La planificación social y el concepto de deuteroaprendizaje67
Permítaseme tomar como eje de este artículo el última punto68 del Resumen que la doctora Mead hace de su trabajo. Para el profano que no se ha ocupado del estudio comparativo de las culturas humanas, esta recomendación puede resultar extraña; es posible que le parezca una paradoja ética o filosófica, una sugerencia de que descartemos la finalidad consciente para lograr nuestra finalidad: hasta puede hacer pensar en algunos de los aforismos básicos de la cristiandad y el taoísmo. Estos aforismos son bastante familiares para cualquiera, pero el profano se sentirá un poco sorprendido al escucharlos de un hombre de ciencia y verlos aparecer revestidos de todos los ornamentos del pensamiento analítico. Para otros antropólogos y especialistas en ciencias sociales, las recomendaciones de la doctora Mead resultarán aun más sorprendentes, y tal vez con menos significado, dado que la instrumentalidad y los "planos de obra" son un ingrediente esencial de la estructura total de la vida, tal como la ciencia la concibe. De manera comparable, para los que actúan en la vida política, las recomendaciones de la doctora Mead resultarán extrañas, dado que ellos sólo conciben las decisiones como clasificables en decisiones para formular una política y decisiones para ejecutar una acción. Los gobernadores y los hombres de ciencia, ambos por igual (por no hablar del mundo comercial) ven los asuntos humanos como regidos por un
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Este artículo fue el comentario que preparé para el artículo de Margaret Mead "Trie Comparative Study of Culture and the Purposive Cultivation of Democratic Valúes", publicado como capítulo 4 de Science,
Phüosophy and Religión, con copyright en 1942 a favor de la Conferencia sobre Ciencia, Filosofía y
Religión, Nueva York. Se lo reproduce con autorización de la Conferencia y de Harper & Row, Inc. Pasé a bastardilla un paréntesis dentro de la nota al pie 5, que prefigura el concepto de "doble vínculo".
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La doctora Mead escribe: "Aquellos estudiosos que se han consagrado al estudio de las culturas como totalidades, como sistemas de equilibrio dinámico, pueden hacer los siguientes aportes...
"4. Instrumentar planes para modificar nuestra cultura actual mediante el reconocimiento de la importancia que tiene el incluir a los especialistas en ciencias sociales dentro de su material experimental y mediante el reconocimiento de que al trabajar en función de fines determinados nos entregamos a la manipulación de personas, y por consiguiente a la negación de la democracia. Sólo trabajando en términos de valores que están limitados a definir una dirección nos es posible utilizar métodos científicos para el control del proceso, sin negar con ello la autonomía moral del espíritu humano". (La bastardilla es de la autora./
patrón determinado por la finalidad consciente, los medios y los fines, el conato y la satisfacción.
Si alguien duda de que tendemos a considerar la finalidad consciente y la instrumentalidad como distintivamente humanas, hará bien en reflexionar acerca del antiguo dicho sobre el comer y el vivir.
La persona que "come para vivir" es la humanizada en grado máximo; el que "vive para comer" es de grado un poco más grueso, pero sigue siendo humano; pero si alguien se limita a "comer y vivir", sin asignar instrumentalidad o una prioridad espuria en la secuencia temporal a ninguno de los dos procesos, se lo clasifica sólo entre los animales, aunque otros, menos amables, lo mirarán como un vegetal.
El aporte de la doctora Mead consiste en esto, en que ella, fortalecida por el estudio comparativo de otras culturas, ha logrado trascender los hábitos de pensamiento corrientes en la propia, y pudo llegar a decir virtualmente lo siguiente: "Antes de aplicar las ciencias sociales a nuestros asuntos nacionales, tenemos que reexaminar y cambiar nuestros hábitos de pensamiento en lo referente a los medios y los fines. Hemos aprendido, en nuestra inserción cultural, a clasificar las conductas en 'fines' y 'medios', y si seguimos definiendo los fines domo separados de los medios y aplicando las ciencias sociales como medios crudamente instrumentales, usando las recetas de la ciencia para manipular personas, llegaremos a un sistema de vida totalitario, no a un sistema democrático". La solución que ella propone es que miremos la "dirección" y los "valores" implícitos en los medios, en vez de mirar más allá de una meta definida en un plan de acción y reflexionar sobre esa meta preguntándonos si justifica o no justifica los medios empleados en la manipulación. Tenemos que descubrir el valor de un acto planificado, valor que está implícito en el acto mismo y se realiza simultáneamente con él, no por separado, en el sentido de que el acto derive su valor de la referencia a un fin o meta futura. El trabajo de la doctora Mead no es, de hecho, un sermón directo sobre los fines y los medios, ella no dice que los fines justifiquen o no justifiquen los medios. No está hablando directamente de fines y medios, sino de la manera como tendemos a pensar acerca de los fines y de los medios y sobre los peligros inherentes a nuestros hábitos de pensar.
En este plano es donde el antropólogo puede contribuir en máximo grado a la resolución de nuestros problemas. Es su tarea descubrir el máximo denominador común implícito en una gran diversidad de fenómenos humanos, o, a la inversa, decidir si fenómenos que parecen similares no son intrínsecamente diferentes. Puede viajar a una comunidad del Pacífico sur, como los manus, y comprobar allí que, aunque todo lo que los nativos hacen difiere concretamente de nuestra propia conducta, pese a ello el sistema de motivos subyacentes es estrechamente comparable con nuestro amor a la cautela y a la acumulación de riqueza; o puede también trasladarse a otra sociedad como Bali y encontrar allí que, a pesar de que la apariencia externa de la religión nativa es estrechamente comparable a la nuestra (se arrodillan para orar, usan el incienso, entonan salmodias puntuadas por una campana, etcétera), las actitudes emocionales básicas son fundamentalmente diferentes. En la religión balinesa encontramos la aprobación de ciertos actos ejecutados de manera rutinaria y exenta de emoción, en vez de la insistencia en la rectitud de las actitudes, característica de las iglesias cristianas.
En cualquier caso, lo que interesa al antropólogo no es la mera /descripción sino un grado ligeramente más elevado de abstracción, un grado más amplio de generalización. Su primera tarea consiste en reunir minuciosamente masas de observaciones concretas de la vida de los
nativos, pero el paso siguiente supone no un simple resumen de tales datos sino interpretar los datos en un lenguaje abstracto que trascienda y abarque el vocabulario y los conceptos explícitos o implícitos en nuestra propia cultura. No es posible dar una descripción de una cultura nativa empleando palabras inglesas; el antropólogo debe inventar un vocabulario más abstracto con cuyos términos puedan describirse por igual la propia cultura y la de los nativos.
Este es, pues, el tipo de disciplina que permitió a la doctora Mead señalar que existe una discrepancia —una básica y fundamental discrepancia— entre la ''ingeniería social", que consiste en manipular a la gente para crear una sociedad planificada de acuerdo con un diagrama establecido previamente, y los ideales de la democracia: "el valor supremo y la responsabilidad moral de la persona humana individual". Estos dos motivos conflictuales han estado largo tiempo implícitos en nuestra cultura; la ciencia ha tenido un empleo instrumental de sus conocimientos desde antes de la Revolución Industrial y el acento en el valor y responsabilidad del individuo es más antiguo aun. El peligro de un choque entre los dos motivos se ha presentado sólo recientemente, con creciente conciencia e insistencia en el motivo democrático y simultánea difusión del motivo instrumental. Finalmente, el conflicto es actualmente una lucha de vida o muerte sobre el papel que han de desempeñar las ciencias sociales en el ordenamiento de las relaciones humanas. Apenas es exagerado decir que esta guerra versa ideológicamente sobre precisamente esto: el papel de las ciencias sociales. ¿Hemos de reservar las técnicas y el derecho de manipular a las personas como un privilegio, para algunos pocos individuos planificadores, orientados hacia los fines y hambrientos de poder? ¿Ahora que poseemos las técnicas, pasaremos a tratar, con toda sangre fría, a las personas como si fueran cosas? ¿O qué vamos a hacer con esas técnicas?
El problema encierra no sólo una suma dificultad sino una suma urgencia, y es doblemente difícil porque nosotros, como hombres de ciencia, estamos profundamente impregnados en hábitos de pensamiento instrumental, o por lo menos aquellos de nosotros para quienes la ciencia es una parte de la vida, además de una bella y digna abstracción. Intentemos superar esta fuente extra de dificultad dirigiendo las armas de la ciencia sobre este hábito de pensamiento instrumental y sobre el nuevo hábito que tiene ante la vista la doctora Mead, un hábito que busca la "dirección" y el "valor" en el acto escogido, y no en las metas definidas. Se ve claramente que ambos hábitos son maneras de mirar las secuencias temporales. Utilizando la vieja jerga de la psicología, representan maneras diferentes de apercibir secuencias de conducta, o en la jerga más nueva de la psicología guestáltica, podrían describirse como hábitos de buscar una u otra clase de marco contextúa! para la conducta. El problema que suscita la doctora Mead, que aboga por un cambio de esos hábitos, es cómo se aprenden actos de este orden de abstracción.
No se trata del tipo simple de pregunta que se plantea en la mayor parte de los laboratorios de psicología: "¿En qué circunstancias aprenderá un perro a salivar a la vista de una campana?" o "¿Cuáles son las variables que rigen el éxito en el aprendizaje memorístico?". Nuestra pregunta es de un grado más de abstracción, y, en un sentido, tiende un puente sobre la grieta que separa la labor experimental sobre el aprendizaje simple y el enfoque de los psicólogos de la Gestalt.
Lo que nosotros preguntamos es: "¿Cómo adquiere un perro el hábito de puntuar o percibir la corriente extremadamente compleja de los acontecimientos (incluida su propia conducta) de manera que esta corriente parezca formada por un tipo de secuencias breves y no por otro?". O, reemplazando el perro por el científica, podríamos preguntar: "¿Qué circunstancias determinan que un científico dado puntúe la corriente de los acontecimientos
de manera que llegue a la conclusión de que todo está predeterminado, en tanto que otro verá la corriente de los acontecimientos como algo tan regular que la hace susceptible de control?". O, nuevamente, en el mismo nivel de abstracción, preguntemos —y esta pregunta tiene mucho que ver con la promoción de la democracia—, "¿Qué circunstancias promueven esa formulación habitual del universo que llamamos 'voluntad libre' y esas otras que llamamos 'responsabilidad', 'constructividad', 'energía', 'pasividad', 'dominio' y el resto?". Porque todas esas cualidades abstractas, que son la mercadería a cuya venta se dedican los educadores, pueden verse como diferentes hábitos de puntuación de la corriente de la experiencia, para obtener algún tipo de coherencia o de sentido. Son abstracciones que comienzan a asumir significado operacional cuando las vemos asumir su lugar en un nivel conceptual entre las formulaciones de la teoría del aprendizaje simple y las de la psicología de la Gestalt.
Podemos, por ejemplo, poner nuestro dedo de manera muy sencilla en el proceso que lleva a la tragedia y a la desilusión cada vez que los hombres deciden que "el fin justifica los me- dios" en sus esfuerzos por establecer un cielo, o cristiano o técnicamente planificado, en la tierra. Ignoran el hecho de que en la manipulación social las herramientas no son martillos y destornilladores. Un destornillador no, resulta seriamente afectado cuando, en un caso de apuro, lo utilizamos como cuña, ni la concepción de la vida que tiene un martillo se ve afectada porque a veces usemos el mango como palanca. Pero en la manipulación social nuestras herramientas son personas, y las personas aprenden y adquieren hábitos que son mucho más sutiles y penetrantes que los trucos que el autor del plan les enseña. Con la mejor intención del mundo, puede adiestrar a los niños para que espíen a sus padres con el objeto de erradicar alguna tendencia perjudicial para el éxito de su plan, pero coma los niños son personas, harán algo más que aprender ese simple truco: incorporarán esta experiencia a su filosofía total de la vida, y ésta teñirá todas sus actitudes futuras ante la autoridad. Cada vez que se encuentren con cierto tipo de contexto, tenderán a verlo como estructurado sobre un patrón familiar anterior. El autor del plan quizás obtenga alguna ventaja inicial mediante los trucos de los niños, pero el éxito final de su plan se verá contrarrestado por los hábitos mentales aprendidos junto con los trucos. (Por desgracia, no hay razón para pensar que el plan de los nazis haya de fracasar por esas razones. Es probable que las actitudes desagradables a las que nos referimos aquí se consideren básicas a la vez para el plan mismo y para los medios para ejecutarlo. El camino al infierno puede estar también empedrado de malas intenciones, aunque a la gente timorata le resulte difícil creerlo.)
Nos encontramos, al parecer, frente a un tipo de hábito que es un subproducto del proceso de aprendizaje. Cuando la doctora Mead nos dice que tenemos que dejar de pensar en térmi- nos de planos de obra y que en vez de ello debemos evaluar los actos que planeamos en razón de su valor intrínseco inmediato, lo que nos está diciendo es que en la crianza y educación de los niños tenemos que tratar de inculcarles una especie de hábito-subproducto, muy diferente del que hemos adquirido y que diariamente reforzamos en nosotros en nuestros contactos con la ciencia, la política, los diarios, etcétera.
La doctora Mead expresa con perfecta claridad que este nuevo giro en el acento o la configuración guestáltica de nuestro pensamiento significa zarpar hacia un mar no explorado. No podemos saber qué clase de seres humanos resultarán de tal viaje, ni podemos estar seguros de que nos sintamos cómodos en el mundo de 1980. Lo único que la doctora Mead puede decirnos es que si seguimos el rumbo que nos parecería más natural, planificando nuestras aplicaciones de las ciencias sociales como medio para obtener un fin previamente definido, con seguridad chocaremos con una roca. Ella nos ha indicado en qué
lugar se encuentra esa roca, y nos recomienda tomar un curso que vaya en una dirección en la cual no está la roca, pero esa dirección es nueva, y no existe una hoja de ruta que nos guíe. Su trabajo plantea el problema de cómo hacer para trazar el mapa de ese rumbo nuevo.
En realidad, la ciencia puede brindarnos algo que se asemeja a un mapa. Indiqué antes que existe un conjunto de términos abstractos —libre arbitrio, predestinación, responsabilidad, constructividad, dominio, etcétera—, a todos los cuales los podemos considerar como descripciones de hábitos aperceptivos, maneras habituales de mirar la corriente de sucesos de los que nuestra conducta forma parte, y, además, que esos hábitos pueden ser todos, en cierto sentido, subproductos del proceso de aprendizaje. Nuestra siguiente tarea si deseamos contar con determinado tipo de mapa, consiste claramente en lograr algo mejor que una lista al azar de esos hábitos posibles. Tenemos que reducir esta lista a una clasificación que nos muestre de qué manera cada uno de estos hábitos está sistemáticamente relacionado con los otros.
Coincidimos todos en que es esencial para la democracia cierto sentido de la autonomía individual, un hábito mental de alguna manera relacionado con lo que he llamado "libre arbitrio", pero, aún no tenemos perfectamente claro cómo definir operacionalmente esa autonomía. ¿Cuál es, por ejemplo, la relación entre "autonomía" y negativismo compulsivo? Los surtidores de gasolina que se niegan a cumplir el toque de queda ¿demuestran o no poseer un altivo sentimiento democrático? Esta especie de negativismo es indudablemente del mismo grado de abstracción que el "libre arbitrio y el "determinismo"; como ellos, constituye una manera habitual de apercibir los contextos, las secuencias de los acontecimientos y la conducta propia, pero no está claro si este negativismo es una "subespecie" de la autonomía individual o se trata más bien de un hábito enteramente diferente. De la misma manera, necesitamos saber de qué manera el hábito de pensamiento propiciado por la doctora Mead está relacionado con los otros.
Lo que necesitamos es, evidentemente, algo mejor que una lista improvisada de esos hábitos mentales. Necesitamos algún marco sistemático de clasificación que muestre de qué manera cada uno de estos hábitos está relacionado con los otros, y esta clasificación podría proporcionarnos algo que se aproxime al mapa que nos falta. La doctora Mead nos dice que naveguemos en aguas aún no exploradas, adoptando un nuevo hábito de pensamiento; pero si supiéramos de qué manera este hábito se relaciona con otros, podríamos juzgar acerca de los beneficios y peligros, de las posibles trampas que existen en esa ruta. Un mapa de estas características nos daría la respuesta a algunas de las preguntas que plantea la doctora Mead en lo referente a cómo juzgar la "dirección" y valor implícito en nuestros actos planificados.
No deben ustedes esperar que el especialista en ciencias sociales presente este mapa o clasificación no bien se le encargue, como si se tratara de sacar un conejo de la galera, pero pienso que podemos dar un primer paso en esa dirección: podemos sugerir algunos de los temas básicos, los puntos cardinales, si ustedes quieren, sobre los que debe construirse la clasificación final.
Hemos señalado que la clase de hábitos que nos interesa son, en cierto sentido, subproductos de los procesos de aprendizaje, y es por consiguiente, natural que consideremos primero los fenómenos del aprendizaje simple, en la medida en que vero- símilmente pueden proporcionarnos algún indicio. Estamos planteando problemas que tienen un grado más de abstracción que los que estudian en primer término los psicólogos experimentales, pero sus laboratorios siguen siendo el lugar hacia donde hemos de mirar para recibir nuestras respuestas.
Ahora bien; sucede que en los laboratorios de psicología se da un fenómeno común que tiene un grado algo más elevado de abstracción o generalidad que el que los experimentos, de acuerdo al plan con que se los realiza, pretenden dilucidar. Es un hecho bien conocido que el sujeto experimental, animal o ser humano, se convierte en un sujeto mejor después de varios experimentos. No sólo aprende a salivar en los momentos apropiados o a recitar sílabas sin sentido adecuadas, sino que, de alguna manera, aprende a aprender. No sólo resuelve los problemas que el experimentador le propone, lo que constituye una instancia de aprendizaje simple, sino, además de ello, adquiere más y más habilidad en la resolución de problemas.
Utilizando una terminología semiguestáltica o semiantropológica, podríamos decir que el sujeto está aprendiendo a orientarse en ciertos tipos de contexto, o que está adquiriendo