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Domínguez Rey-Texto, Mundo, Contexto- Intersticios

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Academic year: 2021

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Texto, Mundo, Contexto: Intersticios

(Génesis Discursiva)

ANTONIO DOMÍNGUEZ REY

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Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamos públicos.

© Universidad Nacional de Educación a Distancia Madrid 201

XXXVOFEFTQVCMJDBDJPOFT 

© Antonio Domínguez Rey

Todas nuestras publicaciones han sido sometidas a un sistema de evaluación antes de ser editadas.

ISBNFMFDUSÓOJDP:  &diciónEJHJUBM: KVMJP de 201

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Introducción . . . 13

I ASPECTOS LINGÜÍSTICOS 1. EL CIRCUITO DEL HABLA . . . 17

1. Acto locutivo. . . 17

1.1. Ángel Amor Ruibal . . . 17

1.2. Ferdinand de Saussure. . . 21

2. Nociones etimológicas . . . 24

2.1. Texto. . . 24

2.2. Discurso. . . 26

2.3. Comunicación: intersticio. . . 30

2. COMUNICACIÓN Y SIGNO LINGÜÍSTICO, SUS FUNCIONES . . . 41

1. Estructura comunicativa del lenguaje: comunicación e información. . . . 41

1.1. Caracteres de la información . . . 46 1.1.1. Incertidumbre. . . 46 1.1.2. Ruido. . . 47 1.1.3. Redundancia . . . 48 1.2. Adentramiento en la forma. . . 49 1.2.1. El código. . . 50 1.2.2. El contexto . . . 51 2. El sistema lingüístico . . . 53 2.1. Sistema. . . 54 2.2. Norma. . . 55

2.3. Lenguaje: lengua y habla. . . 56

3. Expresión y contenido. . . 58

3.1. Forma y función. . . 60

(9)

4. Competencia de la actuación lingüística: actividad y producto verbal. . . . 65

5. El signo lingüístico, sus funciones . . . 69

5.1. Señal, indicio y síntoma . . . 70

5.2. El signo: significante y significado . . . 71

5.3. Relaciones sintagmáticas y paradigmáticas. . . 79

5.4. Funciones lingüísticas . . . 81

6. Propiedades del lenguaje. . . 90

7. La acción comunicativa . . . 92

7.1. Karl Bühler . . . 92

7.2. Jürgen Habermas . . . 96

8. La mediología: Régis Debray. . . 104

Actividades . . . 110

Bibliografía . . . 113

II GÉNESIS TEXTUAL Y DISCURSIVA (Plano de organización estructural del texto) Introducción . . . 117

1. Praxis, poíesis: Aristóteles . . . 118

1.1. Crítica de la razón pragmática. . . 120

1.2. Poética. . . 123

2. El horizonte contextual . . . 126

3. Signo (semiótica), semántica (discurso) . . . 133

4. Fundamento lingüístico del texto. . . 136

5. Objeciones posibles . . . 144 Recapitulación. . . 146 Actividad. . . 147 III EL NIVEL TEXTUAL Introducción . . . 151 1. Tipología textual . . . 154

1.1. Texto oral y escrito . . . 154

1.2. Lector implícito. . . 159

(10)

1.4. Denotación y connotación . . . 165

1.5. Horizonte de integración textual . . . 166

1.6. Germen predicativo. . . 170

Actividades de lectura comprensiva. . . 176

2. Enunciación . . . 178

2.1. El paradigma textual . . . 181

Actividades . . . 186

3. Descripción. . . 187

Cuestiones de lectura comprensiva. . . 196

Ejercicios. . . 196

4. Narración . . . 198

4.1. El discurso . . . 198

4.2. Estructura del discurso. . . 201

Textos y comentarios. . . 206 Texto 1 . . . 206 Texto 2 . . . 208 Texto 3 . . . 209 Texto 4 . . . 212 Ejercicios. . . 213 5. Argumentación . . . 214 5.1. Tesis . . . 214 5.2. Presentación . . . 214 5.3. Desarrollo argumentativo . . . 215 5.3.1. La dialéctica . . . 216 5.4. Conclusión. . . 219

6. Sintaxis argumentativa: marcadores . . . 220

Actividades y ejercicios. . . 227

IV PROCEDIMIENTOS DE COHESIÓN Y COHERENCIA Introducción . . . 231

1. Cohesión . . . 234

1.1. Referencia . . . 237

1.2. Sustitución. . . 238

1.3. Elipsis . . . 238

(11)

3. Actos de lengua. . . 244

Actividades y ejercicios . . . 258

4. Marcadores discursivos. . . 260

4.1. La yuxtaposición . . . 263

4.2. Fenomenología de los marcadores . . . 267

5. Resumen: análisis textual. . . 269

5.1. Presentación o resumen temático. . . 271

5.2. División en partes del texto. . . 272

6. Gramática poética del texto . . . 275

Actividades y ejercicios . . . 279

Bibliografía . . . 280

V LENGUAJE ACADÉMICO 1. ASPECTOS CIENTÍFICOS DEL LENGUAJE. . . . 285

Introducción . . . 285

1. Ciencia y método científico. . . 285

2. El lenguaje de la ciencia. . . 290

3. Métodos básicos de la ciencia . . . 293

3.1. Inducción . . . 299

3.2. Deducción . . . 301

3.3 . Abducción . . . 303

4. Enunciado y descripción científica . . . 305

Textos. . . 308

I. Abraham Moles. . . 308

1. El Problema del Método Comentario. . . 310

2. Conocimiento y Creación Científica Comentario. . . 315

Propuesta . . . 316

II. Werner Heisenberg . . . 317

III. Antonio Quilis. . . 318

5. Lenguaje y pensamiento . . . 320

6. La ciencia lingüística. . . 323

Ejercicios. . . 326

(12)

2. EL ENSAYO. . . 329

Introducción . . . 329

1. San Agustín. . . 330

2. Lenguaje del ensayo. . . 333

3. Michel de Montaigne. . . 335

4. Jean Jacques Rousseau. . . 337

5. Miguel de Unamuno . . . 338

6. José Ortega y Gasset . . . 341

7. El hipertexto . . . 348

7.1. Computación digital. . . 351

7.2. Profundidad del texto . . . 359

Ejercicios. . . 373

Enlaces. . . 376

3. ¿UN TEXTO BIOLINGÜÍSTICO?. . . 329

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El mejor modo para adentrarse en los conceptos de las palabras es fijarse en su etimología. En muchas de ellas aún podemos alcanzar un estadio primitivo de la raíz originaria, hasta donde alcanza el actual conocimiento humano. Asisti-mos siempre, por lo menos, a la razón de su permanencia en el tiempo, tal como las conocemos al usarlas. Son reveladoras las transiciones del idioma madre a tra-vés de los cambios lingüísticos en él motivados al pasar de boca en boca a tratra-vés de los siglos. Las exigencias de actualidad en cada época sellan su impronta y las marcas nos sirven para dilucidar los cambios y averiguar las razones, cuando no caprichos, que los indujeron. En el caso de las lenguas románicas, resulta más fá-cil acceder a este trasfondo, pues el proceso de romanización aún continúa en la koiné latina de Europa y América.

El estudio filológico de la morfosintaxis nos permite observar un doble tránsito de motivación inmanente en la evolución de las palabras. Uno, del sen-tido genérico de inicio hacia una concreción paulatina, particularizada, a veces reducida a simple marca desinencial. Otro, inverso, de usos y significados muy concretos, singulares, de los referentes o de las raíces mismas, a menudo deícti-cas, a valores más comunes, genéricos, abstractos. Quedan entretanto intersticios y transiciones perdidas en el olvido. Intervalos. Cuando sucede esto, se impone de nuevo la vigencia de actualidad en cada época y los hablantes suplen, recom-ponen, inventan otras formas, renuevan algunas antiguas, le dan valores colate-rales a las ya existentes, etc. Muchas designaciones concretas de origen son hoy metáforas; viceversa, valores metonímicos, o metafóricos, de ayer, se gramatica-lizan o permanecen como fósiles del lenguaje. Es su vida propia.

Veamos qué sucede, porque aún acontece, con las etimologías de texto,

dis-curso, comunicación e intersticio, palabras fundamentales de este estudio. Al análisis

filológico se une la fundamentación lingüística.

En cuanto al título, la prelación del Texto sobre el Mundo, orden que de-biera ser contrario, la induce el hecho de que el hombre brota en la naturaleza

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envuelto en relación múltiple, armónica, de sustancias neuroquímicas, tejidos celulares, orgánicos, que sienten y, con el tiempo, piensan. Y a partir de ahí se despliega una conciencia capaz de comprender bastante de cuanto configura y rodea al hombre, su Contexto. El brote ya prelate sonido y en sus ondas af lo-ra, consciente, el pensamiento, la inteligencia. Ahí resuena, entendemos y com-prendemos el Mundo.

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ASPECTOS LINGÜÍSTICOS

1

EL CIRCUITO DEL HABLA

2

COMUNICACIÓN Y SIGNO LINGÜÍSTICO, SUS FUNCIONES

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1. ACTO LOCUTIVO

Al hablar, articulamos el aire respirado convirtiéndolo en un nuevo objeto susceptible de análisis. Descubrimos en él una parte física, el sonido de la voz humana, y otra, en principio, psíquica, acorde con el impulso anímico que ex-perimentamos. El sonido transmite la intención comunicativa en forma de pa-labras. Es una manifestación interna de cuanto concebimos al comunicarnos con nuestros semejantes. El sonido humano articula las intenciones de nuestro ánimo y los conocimientos formalizados mediante una decisión de la voluntad. El acto que forman contiene, por tanto, varios aspectos, sensitivos, psíquicos, intelectuales y volitivos. Todos ellos convergen en función comunicativa. Ha-blamos para comunicarnos y entendernos. El acto locutivo resulta, pues, algo complejo. Analizar sus componentes y las condiciones de realización es un ob-jetivo fundamental de la ciencia lingüística.

1.1. Ángel Amor Ruibal

El lingüista gallego Ángel Amor Ruibal describe el lenguaje a principios del siglo xx analizando la unidad que forman los componentes de la palabra. Sinte-tiza la tradición especulativa y establece el futuro de la Lingüística. Descubre las relaciones ontológicas y psicológicas del pensamiento, hermenéuticas del análi-sis crítico y fónicas de la articulación en el acto locutivo. Los componentes del lenguaje evidencian en su unidad fónica la conceptiva y expresiva: «en toda pa-labra entran un objeto, un concepto, la acción psicológica de elegir la idea dominante entre las varias que se ofrecen á la consideración en un objeto, y el enlace de esta

con el sonido».1

1 Amor Ruibal, Á., «Introducción» a Paul Regnaud, Principios Generales de Lingüística Indo-Europea. Versión

es-pañola, precedida de un estudio sobre la Ciencia del Lenguaje, Tipología Galaica, Santiago [de Compostela], 1900. Edición

facsímil del Consello da Cultura Galega, Santiago de Compostela, 2005, p. 58.

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El dinamismo interno de la actividad mental considera el mundo refe-rido, los objetos, los conceptos de ahí inducidos, las ideas resultantes según un proceso psicológico de comparación entre ellas, para determinar cuál es la más apropiada —dominante— al objeto percibido y el enlace o adecuación de idea y sonido. Amor Ruibal añade a esta conexión una «conformidad sig-nificativa con la esencia» de lo mentado, es decir, el mundo real del cono-cimiento. La esencia de las cosas, su ser entitativo, aquello que las define al considerar su constitución, se correlaciona con el signif icado. La semántica queda correlacionada con el acto de enlace doble, o triple, entre objeto-con-cepto, objeto-concepto-idea de ahí resultante, y objeto-concepto-idea (escia): sonido. Existe, por tanto, un intersticio mental y fónico que abre el en-tretiempo crítico o dimensión interpretativa del conocimiento humano, es decir, de la realidad comprendida. La esencia es el punto lógico expansivo, pues enlaza sonido e idea, del lenguaje y conocimiento. Amor Ruibal for-mula la entidad del signo lingüístico sobre la relación ontológica objeto-con-cepto (idea) del sujeto cognoscente.

La Lingüística, Filosofía, Psicología y Hermenéutica no conocen descrip-ción más ajustada del acto gnoseológico. El enlace del sonido con la idea do-minante alude a que la onda sonora de la voz humana experimenta, en ese momento constitutivo, una elación o moción adecuada al conocimiento de la realidad, el mundo concebido.

Adelantamos esta descripción a un tiempo simple y compleja porque pre-side, en síntesis, cuanto queremos explicar del texto y discurso como concep-tos activos de la comunicación lingüística. Hemos representado en otros

estu-dios2 las implicaciones de la definición descriptiva del signo lingüístico dada

por Amor Ruibal siguiendo otras publicaciones suyas y con el siguiente gráfico y explicación:

2 Domínguez Rey, Antonio, «El a priori correlativo y ontológico del lenguaje. Ángel Amor Ruibal (1869-1930)»,

en Analecta Husserliana, Vol.  CII, Memory in the Ontopoiesis of Life, Book 2. Memory in the Orbit of the Human Creative

Existence, Anna-Teresa Tymieniecka (ed.), Springer, Dordrech Heidelberg London New York [sic], 2009, pp. 183-184

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Idea signo Objeto (Designación) Sensación (fono) Palabra

La noción adelanta los rasgos mentales, y semánticos, con que caracterizamos y significamos los objetos. De ella proceden los conceptos y, mediante la com-paración de estos, las ideas, así como la correlación de estas determina la esen-cia o entidad de todo lo conocido. En Lingüística nos basta con la idea del objeto designado y percibido a través de una sensación básica, luego interpretada con-ceptualmente. Amor Ruibal distingue entre «un objeto» con el artículo subraya-do, correlato del sujeto, y «un objeto» general de conocimiento. La designación ya comprende el significado producido mentalmente al relacionarse de tal modo los componentes del signo lingüístico. Las esencias son el objeto de la Filosofía. Están, sin embargo, correlacionadas con los significados que las designan e incluso deter-minan, lo cual nos muestra una relación íntima entre Lingüística y Filosofía. Esto ya trasciende el objetivo que nos proponemos, pues pertenece a la Filosofía del lenguaje, aunque observaremos, más de una vez, que la Lingüística ya precede tal consideración desde el fundamento intersubjetivo de la comunicación humana.

Amor Ruibal interpola además el enlace locutivo de idea y sonido dentro de la relación del objeto y el concepto con la «palabra docente» o adquirida al asimilar el idioma. Su análisis nos revela lo ya dicho por otros antes incluso de que naciéramos. Y con lo dicho despierta en cada uno de los hablantes la «po-tencia activa» que la faculta y dispuso su entendimiento y articulación en otros

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interlocutores. Al oír la palabra de otro hombre, se actualizan en el hablante «los principios que posee, y con ellos se asimila científicamente el trabajo que

otro hizo primero».3

El acto locutivo revela la facultad del lenguaje y el principio de intersubje-tividad. Podemos decir entonces que el habla nos sitúa ante un fundamento de correlación a priori del entendimiento con la realidad y el medio social en que se produce. Oyendo lo dicho por alguien asimilamos también «el trabajo que otro hizo primero». Hay un esfuerzo laboral o compromiso práctico de apren-dizaje. La asimilación del lenguaje nos integra en un mundo previamente con-cebido y elaborado. Por tanto, la interlocución es actividad solidaria de cono-cimiento. Lo representado y producido mentalmente en el lenguaje induce en las intenciones de los hablantes el «mismo valor objetivo de la idea expresada».

Cuando la palabra significa la cosa al hablar, «en realidad representa la idea».4

La interrelación establecida entre los interlocutores resulta, por ello, retro-versa y, en cierto sentido, asimétrica. Superpone actos de entendimiento

com-plejo, a saber:5

Emisor Razón común

de intenciones Receptor

Entender el objeto Intelectivo-comprensiva Entender significado de la palabra Entender la palabra percibida Intelectivo-comprensiva Conocer la relación «ideal-real» incursa

en la intención del hablante Conocer enlace entre

entendimiento y palabra

Cognoscitivo-lingüística Conocer la relación palabra-cosa

Conocer el enlace entre palabra y cosa

Cognoscitivo-lingüística No precisa conocimiento previo de la cosa

Evidentemente, el emisor también es receptor, y viceversa. Los actos intelec-tivo, comprensivo y lingüístico se superponen de tal modo que el resultado es una unidad compleja de funcionamiento, cabe decir, como en biología,

homeoes-3 Amor Ruibal, Á., Los Problemas Fundamentales de la Filología Comparada, su Historia, su Naturaleza y sus

Diver-sas Relaciones Científicas, Segunda Parte, Fernando Fe, Madrid, 1904-1905. Edición facsímil del Consello da Cultura

Galega, Santiago de Compostela, 2005, p. 334. A partir de aquí, citaremos esta obra como PFFC, II.

4 Ibid., p. 340. 5 Ibid., p. 341.

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tático. Tiende a establecer un equilibrio interno de audición comprensiva y

en-tendimiento, en constante restauración cada vez que se altera. La intención del emisor ya presupone una relación implícita «real-ideal», es decir, entre la presen-tación del objeto a los sentidos, su percepción intelectiva y la idealidad significa-da, por último, en el orden de conocimiento, la esencia del objeto o cosa.

El acto locutivo nos revela la intersubjetividad del lenguaje. Así lo entien-de también Husserl al ref lexionar sobre su valor social y cognoscitivo. Cada hablante percibe un valor objetivo referente en lo hablado, aunque luego lo interprete con variaciones semánticas o cognoscitivas. En ello funda el a priori

correlativo.6 Entre los hablantes f luye, observa Amor Ruibal, corriente de vida

psíquica, la del habla:

El lenguaje es el pensamiento que la mente habla á otras inteligencias, haciéndolas recorrer en un momento todo un mundo de ideas, y estableciendo una corriente ver-daderamente prodigiosa de vida psíquica entre el que habla y los que escuchan, distri-buyéndose por igual los conceptos que se enuncien, sean muchos ó pocos los que los oyen y entienden, sin otros límites que los que resulten de la extensión material de los sonidos empleados.7

La «corriente… de vida psíquica» es el engarce o vínculo que une a los ha-blantes en la unidad del lenguaje, cuyo acto de elocución se convierte en nuevo objeto de conocimiento, pues no pertenece al mundo de las cosas físicas, aun-que contiene la materia del aire. Y así se engendra el discurso como habla de la mente a otras inteligencias.

1.2. Ferdinand de Saussure

Amor Ruibal preconiza lo que, unos años después, denomina Saussure «el circuito de la palabra», cuya realización procede también de un «hecho social». El lenguaje descubre en los interlocutores mecanismos iguales de producción y reproducción de entendimiento. Al unirse en el habla signos iguales «a los

mis-mos conceptos» se produce el significado de las cosas.8

6 Husserl, E., La Crisis de las Ciencias Europeas y la Fenomenología Transcendental, Editorial Crítica, Barcelona,

1991, p. 167.

7 Amor Ruibal, Á., PFFC, II, p. 336.

8 Saussure, F. de, Cours de Linguistique Générale, Edición crítica de Tullio de Mauro, Payot, París, 1983, p. 29.

Curso de Lingüística General, Traducción, Prólogo y Notas de Amado Alonso, Editorial Losada, Buenos Aires, 1975

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El acto locutivo individual «permite reconstruir el circuito de la pala-bra». Supone «por lo menos dos individuos: es el mínimum exigible para que

el circuito sea completo».9 Hay una individuación única homólogamente

do-ble. El emisor asocia los «hechos de conciencia», es decir, los conceptos, «con las representaciones de los signos lingüísticos o imágenes acústicas que sirven a su expresión». Un concepto asociado con una imagen acústica funda el signo. Saussure no dice cómo se asocian y qué tipo de unidad constituyen, pero dis-tingue etapas en el proceso:

Supongamos que un concepto dado desencadena en el cerebro una imagen acús-tica correspondiente: éste es un fenómeno enteramente psíquico, seguido a su vez de un proceso fisiológico: el cerebro transmite a los órganos de la fonación un impulso correlativo a la imagen; luego las ondas sonoras se propagan de la boca de A [el emi-sor] al oído de B [el receptor]: proceso puramente físico. A continuación el circuito sigue en B un orden inverso: del oído al cerebro, transmisión fisiológica de la imagen acústica; en el cerebro, asociación psíquica de esta imagen con el concepto corres-pondiente. Si B habla a su vez, este nuevo acto seguirá —de su cerebro al del de A— exactamente la misma marcha que el primero y pasará por las mismas fases sucesivas que representamos con el siguiente esquema:

Audición Fonación

Fonación Audición c: concepto i: imagen acústica10

c i c i

9 Ibid., p. 27 (54). 10 Ibid., p. 28 (54-55).

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A y B forman un único acto lingüístico de comprensión locutiva. Tal uni-dad es sincrética en función de condiciones productivas y receptivas iguales en los interlocutores. La intersubjetividad se funda entonces en la conside-ración alter ego de cada hablante. Suponemos en otro lo que acontece en uno mismo. Y así es, efectivamente. El lenguaje integra sonidos e ideas articula-dos en unidad social mancomunada. Nos descubre el vínculo ontológico del hombre con el hombre. Y tal vínculo antecede correlativamente a priori a cualquier otra operación humana. Por eso Saussure parte de «una facultad de

asociación y de coordinación»11 común en los hombres, más supuesta que

de-mostrada, pero el funcionamiento del lenguaje la induce.

El acto individual locutivo revela, por tanto, el antecedente social que ya lo posibilita: «hay que salirse del acto individual, que no es más que el embrión del lenguaje, y encararse con el hecho social». Y de modo semejante al ya indicado por Amor Ruibal respecto del trabajo ajeno asimilado por el hombre al produ-cir el lenguaje, considera también el lingüista francés en el acto socialmente

lo-cutivo «la suma de las imágenes verbales almacenadas en todos los individuos».12

Es su aspecto lengua. Esto supone que la actividad y pasividad respectiva de ha-blante y oyente se interrelacionan, pues el acto verbal es, a la par, productivo y receptivo, objetivo y subjetivo. Sintetiza la correlación ontológica de sujeto y objeto socialmente imbricada. Saussure describe su lazo —recordemos el enlace de Amor Ruibal— como

«un tesoro depositado por la práctica del habla en los sujetos que pertenecen a una misma comunidad, un sistema gramatical virtualmente existente en cada cerebro, o, más exactamente, en los cerebros de un conjunto de individuos, pues la lengua no está completa en ninguno, no existe perfectamente más que en la masa».13

En el acto locutivo ya entrevemos el fenómeno de retroproyección que fun-damenta al lenguaje correlacionando sus unidades y referencia al mundo. Una vez constituido, cada elemento refiere otro directa, oblicua o implícitamente. Por eso situamos en cada forma o término (X) lingüístico una relación (R) funcional (F) objetiva.

11 Ibid., p. 29 (56). 12 Ibid., p. 30 (57). 13 Ibid.

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2. NOCIONES ETIMOLÓGICAS 2.1. Texto

La etimología de la palabra texto es la misma que la de tejer. Procede del ver-bo latino texto, cuyo infinitivo, texere, y participio de pasado, textum, se pro-nunciaron en la época romance tejer y texto, respectivamente, a medida que los sonidos del latín fueron derivando en otros diferentes por razones varias de ar-ticulación, contacto con otras lenguas o simplemente recuperación de sonidos previos a la invasión romana, que quedaron en estado latente. La pronunciación del sonido correlatado con la grafía o grafema x es en realidad una combina-ción sonora de rasgo oclusivo sordo y gutural [k] seguido de otro rasgo desli-zante, también sordo, casi silbado, fricativo, dorsal (el dorso de la lengua se estre-cha contra los alvéolos y deja salir el aire emitido fricando sobre los dientes): [s]. Y esta emisión conjunta [ks], resuelta en un único acto fónico, alarga además la articulación del sonido correspondiente al de la grafía e que lo precede, el cual queda a su vez dentalizado. Si a este proceso le añadimos el de la pronunciación del sonido [t] en la sílaba siguiente, también dental, oclusivo, sordo, el efecto sonoro del área comprendida entre los dientes adquiere una importancia consi-derable, aún hoy día, en la palabra texto.

Observamos, no obstante, que el mismo acto fónico [ks] evolucionó de forma distinta desde el infinitivo texere a la palabra actual tejer. El contorno fo-nador de los sonidos siguientes, el del fonema /e/ y /r/, medio abierto uno y alveolar vibrante, líquido, otro, determinan con el tiempo un sonido de nue-vo gutural, pero esta vez fricatinue-vo, que representamos como [x] y que corres-ponde al grafema g cuando va seguido de e o i (ge, gi) y j combinado con a, o, u ( ja, jo, ju).

He aquí dos evoluciones diferenciadas, culta y popular, de una misma uni-dad fónica básica: [ks].

texere [ks] → tejer [x]

Pero el sonido representa sólo la base articulatoria de la palabra, lo que en lingüística denominamos significante. Está en función de la idea o concepto que el hablante quiere emitir al oyente que lo escucha, el receptor, término correlata-do con el de emisor —el que emite, enuncia, habla— en la situación comunica-tiva así creada. La idea o concepto emitido recibe el nombre de significado, aque-llo que ha sido objeto de signo, es decir, enunciado mediante un signo.

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¿Y cuál es el significado de tejer y texto? Etimológicamente, el mismo: tramar, entrelazar una tela, un tejido. Tal debiera ser el término adecuado de texto al conjugar el verbo tejer en castellano, cuyo participio de pasado ya no es, como en latín, textum, sino tejido, forma que, sustantivada, pasó a denominar la acción en conjunto, el resultado de tejer, lo tejido bien con las manos, bien con instru-mentos, las agujas, o con máquinas, la rueca, el telar, etc. Pero tal es también en latín el participio de pasado textum, lo textualizado, tramado, entretejido, bien con las manos —así era inicialmente— bien con materiales que se enredan o entrecruzan.

El signif icado de la palabra texto implica, por tanto, una acción de las manos realizada sobre una materia, el hilo y la tela, y con instrumentos o máquinas cuyo movimiento replica el específico de los dedos al entrecruzar el hilo de la trama o tejido. Fijémonos: el movimiento del cuerpo se transmi-te a la cosa produciendo un nuevo objeto: el hilado, lo transmi-tejido. Y al conjun-to lo denominamos texconjun-to, tejido. Al proceder así, pasando de la acción sobre una cosa a lo que de ella resulta, del infinitivo texere > tejer al participio

tex-tum > texto, en un caso, y tejido, en otro, hemos considerado en conjunto la

acción realizada: el proceso y su resultado. Y en este, lo así producido, aún pervive aquella acción, pero vista o comprendida ya como terminada, con-clusa.

Pues bien, si a todo esto le añadimos en consideración diacrónica, es decir, atendiendo al despliegue de la acción significada en el tiempo histórico de esta articulación fónica, desde los hablantes latinos a los romances y los de hoy día, el paso del verbo inicial al sustantivo que actualmente, en sincronía, es la palabra

texto, entonces recorremos, como en una película proyectada ante nuestros ojos,

y desde los oídos que nos precedieron, el significado profundo de todo lo que contiene esta palabra: texto.

Y procediendo así, hemos asistido a un decurso o discurso, transcurso, de so-nido e idea por él representada, a una relación de significante y significado respec-to de una cosa u objerespec-to producido: lo tejido, textualizado mediante manos e instrumentos que se entrecruzan. En la palabra texto, tenemos, pues, una histo-ria de transcurso fónico; otra histohisto-ria paralela, correlacionada o simultánea, de transcurso semántico; y un recorrido de objeto e instrumentos, una realidad con-creta antes inexistente. Existía el hilo; existían las agujas; existían las manos; existía lo hilado, tejido, pero no el texto con la significación actual. Ahora se pre-sentan los tres órdenes conjuntamente, el significante, el significado y la realidad así

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representada, evocada o imaginada en la mente de quien habla y escucha, esté presente o no el objeto concreto a que nos referimos.

Acción (texere n tejer)

Resultado: textum (texto) Objeto: hilo, tela

Por cultismo, se prefiere el término latino al romance de él derivado: tejido. Al decir o enunciar la palabra texto, entramos, por tanto, en una histo-ria concreta de pensamiento y acción humana. Es algo ya predicado por todo aquello que lo precede y nosotros recibimos sin saber nada de ello en prin-cipio, pero que, luego, con el ejercicio del aprendizaje cultural, vamos com-prendiendo poco a poco. Al enunciar una sola palabra de un idioma, entra-mos en un complejo de relaciones que nos precedieron y que sintetizaentra-mos en una emisión única de voz: Texto. Recibimos lo dicho previamente y lo articu-lamos de nuevo: realizamos la acción de decir ejerciendo una facultad específi-ca del género humano: el habla.

No olvidemos lo implicado en la palabra texto: una acción humana sobre un soporte o materia, la tela, el hilo, entrecruzando instrumentos en forma de má-quina. Este significado complejo pasó a representar todo aquello que suponía enlazar o entrelazar unidades entre sí, como sucede al hablar uniendo unas pa-labras con otras, pues intuimos que hay en ello una materia básica, el sonido y lo representado por él —el signo lingüístico—, que, a su vez, combinado con otros, producen algo antes inexistente: lo tramado con palabras, el discurso, lo que discurre mientras hablamos. Es decir, el decurso del habla transcurre y a su resultado lo denominamos discurso.

2.2. Discurso

Este nombre, discurso, tiene una etimología y raíces muy sugestivas. Provie-ne del prefijo dis-, usado en latín para formar compuestos e indicando separa-ción, desvío, orientación en sentidos opuestos, y de la raíz celta carr, carro, que en latín designó un móvil de carga, carrus (carro español), asociado, a su vez, al

animal que lo transportaba, el caballo, cuya raíz germánica sería *hrussa (la

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curro (cucurri, cursum), de donde proviene discurro [dis(cu)curri, discursum]. Y así nos

encontramos hoy con el sentido de discurrir o correr de una parte a otra, que recubre varios significados, como facultad de discurrir; razonamiento pronun-ciado en público con el fin de persuadirlo de algo; escrito o tratado de no mu-cha extensión; y en gramática, conjunto de oraciones que constituyen una elo-cución hablada o escrita.

Observemos que la etimología de discurro indica realmente un proceso sig-nificativo dinámico que contiene un objeto, el carro, la acción con él desarro-llada, y el agente del móvil, el caballo, que presupone, a su vez, un guía, quien lo rige. Asistimos, por tanto, a una serie de metonimias que ya revelan el valor trópico del vocablo. Así el discurso como el texto nos sitúan en el tropo, palabra procedente del vocablo griego trepo, girar.

Suele definirse el tropo como paso del sentido recto de una palabra a otro figurado. Si tenemos en cuenta, además, que la raíz celta carr significa propia-mente piedra, sobre la que se mueve el carro, aumentamos el valor metoními-co de discurrere. Es decir, el valor semántimetoními-co propio de la palabra se pierde en la bruma del tiempo y conserva un ref lejo, una vislumbre del sentido originario, hasta donde el análisis humano puede alcanzar, al que asocia el proceso de su propia evolución: el discurrir. Contiene en el significado actual la acción con-ceptiva que su referente va indicando. Hay en ella un isomorfismo de signi-ficación y referencia, por cuanto el modo de significar la asociación de ideas ‘piedra-carro-caballo, carrera, ir de un lado a otro, con carga o en lucha gue-rrera’, se sintetiza convirtiendo el paralelismo de significación y realidad referi-da en inherencia de palabra. El significado de la palabra discurso es textual, pues traslapa una oración entera: ‘moverse (ir, correr) de un lado a otro en carro de caballo sobre una vía de piedra’. En orden homólogo a la composición de la pa-labra sería: ‘de una parte a otra, en carro moviéndose por el tiro de un caballo y por una vía de piedra’. Es decir, en la otra definición anticipamos la acción del móvil (moverse) y su consecuencia o efecto al movimiento del objeto —carro— mediante un animal —caballo— y conforme a la intención o al fin prefijado por alguien que guía, etc.

Concluyendo, tanto el texto como su trama discursiva caben en una sola palabra.

No vale argüir, por tanto, que el significado sincrónico del lenguaje, de la palabra discurrir, por ejemplo, no atiende a esos valores en él implicados, latentes.

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Precisamente por basarse en un valor, la palabra, el lenguaje procesa su dinamis-mo interno y actúa subliminalmente en el hablante. No tiene este conciencia actual de aquel valor diacrónico, pero está, va contenido en el lenguaje, palabra, que, un día, se ha apropiado. Quien discurre pronunciando una conferencia,

dis-curso, o escribiendo un texto, como le sucede ahora mismo a quien esto

suscri-be, va de una parte a otra, de vocablo en vocablo, de línea en línea, guiando la voz, el entendimiento, el papel, sobre la mente de otro hablante o lector, y en el puro aire —fonación— o sobre papel. ¡Menudo viaje! Desde tiempos celtas a

este momento o punto del tiempo.14

El concepto de discurso comprende, por tanto, el decir que se realiza en ese momento y lo dicho, pero ya sabemos que, al usar las palabras recibidas por aprendizaje, entramos en algo hablado o dicho previamente y retenido en nues-tra memoria lingüística, a cuyo conjunto denominamos lengua. Con nuestro

decir realizamos un nuevo dicho de dichos y predicados anteriores, repitiendo,

in-cluso, las mismas formas y sus estructuras. Desde este punto de vista, hablamos siempre lo mismo, pero siempre decimos algo diferente. El acto de habla presenta una particularidad específica, pues singulariza lo ya dicho conforme a la facul-tad que tenemos y la posibilita por naturaleza y en su decir concreto. Añadimos la voz singular de cada uno con su tono y timbre particulares, pero también con el modo singular de cada uno al percibir, entender, sentir y manifestar todo ello hablando. Lo dicho al decir manifiesta un modo específico de tonalidad y enten-dimiento. Es el sentido del habla, la orientación que damos a las palabras recibi-das, a los dichos y sus significados.

A esta palabra, sentido, le sucede etimológicamente algo semejante a texto, pues encierra en su enunciado la orientación significativa que damos al con-junto de lo enunciado, pero implicándonos en ello, como lo propio de nuestra personalidad al entender y hablar, expresándonos, sintiéndolo. Contiene el afecto realizado en nosotros al hablar de tal manera. El modo entonativo del decir ha-blando es importante, pues nos sitúa ante un afecto de realidad pronunciada, cómo la enfocamos: enunciándola, interrogando, sorprendiéndonos ante ella, dudando, etcétera. En el modo del decir manifestamos, expresamos una precom-prensión de la realidad, una manera de sentirnos afectados y comprometidos con ella. El receptor de lo dicho es muy sensible al modo dicente del habla.

Co-14 Este discurrir es también el propio del estudio. Quien no discurre transitando los hitos de concepto en

concep-to, palabra a palabra, de frase y frase, no entiende. Queda fuera del discurso. Tal es la verdadera pedagogía del dis-curso, la filológica lingüística.

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necta inmediatamente con el afecto así indicado, lo comparta o no. Se produce una conexión instantánea, un contagio acústico y perceptivo transmitido por la intensidad de las ondas sonoras en el complejo fónico.

Con la noción de sentido dotamos al texto de profundidad. Con él percibimos el alcance actual de lo que en la lengua ya funciona como esquema cuajado de realidad. El sentido nos indica el grado de apropiación realizada al recibir lo

di-cho de la lengua con su aprendizaje. Nos permite rehacer su forma interna

des-de la singularidad irrepetible que toda persona, por el hecho des-de serlo, es en sí misma. Y esto se comprueba por simple observación espontánea, atendiendo a la actitud natural del gesto fónico del decir y de los gestos icónicos —movimien-tos de los órganos, del cuerpo entero, vestimenta, etcétera—. Si nos presentan a una persona en un círculo de amigos y hablamos con ella simplemente para conocernos, al final, ya solos, nos hacemos una imagen de ella sin saber en qué nos basamos concretamente. Hemos hablado de asuntos varios, circunstancia-les, pero apenas recordamos algo preciso fuera de ciertos detalles. Sin embargo, si nos preguntan luego cómo es, respondemos que «simpática», «afable», «nor-mal»… Cada uno de estos adjetivos nombra una cualidad genérica de la perso-na en cuestión. El tono de habla, el modo de expresarse, el tipo de palabras que usa, el orden en que las dispone, nos han transmitido una imagen suya. Su

ac-titud natural de habla nos ha servido de indicio para establecer un marco de pro-fundidad en el que situar su persona.

La lengua nos sitúa en una situación comunicativa que la conforma y en cuya profundidad se produce. Este carácter profundo es lo que entendemos por

diálogo, palabra que procede de otras dos griegas, diá, adverbio y preposición,

cuyo significado refiere idea de separación y también de transcurso a través de algo, y de logos. Este segundo componente de diá-logos es derivado con

vocalis-mo nominal -o de una raíz verbal leg-, la del verbo lego (λε′γος), con sentido

ori-ginal de reunir concentrando, acoger y escoger. Logos significa a la vez palabra en conversación y también relato, raciocinio, por oposición a realidad (ergon en griego). Es lo dicho razonando, conforme a raciocinio, o lo reunido con pala-bras concentrándose en su razón.

Si proyectamos uno sobre otro los conceptos de texto y de diá-logo, obser-varemos que los valores asociados a ellos se implican. Lo entrelazado median-te palabras procede dialogando unos con otros y conforme a razón, lo razona-do en el habla. Este procedimiento de combinar palabras atendienrazona-do a la razón que las concentra en unidad dialógica o de sentido es su fundamento. Todo texto

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supone un diálogo, es decir, una razón que urde, teje o trama sus componentes en unidad fundada conforme a sentido.

2.3. Comunicación: intersticio

Tanto texto como discurso y diálogo tienen por base la comunicación. Se ha teorizado mucho sobre este concepto y término. Es la condición primordial del lenguaje. El impulso latente y explícito del decir, la salida al encuentro con los demás en un medio determinado. Resulta de un acto volente o espontáneo, en-vuelto siempre en los impulsos de la voluntad, a veces aparentemente instintivos. Cuando sucede esto, ya ha acontecido una asimilación psicológica y racional de actitudes, respuestas, actos que lleva uno dentro de sí y los actualiza según las circunstancias lo requieran. Así funciona el lenguaje. Mediante la asimilación de su sistema hemos introducido en él a través de los años de infancia y desarrollo esas posibles actitudes. Por eso respondemos de inmediato ante cuestiones vita-les. Todo acto verbal encierra un nudo de implicaciones volitivas.

La comunicación consiste en volver común lo diferenciado, distinto, disperso, perdido en la fragmentación de la memoria con el olvido y entre los intervalos,

intersticios de sentidos y sensaciones, sensibles. En esto consiste la base del

méto-do científico. Toda ciencia inicia un métométo-do buscanméto-do algo común en lo sin-gular o múltiple.

Communis latino —koinós griego— es lo opuesto de propius, y tiene la misma

raíz de communitas. El sentido orgininario ya equivale a una frase: quien divide las cargas, y quien las cumple, es decir, lo común. Dividir lo común para

commu-nicarse, partir algo en común. ¿Algo más comunitario que el lenguaje?

Bástenos saber esto tan elemental para inferir qué sea la comunicación en Lingüística al paso de lo que expongamos. Infiriendo, ya estamos, hemos en-trado en el proceso de la forma mentis. El lenguaje es eso: la razón objetiva de las cosas. Cuando, al analizar estas, en filosofía, lingüística, física, arqueología, etc., hablamos de objeto, ya hemos mancomunado la realidad. La pusimos delan-te de nosotros: ob-jectum, lo arrojado enfrendelan-te de uno mismo.

Las palabras arrojan ante uno, hablante u oyente, la razón objetiva de algo. Hacen común lo que media entre nosotros, incluyéndonos. Pero ya lo han hecho antes de que existiéramos. Son lo común de nuestra participación con los demás. La comunicación ya es un encuentro de ayer, precedente. Al

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co-municarnos, venimos de atrás. En el hablante, porque normalmente no habla sin haber sentido su impulso y sopesado lo que diga, previendo hasta la reac-ción de quien escucha. En este, el oyente, porque actualiza sobre lo oído el lenguaje que posee. Lo común tiene entonces recovecos, prefiguraciones, in-dicios, sospechas, adhesiones, empatía, intersticios… Y todo ello a partir de la actualidad de habla.

Verifiquemos que, de lo dicho, se sigue que el concepto de lengua ya resulta del análisis efectuado sobre los actos concretos de habla. Es también analítico. Y procediendo así, situamos el objeto lengua ante nuestra atención, como el cien-tífico observa, por ejemplo, capas de tierra acotada limpiando sucesivamente la superficie y determinando niveles de asentamiento geológico. Ahora bien, el objeto lengua, o lenguaje, analizado, sigue dentro de nosotros, o nosotros den-tro de él, en íntima pertenencia. No sale fuera de uno mismo a pesar de reali-zarse más allá de quien habla. Es un fuera-dentro, o viceversa. Transitando, per-manece y se desarrolla aún más dentro de los hablantes. Trasciende inmanente. Este crecimiento de la lengua en el intersticio o intervalo que media entre locu-tor y oyente, aunque sea dentro del hablante, es otra de sus características fun-damentales. La lingüística y hermenéutica alemana se refiere a este fenómeno del lenguaje con un término que significa, a la vez, crecimiento y vegetación:

Wachstum.

Fijémonos en que tal acepción comprende el entre (inter) relacional del ha-bla. Efectivamente, al hablar sucede algo que antes no existía, la producción del signo lingüístico, el cual comprende también la relación del medio que así se establece. Un medio especial, pues centra en un punto específico la situa-ción y el entorno en que la palabra se produce. Amor Ruibal denomina cien-tíficamente este hecho como mesología, el logos del medio, mesos en griego. Por tanto, la comunicación producida mediante el habla concreta el espacio-tiem-po, el aquí-ahora o actualidad de su emisión. Contiene adverbios: ad-verbum. Retiene el instante locutivo de la situación en unidad intersubjetiva: dentro-fue-ra, algo objetivo-subjetivo. Esa retención la indica la raíz reduplicada st-t del perfecto steti de los verbos latinos sto (steti, statum), estar de pie, inmóvil, con-tinuar, perseverar, depender de, y sisto (stiti o steti, statum), establecer, poner, determinar, colocar en un sitio, detenerse, hacer comparecer, etc. La raíz re-monta al indoeuropeo y pasa al latín con valor factitivo a través del griego. Un largo recorrido. De ella procede la etimología de intersticio (-stitiu > -sticio), pa-labra que asocia en su entorno semántico el campo conceptual de poner,

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esta-blecer continuando. Por ello llegó a usarse en latín el verbo sto como sinónimo de ser (esse).

En el intersticio del habla encontramos otra razón empírica del valor intra-lingüístico de la situación, entorno o contorno, donde se produce o que la en-torna, rodea. El intersticio de la comunicación, podemos decir, cifra el valor abs-tractivo y concreto, singular, circunscrito, del lenguaje. Ya es contexto. Toda unidad de lengua contiene en sí una representación contracta del fenómeno acontecido al hablar. Es síntesis proyectiva de algo nuevo por cuya virtud suce-den, desde entonces, otros vínculos operativos. Cada vez que sentimos, enten-demos algo, se proyecta ese horizonte de vinculación. Por eso el lenguaje im-plica, ya producido, o creado, una razón objetiva y objetivante. Es síntesis a la

vez convergente y disyuntiva. Converge en cuanto difracta, y viceversa.15

De-bemos recordar siempre este hecho —lo ya hecho, textualizado— al analizar la razón discursiva. Es texto.

El lenguaje subsume el eje de comunicación desde la intersubjetividad de los hablantes. Hila, hilvana la relación yo-tú dada en el encuentro con alguien y dentro del mundo, cuya presencia inmediata es su apariencia, el aparecer-se correlativamente a los aparecer-sentidos. Las aparecer-sensaciones nos sitúan dentro, en pre-sencia continua del mundo. La presión del aire, su aspiración y entrada en los pulmones, la fragancia u olor de las cosas, su ámbito, el oxígeno que llega a las células y el cerebro; el silencio percibido, la audición permanente, un modo de tacto acústico del oído, de la piel y músculos con la resonancia de la onda sonora, donde se diferencia aquel silencio del sonido; la f luidez de la luz y el contraste de sombra, la oscuridad, graduada según cerremos los ojos de día o los tengamos abiertos de noche; la movilidad del cuerpo; la asimilación del alimento y el gusto…, nos inscriben en un entorno. Partimos de un estado natural de instalación e integración activa en el mundo. Nos comunicamos con él. Pero lo hacemos mediante otro hilo de conexión, más profundo, que otorga fondo a esa situación natural primaria.

En un momento preciso, que no podemos determinar, el hombre se da cuenta de la correlación natural de su ser con el resto del mundo. La vive, pues respira, se mueve, come, actúa sobre el medio. Surge en él la conciencia, que supone entendimiento de las cosas, comprensión, palabras cuya etimología aún refiere el contacto inicial de aprehender manualmente algo y tender hacia ello

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implicándose (intendo, tender hacia, dirigir, intentar; prehendo, prendo: coger, apartar, detener, atrapar). Esto es la inteligencia inicialmente. Al entender, se abre otra dimensión natural en el hombre, específicamente humana. Y el len-guaje le pertenece. Es también instancia suya. Un modo existencial de presen-cia. Una apertura especial, orientada al sentido de las cosas y del hombre mis-mo al conectarse con ellas.

En tanto se da esta vivencia originaria, el hombre vive en común unión con el medio mundano. Cuando se da cuenta de ello, intelige, comprende, y tal acto sigue siendo común. Se abre en él otro tipo de sensación diferente, el

sen-sus communis. No tiene órgano preciso en el cuerpo, como el oído, ojo, nariz,

piel, dedos, boca. Es la sensación natural de entender, la inteligencia. La articu-la en forma fónica, siendo esta forma algo también especial, pues articu-la siente a me-dida que la profiere.

El acto de darse cuenta de que el sonido propio de la voz genera también un común estar y ser, moverse del hombre en la naturaleza comunicándose con ella, con los objetos, animales, y los demás hombres, es el lenguaje, articulación del

sentido común humano.

El concepto de comunicación se nos presenta entonces en dos o tres vertien-tes: el estar ahí del hombre en el mundo sintiéndolo; darse cuenta de ello; arti-cularlo. Es imposible determinar este momento decisivo de la humanidad, saber si fue progresivo —muy probable— o simultáneo. Partimos de la hipótesis de que, en algún momento, se verificó, fue un hecho, es decir, aconteció simultá-neamente. Sin ella, no podríamos explicarnos lo que aún sucede hoy, articular esa conciencia instantánea del ser, estar, moverse en, con, junto a las cosas y demás seres del mundo, sintiéndolo. Además de estar presentes, nos sentimos presencia. Y este es el fondo ontológico del conocimiento, al que nos referimos varias veces en este y otros estudios.

La articulación del lenguaje supone volver el aire de la respiración a lo co-mún con algo nuevo comunado, la palabra. Podemos analizar entonces este fe-nómeno e indagar su constitución. No es posible, diremos más de una vez, determinar el origen, pero sí su fundamento. Y a la Lingüística le basta con aquella hipótesis y la determinación, explicada, del fundamento.

Ahora bien, de lo dicho se desprende una segunda instancia de lo común originario, ineludible, pues la presencia en el mundo es origen puro. Y ahí en-tra la comunicación entendida lingüísticamente.

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Suele decirse que la comunicación es el fin primordial del lenguaje, que tendría por fundamento, en consecuencia, la sociedad en que se inscribe y lo constituye. Los orígenes de la ref lexión lingüística explican este otro fenóme-no de manera diferente. Humboldt señala que, considerar el lenguaje «como un mero medio de entenderse», es efectivamente la primera idea que «se ofrece» y de él tenemos, pero también, añade, «la más limitada». Rechaza considerar-lo en primera instancia simple medio de información o comunicación («ist aber kein blosses Verständigungsmittel»):

La lengua no es en modo alguno, sin embargo, un mero medio para entender-se, sino que es la impronta del espíritu y de la vista del mundo propia de los hablan-tes; la socialidad es el medio auxiliar indispensable para su desenvolvimiento, pero no es ni mucho menos la única finalidad para la que ella trabaja; esa finalidad encuentra más bien su punto final en la persona singular, en la medida en que es posible separar a ésta de la humanidad.

Tales palabras las escribe Humboldt en el contexto del estudio de las for-mas gramaticales, en concreto del dual, dando a entender que, sin palabras y su coordinación en el habla, no hay comunicación verbal posible. Sigue la cita:

Por tanto, aquello del mundo exterior y de la interioridad del espíritu que con-sigue pasar a la estructura gramatical de las lenguas, eso puede ser asumido, aplicado y perfeccionado en ellas, y lo es realmente, en la medida de la vitalidad y pureza del sentido lingüístico y en la medida de la peculiaridad de su vista del mundo.

Mas aquí aparece en seguida una diversidad sorprendente. La lengua lleva en sí huellas de que en su formación fue sacada principalmente de la visión sensible del mundo o de la interioridad de los pensamientos, en la cual aquella visión había pasado ya por el trabajo del espíritu.16

Y pone como ejemplo la distinción de pronombres en diversas lenguas, se-gún la posicción, distancia de los hablantes o abstracción general de lo referido diferenciado de la alternacia yo-tú como él. Humboldt no niega una posible si-tuación originariamente social del lenguaje. En su esencia

hay un dualismo inmodificable, y la propia posibilidad del hablar está condiciona-da por el dirigir la palabra a alguien y el recibir de él una contestación. Ya el pensar va acompañado esencialmente de la inclinación a la existencia social, y el ser

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no, prescindiendo aquí de toda relación corporal y afectiva, anhela, también con vis-tas a su mero pensar, un tú correpondiente al yo, y le parece que el concepto alcanza su precisión y su certeza tan sólo cuando una fuerza del pensar ajena le devuelve, re-f lejándolos, los propios rayos emitidos por él.17

Se da, pues, una situación inicial en la que las formas gramaticales, los ba-rruntos del lenguaje, aparecen marcando acciones del entendimiento, el cual las asume, aplica y perfecciona. Tales operaciones de asunción aplicada ya son ten-dencia (intendere, tender a), «inclinación a la existencia social», luego desarro-lladas, como la perfección de los conceptos, que se verifica con certeza cuando el interlocutor «le devuelve» al hablante lo que este le había dicho. El lenguaje contiene una prueba del otro, el tú, cuya fuerza de pensamiento constata, certi-fica, o no, lo dicho. En esto consiste propiamente el acto de entendimiento. Y la lengua, que el individuo no puede hacer como «persona singular», sino que «eso sólo puede ocurrir de manera social, en la medida en que a un ensayo osado se

le agrega otro nuevo».18

Tener la posibilidad de comunicación, tender a ella, aún no es comunicarse, pero ya se ha producido la asunción del pensamiento en formas. El otro hablan-te, el tú, es condición de posibilidad del habla, no esta misma, que se produce en quien la articula, pero, con un ensayo y otro, está realizando la lengua. El tú es condición necesaria que nos descubre la esencia del lenguaje y a la que perte-nece, al menos, como tendencia de salida de uno mismo una vez que hablamos, según veremos al estudiar el signo lingüístico.

Una cosa es, por tanto, percibir lo dicho por alguien y otra certificarlo. Hay dos certezas, la común de hablarse —estar en contacto, «enganchados»—, co-municarse, hacer común una emisión, lo cual realiza un fenómeno nuevo, la

lengua, y la certeza de entenderse. La primera es elemental y, la segunda,

depen-de depen-de más factores. Aquella presupone también una depen-devolución a lo común depen-de la existencia de algo que, sin el hombre, no existiría: la palabra. Tal retorno lo asimila también el lenguaje. En él se basa la función retroproyectiva, que resume las instancias fundamentales de la comunicación.

Humboldt describe entonces el proceso de constitución de la palabra y a continuación del concepto, que, arrancado «de la agitada masa del pensar», se sitúa frente al sujeto y «se plasma como objeto». Similarmente, la palabra se

pro-17 Ibid., p. 158. 18 Ibid., p. 159.

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duce en la subjetividad del hablante —intuimos cómo por la ya dicho— frente a los objetos y, al ser pensada, una vez constituida, se convierte también en ob-jeto, «un objeto engendrado por él y que reobra sobre él».

Se produce así la objetividad lingüística, que nosotros consideramos onto-lógica, pues se está verificando el logos o entendimiento de todo tipo de ser o ente. Humboldt llama al objeto palabra «pseudoobjeto», pues no es del orden de las cosas, ni puro concepto. Por eso añade que, entre la palabra considerada en sí misma, tal cual la engendra el hablante, y su ser objeto refiriendo un objeto real, «queda un abismo muy sorprendente». Como hecho, necesita de los demás, de un tú, y es ahí donde adquiere «esencialidad, y la lengua ampliación, en al-guien que oye y contesta». La transición del engendramiento de la palabra en el hablante y su reobrar sobre él lleva incurso el proceso real de ver y oír al otro escuchando, pues responde. Y tal transcurso es la esencia del lenguaje, su carác-ter lengua, dirán más tarde Amor Ruibal y Saussure.

De aquí infiere Humboldt la interrelación de los pronombres básicos, per-sonales, uno correspondiente a «la percepción interna», yo, y otro a la «exter-na», él, que se percibe como no-yo, más el de segunda persona, tú, que también es no-yo, pero no como «el él, en la esfera de todos los seres», sino en «la esfe-ra del actuar común mediante la inf luencia recíproca». Yo y tú no se contesfe-rapo- contrapo-nen; él, sí, pues es no-yo y no-tú a la vez, por lo que se contrapone «a los dos», no a uno solo.

Todas estas distinciones, que reproducimos matizando correspondencias de reciprocidad y contraste, pero dentro de un mismo ámbito de emisión y enten-dimiento, indican el grado de complejidad que la comunicación adquiere en el acto locutivo. La simple emisión de una palabra acumula diversas distinciones lógicas que el análisis descubre en el acto de habla.

La conclusión resulta evidente: el lenguaje contiene el contexto que lo de-termina. Por eso decimos que en toda forma suya hay un trasunto del fenóme-no u operación articulada que la produce. La articulación ya fenóme-no es solo física, la fónica, sino la mental que comprende también a aquella fundida en unidad de comprensión. Y entonces se produce una resonancia que cualifica el sonido, su materia f luyente. Fluidez que se une a la del pensamiento ya ahí actuante y a la neurológica del cerebro, que hoy conocemos. El f lujo se contrae en síntesis de continuo dinamizante. Tal es lo específico del lenguaje dotado de una materia

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Hemos tocado el fondo hermenéutico y ontológico del decir. Cuanto estruc-tura y proyecta la gramática textual, el descriptivismo lógico y semántico (ac-tos de lengua o habla, que estudiaremos en la sección cuarta), las teorías de re-levancia, argumentación y otras, procede de la hermenéutica gnoseológica del lenguaje.

Estas observaciones tan simples, de fundamentales que son se perdieron en la trastienda de la Lingüística, como si no la rozaran, escorándose. Unidad objetiva de entendimiento, tal es la noción precisa que necesitamos aquí de

comunicación. Y a esto tiende el conocimiento. Comunicarse es entenderse

co-nociendo.

Asistimos en estas etimologías al proceso diacrónico, constituyente, de las palabras texto, discurso, comunicación, diálogo, intersticio. Llegamos a descubrir en ellas algo ya dicho, hecho, que actualizamos de nuevo al decirlo. Ya fueron obje-to de diálogo en algún momenobje-to y nosotros las razonamos otra vez. La impli-cación de la lengua sobre sí misma es índole propia del lenguaje. Nacemos in-mersos e incursos en él, es decir, en un proceso de diálogo. A esta característica la denominamos intersubjetividad, aquello que nos entrelaza a unos sujetos con otros en la lengua que hablamos. No existe lenguaje sin esta conexión intersub-jetiva. Por tanto, al oír o enunciar una palabra, nos movemos en una prerrela-ción de sujetos o interlocutores. Podemos decir entonces que todo término o componente lingüístico implica una relación: T (R). Y la (R)elación connota, al menos, dos polos, que son, en este caso, el emisor del habla, el hablante, y su receptor, quien escucha. Sea X cualquiera de los términos considerados y ten-dremos automáticamente un Emisor (Er) y un Receptor (Rr), lo cual podemos representar del siguiente modo:

(Er) X (R) (Rr)

Ahora bien, el acto de habla, o de diálogo, acontece sobre y desde lo ha-blado, la referencia al mundo del cual se habla, comenta, enuncia, pregunta, o al cual respondemos según las condiciones en que se nos presenta. El eje inter-subjetivo del diálogo ya es mundo en sí mismo, como el lenguaje. Contiene el mundo de los objetos. Introduce en él un foco o perspectiva, una cesura o in-cisión que, por una parte, parece establecer un corte, y, por otra, se adentra en la realidad, interpretándola. Instaura un punto de referencia a partir del cual se abre un horizonte comprensivo. El foco indica el acotamiento que nos permi-te comprender lo considerado de la realidad. Centra sólo una parpermi-te, pero des-de ella sentimos, percibimos e interpretamos el resto basados en operaciones

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vi-tales, sinestésicas, sensitivas, perceptivas y conceptuales de razonamiento, como son las sinestesias mismas, la empatía —proyección anímica sobre el sentimiento de otro—, los indicios, la inferencia, inducción, presuposición, abducción y de-ducción, a las que sigue la proyección de hipótesis y el establecimiento de nor-mas, pautas, reglas, principios y fundamentos, con sus verificaciones o pruebas correspondientes; la falsación, corrección de hipótesis, etc.

En la parte enfocada podemos conocer entonces, e interpretar, lo que la in-teligencia, asistida por la razón, nos presenta del mundo. La parte interpreta el todo. Conocemos esta relación con el nombre de sinécdoque. Antes que figura literaria es modo de conocimiento.

Representemos el corte, hendidura, inscripción o enfoque establecido al hablar de la realidad por una línea vertical que cruza la horizontal interlocu-tiva. Hagámoslo teniendo en cuenta que el foco resulta del punto de cruce en-tre las perspectivas del Emisor (Er) y Receptor (Rr). Es centro de una órbita expansiva u horizonte que se dilata cuanto más conocemos, la cual reproduce nuevos centros de igual constitución, pues cada unidad lingüística se enmarca en ese cruce. X (R) Er Ideas Rr Objetos

Texto y discurso son puntos de máxima concentración dilatada, expansiva y, al mismo tiempo, recurrente. Síntesis y análisis en fusión cognoscitiva. Une y difracta, disyunta, hacia la realidad y el interlocutor. Una realidad externa e in-terna, no-yo y no-tú, él (lo, ello), pero comprendida, a la par, en mí y otro, en yo-tú,

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La conclusión más importante de lo dicho se centra en el valor alterativo y trópico del lenguaje. La experiencia liminar del origen del habla se va concen-trando en valores discursivos del entendimiento que asocian el proceso men-tal al mundo referido y compartido, y viceversa, objetivamente concebido, de tal modo que la palabra entraña y desentraña, como signo lingüístico, esos va-lores. Es tropo. Aquella experiencia se constituye verbalmente girando sobre sí misma, recubriéndose, y determinando unidades fónicas cuya producción es algo haciéndose, realizándose y hecho, producto. El pragma, lo práctico, devie-ne poíesis, el transcurso de ir haciéndose algo. El decir hace. La palabra es radi-calmente poesía.

El lenguaje mismo no alcanza a describir en un solo acto de emisión lo que implica. Debemos acercarnos a él distinguiendo, separando fases, pero perci-biendo a la par cómo se autoimplica y es unidad en proceso. Su esencia solo permite intuirla realizándose dentro de uno y suponiéndola en otro como en uno mismo. El análisis es solo un modo de aproximación. Tiene, sin embargo, esta característica: analizando el lenguaje asistimos a su proceso de realización. Nin-guna otra ciencia dispone de este recurso.

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Expuesta la noción general, etimológica, de la comunicación, nos propone-mos ahora conocer la estructura comunicativa del lenguaje, alguno de sus mo-delos, y las funciones que en él distinguimos. Para ello, es imprescindible es-tudiar la constitución del signo lingüístico, que nos proporciona además las propiedades y aspectos más característicos del lenguaje. Nos adentramos enton-ces en su carácter científico. Esto nos ayuda al entendimiento de su naturaleza.

1. ESTRUCTURA COMUNICATIVA DEL LENGUAJE: COMUNICACIÓN E INFORMACIÓN

Antes de estudiar las funciones y propiedades que caracterizan al lenguaje en general, tenemos que insistir todavía en su naturaleza comunicativa y en el concepto más específico de información, que, aunque se fundamenta en la re-lación intersubjetiva que establecen un emisor o hablante y un receptor u oyen-te, como mínimo, no coincide del todo con ella. Esto nos conduce a reconsi-derar el concepto de signo y su conformación en tanto unidad fundamental, teórica y práctica, del sistema lingüístico. Son varias las propuestas sobre el sig-no, pero conviene conocer, al menos, sus fundamentos esenciales. La lingüística nació precisamente como ciencia moderna partiendo de la definición y análisis del signo. Este hecho no podemos obviarlo en una introducción general sobre el fundamento comunicativo del lenguaje. Por otra parte, el concepto de co-municación, más amplio, resulta homólogo al usarlo en el marco de teorías no concebidas como lingüísticas. Los animales y el hombre se comunican entre sí, pero la naturaleza de esa comunicación no es la misma en unos y otro. De ahí que no baste el uso del lenguaje por sí solo para describirlo ni para preguntar-nos por su naturaleza. Dice Noam Chomsky al respecto:

Además es un error pensar que el uso humano del lenguaje es característicamen-te informativo, de hecho o en la incaracterísticamen-tención. El lenguaje humano puede usarse para in-formar o para inducir a error, para poner en claro los pensamientos propios o para ex-COMUNICACIÓN Y SIGNO LINGÜÍSTICO, SUS FUNCIONES

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hibir el propio ingenio, o simplemente para recrearse en él. Si hablo sin preocuparme para nada de ejercer ningún efecto sobre la conducta o los pensamientos del oyente, no dejo por ello de usar el lenguaje en igual medida que si dijera las mismas cosas con la intención de obtener un efecto semejante. Si confiamos en entender el lenguaje hu-mano y las capacidades psicológicas sobre las cuales descansa, debemos empezar pre-guntándonos qué es, y no cómo se usa y con qué fines. Cuando nos preguntamos qué es el lenguaje humano, no encontramos ninguna semejanza notable entre él y los sis-temas de comunicación animal. No puede decirse nada aprovechable acerca del com-portamiento o el pensamiento al nivel de abstracción en el cual la comunicación ani-mal y la humana se identifican.19

Conviene establecer, por tanto, el paradigma general de la comunicación hu-mana y de las funciones específicas del lenguaje, pues el uso homólogo de con-ceptos implica razones diferenciadas en los designados. ¿Qué supone, en este caso, la diferencia de homología? Decimos que el hombre es un animal como el perro, pero el significado de la palabra animal presupone fundamentos diferentes en el hombre y el perro. Ni comunican del mismo modo ni la comunicación es idéntica en uno y otro. Solemos considerar también un modo de «intención» co-municativa en los sonidos de los animales. Y existe, efectivamente. Ahora bien, no entendemos exactamente lo mismo cuando referimos la intencionalidad de un ladrido o de una palabra humana. La razón de ello consiste en que la razón implícita atañe allí al concepto de instinto, común en cierto modo al hombre y a los animales, pero diferenciado en su naturaleza y funciones.

Esto que decimos es muy importante para determinar fijaciones mentales que ocultan conocimientos ya adquiridos. La conducta instintiva del animal no puede obrar de otro modo que el establecido o programado en su naturaleza irracional. Actúa siempre siguiendo fines asignados. En el caso del hombre, en cambio, aunque dispone de libertad limitada, puede renunciar al instinto, re-tardar sus fines, alterarlos en ciertas condiciones, etc. No está determinado por él como el mero animal muestra. Al no atender a estos fundamentos de cultura general, caemos a veces en generalizaciones que ocultan supuestos falsos reves-tidos de apariencia científica. Veamos un ejemplo.

Steven Pinker, conocido estudioso de la adquisición del lenguaje en la etapa infantil, llega a comparar la capacidad del habla y su uso cotidiano con el hila-do instintivo de las arañas:

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El lenguaje es una habilidad compleja y especializada que se desarrolla de forma espontánea en el niño, sin esfuerzo consciente o instrucción formal, se despliega sin que tengamos conciencia de la lógica que subyace en él, es cualitativamente igual a todos los individuos, y es muy distinto de las habilidades más generales que tenemos de tratar información o comportarnos de forma inteligente. Por estos motivos, algu-nos científicos cognitivos han definido el lenguaje como una facultad psicológica, un órgano mental, un sistema neural y un módulo computacional. Sin embargo, yo pre-fiero un término más pintoresco como «instinto», ya que esta palabra transmite la idea de que las personas saben hablar en el mismo sentido en que las arañas saben tejer sus telas. Tejer una tela no es el invento de una araña anónima y genial, ni depende de si la araña ha recibido o no una educación apropiada o posee una mayor aptitud para ac-tividades espaciales o constructivas. Las arañas tejen sus telas porque tienen cerebro de araña, y eso les impulsa a tejer y les permite hacerlo bien. Aunque hay diferencia en-tre las telarañas y las palabras, quisiera que el lenguaje pudiera verse de esta manera, ya que así entenderemos mejor los fenómenos que vamos a examinar.20

He aquí una muestra clara de reducción científica homóloga al paradigma del cerebro en dos tipos de conducta y naturaleza diferentes, sobre todo desde un punto de vista psicológico, sin tocar otros niveles de ref lexión científica. La araña hilará siempre del mismo modo y no sabrá hacer otra cosa aunque se quede «huér-fana» de nacimiento en medio de la selva. El niño, en cambio, no. Solo, no podrá desarrollar la facultad del habla que posee por naturaleza y, si lo hace, puede inclu-so renunciar a ella, cosa imposible en el cainclu-so de la araña. El niño necesita a otros semejantes, y adultos, para activar la facultad con que lo dotó su propia naturaleza. Ahí comienza la relación intersubjetiva, imprescindible, que sitúa al lenguaje en un dominio fenomenológico. Así pues, aunque las apariencias del uso de las capa-cidades de que estamos dotados sean homólogas, sus razones y fundamentos difie-ren notablemente. No se trata, pues, del mismo sentido en el habla del hombre y en el hilado de la araña, sino de algo muy diferente. Por eso conviene distinguir con criterio adecuado entre los conceptos de comunicación e información.

Dada la noción general que ya tenemos de ellos, interesa comprender ahora la extensión significativa de cada uno, pues la información cuantificada no inte-gra todos los factores comunicativos y proxémicos o de conducta lingüística. Los animales se transmiten información —las abejas con la danza, los delfines con ciertas emisiones sonoras, los perros con gruñidos y ladridos, etc.—, pero no se comunican en el mismo sentido que los hombres. La comunicación humana

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