Si hace 15 años me hubieran preguntado qué entendía yo por la palabra "materialismo", creo que habría dicho que el materialismo es una teoría sobre la naturaleza del universo, y hubie- ra aceptado como algo evidente la idea de que esta teoría en algún sentido es amoral. Habría estado de acuerdo en que el hombre de ciencia es un experto que puede obtener para sí y para otros ideas y técnicas, pero que la ciencia no tiene nada que decir respecto de si estas técnicas deben ser empleadas. En esto, habría seguido la corriente general de la filosofía científica asociada con nombres tales como Demócrito, Galileo, Newton,122 Lavoisier y Darwin. Habría descartado al mismo tiempo las opiniones menos respetables de hombres tales como Heráclito, los alquimistas, William Blake, Lamarck y Samuel Butler. Para éstos, el motivo de la indagación científica era el deseo de construir una visión global del universo que mostrara qué es el hombre y cómo está relacionado con el resto del universo. La visión que estos hombres trataban de armar era ética y estética.
Existe, ciertamente, mucha conexión entre la verdad científica, por una parte, y la belleza y moralidad, por la otra, y esta conexión es la siguiente: si un hombre alberga opiniones
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El nombre de Newton pertenece ciertamente a esta lista. Pero el hombre mismo era de una casta diferente. Su preocupación mística por la alquimia y los escritos apocalípticos y su monismo teológico secreto indican que no fue tanto el primer hombre de ciencia objetivo cuanto "el último de los magos" (véase J. M. Keynes, "Newton, the Man", Tercen-tenary Celebration, Londres, Cambridge University Press, 1947, págs. 27-34). Newton y Blake coincidían en dedicar mucho tiempo y reflexión a las obras de Jacob Boehme.
falsas respecto de su propia naturaleza, será llevado por ellas a acciones que en algún sentido profundo serán inmorales o feas.
Hoy día, si se me hiciera la misma pregunta respecto del significado del materialismo, respondería que esta palabra representa en mi pensamiento una colección de reglas respecto de qué preguntas deben hacerse sobre la naturaleza del universo. Pero no supondría que este conjunto de reglas tenga ningún derecho a considerarse exclusivamente acertado.
El místico "ve el mundo en un grano de arena" y el mundo que él ve es moral o estético, o ambas cosas. El científico newtoniano ve una regularidad en la conducta de los cuerpos que caen y no pretende extraer de esta regularidad ninguna conclusión normativa. Pero su pretensión deja de ser coherente en el momento en que predica que ésta es la manera acertada de considerar el universo. Predicar sólo es posible en términos de conclusiones normativas.
En el curso de esta conferencia he tocado diversos temas que han sido focos de controversia en la larga batalla entre un materialismo no moral y una concepción más romántica del universo. La batalla entre Darwin y Samuel Butler debió parte de su acerbidad a lo que parecían afrentas personales, pero por detrás de todo esto, la discusión versaba sobre un punto que tiene carácter religioso. La batalla versaba en realidad sobre el "vitalismo". Era una cuestión de qué cantidad de vida y qué orden de vida podía asignarse a los organismos y la victoria de Darwin se redujo a esto: que si bien no logró disminuir la misteriosa vitalidad del organismo individual, por lo menos demostró que la imagen de la evolución podía reducirse a la "ley" natural.
Era, por consiguiente, muy importante demostrar que el territorio hasta ese momento no conquistado —la vida del organismo individual— no podía contener nada que recapturase este territorio evolutivo. Seguía siendo algo misterioso que los organismos vivientes pudieran efectuar un cambio adaptativo en el curso de sus vidas individuales y, a cualquier costo, estos cambios adaptativos, las famosas "características adquiridas", no podían tener influencia sobre el árbol genealógico evolutivo. La "herencia de las características adquiridas" amenazaba siempre con recapturar el campo de la evolución en favor del bando vitalista. Una parte de la biología tiene que ser separada de la otra. Los científicos objetivos pretendían, por supuesto, creer en una unidad de la naturaleza; en que, en última instancia, la totalidad de los fenómenos naturales resultaría asequible a sus análisis, pero durante casi cien años fue conveniente erigir un tabique estanco entre la biología del individuo y la teoría de la evolución. La "memoria heredada" de Samuel Butler fue un ataque contra este tabique. El problema que me interesa en esta parte final de la conferencia puede formularse de distintas maneras. ¿Un cambio en la función asignada a la "característica adquirida" afecta la polémica entre el materialismo no moral y la concepción más mística del universo? ¿Depende realmente la tesis materialista más antigua de la premisa de que los contextos son aislables? ¿O se modifica nuestra concepción del mundo cuando admitimos un regreso infinito de contextos, eslabonados unos con otros en una compleja red de metarrelaciones? ¿Altera nuestra toma de partido en esta batalla la posibilidad de que los niveles separados de cambio estocástico (en el fenotipo y el genotipo) estén conectados en el contexto más vasto del sistema ecológico?
Al zafarme de la premisa de que los contextos son siempre conceptualmente aislables abrí la puerta a la noción de un universo mucho más unificado —y en ese sentido mucho más místico— que el universo convencional del materialismo amoral. ¿La nueva posición alcanzada de esta manera nos da nuevos fundamentos para confiar que la ciencia pueda
responder preguntas morales o estéticas?
Creo que la posición ha sido significativamente modificada, y quizá puedo esclarecerlo mejor considerando un tema en el cual ustedes, como psiquiatras, han pensado muchas veces. Me refiero al tema del "control" y todo el complejo de ideas correlacionadas, que sugieren palabras tales como manipulación, espontaneidad, libre albedrío y técnica. Pienso que ustedes estarán de acuerdo conmigo en que no existe un sector en el cual las premisas falsas respecto de la naturaleza de la persona y de sus relaciones con otros pueda ser con tanta certeza productor de destrucción y fealdad como este sector de las ideas referentes al control. Un ser humano en relación con otro tiene un control muy limitado de lo que acontece en esa relación. Es una parte de una unidad bipersonal, y el control que cualquiera de las partes puede tener sobre cualquier todo está estrictamente limitado.
La regresión infinita de contextos sobre la cual hablé es sólo otro ejemplo del mismo fenómeno. Lo que yo he aportado a esta discusión es la idea de que el contraste entre la parte y el todo, cada vez que este contraste aparece en el dominio de la comunicación, es simplemente un contraste en la asignación de tipos lógicos. El todo se encuentra siempre en una metarrelación con sus partes. De la misma manera como en lógica la proposición nunca puede determinar la metaproposición, también en asuntos de control el contexto menor nunca puede determinar el mayor. He observado (por ejemplo al analizar los fenómenos de la compensación fenotípica) que en la jerarquía de tipos lógicos se produce con frecuencia alguna especie de cambio de signo en cada nivel, cuando los niveles están relacionados entre sí de manera de crear un sistema autocorrectivo. Esto aparece bajo una forma simple diagramática en la jerarquía iniciática que estudié en una tribu de Nueva Guinea. Los iniciadores son los enemigos naturales de los novicios, porque su tarea consiste en intimidar a los novicios hasta que adquieran la forma adecuada. Los hombres que iniciaron a los actuales iniciadores tienen ahora el rol de criticar lo que se está haciendo actualmente en las ceremonias de iniciación, y esto los convierte en los aliados naturales de todos los novicios actuales. Y así sucesivamente. Algo de la misma naturaleza sucede también en las fraternidades de los colleges norteamericanos, donde los alumnos del cuarto curso tienden a aliarse con los del primero y los de tercero con los del segundo.
Esto nos da una visión del mundo que está aún casi sin indagar. Pero algunas de sus complejidades pueden atisbarse recurriendo a una analogía muy cruda e imperfecta. Pienso que el funcionamiento de tales jerarquías puede compararse con la tarea de conducir marcha atrás un camión al que están unidos uno o varios acoplados. Cada segmentación en este sis- tema denota una reversión de signo, y cada segmento añadido denota una disminución drástica en el grado de control que puede ejercer el conductor del camión. Si el sistema está colocado paralelamente al costado derecho del camino, y el conductor desea arrimar lo más posible al acoplado que está inmediatamente detrás de él hacia la mano derecha del camino, tiene que girar las ruedas delanteras hacia la izquierda. Este movimiento hará que la parte posterior del camión se separe del lado derecho del camino, con lo cual el frente del acopla- do es arrastrado hacia su izquierda. A su vez, este desplazamiento hará que la parte posterior del acoplado apunte hacia la derecha, y así sucesivamente.
Como lo sabe cualquiera que haya intentado estas maniobras, el grado de control que puede ejercer el conductor disminuye velozmente. Manejar marcha atrás un camión con un acoplado es ya difícil, porque sólo existe una gama limitada de ángulos dentro de la cual puede ejercitarse el control. Si el acoplado está en línea, o casi en línea con el camión, el control es fácil, pero a medida que disminuye el ángulo entre el acoplado y el camión, se llega a un punto en el cual el control se pierde, y el intento de ejercerlo tiene como único
resultado que las piezas del sistema se junten una con otra como la hoja de una navaja y su mango. Si consideramos el problema de controlar un segundo acoplado, el umbral para que produzca el cierre en forma de navaja se reduce drásticamente, y el control se torna, por consiguiente, casi desdeñable.
Tal como yo lo veo, el mundo está formado por una red muy compleja (más que por una cadena) de entidades que tienen entre sí este tipo de relación, pero con esta diferencia, que muchas de esas entidades tienen sus propias provisiones de energías y quizá sus propias ideas acerca de hacia dónde les gustaría dirigirse.
En un mundo como éste los problemas del control se tornan más afines al arte que a la ciencia, no sólo porque tendemos a pensar en lo arduo y en lo impredecible como contextos propios del arte, sino porque los resultados de error probablemente-te sean alguna clase de fealdad.
Permítaseme, pues, concluir con una amonestación: nosotros, los especialistas en ciencias sociales, haríamos bien en reprimir nuestra avidez por controlar ese mundo que comprendemos de una manera tan imperfecta. No debemos permitir que el hecho de nuestra comprensión imperfecta alimente nuestra angustia y de esa manera incremente la necesidad de controlar. Más bien, nuestros estudios podrían inspirarse en un motivo, antiguo, pero que hoy goza de menos honor: la curiosidad respecto del mundo del que formamos parte. La recompensa de tal tarea no es el poder sino la belleza.
Es un hecho extraño que todo gran progreso científico —y no en último término los progresos alcanzados por Newton— ha sido elegante.