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LA FORMACIÓN DE UNA CONCIENCIA CRISTIANA

Vamos a dividir este capítulo en tres partes: 1) una explicación de lo que significa el término «conciencia» juntamente con principios básicos derivados de este concepto; 2) la formación de la conciencia en relación con la fe de una persona; 3) la formación de la conciencia como conocimiento y como fuerza creadora.

Significado de conciencia

El término «conciencia» tiene hoy un significado más amplio que el antiguo término escolástico de consciencia. En la terminología escolástica, el término consciencia se refería sencillamente al juicio de una persona acerca de cómo debe proceder aquí y ahora si quiere agradar a Dios. El término moderno de «conciencia» comprende esta noción y también el concepto escolástico de

synteresis, es decir, la disposición que capacita, y de hecho apremia, a una persona para que se

forme un juicio correcto y obre conforme a él. En este sentido la conciencia se refiere a algo más que al acto individual. Es la capacidad fundamental del hombre, de determinar y experimentar dinámicamente sus obligaciones para con Dios, o una capacidad que permite al hombre comprender la llamada de Dios y responder a la misma. Este llamamiento se percibe generalmente a través de la enseñanza y del testimonio de la Iglesia, de las necesidades de nuestro prójimo, de los dones que Dios ha otorgado a cada uno. Si es ya un mal trastornar un acto particular de conciencia, es decir, formarse un juicio erróneo en una situación particular, todavía es mayor mal trastornar o destruir la conciencia en cuanto disposición o facultad y capacidad moral.

Los tomistas enfocan esta capacidad conocida como conciencia desde un punto de vista diferente del de la escuela agustiniana (que incluye a san Buenaventura). Mientras que muchos tomistas subrayan el papel de la inteligencia en la obra de la conciencia, los agustinianos insisten más en el papel de la voluntad. Los tomistas consideran la conciencia como la capacidad o facultad de tener una visión correcta de lo que es bueno, como una serie de principios evidentes por sí mismos. Los agustinianos, que afirman la primacía del amor en su análisis de lo que es el hombre, sostienen que la conciencia es el fondo mismo del alma (la más profunda scintilla

animae). Esta facultad del hombre es la que es dirigida y afectada por el ordo amoris, el orden de

los valores, del amor. Es el canal por el que Dios, como amor infinito, se comunica con el individuo, deseando hacerlo partícipe de este amor.

La diferencia entre estas dos escuelas y corrientes de pensamiento no es tan grande como podría parecer a primera vista. Los buenos tomistas, aunque subrayan la función del intelecto, no quieren negar que el juicio práctico de la conciencia comprenda un acto del corazón y voluntad del hombre. Y los agustinianos, en su mayor parte, reconocen que la conciencia no es un mero acto de la voluntad sola y del corazón. Ambas corrientes ven en la conciencia un acto del hombre entero.

La conciencia despierta al hombre, lo levanta desde lo más hondo de su ser y lo impele hacia el bien real. Produce una búsqueda conjunta del bien por el entendimiento y la voluntad, como facultades no meramente yuxtapuestas, sino integradas internamente.

El hombre está hecho a imagen de Dios en la mente, en la voluntad y en su capacidad de amar. Pero el hombre refleja mejor y más perfectamente esta imagen cuando el penetrante deseo de conciencia que brota de su ser une la inteligencia, la voluntad y el amor y trata de mantenerlos unidos en el descubrimiento diario del bien.

En Dios, pese a la distinción de las personas, hay unidad absoluta entre la Palabra y el Espíritu de amor. El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, y él también goza, idealmente, de esta unidad de su ser, aunque de manera finita, en su búsqueda del bien. No obstante, en el hombre puede haber repugnancia por parte de la voluntad a unirse con la inteligencia moral. Además, el hombre puede ser todavía más desemejante de Dios por cuanto su corazón y su voluntad pueden extraviarse.

Por consiguiente, la formación de la conciencia no puede restringirse a la mera instrucción intelectual. La formación de la conciencia implica la personalidad entera, una personalidad que, mediante su unidad interna, dé testimonio del misterio de la unidad en Dios mismo. En esta formación no se pueden descuidar las emociones, la afectividad. La afectividad promueve la unidad entre la inteligencia moral y la voluntad moral.

La eficacia del confesor en ayudar al penitente a formarse debidamente la conciencia dependerá, en gran manera, del grado de integración de la personalidad del confesor mismo y también de su comprensión de la necesidad de una actitud integrada. Debe educar al penitente para que busque en su vida una unidad de inteligencia, de voluntad y de corazón. Nunca podrá contentarse con proporcionar sólo un conocimiento de lo que se debe hacer. Debe más bien buscar una manera tal de infiltrar conocimiento, que la voluntad toque la scintilla animae, lo más profundo y

recóndito del corazón. Esto lo llevará a cabo ayudando al penitente a traducir la nueva información en términos personales, hallando aplicaciones de los valores propuestos a la vida diaria del penitente. Sólo así se sentirá el penitente atraído por esta verdad.

Principios básicos

Si el confesor desea que el penitente se forme debidamente la conciencia. él mismo debe dar testimonio del amor fundamental de Dios y del prójimo.

Una persona que no ama, sufre de una especie de ceguera espiritual. No puede ver ni apreciar la verdad básica de que todas las cosas reflejan el amor trinitario de Dios. El amor es la realidad mágica que devuelve la vista. El confesor que, falto de este amor, dirige a los penitentes podrá asemejarse a un ciego que guía a otro ciego.

Aunque uno conozca todas las soluciones casuísticas de los problemas teológicos, no podrá nunca aplicarlos eficazmente a la vida real si carece de amor. Podrá, sí, instruir la inteligencia de otros, pero no podrá ayudarles a formarse una conciencia en sentido pleno.

Si un confesor tiene una conciencia debidamente formada — término que implica la noción de

synteresis —, no sólo tendrá un juicio maduro en su propia vida cotidiana, sino que además

comunicará a los otros mediante su actitud integral la gran realidad del verdadero amor. Sintiéndose atraído por el bien en lo más íntimo de su ser, aportará al penitente la buena nueva del amor de Dios que todo lo abarca, de tal forma que éste sienta el gozo y la paz del sacramento y se sienta a la vez movido en lo más profundo de su ser.

La conciencia y el Evangelio

El confesor debe convencer al penitente de la necesidad de seguir buscando una más plena inteligencia de la vida religiosa y moral. Si uno sólo piensa en lo que debe hacer para evitar el pecado mortal, revela todavía una mentalidad de esclavo, de alguien que no ha alcanzado la libertad propia de la ley del Nuevo Testamento. No gozará de los frutos de la libertad hasta que aprenda el nuevo modo de vida contenido en el Evangelio. Este aprendizaje se refiere a mucho más que a reglas aisladas de casuística. Uno debe tratar de comprender cómo puede agradar a Dios. cómo puede expresar su fidelidad a la nueva ley, la ley total del amor de Dios y del prójimo, en todas las cosas, mediante todas las virtudes y mediante el cumplimiento de todos los mandamientos. En una palabra, debe tratar de comprender el sentido de la fe y sus exigencias.

Atención al kairos

San Pablo expresa en la carta a los Efesios una actitud fundamental de la conciencia cristiana: «Aprovechad bien el momento presente» (5, 16).

Para la formación de la conciencia no basta simplemente con conocer principios abstractos. Una virtud típicamente cristiana es la vigilancia y la atención a la oportunidad presente. Este concepto del kairos, de la hora de la gracia preparada por Dios, es uno de los más profundos conceptos bíblicos. Dios revela al cristiano las necesidades de los otros y le otorga dones especiales con que

aliviar estas necesidades. Pero sólo con vigilancia puede uno percibir la llamada y la exigencia del momento.

Cristo, en su propia vida, habló de su hora como no llegada todavía o como llegada ya. Con frecuencia exhortó a sus discípulos a estar vigilantes y prontos. La parábola de las vírgenes prudentes y de las necias es un llamamiento a esta vigilancia. Para la formación de la conciencia en el sentido más pleno se debe apreciar el hecho de que Dios ha preparado las presentes oportunidades para hacer el bien. Así pues, una conciencia cristiana significa una atención amorosa a las necesidades presentes de la comunidad y del prójimo.

Responsabilidad personal y comunitaria

La conciencia cristiana no implica una aplicación mecánica de reglas generales. Significa, por el contrario, que uno trata de percibir en lo más íntimo de su ser lo que actualmente quiere Dios de él en la comunidad de la Iglesia, en la familia, en la sociedad, en los contactos de persona a persona. Se cuenta con que su reacción sea una función de los dones individuales que le ha otorgado Dios. Todos los dones individuales son otorgados para el bien común, para la comunidad o para la vida común, para el logro en común de la salvación. Se puede decir que uno tiene una conciencia cristiana si enfoca sus problemas morales, y sobre todo su relación con sus prójimos, desde el punto de vista de los dones de Dios, dones que procura usar para el mayor provecho de la comunidad.

El quehacer constante del confesor debe consistir en educar al penitente para que viva conforme a su conciencia. La gran tentación de nuestros días es la de ceder ciega o instintivamente a las normas del ambiente, o al estilo de vida fomentado en la grande o en la pequeña pantalla. Hoy día, el cine y la televisión ejercen un influjo tremendo en muchos de nuestros jóvenes. Se enfrentan constantemente con el mundo del celuloide, que da la preferencia a la belleza y placeres del cuerpo. Y lo que todavía es peor: no pocos de estos héroes del celuloide representados por los actores son, o bien individuos violentos, o bien sencillamente amantes desaprensivos, y las cámaras se arreglan para captar únicamente los efectos cómicos de sus aventuras.

Hay, por tanto, apremiante necesidad de ayudar a las gentes a formarse una conciencia madura. La persona que tiene una conciencia cristiana bien formada experimenta la libertad de los hijos de Dios. Esta experiencia lo fortalece contra la mediocridad y el egocentrismo y la ayuda a defenderse para no caer víctima de los descarriados criterios del ambiente. Tal persona reconoce que su aportación a su ambiente servirá al bien común únicamente en tanto conserve su propia personalidad y viva en conformidad con su propia conciencia de cristianismo.

Signos de discernimiento

Todos los criterios de verdadera moralidad o de vida verdadera deben en definitiva reducirse a esto: «¡Aporto yo una contribución positiva a la vida común de la comunidad o de la sociedad en que vivo y a la Iglesia en general?» (Cf. 1 Cor 12; Ef 4; Gál 5, 19-24.)

Si el confesor desea ayudar a su penitente a formarse una conciencia cristiana, debe enseñarle a distinguir entre un amor egoísta y un amor de Dios y del prójimo que lo lleve a olvidarse de sí.

Sólo el que ama desinteresadamente buscará sinceramente la voluntad de Dios. Al crecer en el gozo de la fe y en el conocimiento de la revelación, buscará nuevos medios de dar expresión a este crecimiento en su vida cotidiana, sin arredrarse ante el sacrificio que esto le imponga.

Si la fe del penitente en la vida eterna le hace atento a las oportunidades presentes para la práctica de la virtud, entonces el penitente responde fielmente a la descripción del discípulo vigilante.

Su singularidad como persona se expresará en una atención más desarrollada y responsable al bien común.

Fe y oración

La formación cristiana de la conciencia está basada en el espíritu de fe. San Pablo escribe: Quod

non est ex fide, peccaturn est (Rom 14, 23). Estas palabras podríamos traducirlas así: «Todo lo

que no procede de la convicción de conciencia, es pecado.»

El juicio de conciencia debe brotar de las profundidades de la propia fe. De ahí que los cristianos deban ser gente de oración. Sólo aquel que busque habitualmente la guía de Dios mediante la oración conocerá exactamente lo que Dios quiere de ella: «Vigilad, pues, y orad.»

Sólo la oración puede hacernos sensibles a las posibilidades apostólicas de la situación presente. Para recibir ayuda y guía de arriba se requiere la oración. Ahora bien, la verdadera oración no se reduce a la mera repetición de fórmulas o a un culto tributado a Dios con los labios. En. la oración se medita sobre la admirable ley de nuestro Dios y sobre la buena nueva de Jesucristo. Una persona entregada a la meditación puede comprender la llamada de la fe en la vida. Por esta razón, una formación típicamente cristiana de la conciencia incluye un esfuerzo por profundizar la propia fe. Recordemos una vez más que no nos referimos a meros artículos abstractos de fe, que se pueden aprender de memoria, sino a una inteligencia real y gozosa de la fe. Gozosa, porque pertenece a la conciencia del hombre entero. Esto presupone la gran importancia de la reacción emocional, pero sólo como parte de una personalidad bien equilibrada. La emoción y la inteligencia llevan adelante el dinamismo engendrado por su mutuo contacto. Pero aisladamente, este dinamismo no tardará en extinguirse.

El que tiene verdadera conciencia no sólo comprende, sino que siente realmente su compromiso con Cristo, y guiado por la fuerza de esta convicción inicia un proceso de perpetua acción y reacción, en el que las convicciones inspiran acciones y las acciones fortalecen las convicciones. No es ninguna novedad decir cuán necesario es que el confesor sea un hombre de una pieza, que su vida de oración alimente su fe, su fe acreciente su gozo, su gozo sea tan desbordante que influya en la vida de su penitente y de rechazo le mueva a él. Dado que la palabra de la paz mesiánica debe ser comunicada al penitente con una cierta solemnidad, importa también que llegue al penitente inflamada por el calor de un corazón lleno de gozo.

Profundizar el sentido de la contrición

«Todavía no he alcanzado la perfección, sino que sigo corriendo por ver si alcanzo a Cristo Jesús, como él me ha alcanzado a mí» (Flp 3, 12).

Cuanto más se acerca uno a Dios, tanto más se hace cargo de sus muchas imperfecciones. La condición del hombre es la de un viajero que camina hacia un horizonte de perfección cada vez más alejado.

Nadie de nosotros puede asegurar que su conciencia esté perfectamente formada, ni siquiera un moralista con sus miles de páginas de principios y de casos. El conocimiento no garantiza la buena voluntad. Ni la buena voluntad puede tampoco sustituir el conocimiento.

Nuestra naturaleza suspira por la perfecta armonía entre inteligencia y voluntad. Cuando hay cisma entre estas dos facultades, se convierte uno en una especie de esquizofrénico espiritual. No se debe tardar en poner remedio a esta situación. En la práctica, el confesor debe urgir al penitente para que cada vez que haya oposición entre su inteligencia y su voluntad, cada vez que el penitente caiga por haber rehusado una gracia, recurra inmediatamente a un acto de contrición. Una verdadera formación de la conciencia implica este profundo sentido de contrición en un humilde encuentro con Jesucristo.

No poco se puede aprender acerca del penitente si el confesor le pregunta: «Cuando cometió usted estos pecados ¿pensó siempre en hacer un acto de contrición?» Nosotros mismos podemos estimularnos juntamente con los penitentes: «Si ponemos cuidado en hacer un acto de contrición, un acto de confianza en Dios después de cada caída, podemos estar seguros de encontrarnos en el cielo.»

El papa Juan, en su Diario, escribe en forma conmovedora acerca del inmediato recurso a la contrición. Decía que si, cuando había faltado a Dios en alguna manera, hacía rápidamente un acto de contrición, notaba que podía obrar con alegría como si hubiese recibido un beso de Jesús. Aparte de que esto está en conformidad con la mejor tradición de la espiritualidad de la Iglesia, es una de las expresiones más prácticas de la espiritualidad del papa Juan.