentos que se encontraban a cientos de kilómetros unos de otros. La sistematización de las ciencias en todos sus campos había comenzado.
Se dio el caso de que muchos de estos eruditos formaban parte de la comunidad eclesiástica de uno u otro modo, lo que hace de este grupo uno de los más fructíferos. Entre ellos contamos con don Manuel Martí68 (1663-1737), entusiasta literato en Valencia y estudiante en Roma, cuya formación en la ciudad papal le permitió cultivarse e iniciarse en la crítica histórica y la arqueología. Tras pasar de nuevo por Valencia como deán, viajó a Madrid para ponerse bajo las órdenes del Duque de Medinaceli, en cuya biblioteca y monetario se pasaría muchas horas. Sus viajes a Sagunto y Sevilla completaron su formación en cultura clásica.
Probablemente los más conocidos de estos eruditos viajeros fueron el padre agustino don Enrique Flórez (1702-1773), que a lo largo de todo el siglo conseguirá reunir una obra completa en 29 volúmenes bajo el título de la España Sagrada; el jesuita de Palermo don Juan Francisco Masdeu (1744-1817) y los tratadistas de arte más destacados del momento: don Antonio Ponz69 (1725-1792) y don Juan Agustín Ceán Bermudez. Junto a ellos otros eclesiásticos como don Francisco Pérez Bayer y don Andrés Marcos Burriel se encargaron de recoger las fuentes para la redacción de la historia eclesiástica, todos ellos inclinados definitivamente hacia la arqueología y las antigüedades70. No debemos olvidar tampoco que fueron los años del orensano padre Feijoo (1676-1764), brillante Catedrático de la Universidad de Oviedo, clave en el tránsito hacia el mundo ilustrado, y del benedictino Martín Sarmiento (1695-1772), cuyos deseos de saber se dirigieron principalmente al problema de la lengua gallega y a los estudios de botánica71.
68
HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, F. El patrimonio cultural: la memoria…, Op. Cit., pp. 54-55.
69
Antonio Ponz se convirtió, en 1776, en Secretario General de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, tras una larga experiencia con el patrimonio y la historia. Años antes , Campomanes le había encomendado el rescate del tesoro artístico de las iglesias y conventos de la Compañía de Jesús, confiscados por la Corona. Su periplo por tierras españolas lo dejó escrito en los 20 tomos de su Viaje de España.
70
Entre estos estudios de carácter histórico (con mayor o menos veracidad) destacan los Anales de el Reyno
de Galicia de don Francisco Xavier de la HUERTA Y VEGA, publicado en 1733, y la obras de Pascasio de
SEGUIN, Historia General del Reino de Galicia publicada en 1750.
71
Un pequeño pero ameno resumen de su vida, que sin ser exhaustivo nos ofrece una visión bastante clara de la época y el espíritu de Sarmiento, lo encontramos en la obra de CASARES, C. A vida do padre
Sarmiento, Ed. Galaxia, Vigo, 2001. Además de la lengua y la botánica, dedicó algunos de sus escritos a la
historia de Galicia y parte de su tiempo a la recolección de monedas, las investigaciones arqueológicas y el estudio de inscripciones.
Una importante colección de la Iglesia catalana del XVIII fue la del canónigo Ramón Foguet i Foraster (1729-1794). Nacido en una familia adinerada, se dedicó desde joven a los estudios históricos, arqueológicos y bibliófilos aumentándolos a partir de 1750 gracias a su condición de Canónigo de la Catedral de Tarragona. Llegó a formar un destacado museo particular reuniendo unos 8.000 libros, cabezas de época romana, pintura, 14.000 monedas, camafeos, cerámicas y un gabinete de Historia Natural ordenados en vitrinas y armarios, que a su muerte regaló a la comunidad de San Francisco de la ciudad con la condición de su apertura al público. Este museo desapareció durante el saqueo francés de la ciudad en junio de 181172. Dentro también del ámbito mediterráneo de la segunda mitad del siglo XVIII, destacó el “Museo Diocesano Valentino” del arzobispo don Andrés Mayoral (1761)73, instalado en el Palacio Arzobispal de Valencia hasta su desaparición tras la invasión francesa, en 1812.
Siguiendo los principios racionalistas de la época, los eclesiásticos se posicionaron como importantes responsables de la educación pública. Sobre este particular, el que llegaría a ser obispo de Osma en 1798, don Francisco Ignacio Iñiguez de Angulo, destacó por el empeño en su mejora y la necesidad del estudio de las ciencias que el practicaba a través de su escogida biblioteca de física y matemáticas74. Además no debemos olvidar que muchos obispos y miembros elevados de las jerarquías eclesiásticas se integraron en las Sociedades Económicas e impulsaron al clero a difundir las enseñanzas de estos establecimientos.
Mientras algunos eclesiásticos, sobre todo religiosos de órdenes regulares75, se dedicaban al estudio científico de la historia y la arqueología (entendidas éstas dentro de sus ramas de epigrafía, numismática, diplomática, paleografía o heráldica), el mecenazgo artístico seguía en manos de las clases más poderosas y, en el caso de Galicia, eso significaba los prelados. Coincidiendo con el cambio de siglo, se instaló en la silla compostelana uno de los arzobispos más generosos en cuanto a la promoción de todo
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FOLCH I TORRES, M. “Els canonges Foguet y González de Posada, arqueòlechs de Tarragona”, en Boletín
Arqueológico de Tarragona, época II, nº 3, mayo-junio 1914, pp. 93-114. IBAR ALBIÑANA, L.”Els museus
arqueològics de Tarragona al segle XIX”, en Butlletí Arqueològic, Reial Societat Arqueològica Tarraconense, época V, nº 14, 1992, pp. 150-151.
73
El arzobispo Mayoral y su sucesor el arzobispo don Francisco Fabián y Fuero, consiguieron reunir una importante colección de piezas romanas, así como una prestigiosa biblioteca que ubicaron en un gabinete del palacio arzobispal que desaparecieron con la entrada en Valencia del general Suchet. BARBERÁ SENTAMANS, A. Museo Arqueológico Diocesano de Valencia, Catálogo descriptivo, Imp. Sanchos y Torres, Valencia, junio 1923, pp. 8-11. BUESA CONDE, D. J. “El Patrimonio Cultural. Reflexiones en torno a su concepto y evolución”, en Aragonia Sacra, vol. III, 1988, p. 102.
74
SARRAILH, J. La España Ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII, Fondo de Cultura Económica, México-Madrid-Buenos Aires, 1957, p. 128.
75
Colecciones eclesiásticas en manos de religiosos regulares existieron en el convento premostratense de Bellpuig de les Avellanes gracias a su ilustrado abad Jaume Pascual que consiguió reunir una biblioteca y un gabinete con medallas, monedas, inscripciones y piezas de historia natural en dos salas del monasterio. SANTS GROS, M del. “Notes per a la històrica dels museos eclesiàstics de Catalunya”, en Thesaurus, L’art
als bisbats de Catalunya 1000-1800 (24 desembre 1985 - 2 març 1986), Fundació Caixa de Pensions,
Barcelona, 1986. Otro ejemplo fue el Museo Arqueológico y Numismático de Calatayud creado por los jesuitas en su Seminario de Nobles hacia 1752. BUESA CONDE, D. J. “El Patrimonio Cultural…”, Op. Cit., p. 101.
tipo de actividades tendentes a mejorar, no sólo el templo catedralicio, sino las instalaciones de los conventos y monasterios de la ciudad y la diócesis: Fray Antonio de Monroy (1685-1715). Además de sus empresas arquitectónicas, se empeñó en mejorar el servicio del altar compostelano renovando su ajuar con importantes objetos de orfebrería que respondían a lo que Miguel Taín llama “sentido teológico de la magnificencia”76. A pesar de esta labor, lo cierto que no puede ser calificado exactamente como un coleccionista al estilo de lo que ocurría, por ejemplo, en el resto de la Península, puesto que su actitud fue más la de un mecenas de las artes77.
Más cercano al coleccionismo privado encontramos, a finales de siglo, al canónigo compostelano don Antonio Páramo y Somoza. Había ocupado también los puestos de Rector universitario, Administrador del Gran Hospital, Obispo de Lugo y socio-fundador de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Santiago. Gran viajero y amante de los libros, creó una importante biblioteca que donó a la Sociedad en 1784 junto con su colección de pinturas, monedas y gabinete de Historia Natural “…acaso la mayor que
particular alguno poseía en España (…) ya llegó el tiempo de que pueda ser útil a mi patria este trabajo, desde ahora se lo cedo a la Sociedad perpetuamente, reservando mientras viva su usufructo, para aumentarlo”78. El reconocimiento de su apoyo a la