Carlos Osma*
* Licenciado en Ciencias Matemáticas y profesor de un instituto de secundaria en la provincia de Barcelona. Es miembro de la Església Protestant Barcelona-Centre (Església Evangèlica de Catalunya-IEE).
da para mucho más, así que nos dedicamos a eso.
Una de las características de la fe pequeña es la arrogancia, la capacidad de no mor- derse la lengua cuando las cosas no son como creemos deberían ser. Eso le pasó a Job con su pobre fe cuando le dijo a Dios lo que pensaba de Él: que cegaba la vista de quienes sufrían y no les dejaba ninguna sa- lida[3]. Así, como una rata de laboratorio, se sentía Job con Dios, y así de claro se lo expuso. ¿Quién no ha pensado alguna vez que si Dios existe es un torturador sin nin- gún tipo de empatía por los seres huma- nos? Supongo que los de la fe infinita no han pasado por aquí, pero los que la tene- mos minúscula y hemos sufrido alguna vez, solemos despacharnos a gusto con Dios. Somos tan estúpidamente humanos, que a veces dudamos de la providencia del Todo- poderoso, y se lo decimos con toda vehe- mencia y a la vez, con una cruda sinceridad. La fe pequeña nace del sentimiento de abandono y soledad que nos envuelve tan a menudo. Los que poseen una fe como una montaña, siempre tienen y ven a Dios por todos los lados, me pregunto a me- nudo con qué sustancia alucinante impreg- narán las hojas de sus Biblias y la realidad en la que viven. De lo que sí estoy conven- cido es de que en la cruz de Jesús, esa sus- tancia no estaba por ningún lado, su grito de desesperación lo dejó claro: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abando- nado?[4]”. Cuantas veces nos hemos sen- tido así, abandonados, pero no abandonados con la esperanza de un final feliz, sino abandonados con la seguridad de que Dios no aparecerá por ningún lado. ¿Cuántas personas viven cada día con ese sentimiento?, ¿Cuánta gente no sabe lo que significa la palabra esperanza o salva- ción? ¿Cuánta tiene que hacer esfuerzos ti- tánicos para que su fe pequeña no desaparezca? ¿Perdió Jesús su fe en la cruz, como tantas y tantas personas hoy? Es po- sible. Pero Dios no dejo de creer en Él y lo
resucitó de los muertos. Me aferro a la idea de que la fe de Dios suplirá la que algún día pueda faltarnos.
Dijo Tomás que no creería en la resurrec- ción si no la tocaba, si no hurgaba en las he- ridas de Jesús[5]. Un pecado terrible para quienes no tienen la capacidad de dudar, pero una muestra de inteligencia y salud mental para los que tenemos una fe pe- queña. No, no somos capaces de creer en cuentos, en sueños o fantasmas. Necesita- mos algún resquicio que nos permita creer que todo lo que perdimos en alguna cruz, o aquello que dejamos atrás por cobardía, volverá a nosotros algún día para darnos una segunda oportunidad. Es difícil esperar lo imposible sin tener algo en lo que apo- yarse, es complicado tener fe si nada hace imaginable lo que deseas. Es absurdo creer en vidas que salen del infierno, cuando no podemos ver y tocar a mujeres y hombres reales que han pasado por allí.
Quizá sea esta fe pequeña la que impide que otras personas puedan encontrar a Dios en nuestros actos y palabras. Lo reco- nozco, las "fes" tan minúsculas no dicen cosas maravillosas ni son capaces de he- chos prodigiosos que cambien el mundo en un instante. No sé si debería pedir perdón por ello, pero no lo voy a hacer, porque las “fes” más grandes no me gustan. Y porque no creo en hechos milagrosos ni aparicio- nes divinas, sólo en pequeñas y costosas transformaciones que ocurren cada día, sin apenas notarse, en las vidas de tanta gente que, como yo a veces, no somos capaces de ver a Dios por ninguna parte. R
Carlos Osma http://homoprotestantes.blogspot.com.es/ 2013/07/una-fe-pequena.html?m=1 [1] Gen 22,1-19 [2] Gen 18, 1-15 [3] Job 3, 20-23 [4] Mc 15, 33 [5] Jn 20, 24
C
omo creyentes, no podemos evitar que nuestras prácticas, acciones, re- presentaciones y gestos tengan di- recta relación con la manera en que entendemos y definimos lo divino. La visión de un Dios severo o amable, amoroso o juz- gador, tendrá directa repercusión con las for- mas en que actuamos dentro de la realidad. Esto nos lleva a un punto de partida central, que puede sonar a perogrullada: existen distintas formas de definir a Dios. Ellas resultan de nues- tras experiencias en torno al encuentro que tenemos con lo divino, donde emergen imáge- nes, símbolos y nombres va- rios. No hay otra manera de conocerle sino a través de aquellas vivencias que tenemos desde su ac- ción en la historia. Dios bueno, Padre/Madre, amor, sabiduría, solidaridad, etc., son todas imágenes que refieren a una relación, las cuales, a su vez, nunca agotan la definición de la divinidad. Las maneras de ver y describir a Dios van cambiando según los encuentros y las vivencias que tenemos desde la fe.¿Qué nos dice esta dinámica de la persona de Dios? ¿Qué implicancia tiene para nues- tras vidas como creyentes esa tensión entre lo que Dios es y lo que decimos que es?
El vacío de Dios
El pasaje de Filipenses 2 nos muestra una imagen muy valiosa: el Dios que se vació a sí mismo, dejando su posición de poder y glo- ria, el lugar de verdad absoluta. Lo divino no se presenta como una abstracción objeti- vante sino como una verdad que camina, que se encuentra en constante movimiento y que se va mostrando de diversas maneras. “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, dice Jesús (Jn 14, 6-14). Esta unión entre el ca- mino y la verdad nos muestra que esta úl- tima dista de ser un objeto acabado; es, más bien, un universo de sentido que se mani- fiesta poco a poco, de diversas maneras, en relación a nuestras vivencias más concretas. Dios en tanto verdad decidió manifestarse desde dicho proceso, en el paso a paso con nosotros y nosotras, asumiendo las expe- riencias concretas que emergen de esos en- cuentros, como instancias que lo definen, describen y nominan. De aquí que la verdad no es un discurso o un objeto del que se