De acuerdo a la clasificación de las ciencias a la que ya hemos aludido81 y a la
distinción entre las ciencias productivas y las prácticas, no cabe disolver el arte de la retórica en la ciencia práctica. Sin embargo, es preciso hacer la matización siguiente: Aristóteles considera efectivamente que el pensamiento discursivo práctico “gobierna incluso el productivo (αὕτη γὰρ καὶ τῆς ποιητικῆς ἄρχει)” (EN. 1139 b1) en dos sentidos: primero, porque el producto del arte no es un fin “absoluto” (ἁπλῶς); a juicio de Aristóteles, todo lo que el hombre fabrica o hace “es por algo y para algo (πρός τι καὶ τινός)” (EN. 1139 b4), ya sea educar, intervenir en la asamblea o defenderse en el tribunal o compartir la estimación de lo bello con un amigo o conciudadano; segundo, porque el fabricar o producir es una forma de “hacer bien” (εὐπραξία), y esto es el fin general o último que desea hacer quien fabrica o produce y le mueve en su producción. Con todo, la disposición racional práctica y la productiva “se excluyen recíprocamente (οὐδὲ περιέχεται ὑπ᾽ ἀλλήλων)” (EN. 1140a5-6; trad. Julio Pallí); o como podría decirse más literalmente, “no está una envuelta por la otra”.
81 Cf. Arist. Top. 145 a13-18; cf. 157a10-11; Metaph. 1025 b3-28; cf. 1063 b36-1064b14; EN. 1139 a27-
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Efectivamente, “el principio de movimiento de la ciencia productiva está en quien produce y no en lo producido, y tal es o bien el arte o bien alguna potencia”82
(Metaph. 1064a11-13; n. t.). La obra de arte, una escultura, un zapato o un discurso, no es algo cuya realidad sea perfecta y, por tanto, esté dada de antemano, no es un ser necesario ni natural, sino “algo de lo que es posible ser tanto como no ser (τι τῶν ἐνδεχομένων καὶ εἶναι καὶ μὴ εἶναι)” (EN. 1140 a12; n. t.), algo que es generado de acuerdo a la aplicación, por parte del artista, en cada trazo o cada palabra, en cada movimiento, de un arte o una razón artística verdadera83 (EN. 1140a9), y que, al finalizar el proceso de creación o fabricación, adquiere su auténtico sentido en la obra y la persuasión o confianza que trata de lograr entre sus oyentes. En cambio, el principio del movimiento de las ciencias prácticas está en la “elección” (προαίρεσις) y el fin de la actividad que realizamos no es otro que la propia actividad, en la cual demostramos la “destreza” (ἀρετή) o la falta de ella en nuestros movimientos, en último término orientados a la εὐδαιμονία.
Una consecuencia de esta distinción es que la “elección” (προαίρεσις) del oyente no es el fin del arte retórica y el técnico que aplica razón artística verdadera en la obra no es libre84. El fin del objeto artístico generado en un proceso de desarrollo donde el artista
realiza diversas operaciones no es afectar o cambiar la προαίρεσις del oyente85. De ser
82 ποιητικῆς μὲν γὰρ ἐν τῷ ποιοῦντι καὶ οὐ τῷ ποιουμένῳ τῆς κινήσεως ἡ ἀρχή, καὶ τοῦτ᾽ ἔστιν εἴτε τέχνη
τις εἴτ᾽ ἄλλη τις δύναμις.
83 “es lo mismo el arte y el modo de ser productivo acompañado de la razón verdadera” (EN. 1140a9); (n.t.):
ταὐτὸν ἂν εἴη τέχνη καὶ ἕξις μετὰ λόγου ἀληθοῦς ποιητική.
84 El arte no es el reino de la libertad sin restricciones, en el que el artista interpreta el papel de un genio sin
ataduras que inventa reglas, lenguajes, incluso universos. El artista lo es en la medida en que aplica las reglas del arte, esto es, en la medida en que es consciente de los principios o normas, las ha adquirido siguiendo el método y las aplica con habilidad en cada caso.
85 Bernabé (2007, p. 141) traduce la definición de τὰ πάθη “y es que son los sentimientos de los que se
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así, el fin de la ciencia productiva sería práctico, lo que borraría la diferencia que Aristóteles establece entre ambos géneros de realidades, ciencias y disposiciones anímicas en quienes las llevan a cabo, pero además situaría el principio de la ciencia práctica en el fin de la productiva, haciendo difícil dirimir los límites entre ambas.
Sin embargo, dejar la “elección” fuera de la técnica retórica, ¿no compromete la clasificación de los discursos retóricos? ¿No es el objeto de la retórica que los oyentes de la asamblea elijan lo conveniente para el futuro de la ciudad? ¿No es el objeto de la retórica que los oyentes de los tribunales elijan hacer justicia a los hechos del pasado? ¿No es el objeto de la retórica que los oyentes de una ceremonia o un banquete elijan hacer lo bello y honroso? Si no es así, ¿qué dirimen entonces los oyentes de un discurso retórico, si no es una elección?
Para aclarar esa cuestión hemos de acudir a un fragmento que ya hemos comentado anteriormente en otro lugar. Efectivamente, Aristóteles entiende que las clases de oyentes determinan los géneros de los discursos retóricos86 (Rh. 1358 a36-37). Esos oyentes, en función de los cuales extraemos los géneros de los discursos, son distinguidos en dos clases: “el espectador (ἢ θεωρὸν)” y “el juez (ἢ κριτήν)”, y este, a su vez, en dos subclases: “el que juzga lo que ha llegado a ser (κριτὴν δὲ ἢ τῶν γεγενημένων)”, y “el que juzga lo que será (ἢ τῶν μελλόντων)” (Rh. 1358b2-4). La clasificación resultante contempla entonces tres clases de oyentes (Rh. 1358b4-6): el que juzga las cosas futuras, (ὁ ἐκκλησιαστής) el que juzga las cosas que han sucedido (ὁ δικαστής), y el que
cambios, afectan a las decisiones”. Corrales (2012, p. 43): “Y todo esto, a su vez, propiciaría el mover hacia la realización de determinados fines prácticos, es decir se proyectaría en la vida de los hombres, dado que la persuasión incide en la elección de los hombres”.
86 ἔστιν δὲ τῆς ῥητορικῆς εἴδη τρία τὸν ἀριθμόν: τοσοῦτοι γὰρ καὶ οἱ ἀκροαταὶ τῶν λόγων ὑπάρχουσιν
ὄντες; “el número de especies de la retórica es tres, pues tales son los oyentes de discursos que existen”, según nuestra traducción.
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contempla las cosas bellas y la aptitud artística (ὁ θεωρός). Son necesariamente tres especies, una clasificación que cubre por completo las posibilidades racionales que puedan existir y determina a su vez tres géneros de discurso retórico87.
La cuestión es que ninguno de estos oyentes hace una “elección”: su actividad consiste, por el contrario, en “juzgar” (κρίνω), bien las cosas pasadas o futuras, o “contemplar” (θεωρέω) las cosas bellas y la aptitud artística de un discurso retórico. Ahora bien, ambas actividades son análogas y no hay contradicción posible entre ellas: el espectador juzga y el juez contempla, como observa Corrales (2012, p. 271 n. 23): el espectador tiene “el rol de κριτής respecto del discurso que está escuchando; y lo inverso también es verdad”. La potencia del discurso y la potencia de la imagen se entrelazan ante el espectador o juez en el arte retórica, algo que ha dado base a Platón para concebir la poética también como un tipo de oratoria popular: δημηγορία ἄρα τίς ἐστιν ἡ ποιητική (Phdr. 502c).
Pero entonces, si en la asamblea, el juez (ὁ ἐκκλησιαστής) no toma una “elección” sobre las acciones que la ciudad debe realizar, sino que “juzga” un discurso retórico88, no puede decirse propiamente que el género de discursos en los que se dirimen las cosas que serán, aquellos que tienen lugar en el consejo o la asamblea y son
87 Henderson (2015, p. 30) demuestra, sin embargo, que estos tres géneros no son instancias fijas y pueden
intercambiarse en función de las circunstancias para lograr el fin persuasivo al que está dirigida la retórica: “The rhetorician does not observe an inviolability of “orthodox” genres; he says what he must to achieve his objective under complex and uncertain circumstances. Sometimes, to achieve his overall objective, he uses one rhetorical genre, though accessory genres are also employed. The choice of style and genre is often arbitrary, and one can be transposed into another in a particular situation to achieve a single objective, and the speaker is under no compulsion to finish his discourse as he started, that is, in the same genre. The speaker’s objective is primary”.
88 Henderson (2015, p. 22): "According to Aristotle, this spectator is also a judge, but more a judge of the
ability of the speaker rather than of the honorable or shameful nature of the things made present through
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denominados por Aristóteles συμβουλευτικοί (Rh. 1358b7) son “deliberativos”, como es la norma, pues el objeto de deliberar es tomar una decisión89. Lo mismo puede decirse acerca del discurso δικανικός, que hace justicia sobre los asuntos que sucedieron, y sobre el discurso de ceremonia o epidíctico (ἐπιδεικτικός), donde se elogian las acciones hermosas o lo bello. Así pues, el fin del discurso retórico no es ni puede ser el principio de una acción, razón por la cual Aristóteles concibe los discursos ante la asamblea, el tribunal y los de exhibición no desde la perspectiva práctica que impone la acción humana, sino exclusivamente desde la perspectiva de la obra de arte, fin del conocimiento productivo. Y si un discurso es artístico, entonces no hay lugar a la manipulación persuasiva de los oyentes ni hay lugar tampoco para un uso desviado del arte de la seducción, puesto que la verdad o, mejor dicho, lo que es semejante a la verdad, es el fundamento natural que le da su potencia, y puesto que “los hombres estamos, por naturaleza, apropiadamente inclinados hacia la verdad (οἱ ἄνθρωποι πρὸς τὸ ἀληθὲς πεφύκασιν ἱκανῶς)” (Rh. 1355a15-16, n.t.).
Ahora bien, ¿cuál es esa facultad racional con la que los oyentes de un discurso retórico juzgan (κρίνω) y de la que están apropiadamente dotados por naturaleza, los seres humanos, o al menos la mayoría, que pueden abarrotar una asamblea, llenar un tribunal o acudir a un certamen oratorio? ¿Qué facultad puede haber en el pensamiento humano que discierna aquellos asuntos convenientes a la ciudad sin llegar a ser una facultad sobre asuntos prácticos?
89 Deliberar es, según DRAE: “considerar atenta y detenidamente el pro y el contra de los motivos de una
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