UNA “LECTURA PARADÓJICA” DEL TRACTATUS
1.1. La figuración y las dos sustancias: La figura y lo figurado.
El problema de la representación del mundo en el pensamiento es, sin lugar a dudas, una de las tramas centrales del Tractatus —si no la más central— y que lo vinculan necesaria- mente a la tradición filosófica propiamente moderna. Ésta —al menos a partir de Descartes— está fundamentalmente centrada en el problema del conocimiento, en nuestra posibilidad de tener un conocimiento del mundo. La ciencia moderna surge como el modelo de conocimiento buscado, basado en la razón, que nos debe permitir conocer el mundo de forma objetiva y uni- versal; la tarea de la filosofía será, claro, la de investigar los fundamentos o infundamentos de la ciencia, los criterios de su supuesta objetividad, de su universalidad, etc. Ahora bien, la sola mención de algo llamado “conocimiento (del mundo)” nos lleva ineludiblemente —tal como vimos— a esa característica escisión moderna entre el pensamiento y el mundo, el yo y la cosa en sí, el sujeto y el objeto de conocimiento… Se trata de la estrecha y necesaria vinculación entre el planteamiento de los problemas epistémicos y el dualismo metafísico cartesiano, con el que aquél se ve siempre y necesariamente comprometido (si hablamos del “conocimiento”, hablamos también, necesariamente, de una escisión entre el yo y el mundo, como los dos polos
evidentes de la relación cognitiva).
Siendo así, en efecto, cuando Wittgenstein incluye en su Tractatus una “teoría de la figuración” (que pretende mostrar el modo en que nos hacemos representaciones del mundo, esto es, el modo en que lo conocemos) es ineludible que Wittgenstein debe arrancar también de esa polémica representación metafísica de las dos sustancias fundamentales, vinculadas por esa polémica noción de “conocimiento”. Y ésta es la idea que debemos escrutar hasta el final.
En primera instancia, conviene decir que, en el Tractatus, Wittgenstein evita usar el término “conocimiento” (que en alemán sería “Kenntnis” o “Erkenntnis”), empleando siempre “figuración” (“Abbildung”). La elección del término es, sin duda, importante, pues “Abbil- dung” se corresponde exactamente con “Bild” (como “figuración” se corresponde con “fi- gura”); pero en alemán “Bild” tiene un correlato también con el verbo “bilden”, que puede significar “plasmar” o “figurar”, pero también “formar”, “generar”, “construir” o, incluso, “acondicionar”. Ello debe repercutir de forma importante sobre lo que quiere hacer Wittgens- tein cuando traslada el problema del “conocimiento” al problema de la “figuración”: la relación que se establece entre el sujeto y el objeto no es meramente la de “recibir contenidos”, sino más bien la de “construirlos”, “generarlos”… Esto, ya desde el principio, nos ubica en la concep- ción kantiana del problema, en la que el sujeto no es meramente un receptor pasivo, sino que toma un papel activo y fundamental a la hora de construir eso que llamamos “conocimiento”.
Este “giro copernicano” en la filosofía moderna es extremadamente relevante, ya que tiene como consecuencia inevitable cierta “subjetivación” —Nietzsche hablará de “antropo- morfización”— del mundo conocido: para Kant, no es posible conocer el mundo por lo éste sea
en-sí, sino únicamente por cómo se aparece ante nosotros como seres cognoscentes: la verdad
de las ciencias y el mundo que resulta de ese conocimiento (el mundo fenoménico, el mundo empírico) está hecho a la medida de nuestra sensibilidad y de nuestro entendimiento, porque son éstos los que le dan forma. Esta idea sería, en efecto, radicalizada por Schopenhauer y después por Nietzsche, para quien la “antropomorfización” de la verdad no solo debía limitar el conocimiento empírico-científico, relegándolo a pura convención lingüística, sino también extenderse hacia la pretensión de la filosofía de alcanzar algún otro tipo de “verdad” (p.e., al- guna “verdad trascendental”, o lo que pudiera pretender la Crítica al determinar las formas a
priori de nuestro conocimiento).
En el caso de Wittgenstein, ciertamente, partimos de una idea más bien kantiana del asunto, dando en principio crédito a las propias sentencias del Tractatus, que hablan de la “fi- guración” como el modo en que conocemos el mundo:
«[1.1] El mundo (die Welt) es la totalidad de los hechos […]». «[2.1] Nos hacemos figuras (Bilder) de los hechos».
«[3] La figura lógica de los hechos es el pensamiento (der Gedanke)».
Sin duda, en estas secciones iniciales del Tractatus, Wittgenstein se mueve enteramente en aguas de la filosofía moderna, sin que parezca cuestionar el dualismo metafísico escondido bajo la noción de “conocimiento”, de “representación” o de “figuración”. Wittgenstein parece reconocer sin problemas la distinción fundamental entre el mundo (la totalidad de los hechos) y el pensamiento (las figuras que nos hacemos de los hechos).
Por lo pronto, debemos perseguir esta idea: que el pensamiento son “figuras” (“Bilder”) y el mundo es aquello “figurado” (“Abgebildete”). Esto es, exactamente, que tanto el mundo como el pensamiento están en el Tractatus vinculados por medio de la noción de “figuración”: ambos —pensamiento y mundo— poseen una misma raíz “figurativa” (recordando el matiz de “construcción” que posee en el original alemán).
Tendremos que ver hasta qué punto el pensamiento y el mundo son, para Wittgenstein, “construidos”, pero, sobre todo, tendremos que ver hasta qué punto están vinculados entre sí. Esta tarea nos llevará primero —en este Capítulo 1— a hablar solo de “vinculación” entre pen- samiento y mundo, siendo la “figuración” la noción vinculante.
El Tractatus comienza así: «[1] El mundo es todo lo que es el caso.
[1.1] El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas.
[1.11] El mundo viene determinado por los hechos, y por ser éstos todos los hechos.
[1.12] Porque la totalidad de los hechos determina lo que es el caso y también todo cuanto no es el caso. [1.13] Los hechos en el espacio lógico son el mundo.
[1.2] El mundo se descompone en hechos.
[1.21] Algo puede ser el caso o no ser el caso, y todo lo demás permanecer igual. [2] Lo que es el caso, el hecho, es el darse efectivo de estados de cosas.
[…]».
El Tractatus comienza dando su idea de “mundo”, y continúa después caracterizando su noción de “figuración” (que caracterizará también el “pensamiento”). Esto podría hacernos pensar que el sistema de la figuración se piensa a partir de esa caracterización del mundo, ajustándose a cómo éste ha sido previamente caracterizado. Pero esa no es nuestra idea. Nues- tra idea es que esa caracterización que se hace del mundo está ya condicionada por el propio sistema de la figuración, y por cómo cree Wittgenstein que pensamos (haciéndonos figuras de los hechos). Pero esto no puede tampoco significar que la caracterización del mundo tenga que comprenderse después de comprender la figuración y el pensamiento. Nuestra idea es que todo ello —pensamiento, figuración y mundo— deben comprenderse a la vez, pues no hacen sino constituir un sistema. Naturalmente, la exposición del sistema en un discurso implica que em- pecemos por un punto, pero eso no confiere a este punto prioridad en el sistema. Esto guarda relación con nuestra idea de la “doble lectura” —que adelantábamos en nuestra Introducción A (§ A.3.2)—, y también con lo que dijimos en nuestra Introducción C (§ C.3), donde sugeríamos que el Tractatus es necesario leerlo también en orden inverso, para ver el modo en que las úl- timas secciones repercuten sobre las primeras. Según pensamos, lo ideal sería tener en mente
todas las sentencias del Tractatus a una misma vez, viendo como todas se entrelazan entre sí295.
Leyendo solamente las primeras sentencias del Tractatus, podemos mantener una no- ción de mundo separada del pensamiento, por cuanto no aparece de momento referencia alguna a éste, ni se dice aún nada que tenga que ver con la figuración o con el conocimiento: el mundo parece ser, sencillamente, el mundo de los hechos que suceden (independientemente de nuestro pensamiento).
Ahora bien, queda ya marcado el camino por el que debemos profundizar. Por un lado, advertimos que los hechos requieren de la lógica para ser propiamente hechos, pues éstos se hayan en el “espacio lógico”: habrá, pues, que profundizar en busca de qué sea este “espacio lógico”, para entender la idea que tiene Wittgenstein del mundo: ¿qué son los hechos en el es- pacio lógico? Segundo, apreciamos una relación problemática entre los hechos y los objetos: el mundo no es meramente la totalidad de los objetos, pero éstos deben estar presentes de algún modo en los hechos, pues los hechos son “estados de cosas” que se dan efectivamente: ¿cómo 295 Esto nos hizo también reparar en la idea de “sistema” dada por Schopenhauer en El mundo como volun-
entender bien 1.1? Estas son, pues, las dos cuestiones por las que tenemos que empezar (y pronto veremos que se trata de la misma cuestión).