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3. Expresión y contenido

3.1. Forma y función

Estos conceptos los hemos usado varias veces en matemáticas o en las no- ciones básicas de lógica en los estudios de bachillerato. Toda forma, se nos de- cía, funciona en un conjunto organizado. Una función, oíamos también, puede determinar varios valores formales en el desarrollo analítico de una ecuación. Presuponíamos entonces un conjunto ya dado, expuesto o no previamente. Aquí acontece otro tanto. Hay un corpus, un conjunto de elementos, unas fun- ciones y valores respectivos desarrollados en el proceso de habla. La palabra jus-

ticia es una forma nominal, pero en la frase Dicen que la justicia es ciega funciona

como sujeto de otra forma verbal, es, con función atributiva.

No existen formas sin apoyo en sustancias concretas. El habla es la fuente básica de todo lenguaje, aunque este, en una consideración científica, se estruc- tura o va descubriéndose, al estudiarlo, de modo más complejo. Vemos aquí su coincidencia con otras ramas del saber abstracto, Matemática, Lógica, Filosofía. El punto de unión entre unas y otras ciencias es el logos o razón verbal fonolo- gizada. Hay una lógica común, la que usamos al pensar. Por tanto, nada extraña la coincidicencia. Sin embargo, las sustancias concernidas son diferentes, pues aquí nos vemos con el aire —¿hay algo más volátil, informe?— y con el pensa- miento: ¿quién puede detenerlo, asirlo para estudiarlo? He ahí el enorme reto científico de la Lingüística. Y también, por lo que llevamos dicho, la importan- cia del estudio del lenguaje para entender otras ciencias y técnicas.

Si aplicamos estos conceptos al dominio del arte, veremos que también son de uso frecuente, con la expresión y el contenido, para delimitar determinados aspectos de la técnica y esencia artística. Estamos también bajo una misma lógica del conocimiento. El lenguaje se nos revela entonces como el verdadero logos del pensamiento formalizado. Más aún, vamos entreviendo que, analizándolo, ex- plicamos con él el núcleo del proceso intelectivo. Por eso conviene determinar la epistemología o correspondencia de los principios lógicos con la realidad concre- ta del habla. Ahora entenderemos mejor conceptos y divisiones ya propuestas.

Si digo, por ejemplo: el plural se forma en español con -s, estoy empleando una forma específica, el morfema s, que, por sí mismo, aislado, no tiene nin- gún significado, pero al unirlo a niño, el significado de esta palabra se recubre con el concepto de ‘varios’, la pluralidad. Son más de uno. Podemos decir en- tonces que el fonema /s/ —es la consideración científica, el aspecto lengua del lenguaje, morfofuncional—, o el sonido [s] —no deja de ser científica su consi- deración, pero ahora atendemos al acto fónico concreto de tal sonido—, es una

forma del contenido ‘cuantidad’ al unirse a un nombre sustantivo y fundar en él la función de pluralidad.

Procediendo así, asociamos unos rasgos específicos a [s], una distribución suya en oposición al hecho de no figurar, de estar ausente en el singular niño(Ø) —signo cero, suele decirse, pero en lengua no hay números—, en cuyo caso en- tendemos que se trata de un solo niño y no de varios.

La forma del sonido [s], ya fonema /s/, está funcionando como signo de plural en un contexto muy determinado. Es forma gramatical que funciona en un pa-

radigma de rasgos fónicos sucesivos, su contexto de rasgos, es decir, dispuestos sintagmáticamente. Suele reservarse el adjetivo sintagmático, desde Saussure, para

continuidades discretas de superficie, pero es indudable, al menos etimológica- mente, que esa sucesión crea paradigma en el momento preciso de su conjunción y consonancia mutua: detrás de la -o de niño, o no hay marca para el singular (Ø, signo cero) o aparece -s. Este signo forma contexto sintagmático con los soni- dos anteriores y alterna en el paradigma con su ausencia. Que la articulación sea discreta, dividida en unidades fónicas, léxicas, sintagmáticas, de rasgos per- tinentes, no implica lo mismo en la percepción retencional o memoria percep- tiva que la subtiende. O dicho de otro modo: el desarrollo del lenguaje sigue articulando las unidades que considera imprescindibles. Las almacena en para- digmas cruzados que conjuntan la forma y la función que los integra.

En Lingüística, toda forma funciona generando un sentido o significado, to- tal o parcial, y según niveles, como en el caso antes citado, pues la base es el con- cepto ‘niño’, al que añadimos ahora el de ‘pluralidad’. La s aislada es un grafema que tanto puede pertenecer al alemán como al italiano. No dice casi nada por sí sola, pero al funcionar en un contexto u horizonte de integración se formaliza de modo peculiar: recibe un dinamismo interno y su sonido se trasciende en unidad fonológica —fonema— distinguiendo un matiz del significado: pluralidad.

Fijémonos en que el simple hecho de citar el fonema /s/ como marca de pluralidad ya presupone que lo extraemos de un paradigma en el que se integra

como horizonte suyo de funcionamiento. No existe, por tanto, con propiedad conceptual, un fonema aislado. Cualquier unidad lingüística contiene, como

forma que es, una función potencial. La razón de ello radica en que, por ser una

unidad ya codificada en algún sistema, dispone en sí, explícita o latente, de una funcionalidad operativa. La función proviene del carácter relacional de cual- quier término. Por eso usamos la fórmula X (R) F: cualquier término X o pala- bra dice relación (R) a otro y determina una función F.

Lo expuesto nos permite esquematizar también las relaciones implícitas del lenguaje entre contenido, expresión suya y la función que una forma concre- ta adquiere en cada realización. En el transcurso de la exposición lingüística se han disociado los conceptos de contenido y expresión aludiendo a una precon- cepción consistente en considerar que primero pensamos y luego hablamos. Tal supuesto olvida que el pensamiento ya ha producido o creado su modo de expresión. Por tanto, al pensar ya relacionamos estructuras previas. Lo im- portante es entrar en su formación. Y en eso consiste el fundamento, actuali- zado en cada forma concreta. Algunos lingüistas llegaron, como Hjelmslev, a prescindir de las sustancias de pensamiento y dicción considerando que no hay medios posibles para captar el instante de formación específica en el que un concepto, idea —el contenido o sustancia mental—, resulta significado de una palabra concreta; asimismo, no tenemos conciencia actual de la forma fó- nica significante, el punto expresivo en el que la sustancia fónica, la voz huma- na, deviene significante. Operamos con resultados. Hjelmslev descarta entonces las sustancias y retiene lo único evaluable, las formas de contenido (Fc) y expre-

sión (Fe), es decir, las unidades concretas de lengua ya realizadas como habla,

lo funcionalmente constituido. Toda forma supone un lexema que la contiene, por tanto, una unidad morfosintáctica. La morfosintaxis une forma y función, lo cual supone una actividad interna relacionante, ya entrevista por Amor Ruibal antes de que Nicolai S. Trubetzkoy y Hjelmslev la formalizaran.

El formalismo funcionalista se vio finalmente avocado a una proliferación conceptual que desvirtuaba, más que favorecía, la comprensión interna del

lenguaje.27

Las distinciones de contenido y expresión se implican mutuamente. Recu- rrimos a ellas para entender, de algún modo, lo que acontece cuando hablamos

27 Derivación suya son, a fin de cuentas, las Forma Fonológica (FF) y Forma Lógica (FL) del minimalismo gra-

y obtener bases firmes de formalización analítica. Según lo expuesto hasta ahora sobre el dinamismo del lenguaje, tales relaciones las interpretamos como sigue:

Lenguaje Contenido ↓ Fc ⎨ ⎪ ⎩ ⎪ F (T) Fe ↑ Expresión

La relación (R) formal interna de cualquier término (X) lingüístico es su función textual: (X) F (T). El término (X) resulta siempre de relaciones corre- lativas a priori. Se ha producido una elación en cualquier grado de su procesa- miento. Sabemos de ella retroproyectando las formas sobre sus relaciones e in- terpretando el contenido, los conceptos incursos en todo significado conforme a sentido. No hay expresión posible sin referencia a algún aspecto conceptivo, gnoseológico. La relación significado-sentido es fundamental para comprender el horizonte de correlaciones efectivas. Y esto presupone que significado y sig- nificante son formas conceptuadas. Existe siempre un dentro del lenguaje. Y su

dentro remite a entre, un intersticio.

Tales denominaciones confieren carácter singular a la ciencia lingüística. No son axiomas, ni teoremas, pero sí supuestos implícitos de cuanto acontece hablando. La deducción nos remite a una inducción intuitiva y esta a otra ab- ductiva. Aclaramos estos conceptos al desarrollar los métodos básicos de la cien- cia en la sección quinta de este estudio.