CON JESÚS EN LA ESCUELA DE
3. Teología práctica
Las explicaciones sobre en qué consistían las responsabilidades de quienes eran llamados no se agotaban en ellas mismas. Esto se ma- nifiesta en el relato evangélico de dos ma- neras:
(a) La primera era que Jesús enseñaba a sus alumnos-discípulos “sobre la marcha”. Mien- tras se trasladaban de un lugar a otro en su itinerario misional, Jesús los iba instruyendo: Se fueron de allí y pasaron por Galilea. Jesús no quería que nadie lo supiera, porque es- taba dedicado a instruir a sus discípulos. Les explicaba que el Hijo del hombre iba a ser entregado a hombres que lo matarían, y que al tercer día resucitaría. (9.30-31; véase tam- bién 10.32-34)
Lo que nos interesa de estos casos es que sus respectivos contextos muestran que estas enseñanzas las impartía Jesús mientras recorrían pueblos y aldeas de Galilea para predicar la buena nueva y realizar obras de sanidad. En otras palabras, parte esencial de la instrucción consistía en que los discípulos eran testigos oculares de lo que el Maestro hacía.
(b) Pero eso no era suficiente. El segundo as- pecto del elemento práctico de esta escuela de teología que el evangelista destaca tiene que ver, precisamente con las actividades que los propios alumnos-discípulos tenían que llevar a cabo, además del aprendizaje que adquirieran por lo que presenciaban. Así, cuando Jesús los llama y los inviste de poder, también los envía. Y aquellos Doce sa- lieron a cumplir con el mandato. Dice el texto:
Andaba Jesús enseñando por las aldeas de alrededor, cuando reunió a los doce discí- pulos y empezó a enviarlos de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus im- puros. Les ordenó que no llevaran nada para el camino, excepto un bastón. Ni pan, ni zurrón, ni dinero en el bolsillo; que fue- ran calzados con sandalias y no llevaran más que lo puesto. [...] Los discípulos sa- lieron y proclamaron la necesidad de la conversión. También expulsaron muchos demonios y curaban a muchos enfermos ungiéndolos con aceite.(6.6b-9, 12-13) Después se reportarían ante el maestro: “Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le comunicaron todo lo que habían hecho y en- señado” (6.30). Y cuando aumenta el nú- mero de discípulos, Jesús los vuelve a enviar; pero ahora son setenta y dos, según nos in- forma Lucas:
Después de esto, el Señor escogió también a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a todos los pueblos y lu- gares a donde él pensaba ir. Les dijo: —La mies es mucha, pero son pocos los obre- ros. Por eso, pedidle al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en marcha! (10.1-3)
Y de nuevo les da indicaciones de cómo de- bían comportarse y de cuál era la misión que se les encargaba: “Curad... y anunciad: ‘El
reino de Dios está cerca de vosotros’” (10.9). Como en el caso del envío de los Doce, los Setenta y dos también regresan para rendir informe al Maestro:
Los setenta y dos volvieron llenos de ale- gría, diciendo:
—¡Señor, hasta los demonios nos obede- cen en tu nombre!
Jesús les contestó:
—He visto a Satanás que caía del cielo como rayo. Os he dado autoridad para que pisoteéis las serpientes, los escorpiones y todo el poder del enemigo, sin que nada ni nadie pueda dañaros. Pero, aun así, no os alegréis tanto de que los espíritus malignos os obedezcan como de que vuestros nom- bres estén escritos en el cielo. (10.17-20) La teología práctica de esta escuela no es la teoría de cómo debe ser la teología práctica, sino que es la puesta en práctica de esa teoría teológica.
Los envíos –tanto de los Doce como de los Setenta y dos– reflejan así mismo otras ca- racterísticas de esta experiencia: primero, que la misión que se les encarga no es de reali- zación individualista, pues van siempre acompañados; y segundo, que a los estu- diantes se los pone a prueba, pues el envío es también una especie de examen. No como examen teórico “en papel”, sino sobre lo aprendido tanto por lo que vieron hacer al Maestro y por lo que lo oyeron decir, al ser testigos presenciales de sus actividades, como, muy probablemente, por participar ellos mismos de alguna manera en esas mis- mas actividades.
Esa prueba dio, al parecer, resultados mix- tos.
Por una parte, los discípulos ejercieron el poder que Jesús les había conferido, y lo ejercieron para hacer lo que Jesús les había ordenado: proclamar la necesidad de la con- versión y curar enfermos y expulsar demo- nios.
Pero por otra, y según siendo informado por Lucas en el relato del envío de los Setenta y dos, parece que esos discípulos no habían comprendido del todo el verdadero sentido
de poseer ese poder y de ponerlo en prác- tica. Al ver lo que sucedía cuando daban ór- denes en el nombre de Jesús, se sintieron contentos porque se sintieron poderosos: “¡Señor, hasta los demonios nos obedecen en tu nombre!”. Ese “¡Hasta los demo- nios...!” revela la tentadora satisfacción del ejercicio del poder, la tentación que se hizo presente, según el relato bíblico, desde los mismos orígenes de la humanidad: “Seréis como dioses”.
Aquellos discípulos de Jesús no se habían percatado de que el poder con que Jesús los había investido era un regalo de Dios, no para que se sintieran poderosos (o sea, no para beneficio de ellos mismos), sino para el servicio a los demás. Por eso Jesús les dice que hay realidades superiores, que son las realidades por las que los discípulos debían alegrarse de veras: que sus nombres estaban escritos en el cielo.