A UNA “LECTURA PARADÓJICA” DEL TRACTATUS
C.3. Orden y sistema de las sentencias del Tractatus.
C.3.1. La “paradójica escalera”.
Habiendo repasado ya los aspectos fundamentales de la metodología y de la temática del Tractatus —“fundamentales” al menos por lo que respecta a nuestra lectura—, queda solo perfilar el modo en que ambas cosas se articulan verdaderamente en el texto. Es simplemente a esto a lo que queremos llamar “sistema” del Tractatus: Wittgenstein desarrolla su explicación de la lógica pasando necesariamente sobre los problemas filosóficos en que esta está implica- da, y así, proposición tras proposición, se va desplegando un sistema filosófico, en el que los diferentes problemas se articulan y relacionan en torno a un eje común. Ya leímos antes lo que escribió Wittgenstein:
«Se trata, con toda propiedad, de la exposición de un sistema»279.
Ahora bien, distinguimos primeramente dos modos de ver en qué sentido el Tractatus consiste en un sistema. De un lado, no hay más que echar un ojo superficial sobre el texto del
Tractatus, para ver que sus sentencias se suceden en orden preciso, siguiendo una estructura
sistemática en árbol, que podemos seguir gracias a su numeración.
El texto se compone de siete sentencias principales (1, 2, 3, 4, 5, 6 y 7), que vienen a determinar siete bloques temáticos o, como también se ha dicho, las siete tesis fundamentales del Tractatus. Dentro de cada bloque, encontramos sentencias de segundo nivel —por decir así— (1.1, 1.2…, 2.1, 2.2…), que ofrecen alguna profundización o matizan las sentencias prin- cipales a las que pertenecen. De igual forma, dentro de cada una de estas hallamos una nueva profundización (1.11, 1.12, 2.11…), y así sucesivamente; llegando en ocasiones a cobrar una profundización de cinco niveles sobre la principal (como es, por ejemplo, el caso de 2.15121)…
Parece claro, ya a la luz de su estructura superficial, que el Tractatus de Wittgenstein pretende crear un sistema de sentencias; y así, cabe sin duda pensar que lo que se ofrece con ello es un “sistema filosófico”, presumiblemente “completo” y “cerrado”, desplegado con el rigor del análisis y del razonamiento lógicos. Esto, por ejemplo, ha llevado a establecer com- paraciones entre el Tractatus de Wittgenstein y la Ética de Spinoza (demostrada según el orden
geométrico)280. Si bien en esta tesis estamos dispuestos a defender la primera parte de aquella
afirmación —a saber: que el Tractatus constituye un “sistema filosófico”—, no estaremos tan prestos a defender que este sistema sea, como hemos dicho, “completo” o “cerrado”, pues toda la batalla sobre su sentido se libra, justamente, en el punto en que el Tractatus concluye con su absurdo y, por tanto, en la paradoja: ¿no implica esto concluir, más bien, “abierto”?
Por su parte, han podido existir polémicas acerca de si el sistema del Tractatus es, como hemos dicho, un sistema de sentencias, o más bien un sistema de definiciones. Si atendemos simplemente a la primera proposición del libro —«[1] El mundo es todo lo que es el caso»—, podemos, en efecto, preguntarnos si en ella Wittgenstein ofrece una definición del término “mundo”, o sí, por el contrario, estamos haciendo una auténtica afirmación acerca de lo que es el mundo, bien entendiendo “mundo” en su sentido usual, bien recurriendo a un uso propio del término, que quizá venga explicado más adelante281. En nuestra opinión —al igual que Michael
Morris—, ninguna de estas opciones satisface completamente el status de esta primera sen- tencia del Tractatus: ni es una definición del término “mundo”, ni es una autentica afirmación acerca de lo que el mundo es. Hablando metafóricamente, podríamos decir —como Morris— que la sentencia de Wittgenstein es una metáfora, y así consideraríamos que el Tractatus es un sistema de metáforas, o quizá que él entero es una gran metáfora… —pero nosotros asumimos entonces, como hemos dicho, que estamos hablando metafóricamente—. Cuando Morris habla de esa primera proposición (y, en general, de las secciones iniciales), se apoya en su noción de “lenguaje poético” para considerar que las sentencias del Tractatus «pretenden darnos una imagen imperfecta de lo que una correcta comprensión del objetivo de Wittgenstein nos permi- tirá ver bien, y darnos un sabor del misterio que se arraiga en esa visión»282; o sea, que aquélla
no es una auténtica afirmación sobre el mundo, ya que su sentido se mantiene en suspenso, a la espera de una revisión tras la lectura completa del libro. Y esta es también, en cierto modo, nuestra idea (aunque nosotros evitamos recurrir a la noción de “lenguaje poético”, mantenien- do el enfoque lógico-filosófico).
Obviamente, ahora sobrevolamos uno de los temas recurrentes en las monografías y artículos sobre el Tractatus, que consiste en clarificar el status de sus sentencias. Generalmen- te —según pensamos—, el tema ha sido simplificado en exceso, tratando de comprender las
280 Un amplio trabajo dedicado a ello fue el de AENISHÄNSLIN (1993).
281 Seguimos aproximadamente el hilo de lo planteado por MORRIS (2008, § 1A, pp. 21 y ss.).
proposiciones del Tractatus todas ellas bajo la misma denominación —“lenguaje escalera”, por ejemplo—, como cumpliendo todas el mismo objetivo de mostrar las enseñanzas de Witt- genstein283. No dudamos que tal simplificación se debe a la generalidad con la que Wittgenstein
se expresa, ya que en 6.54 se dice que «mis proposiciones esclarecen…», sin hacer distinción ninguna dentro de ellas; y cuando se le niega el sentido a las proposiciones filosóficas, se le niega a todas por igual. A nuestro modo de ver, es completamente cierto que ninguna de las sentencias del Tractatus tiene sentido a la luz de la teoría de la figuración, razón por la cual la simplificación denunciada es, a este respecto, completamente legítima. No obstante, aferrarse a tal simplificación también ha llevado a pasar por alto algo importante, que tiene que ver con el camino —o la escalera— que va siguiendo el Tractatus.284
Lo que querríamos significar con esto es la apreciación de que no todas las sentencias del Tractatus tienen el mismo status, que no todas sus secciones tienen la misma función siste- máticamente hablando (algo que veremos mejor en el próximo punto).
Desde aquí, pasamos a considerar que lo sistemático del Tractatus no concluye en la mera ordenación de sus sentencias —su forma—, sino que eso mismo repercute en la propia naturaleza de los contenidos que se tratan; eso es, justamente —y según pensamos—, un “sis- tema” en filosofía. La idea esencial de un sistema es el hecho de que sus “partes” estén todas ellas vinculadas entre sí, independientemente de cuál sea el orden que reciben en su exposición en el discurso, de forma que tenemos que ser capaces de trascender ese orden y verlo todo en su conjunto orgánico, en su sistematicidad285. Nuestra idea es, entonces, que los problemas
283 Por poner dos ejemplos clásicos, Pierre Hadot habla de cuatro usos del lenguaje según el Tractatus: 1) el representativo o descriptivo (proposiciones con sentido); 2) tautológico o simplemente lógico (carentes de sentido); 3) sin-significado o pseudoproposiciones de la filosofía; y 4) por último, Hadot habla de un uso indica-
tivo, en el cual se recurre a una incorrección lógica para mostrar alguna elucidación; naturalmente, este último
es el uso reservado para las proposiciones del Tractatus [cf. HADOT (1959a, pp. 45-47)]. Por su parte, Bernstein,
siguiendo su propio análisis del lenguaje en Russell, distinguió tres tipos de lenguaje en el Tractatus: 1) Lenguaje “ordinario” o “descriptivo”; 2) lenguaje “perspicuo” (que sirve de guía para entender cómo funciona el anterior); y 3) lenguaje “escalera” (en el que encuentran su expresión las tesis del Tractatus) [cf. BERNSTEIN (1961, pp. 278-
298)]. Un resumen de esta cuestión está en DEAÑO (1971, p. 36).
284 Este es un punto en que nuestra interpretación se acerca más a las “terapéuticas”: Diamond también vio dentro del Tractatus este “camino” o —en palabras de McGinn— “viaje” [cf. DIAMOND (1991a) y MCGINN
(1999)]; y también James Conant ha seguido esta línea interpretativa [cf. CONANT (2000 y 2002)]. La diferencia
es que ellos concluyen en la negación de la escalera, mientras que nosotros nos mantenemos en la indecisión. 285 Esta idea acerca de en qué consiste un “sistema” en filosofía, y de qué modo éste trasciende su ordena- ción en el discurso, lo tomamos nosotros de Schopenhauer, en su idea de que el sistema sirva para transmitir un
único pensamiento, que: «por muy amplio que sea, ha de guardar la más completa unidad»; y añade Schopen-
hauer: «Si se lo descompone en partes a fin de transmitirlo, la conexión de esas partes tiene que ser orgánica, es decir, tal que en ella cada parte reciba del conjunto tanto como este de ella, que ninguna parte sea la primera y ninguna la última, que todo el pensamiento gane en claridad por medio de cada parte y que ni aun la más pequeña pueda entenderse del todo si no se ha comprendido ya antes el conjunto.— Pero un libro ha de tener una primera y
filosóficos por los que va pasando el Tractatus, siendo como son los problemas implicados en su explicación de la Lógica, todos ellos adquieren un nexo común al que anudarse —que, en último término, no podrá ser otra cosa que esa “apertura” propia de la Lógica, quedando el nudo, más bien, absolutamente desatado, por no decir que nos quedamos sin la cuerda—. Todos los temas en el Tractatus están vinculados entre sí, hasta el punto de que, aún cuando hablemos de que su discurso constituye cierto “ascenso” —porque en algún sentido debe ser una “escalera”—, tendremos que reparar en que también constituye el “descenso” —como toda escalera, especialmente ésta que debe ser arrojada—286. Si el planteamiento tractaniano de los
problemas constituye una escalera, que nos conduce hasta cierta comprensión de la Lógica —y, por extensión, de todo aquello inexpresable—, y esa misma comprensión nos lleva a conside- rar absurdo nuestro “ascenso”, entonces quedamos indecisos ante la dirección de la escalera y ante la existencia de la escalera misma; pero solamente indecisos: no afirmando ni negando, sino indecisos de veras, completamente indecisos. Si el Tractatus es una escalera, ha de ser una “paradójica escalera” (quizá como esas que ha dibujado el famosísimo M. C. Escher).
Así, debemos matizar esta metáfora de la “escalera”, pues con ella alentamos a ciertos malentendidos: debemos siempre mantener presente que es una “escalera que debe ser arroja- da”, lo cual se puede parecer más a la montaña de Sísifo. Al leer la sentencia 6.54, uno podría pensar que tras arrojar la escalera permanecemos aún en lo alto; nosotros, en cambio, pensa- mos que la caída de la escalera ha de suponer también, en algún sentido, nuestra propia caída: aquello que obtengamos como conclusión ha de rebosar y desbordar la copa, y debe escurrir y repercutir hasta la base de todo cuanto se ha dicho. La idea de la “escalera”, por sí sola, hace pensar en un progreso, en un ascenso, en un principio abajo que se diferencia de un final en
lo alto; pero nosotros debemos pensar en la supremacía del proceso completo, el ascenso y la
vuelta al principio. No es del todo acertada la metáfora de la escalera —aun cuando fuera pro- puesta por el propio Wittgenstein—, si con ella entendemos que hay un ascenso o un progre- so con sentido únicamente “constructivo”. No podemos considerar únicamente el proceso de construcción de la escalera, sino que hay que atender también a su proceso de deconstrucción. Lo que a nosotros nos debe interesar es el estado fluctuante a que nos conduce la paradoxicidad del sistema.
Si atendemos concretamente al despliegue del Tractatus, podemos ver cómo los asun- tos que van saliendo en cada nueva sentencia surgen en relación a algo que ha sido dicho con anterioridad y que, a los ojos de Wittgenstein, requiere de una explicación o aclaración. Natu- una última línea; y en esa medida seguirá siempre difiriendo de un organismo por muy parecido a este que sea su contenido: en consecuencia, forma y contenido se hallarán aquí en contradicción.» [SCHOPENHAUER: MVR-I (Prólogo
a la primera edición, p. VIII)]. Algo similar pensamos nosotros del sistema que se confecciona en el Tractatus.
286 Esto redunda en nuestra idea de la “doble lectura” que vimos hacia el final de nuestra Introducción A, y que, como también dijimos, Schopenhauer veía necesaria para la comprensión de su sistema (véanse nuestras notas 114 y 190).
ralmente, esto implica que todo surge de la primera proposición, y, así, todo el Tractatus puede entenderse como el intento de explicar eso que dice nada más arrancar. De pronto, cabe ver el
Tractatus, no como una escalera que persiga la explicación de la Lógica, sino, también, como
la explicación que, desde la lógica, podemos ir dando de esa primera sentencia: «[1] El mundo es todo lo que es el caso».
En nuestra opinión, esta sentencia contiene una idea básica y fundamental acerca de eso que comúnmente llamamos el “mundo” (die Welt): el mundo es todo eso que acontece, todo eso que ocurre, sin más, eso que por su propio peso cae (téngase en cuenta el término original alemán que traducimos por “el caso”, a saber: “der Fall”, literalmente, “lo que cae”). El mundo no es más que eso, simple y llanamente lo que es el caso: que esta piedra está ahí, que esa pe- lusa se posa acá, que el Sol roza ahora los tejados, que usted lee estas líneas… En apariencia, no es algo muy profundo lo que nos está diciendo Wittgenstein en esa sentencia, y más bien diríamos que se trata de algo “obvio”, ante lo cual podríamos, simplemente, decir: “Pues cla- ro, el mundo es todo lo que sucede…; eso no es decir nada sobre el mundo”. Sin embargo, el
Tractatus progresa desde aquí, pues Wittgenstein se propone encontrar algo de profundidad en
lo que ha dicho, algo, quizá, ya no tan obvio, y que sin embargo se halla ahí implícito; y esta es justamente la cuestión. Si todo en el Tractatus progresa para dar cierta explicación a lo que ya se ha dicho, esto significa que, indudablemente, para Wittgenstein esa primera sentencia no es, en modo alguno, “obvia”, sino que requiere de todo un andamiaje que explique qué significa realmente que el mundo sea eso que decimos que es. Para Wittgenstein, incluso eso que podría resultarnos tan obvio, requiere sin embargo de una severa aclaración. Veamos, pues, como prosigue:
«[1.1] El mundo es la totalidad (Gesamtheit) de los hechos, no de las cosas.
[1.11] El mundo viene determinado por los hechos, y por ser éstos todos los hechos.
[1.12] Porque la totalidad de los hechos determina lo que es el caso y también todo cuanto no es el caso». Aquí, Wittgenstein ofrece una visión algo más detallada de eso que antes ha sido llama- do “mundo”: lo que acontece son “hechos” (Tatsachen) —el “mundo” es la concreta totalidad de ellos287—; y deja caer, como quien no quiere la cosa, que no se trata de la totalidad de las
“cosas” (Sachen, Dingen), no es la totalidad de los “objetos” (Gegenständen). Wittgenstein nos advierte ya de un error que podríamos cometer: el de confundir el mundo con una totali-
287 Llamamos la atención sobre esta noción de “totalidad” (Gesamtheit), pues entraña ciertas dificultades. En 6.44-6.45, cuando Wittgenstein habla de lo “místico” y del mundo “como-todo-limitado” (als-begrenztes-Gan-
zes), se pone de manifiesto otra noción diferente de totalidad (que, sin embargo, no se hace notar en las traduc-
ciones al castellano, mientras que sí lo hace la versión original mediante los términos “gesamte”/“Gesamtheit” y “Ganzes”). Las consecuencias de esta doble noción de “totalidad” o de “todo” fueron puestas de manifiesto por ARANZUEQUE (1995).
dad de objetos y no con una totalidad de hechos. Y es así, ciertamente, que nosotros mismos, dando ejemplos de qué es, sencillamente, eso que sucede y que es el mundo, hemos dicho: “esa piedra ahí”, “esa pelusa allá”, “el Sol tal y tal”… y esto no son solamente “cosas”, sino más propiamente “hechos”. La sentencia 1.1 viene a suscribir esto que, quizá, también puede tenerse como una “obviedad” —al menos una vez que hemos llegado hasta ella—. Ahora bien, esta distinción entre “objetos” y “hechos” entraña ya dos cuestiones que demandan una res- puesta, dos cuestiones que, nuevamente, Wittgenstein no debe considerar tan obvias: 1) ¿Qué diferencia hay realmente entre un conjunto o totalidad de “hechos” y un conjunto o totalidad de “objetos”?; y 2) ¿Qué relación existe entre “objetos” y “hechos”, entre “objetos” y “mundo”? Solo hay que seguir leyendo para ver que Wittgenstein se hace pronto cargo de estas demandas:
«[1.13] Los hechos en el espacio lógico son el mundo».
Efectivamente, aquí está dando Wittgenstein la clave de la distinción entre lo que es una serie o una totalidad de “hechos” y lo que sería un conjunto o conglomerado de “objetos”, a saber: la Lógica. Es el “espacio lógico” el que hace que los hechos sean realmente “hechos”, tales que pueden conformar eso que llamamos “mundo”, que no es sino todo eso que decimos simplemente que acontece —todo esto lo explicaremos mejor en nuestra Parte II (Cap. 1)—; o sea, es el tramado lógico el que hace que ciertos objetos se configuren como un hecho. Ya po- demos ver que la cuestión no es tan simple, y que habrá que adentrarse en las profundidades de la Lógica para entender qué es verdaderamente el “mundo”. Respecto a la otra cuestión que se desplegaba de 1.1 —sobre qué pintan en este dibujo los “objetos”—, Wittgenstein se introduce en ella de seguido:
«[2] Lo que es el caso, el hecho, es el darse efectivo de estados de cosas. [2.01] El estado de cosas es una conexión de objetos (cosas).
[2.011] Poder ser parte integrante de un estado de cosas es esencial a la cosa.
[2.012] En lógica nada es casual: si la cosa puede ocurrir en el estado de cosas, la posibilidad del estado de cosas debe venir ya incluida en el estado de cosas.
[…]».
Y ya con esto, en verdad, tenemos todo el lío sobre nuestra mesa, lío en el que la Lógica está, como se ve, tan implicada como la esencia del mundo. Ya en su principio, Wittgenstein deja ver que es la Lógica la que guía su discurso —«en lógica… tal»—, pero al mismo tiempo la Lógica se propone como el asunto primordial, como aquello que da la clave de que los he- chos sean “hechos” (estados de cosas), y el mundo sea “mundo”.
No es preciso adentrarse más en esta progresión —a esto dedicaremos nuestros capí- tulos siguientes— para ver que en ella la Lógica demanda y la Lógica contesta; porque es el “mundo” el que demanda, y es el propio “mundo” el que tiene que contestar (de lo contrario, Wittgenstein estaría “forzando las cosas”, y eso ya vimos que sería lo contrario a su intención
y a su método: hay que dejar que los problemas se resuelvan —o no se resuelvan— por sí mis- mos). Son ambos —la Lógica y el mundo— los que hacen que recorramos la escalera de una punta a otra, entendiendo el Tractatus, ora como explicación de la Lógica (en su versión más filosófica y especulativa), ora como explicación del mundo (en su versión más obvia y sim- plista). Esto quiere decir que la “progresión” del Tractatus puede ser pensada también como “regresión” al principio, regresión a la obviedad de que el mundo es, simplemente, eso que acontece, pero siendo así que ello mismo entraña una profundidad que, en último término, no puede ser completamente sondada por ningún escandallo. Y esto ha de ser así para cualquier obviedad de este tipo: el Tractatus oscila entre la obviedad que a nadie aporta nada, y la profun- didad de que ello mismo sea el reflejo de una Lógica que se muestra a través del propio mundo —y, por supuesto, lo que será lo mismo, a través de nuestro pensamiento del mundo— como inexpresable y, así, como absolutamente misteriosa. El sistema del Tractatus oscila únicamente entre lo obvio y lo absurdo: entre decir lo que todo el mundo sabe, y decir lo que nadie puede