Joseph Conrad
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tarde, muere Apollo y es enterrado en Cra- covia. En su lápida, se graba una emotiva inscripción: “Apollo Nalecz Korzeniowski, víctima de la tiranía zarista. Nacido el 21 de febrero de 1820. Muerto el 23 de mayo de 1869. Al hombre que amó a su patria, trabajó y murió por ella. Sus compatriotas”. El fune- ral convoca a una multitud. Trabajadores, mujeres y niños, saludan el paso del féretro con respeto, humildad y fervor patriótico. Tiempo después, Conrad escribirá: “Fue una manifestación del espíritu nacional”. Józef, que sólo tiene doce años, queda bajo la tutela de su tío Tadeusz, hermano de su madre. Ta- deusz es un terrateniente acomodado que costeará sus estudios y le prodigará un sin- cero afecto. La trágica historia de sus padres convierte a Józef en un joven conservador, que repudia el radicalismo revolucionario y no se hace ilusiones sobre la liberación de Polonia. Eso sí, nunca se aplacará su hostili- dad hacia Rusia, que se extiende a sus escri- tores, con excepción de Turguéniev, que se aleja estéticamente de novelistas como Tols- toi y Dostoievski para desplegar una sensi- bilidad de estilo flaubertiano. De hecho, Flaubert será uno de los autores más admi- rados por Conrad, hasta el punto de que al- gunos críticos señalan que su vocación literaria nace del deseo de emulación. Después de estudiar en Lvov y Cracovia, Józef anuncia a su tío su intención de con- vertirse en marino. La posteridad alega que su pasión por la geografía y las novelas de aventuras ambientadas en mares lejanos ac- tuaron como principal motivación, pero hay otra razón más prosaica. Viajar por rutas exó- ticas era una forma de escapar al recluta- miento forzoso en el ejército ruso por un período de veinticinco años. Rusia aplicaba esa medida a los hijos de los represaliados políticos para mantenerlos bajo control mili- tar. A pesar de la contrariedad de su tío, Józef se traslada a Marsella y aprende francés, fre- cuentando los cafés donde se reúnen poetas, exiliados, bohemios y lobos de mar. Participa en una expedición para entregar armas a los carlistas, seducido por su condición de causa perdida y, posteriormente, se embarca en el
Mont Blanc, que realiza la ruta de la Marti- nica. Más tarde, viaja en el Saint-Antoine, que recorre las costas de Colombia y Vene- zuela. A su regreso, contrae deudas de juego
en el Casino de Montecarlo e intenta suici- darse con un disparo en el pecho. Afortuna- damente, la bala atraviesa el cuerpo limpiamente, sin afectar a ningún órgano vital. Su tío Tadeusz paga la deuda y escribe: “No es un mal muchacho, tan sólo es extre- madamente sensible, orgulloso y algo irrita- ble”. Józef vuelve a embarcarse, esta vez en el Mavis, un barco carbonero con destino a Constantinopla y que finaliza su ruta en Lo- westoft, Inglaterra. Cuando pisa tierra britá- nica por primera vez, no sabe ni una palabra de inglés. Nuevos viajes
en buques mercantes bri- tánicos le familiarizan con la lengua y le con- vierten en “el polaco Joe”. Supera las pruebas para ser oficial de se- gunda y despilfarra su sueldo, adquiriendo otra vez deudas de juego. Se
inventa un falso naufragio para que su tío Ta- deusz le ayude de nuevo. Su imaginación an- ticipa un naufragio real. En 1897, se va a pique el Palestine, donde ejercía de segundo oficial. El “polaco Joe” asumirá el mando de un bote salvavidas con trece marineros y consigue llegar a Mentok, en la isla Bangka, al sudeste de Sumatra, donde le recibe una multitud silenciosa. La experiencia le inspi- rará “Juventud”, un relato donde aparece por primera vez el personaje de Marlow, un ex- perimentado marino que afirma: “Hay viajes que parecen destinados a mostrarnos qué es la vida: son, por tanto, como un símbolo de la existencia”.
VIAJE AL CONGO
En 1886 obtiene la nacionalidad inglesa y aprueba los exámenes de capitán de la ma- rina mercante. A partir de entonces, se hará llamar Joseph Conrad. Es el primer polaco que consigue esa graduación en la marina británica. Su nueva nacionalidad no es un gesto de oportunismo, sino una confirmación de su ideología conservadora: “Inglaterra es la única barrera frente a las presiones de las infernales doctrinas nacidas en los barrios bajos continentales”. Las vivencias de su in- fancia le han marcado de forma irreversible, alumbrando un rechazo sin fisuras hacia el pensamiento revolucionario. De hecho, con-
con los movimientos obreros. En los años si- guientes, viajará por Java, Singapur, Mada- gascar. En 1889, obtiene por primera vez el mando como capitán de navío. Se trata del Otago, un barco de 345 toneladas. En la isla Mauricio, se relaciona con la colonia fran- cesa, destacando por su elegancia y modales aristocráticos. Sus colegas no le aprecian de- masiado. Le llaman despectivamente “el conde ruso”, pues su atuendo habitual es un sombrero de hongo y un bastón de contera dorada. En 1899, publica su primera novela:
La locura de Almayer. El crítico Edward Garnett aprecia de inmediato su talento y aprueba la publicación del manuscrito. Des- pués de conocerse en persona e iniciar una duradera amistad, Garnett escribe: “Nunca había visto a un hombre tan completamente masculino pero a la vez de sensibilidad tan femenina”. A pesar del apoyo de Garnett, Conrad alberga serias dudas sobre su carrera literaria: “Creo que no volveré a escribir –le confiesa-. Es probable que pronto vuelva al mar”. Su carrera como marino mercante no resulta menos incierta. A sus treinta y cuatro años no ha conseguido un puesto estable y
ciera a una fatalidad: el capitán murió a bordo y no existía otro oficial. Su sensación de estancamiento le empuja a viajar al Congo. Gracias a su tío Tadeusz, le ofrecen reemplazar al capitán danés Johannes Freies- leben, que había perdido la vida a manos de los nativos. Firma un contrato de tres años con la Société Anonyme Belge, pero no tarda en descubrir que casi todos los europeos re- gresan al continente mucho antes para no morir de fiebre o disentería. El 12 de junio llega a Boma y se embarca hacia Matadi, re- corriendo cuarenta millas del río Congo. En Matadi, conoce al irlandés Roger Casement, cazador, explorador y diplomático. Inteli- gente y sensible, Casement le revela la situa- ción de los congoleños, explotados hasta la muerte por la corona belga. Cualquier gesto de protesta se castiga con mutilaciones, azo- tes o cepos. Ninguna ley protege la vida de los negros, que pueden ser asesinados impu- nemente. De hecho, la posteridad estimará que los crímenes cometidos constituyen un auténtico genocidio, con dos millones de víc- timas. En sus Diarios, Conrad anotará que Casement, con el que convivió dos semanas, era el hombre más extraordinario que había conocido en África.
Desde Matadi viaja a pie hacia en Kinshasa en un caravana con treinta cargadores congo- leños, que le relatan sus inhumanas condicio- nes de trabajo. En Kinshasa, discute con su superior jerárquico, un empresario llamado Camille Decommune, con “una mirada tan cortante y pesada como un hacha”. Decom- mune le repite varias veces su frase favorita: “El hombre que viene aquí no debe tener en- trañas” y le comunica que no será capitán, sino segundo de a bordo en el Roi des Bel- ges. El barco que debía mandar está averiado y su misión será recoger al agente comercial Georges Antoine Klein, que se encuentra gra- vemente enfermo. El Roi des Belgesestá al mando del danés Ludwig Koch y posee una tripulación de trece africanos, algunos caní- bales. Transportará a cuatro pasajeros, entre ellos el propio Decommune. El barco re- monta el río Congo hasta las Cataratas de Stanley. Conrad puede comprobar con sus propios ojos el grado de barbarie de los co- lonizadores, que se justifican alegando que