5. El signo lingüístico, sus funciones
5.4. Funciones lingüísticas
Decíamos anteriormente que en lingüística toda forma funciona estable- ciendo una significación. Vimos también que la comunicación comprendía algo más que el signo o su regulación sistemática como unidad fundamental de la Lingüística. Está encuadrado en un esquema comunicativo contextual y dentro de una relación intersubjetiva. El uso del lenguaje hace prevalecer además una función sobre otras según los elementos comunicativos que lo subtienden. Estas funciones nos recuerdan lo que a veces olvidamos: que el lenguaje es comuni-
cación entre, al menos, dos personas, y que lo comunicado está en relación di- recta con la vida de los interlocutores, el medio y mundo en el que se mueven. Incluso algunos gramáticos estudian la lengua partiendo de estos elementos pri- marios. La función expresiva, por ejemplo, es de suma importancia en fonología y en la configuración del sentido de los significados, pero también en sintaxis textual a la hora de perfilar un estilo. La metalingüística afecta, por su parte, al método de estudio del lenguaje y recubre todos sus niveles. Aquí la empleamos constantemente, pues nos referimos con el lenguaje mismo a sus estructuras.
Delimitamos las funciones del lenguaje según los elementos respectivos del es- quema de comunicación ideado por Jakobson. En realidad, este lingüista amplió las funciones fijadas previamente por Bühler en su modelo de órganon del lengua- je, concepto derivado de Humboldt: «Triple es la función del lenguaje humano: manifestación, repercusión y representación», dice Bühler en 1919, pero luego, en 1934, cambia los dos términos iniciales por los de expresión y apelación.
En cuanto representa, el signo es símbolo. Al manifestar la expresión del emisor, se convierte en síntoma (indicio), y al dirigirse al receptor, interpelándo- lo, es señal. Toda palabra indicia algo dirigiéndose a alguien. Es llamada, ape- lación. El oyente va implícito en ella, aunque no esté presente. La atraviesa el
esquema comunicativo: hablante ↔ oyente, y viceversa. Y como la comunica-
ción se realiza además refiriendo y enunciando, al eje horizontal, intersubjetivo, lo cruzan otro vertical, de relación ontológica, y otros más oblicuos, contextua- les. Se crea así un sistema radiado de múltiples connotaciones:
La configuración radial se reproduce en cada punto de las líneas según po- sibles correlaciones de cohesión, coherencia, anagramas, paragramas, isotopías, resonancias múltiples, pues de ondas se trata, al fin y al cabo, y de relaciones gnoseológicas internas cifradas como morfo-sintáctico-semánticas. Allí donde convergen, se crean núcleos, nódulos, como en las redes neuronales. Así se arti- cula el logos apofántico.
Decir, pensar y apelar o llamar al receptor: voluntad, pensamiento, dicción: acto de llamada para decir, enunciar algo pensado a alguien. Tales eran las fun- ciones tradicionales del lenguaje hasta su sistematización lingüística. Cambian
los nombres, pero permanece la sustancia. La adición del canal era un presu- puesto implícito. No se comunica sin aire, pero tampoco se articula sin aparato fonador o no se recibe lo dicho sin oído. Bühler sistematizó en el signo estas re- laciones internas, luego ampliadas o matizadas por otros autores, como el citado Jakobson o Michael A. K. Halliday.
Esquematizamos a continuación el modelo de Bühler, denominado órganon, palabra ya usada por Platón y que remite al Órganon de Aristóteles, y las fun- ciones que le corresponden. Órganon significa instrumento en griego. Bajo ese nombre se agrupan todas las obras de Aristóteles dedicadas a la Analítica, más tar- de llamada Lógica, es decir, a la introducción de la Ciencia. La alusión de Bühler no es fortuita, sino más bien, debemos pensar, intencionada. Está concibiendo la Lingüística, en concreto la Teoría del Lenguaje, como una propedéutica científica. Parte de la triple relación entre los dos interlocutores y las cosas, cuyos estímulos provocan reacciones en cada uno de ellos. He aquí su modelo de órganon:
Objetos y relaciones Representación Apelación Receptor S Expresión Emisor
El círculo simboliza el fenómeno acústico concreto. Tres momentos variables están llama- dos a elevarlo por tres veces distintas a la categoría de signo. Los lados del triángulo inserto simbolizan las tres vertientes. El triángulo comprende, en un aspecto, menos que el círcu- lo (principio de relevancia abstractiva). En otro sentido, a su vez, abarca más que el círculo, para indicar que lo dado de un modo sensible experimenta siempre un complemento aper- ceptivo. Los grupos de líneas simbolizan las funciones semánticas del signo lingüístico (complejo). Es símbolo en virtud de su ordenación a objetos y relaciones; síntoma (indicio), en virtud de su dependencia del emisor, cuya interioridad expresa, y señal en virtud de su apelación al oyente, cuya conducta externa o interna dirige como otros signos de tráfico.39
Debemos resaltar, además de los valores símbolo, síntoma y señal, el «prin- cipio de relevancia abstractiva». Se refiere al hecho de que en la significación hay «momentos abstractos» por los cuales una entidad, el signo, sustituye a otra, por ejemplo lo representado o simbolizado del mundo real. Bühler asume así la función lógica de la inducción y del método hipotético-deductivo del conoci- miento, como ocurre ya antes en la lingüística de Amor Ruibal, quien lo deno-
mina «principio genético de la realización abstractiva».40 Se trata efectivamen-
te de una génesis o engendramiento mental, pues el signo no comprende toda la realidad que designa o evoca, sino solo unos rasgos, los más definitorios, de las cosas: aquellos que juzgamos esenciales. Y en esto se basa el fundamento se-
mántico del lenguaje, por lo que toda palabra resulta un «pseudónimo»,41 es de-
cir, un nombre falso. Dice lo que no abarca o comprende totalmente, pero esto no significa que el nombre no sea adecuado a la realidad. Le conviene en todo momento por virtud de la génesis abstractiva. Nos situamos en el carácter tró- pico del lenguaje, pues una parte de la relación que la mente establece con las cosas, objetos u otras relaciones, reales o mentales, representa y significa la to- talidad de lo designado. Es una sinécdoque o incluso metonimia, si partimos de la relación contigua que los sentidos tienen con las cosas y la percepción que las advierte en función cognoscitiva, categorial: la mente le asigna un concepto y categoría a cada una de ellas, a las relaciones de sus partes y elementos, y a las relaciones con otras cosas, ideas, etc. Así funciona nuestro entendimiento.
Esta génesis, en un caso, y relevancia abstractiva, en otro, explica suficiente- mente la relevancia que, años más tarde, se ha impuesto (Dan Sperber y Deirdre Wilson), con otros principios, como el de cooperación, de Herbert P. Grice, en el dominio de la pragmática. Y subyace también en la acción comunicativa de Jürgen Habermas.
A las tres funciones indicadas, con carácter de signo cada una, le añade Jakobson la fática, ya usada previamente por Bronislaw Malinowski y citada de este por Bühler, así como la metalingüística y poética, según afecten, respectiva- mente, al canal y al contacto interlocutivo, al código, al mensaje mismo o una de sus partes.
Veamos los factores de comunicación verbal según Jakobson y sus funciones respectivas:
40 Amor Ruibal, PFFC, II, p. 300. 41 Ibid., p. 702.
Contexto (referente)
Destinador (emisor) ... Mensaje ... Destinatario (receptor) Contacto
Código
Al emisor le corresponde la función expresiva o emotiva; al receptor, la conati-
va; al contexto, la denotativa, cognitiva o también llamada referencial y represen-
tativa; al canal, que favorece el contacto, la fática; al código, la metalingüística y, al mensaje, la poética.
Cuando, al hablar, usamos la muletilla «¿Me entiendes?», «¿Me escuchas?», «¿Te enteras?», estamos verificando que el canal de transmisión y el mensaje funcionan. Nos aseguramos de que hay contacto interlocutivo a través del aire, mediante un receptor electrónico o de otra clase. Con el canal físico estable- cemos un contacto fisiológico, mental y sinestésico: la onda sonora incide en nuestro oído.
La función metalingüística actúa siempre que empleamos el lenguaje para re- ferirnos a él mismo. Nosotros, al explicarlo, al escribir o leer estas palabras, es- tamos usando el lenguaje para entenderlo. Como el hablante actúa de inmedia- to corrigiendo su expresión si ésta es deficiente en algún momento, parece que el acto de habla contiene una atención metalingüística. Esto no lo dice Jakob- son, pero se deduce, pues actuamos una forma verbal para sustituir otra, lo cual implica que comparamos la usada con un modelo suyo, la imagen acústica o sim- plemente verbal que llevamos dentro como lengua.
Con esta función se correlaciona el recubrimiento de niveles y estructuras del lenguaje, por ejemplo la replicación. Las unidades, los signos, se repiten en la cadena hablada según un orden que el lenguaje establece, permeable dentro de su fijeza, y se implican determinando niveles que se superponen. Cuando defi- nimos un término, recurrimos a la función metalingüística. Son las «frases ecua- cionales» de Jakobson.
En cuanto a la función poética, no debemos confundirla con la poesía en ge- neral, aunque aquí se cumple por excelencia. Jakobson se refiere a la atención que prestamos al mensaje y al enfoque intencionado —emplea el término alemán
Einstellung—, la actitud ante su forma, pero formándolo, «el acento puesto sobre
el mensaje en cuanto tal». Pone en evidencia, dice en otro lugar, «el lado palpable de los signos» y profundiza, por tanto, «la dicotomía fundamental de los signos y
los objetos». La definición esencial, y ya famosa, de esta función, apoyada en los conceptos saussureanos de sintagma y paradigma, es la siguiente: la función poética
proyecta el principio de equivalencia del eje de la selección sobre el eje de la combinación.42 Explicada de otro modo, la correspondencia de unidades equivalentes for- ma paradigmas aunque sea sobre la sucesión del sintagma, con lo cual los signos adquieren valores añadidos o procesuales en razón de tal posición y no otra. Ya conocemos esta posibilidad de relaciones múltiples del signo siguiendo posicio- nes determinadas en una trama textual. Tal correspondencia puede deberse al significado o sentido, pero siempre dotado de un impulso que proyecta rasgos equivalentes —asonantes, consonantes, paranomásicos, aliterativos, apareamien- tos o couplings, recubrimientos, figuras sintácticas, fónicas, etc.— allí donde en principio sólo hay, como sabemos, diferencias formales. El estilo es un efecto de función poética del lenguaje y, en realidad, cada hablante tiene un estilo propio de habla, como lo tiene al andar.
Las funciones actúan conjuntamente, pero una de ellas suele dominar sobre las demás, confiriendo entonces al texto o cadena hablada una tendencia expre- siva, apelativa o conativa, referencial o denotativa, metalingüística o connotada, poética, etc. Esa función se llama dominante.
Halliday propuso otro modelo de siete funciones lingüísticas atendiendo a la adquisición del lenguaje por los niños: instrumental, reguladora, interoracional, personal, imaginativa e informativa. El lenguaje es un instrumento del que nos servimos para comunicarnos con los demás, para ejercer control sobre ellos —in- terjecciones de mandato, por ejemplo—, para contactarlos, expresar nuestra in- dividualidad —el yo—, para establecer hipotésis, suposiciones, campos imagina- rios, y para informar simplemente de algo a cualquier otro. Finalmente, Halliday redujo con criterio más preciso estas siete funciones a cuatro: experiencial —rela- cionada con la situación y el contexto referente—, lógica —incluye la ref lexión sobre el lenguaje, su capacidad analítica—, interpersonal, ya conocida —es la tam- bién denominada intersubjetiva—, y textual, encargada de organizar el discurso. La experiencia comunicativa con los demás se contiene en formas oracionales de estructura lógica o con sentido. Podemos resumir así estas cuatro funciones.
Tales variaciones no añaden nada nuevo a lo ya conocido y se explican todas ellas desde el fundamento hermenéutico y fenomenológico del lenguaje. Aludir
42 Jakobson, R., «Linguistique et poétique», en Essais de Linguistique Générale, Éditions de Minuit, París, 1963,
a la experiencia de este, resulta una obviedad. Citar su componente lógico, otra evidencia. Nos movemos en él desde su consideración apofántica en Aristóteles. Recordarnos que su estructura es interpersonal, mueve a preguntarse qué otra cosa puede ser si son personas las que intervienen en el habla. Y el carácter tex- tual nos remite a este concepto en Hjelmslev, ya analizado.
Vemos, pues, que los modelos y la descripción del lenguaje oscilan según los fundamentos que suponemos o descubrimos en él al analizar con razones cien- tíficas sus constituyentes.
Conviene insistir, finalmente, en la función de contacto, la fática, que el lenguaje establece. Jakobson se fijó en el mantenimiento del contacto para ve- rificar que la comunicación se produce, pero ya se había realizado previamen- te un tacto más profundo. La onda sonora del lenguaje nos apega al mundo y a quienes nos hablan. El oído permanece en constante vigilia. Además de esto, la onda acústica es cálida, pues intima al reconocer una voz semejante y des- pierta el entorno que la acompaña. El contacto del lenguaje tiene también una función existencial primaria, de pertenencia al género humano y, dentro de él, a un grupo específico idiomático. Genera confianza. Contiene ilusión, por lo que abre a un campo de realizaciones múltiples, unas esperadas, otras imprevis- tas. El lenguaje activa un rostro hasta en ausencia de interlocutores. La voz vibra identificando a quien habla. El timbre vocálico discrimina la resonancia de to- nos. Los niños viven esta imaginación permanente de la voz probando sonidos, repitiéndolos, inventando otros que no recordarán de mayores. El sonido gene- ra un tránsito íntimo entre el mundo de la madre, intra y extrauterino, el en- torno físico y el social que lo cuida y con el que convive. El lenguaje se con- vierte entonces, como dice Donald W. Winnicott, en «objeto transicional». Nos pasa de A a B, sus intersticios y relaciones. Amplía el horizonte de transición, la referencia del entorno al sujeto, una antelación predicativa.
Las derivaciones de la comunicación interpersonal, de la nueva comunicación (Gregory Bateson, Ray Birdwhistell, Irving Goffmann, Paul Watzlawick, en- tre otros), con su modelo orquestal de gestos, miradas, escuchas y que solo ven en el hablante un «actor social», o que priman la participación en el medio a través del habla sobre los enunciados de esta, de tal modo que el individuo no comu- nica propiamente, sino que comparte la comunicación como partícipe, todos estos corolarios proceden de aquella función existencial primaria. El lenguaje emerge en ese medio desde una pulsión primaria insustituible. Filtra el entor- no y selecciona los signos que lo evoquen, designen o inventen, según las cir- cunstancias. Por eso insistimos en el valor originario de la onda acústica y su
intimación de mundo. Estos autores aplican la teoría de sistemas desde la me- diación cibernética a lo que ya funda todo sistema, según hemos visto. Los con- ceptos de relación, retroalimentación ( feed-back), integración, cooperación y re- gulación progresiva (reentry), básicos para la denominada nueva comunicación y
derivaciones suyas,43 presuponen el a priori de correlación intersubjetiva y la re-
troproyección constante de horizonte.
Existe una toma de contacto o comunión fática originaria, término tomado, como ya hemos dicho, de Malinowski y referido al hecho de establecer, al ha- blar, una base locutiva permanente, una situación, dice este antropólogo, de «acontecimientos lingüísticos», antes modo de acción y convivencia que de re-
f lexión y transmisión de pensamiento.44
Malinowski se está refiriendo al fenómeno gregario del sentimiento colec- tivo experimentado en y por el lenguaje. Funciona en la comunicación verbal y no verbal, repetimos nosotros, como a priori lingüístico de existencia. La boca también gestualiza y el impulso de la mano se correlaciona, especialmente al escribir. Tal es la verdadera situación del lenguaje. Por eso le pertenece como apropiación dinámica individual e integradora del medio colectivo. La pragmá- tica ya está inmersa en esa dimensión del decir o logos apofántico, pues la pri- mera verdad es el sentimiento de pertenencia al mundo dentro del lenguaje. Es
lo primero que reciben los niños desde su concepción en el vientre materno.45
De la correlación existencial a priori del lenguaje, ontológica, queda en él, como constante suya, una función sugestiva. La capacidad de sugestión verbal, el fictum que la gramática especulativa asoció siempre al signo —Ockham, Suá- rez—, es función básica, pues evoca lo designado, mentado, pretendido. Crea incluso, en ciertos momentos, un estado estésico que probablemente guarda rela- ción con el origen fónico de los sonidos y los valores que cada lengua les asigna, simbolizándolos. Abre una dimensión proyectiva de espacio-tiempo en modo de resonancia poética.
Tal función la analizó Frédérik Paulhan correlacionándola con la esencia de la significación designativa, propia del signo, por tanto de la realidad cósi- ca, psicológica, conceptual, emotiva o imaginada. La palabra aporta al entendi-
43 Bateson, G., Birdwhistell, R., Goffmann, I., Hall, E. T., Jackson, D. D., Scheflen, A. E., Sigman, S.,
Watzlawick, P., La Nouvelle Communication, Textos reunidos y presentados por Yves Winkin, Seuil, París, 1981, pp. 7-8, 26, 72, 75.
44 Citado por Émile Benveniste, Problèmes de Linguistique Générale, 1, Gallimard, París, 1966, pp. 87-88. 45 Domínguez Rey, A., Lingüística y Fenomenología, op. cit., pp. 54-60.
miento y espíritu un sentido real. Al designar, establecemos una dirección in- tersicológica y social con los demás hablantes. La comunicación presupone un deseo de dirigir a otros hacia la intención o estado emotivo, modo de actuación propia. Le damos «un sentido a las palabras» o creamos «este sentido». El len- guaje propicia entonces la ocasión o pretexto para inventar, formar ideas nue- vas, imágenes desconocidas, impresiones inusitadas, dice este filósofo francés de
principios del siglo xx.46
Paulhan antepone a la comunicación propiamente lingüística la intersubje- tividad creadora de pensamiento por sugestión de sentido. La palabra compor- ta un halo de comprensión y entendimiento. El acto de habla es sintético y su análisis desmembra capas intencionales cuyos objetos —significación, imáge- nes, ideas suscitadas— descubren un sentido de la realidad designada, evocada, sentida o imaginada.
La doble función del lenguaje, de significación y sugestión, se corresponde con
su ejercicio práctico, útil, en cuanto hecho a la vez psicológico y social. La pa- labra concreta resulta de esa actividad resolutiva en circunstancias que deciden
la permanencia o caducidad del signo.47 Una vez constituido, este solicita nueva
acción más diferenciada, más personal, compleja, y «menos estrictamente uni-
ficada» que la del sistema, se entiende, a que da lugar y en el cual se inscribe.48
El sentido se estructura en «síntesis graduadas» desde el propio de la pala- bra, pero esta, y las unidades en ella fundadas, se incardina en un, digamos, ho- rizonte o perspectiva de agrupación que le otorga un «valor especial», el deri- vado, como sabemos desde Amor Ruibal y Saussure, del principio genético y de la sintagmática. Una de esas síntesis, importante, es la frase, que no se redu-
ce a «una yuxtaposición, una suma del sentido de las palabras».49 Sin embargo, a
partir de ella, la síntesis del parágrafo ya lo es «del sentido de las frases», e igual- mente el capítulo, un libro, síntesis, a su vez, más o menos logradas. El proceso del lenguaje, su discurso, trasciende en más o menos el objetivo o meta, la in-
tención del signo.50 El discurso funciona, por tanto, con y desde unidades sin-
téticas a partir de la frase. Ahora bien, como toda palabra, y el lenguaje en ge- neral, es signo de «pase» («faire passer») de intenciones de un hablante a otro, ya
46 Paulhan, Fr., La Double Fonction du Langage, Librairie Félix Alcan, París, 1929, p. 3. 47 Ibid., p. 6.
48 Ibid., p. 168. 49 Ibid., p. 154. 50 Ibid., p. 155.
implica, deducimos, el horizonte que la integra. Le pertenece en tanto función