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LOS MUSEOS DIOCESANOS

In document Los museos eclesiásticos en Galicia (página 173-178)

El tema de los museos diocesano, como hemos visto, generó un enorme interés al final del siglo XIX y, con él, diferentes opiniones en torno a cuál debía ser el contenido de los mismos. Se pueden distinguir dos posturas enfrentadas, por un lado la que defendía la entrada en los Museos de los seminarios de cualquier objeto, aunque no tuviera que ver directamente con la religión, y la postura que mantenía la “pureza” de estos centros en los que únicamente podían contenerse muestras del arte sacro.

Un defensor del primer posicionamiento lo encontramos en don Antolín López Peláez que, de nuevo, en su discurso, defiende que la simple razón de que el museo sea un lugar de estudio de la Arqueología para los seminaristas es suficiente para “que allí

tuviese cabida, aunque sin dar preferencia a su adquisición y busca, lo que, siendo de

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Entre los manuales que manejan López Ferreiro y Guiol i Cunill se encontraban las obras de Juan Bautista De Rossi y su trabajo en el Bulletino di Archeologia cristiana publicado en Roma desde 1863. Este historiador y arqueólogo había sido nombrado por León XIII perfecto del Museo Vaticano el 23 de Octubre de 1878 “...

Pero si la costumbre de esta Santa Sede ha sido siempre alentar y colmar de honores á los hombres eruditos que habían merecido bien de las letras y de las ciencias, nada solicita más Nuestro favor y Nuestra benevolencia que esa ciencia que esclarece los orígenes de la Iglesia y hace que las mismas piedras, por decirlo así, y los monumentos tomen la causa de la religion y atestigüen la antigüedad y la permanencia de la fé y de la autoridad romana. A fin, pues, de favorecer, en cuanto en Nos está, esos estudios en los cuales fuísteis educado desde vuestra juventud, bajo la direccion de hombre tales como Angelo Mai yCayetano Marini, de quienes sois émulo en el saber, hemos resuelto confiar á vuestros cuidados y á vuestra actividad, con el título de prefecto ó curador, el museo cristiano anexo á la biblioteca vaticana, bajo la reserva, no obstante, del derecho de direccion y vigilancia que compete al cardenal bibliotecario y al sub-bibliotecario.”

Carta de León XIII publicada en Galicia Diplomática, Tomo II, nº 34, 22 Marzo 1884, pp. 247-8. Otros autores que servirán de base bibliográfica a estos dos arqueólogos serán J. J. Bouraseè con Dictionaire d’Archéologie

Sacrée, 1851; la obra de Mariano Armellini; el P. Garrucci con su Storia dell’ Arte cristiano; J. Mallet con Cours élémentaire d’Archeologie religieuse, Paris, 1874-83; M. de Caumont con su Abécédaire ou rudiment d’archélogie, Caen, 1833; Didron con la revista Annales archéologiques publicada desde 1844 o el Padre

Flórez con su España Sagrada entre otros muchos. Un comentario a cada uno de estos autores y sus obras lo encontramos en el discurso reseñado de Eladio Oviedo Arce.

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ACUÑA CASTROVIEJO, F. “A arqueoloxía na obra de López Ferreiro”, en C. E. G., vol. 32, fasc. 96-7, 1981, p. 62. BARRAL I ALTET, X. “Catolicisme i nacionalisme…”, Op. Cit., p. 14.

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Es interesante comprobar como López Ferreiro incluye dentro de su clasificación de Artes Industriales un apartado dedicado a la Lipsanologia (es decir, el estudio de las reliquias) al que dedica dos lecciones. La razón parece clara al comprobar como tan s ólo 10 años antes se había dedicado a la ardua labor de encontrar los restos del apóstol Santiago y, tras su descubrimiento, el tema de las peregrinaciones devino uno de los puntos principales en la política de los arzobispos, Payá y Rico, primero y Martín de Herrera después.

importancia por su antigüedad o por su forma, no pertenece propiamente al arte cristiano, pero sirve para la Historia patria, o relaciónase con algunas de las ramas de la Arqueología general, o es motivo para favorecer la cultura”278. Así justifica, por ejemplo, la existencia dentro del Museo Diocesano de Tarragona de colecciones monetarias anteriores al cristianismo, laudas, sepulturas o restos epigráficos no exclusivamente cristianos. Claro que esto puede ser más fácilmente entendido si apuntamos que en su razonamiento no restringía la visita al museo a los seminaristas, sino que abría sus puertas a los visitantes de la ciudad y los turistas que buscasen descubrir los tesoros de Tarragona.

Por su parte, desde la revista Galicia Diplomática se defendía la otra facción, que proponía que los museos de arte religioso contasen exclusivamente con muestra referentes a la religión católica. La redacción de la revista se expresaba de este modo en 1883 en relación al museo diocesano compostelano: “Los Museos de los Seminarios, (y

este creemos sea el primero que se establezca en España), tienen que limitarse á ciertos objetos antiguos del culto católico para el auxilio de un breve curso de arqueología sagrada con que terminen su carrera los sacerdotes”279. Desde este punto de vista, los museos de arte sagrado sólo debían responder a dos objetivos: la formación de los seminarista en arte, y la conservación y custodia de los objetos que se hallaban olvidados en sacristías, rectorales o desvanes. En este caso, la opción por un tipo de museo estrictamente religioso adquiere sentido si consideramos que, por esas mismas fechas, la Sociedad Económica de Amigos del País de Santiago280 había puesto en marcha su Museo Histórico-Artístico con carácter civil que debía contener los objetos no propiamente religiosos, de modo que entre las dos instituciones se pudieran “repartir” el panorama artístico gallego.

La creciente preocupación de la sociedad civil y religiosa por el estado de ese patrimonio fue otro de los motivos que influyeron en la formación de estos nuevos centros que venían a “imitar” las acciones del Estado en cuanto a sus trabajos de creación de los Museos de Bellas Artes y de Arqueología. Pero, sin duda, una de las razones más poderosas, fue la de la formación de los futuros sacerdotes en nociones de carácter histórico y artístico como medida preventiva en la conservación de las manifestaciones artísticas de la Iglesia, según se desprende de las palabras de obispos como Messeguer i Costa al decir “Deseando fomentar la instrucción de los alumnos del Seminario Conciliar

Diocesano, he determinado ampliar la enseñanza que se da en la clase de Arqueología

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LÓPEZ PELÁEZ, A. “Museos Diocesanos. Discurso…” Op. Cit., p. 17 (nº 18 enero-marzo de 1918).

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“Los museos de Antigüedades en Santiago”, en Galicia Diplomática, Tomo II, nº 22, 8 diciembre 1883, p. 166.

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REQUEJO ALONSO, A. “El Museo de la Sociedad Económica de Amigos del País y su relación con el nacimiento de los primeros museos en Galicia”, en Boletín Auriense, vol. XXXI, 2002, pp. 273-296.

Cristiana, estableciendo un Museo Católico, donde pienso reunir los objetos artísticos que pueda haber, practicando cuantas diligencias estén a mi alcance a fin de que los alumnos aprendan a distinguir el carácter especial de las obras destinadas a la Religión Católica por las bellas artes”281. Palabras similares las encontramos en las circulares de algunos obispos españoles, como el de Astorga, a finales del XIX y en las intenciones de los arzobispos compostelanos.

Además de todo esto, el origen de los museos de la Iglesia debemos verlo también en el ambiente general de una época preocupada por su pasado histórico y sus manifestaciones, y por la búsqueda de una identidad nacional en aquellos restos que mejor definían la cultura de los grandes estados (el arte medieval) vistos a través de los ojos del romanticismo. Es ahí donde los museos eclesiásticos se convirtieron en una pieza más del gran puzzle en el que el elemento unificador fue la política vaticana de recuperación histórica y restauración católica opuesta al liberalismo de una sociedad cada vez más secularizada.

Dentro del período y las circunstancias de las que hemos hablado en este capítulo, probablemente el caso compostelano resulte, dentro del ámbito gallego, el más interesante ya que, sin haberse llegado a formar el Museo Diocesano, su proyecto es el más antiguo en Galicia. Así, descubrimos en las páginas de la revista Galicia Diplomática la mención al proyecto del arzobispo Payá y Rico de la creación del Museo en el Seminario compostelano ya desde 1882282. Lo curioso de esta cuestión es que en el Boletín Eclesiástico del Arzobispado no hemos encontrado mención alguna a tal proyecto a pesar del interés con que el prelado asume la misión de devolver a Santiago la importancia histórica y artística que había disfrutado en épocas pasadas. Para mayor misterio, tampoco hemos encontrado ninguna pista que nos hiciera pensar que López Ferreiro participara de ese proyecto, cuando él mismo había impartido las clases en el

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Palabras del obispo de Lleida el 6 de Marzo de 1893 sobre la intención de crear el museo diocesano. FUSTÉ VILA, Mn. J. El Museu Arqueològic de la Diòcesi de Lleida. Història, organització i importància del

mateix, Lleida, Impremta Mariana, 1924, p. 5. 282

Galicia Diplomática, tomo IV, nº 33, 25 agosto 1889, p. 254 “...como quiera que desde 1882 viene

ocupándose esta humildísima Revista en la propaganda incesante, especialmente en Galicia acerca de la fundación de Museos Diocesanos, creación de Juntas periciales y cátedras de Arqueología en los Seminarios (habiéndose conseguido todo esto en la Diócesis de Compostela por la ilustración de sus prelados y estando á punto de seguirse el ejemplo en las sufraágneas [sic] de esta provincia eclesiástica)…”. Según estas

palabras, el museo diocesano parece que ya funcionaba en Santiago aunque en realidad no era así. Es más, en 1883, la revista hace un llamamiento al arzobispo compostelano para la formación del museo ante la cantidad de obras abandonadas con estas palabras “No dejaremos pasar esta buena ocasión sin dirigir un

ruego á nuestro eminentísimo prelado. En otra parroquial del puente Ulla aun se ve, pero ya terminando su larga existencia, otra cruz de azabache de la cual se cuentan algunas historias entretenidas; en la iglesia de Valga hemos visto en un rincon de la sacristía otra cruz de metal abandonada como antigualla; no dudamos que en toda la diócesis entre cuadros, alhajas de este género antiguo, ornamentos y muebles podría reunirse lo suficiente para un museo de gran estimacion en nuestra basílica, con el que se conseguiría, después de añadir una joya mas á la monumental Compostela, librar de la profanación y del olvido en que yacen tantos objetos preciosos ó al ménos curiosos como habrá visto el sabio Cardenal, en su visita á la diócesis. Nunca nos cansaríamos de elogiar una determinación tan importante como necesaria y altamente patriótica”, Galicia Diplomática, tomo II, nº 11, 16 septiembre 1883, pp. 87-88.

Seminario y colaboraba en todos los acontecimientos expositivos y culturales de Galicia y de Santiago. Resumiendo, hacia 1882-3 se empieza a hablar en Santiago de un Museo Diocesano y de la inclusión de los estudios de arqueología en el seminario; a finales de los 80 la Cátedra estaba en marcha (gracias a la actuación del arzobispo Guisasola), pero del museo nada se sabía, exceptuando las colecciones de tipo científico con las que contaba el seminario. En diciembre de 1889, siendo arzobispo de Santiago el cardenal Martín de Herrera, sale de nuevo a la luz el tema del deseado museo diocesano en una carta enviada por don José Villamil y Castro al director de la revista Galicia Diplomática en la que exponía su opinión sobre el tema al defender “… la conveniencia (no me atrevo á

llamarla necesidad) de crear en la ciudad Archiepiscopal de Santiago un Museo Arqueológico con carácter eclesiástico y completa independencia del Estado”. En la

defensa de este proyecto esgrime su particular forma de entender estos museos religiosos abogando por la formación en Santiago de un único museo de ámbito regional, contradiciendo, de este modo, las conclusiones que en el Congreso Católico Nacional de 1889 se habían aprobado en relación a la formación de museos en todas las diócesis283.

El tema debió estar mucho tiempo encima de la mesa de discusión puesto que dos años después (y casi diez desde los primeros pasos dados) don Eladio Oviedo Arce, en su discurso de inauguración del curso en el Seminario, vuelve a hacer mención a la creación “en breve” de un museo para la archidiócesis, que de nuevo quedó en un proyecto sin mayor realización. Las revistas y publicaciones de la época no dejaron pasar la oportunidad de opinar sobre la necesidad de la formación del museo, ya que para muchas de signo regionalista, como La Patria Gallega, la creación de un museo era una imperiosa necesidad para la conservación de la memoria nacional y la historia del pueblo, al modo en que lo habían hecho los catalanes284.

El caso de Mondoñedo es ligeramente posterior aunque responde a los mismos principios y contexto mencionados hasta ahora, de modo que la preocupación por esta temática se manifestó algunos años más tarde en el propósito del prelado don Juan José Solís Fernández “de imprimir á los estudios históricos la importancia que en los actuales

tiempos es de rigor se les cenceda [sic], dado el vuelo que en nuestros días han tomado.

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“…conveniencia de que, en vez de cinco museos diocesanos sólo se establezca uno en Galicia, formado

del contingente que aporten todas la cinco diócesis, y, por tanto, con el carácter de general de Galicia, bajo el título de Compostelano. Alego por de pronto y por lo que respecta á Tuy y Mondoñedo, y aun á Orense y Lugo, que en ninguna de estas poblaciones podría reunirse caudal de objetos ni para un mal gabinete, incapaz de estudio comparativo y no susceptible de metódica y científica catalogación. (…)Si ha de haber, pues, un solo Museo Arqueológico, y con carácter eclesiástico, en Galicia, es indiscutible que su localidad apropiada es Santiago” VILLAMIL Y CASTRO, J. “Museo Arqueológico”, en Galicia Diplomática, tomo IV, nº

42, 3 noviembre 1889, pp. 306-7.

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“Leemos en La Veu de Catalunya que la colección arqueológica del Museo diocesano de Vich, ha sido

aumentada, durante la última semana con los objetos siguientes: (…). Cuándo podremos decir nosotros lo mismo del iniciado en el Seminario Central? La verdad es que hace falta que una mano piadosa salve de todo género de rapiñas, los ya escasos restos arqueológicos que se conservan en nuestras iglesias rurales”, en La Patria Gallega, año II, nº 1, 1 enero de 1892, p. 7.

En especial la Arqueología que, según las modernas corrientes, entra de lleno en la cultura general y que para un teólogo es fuente de decisivos argumentos plenamente probatorios de muchas verdades religiosas, será prácticamente estudiada en la medida que los medios de que pueda disponerse lo consienta. A este fin, para mayor difusión de estos conocimientos entre los seminaristas, se propone el Sr. Obispo la reunión de objetos de valor histórico ó de carácter arqueológico, que será el principio de un MUSEO DIOCESANO...”285.

El resto de diócesis gallegas obvió el tema de la formación de un museo de estas características y, hasta muchos años después, no se presentó ninguna iniciativa en este sentido. Lugo no atendió a estos requerimientos hasta 1916 en que la aparición de una gran cantidad de piezas salidas de las obras de remodelación de varios lugares de la ciudad condujo a la formación de un centro para su conservación, un año después. Lo más probable es que, de no haberse trasladado el canónigo López Peláez a Burgos, hubiese sido éste el que hubiera puesto en marcha esta iniciativa mucho antes de lo que resultó al final. En Ourense tampoco fructificó la idea, probablemente ante la fuerte “competencia” que resultaba ser el Museo de la Comisión de Monumentos en la que, además, participaban los personajes eclesiásticos más importantes del momento, dedicados al estudio de la historia y arte de la provincia. Debió estar claro que, contando con un museo de la importancia y los fondos del de la Comisión, no era necesaria la formación de otro dentro de la ciudad. Por último, Tuy tampoco se vio tentada hacia este ideal práctico de la historia y el arte, que no llegaría a hacerse realidad hasta los años 70 del siglo siguiente.

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B. E. O. M., año LII, nº 28, 10 Octubre de 1908, pp. 314-5. En 1896, el ahora obispo de Mondoñedo, y entonces canónigo, había participado como socio en el II Congreso Católico Nacional de Lugo, en el que los temas de tipo artístico y la Exposición Eucarística tuvieron una importancia destacada.

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