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EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Y LA ATMÓSFERA DIVINA

In document Häring.El sacramento de la reconciliacion (página 169-183)

El sacramento de la penitencia purifica a la Iglesia en sus miembros, haciéndola así más eficazmente la atmósfera divina en el mundo. La Iglesia misma es la atmósfera divina como comunidad de amor y como comunidad de culto. La Iglesia es un sacramento, un signo visible, eficaz, de la presencia del reino de Dios, un signo que nos impele a esperar la plena manifestación de su reino.

La Iglesia, como sacramento del reino de Dios, es semejante a una red de pesca con peces buenos y malos, o a un campo en el que crecen juntos la buena semilla, el trigo, y plantas venenosas. La Iglesia peregrinante, dice el concilio Vaticano II, es consciente de la constante necesidad que tiene de purificación. El sacramento de la penitencia, en un sentido muy especial, mantiene a los miembros de la Iglesia entera conscientes de su necesidad de continua purificación, conscientes de la necesidad de luchar durante el tiempo escatológico de la separación.

Proclamación del kairos

El sacramento de la penitencia puede compararse a una proclamación del kairos, de la oportunidad presente. Donde se pronuncia la palabra de Dios, hay una oportunidad de gracia, de purificación o de crecimiento, una oportunidad de constante conversión. El sacramento de la penitencia proclama no sólo una oportunidad oculta de una realidad invisible; proclama la oportunidad presente para este hombre concreto que vive en esta sociedad, en este contorno, que representa a la Iglesia entera, la cual vive en las realidades positivas de cultura y de sociedad y se enfrenta con las fuerzas peligrosas de este mundo. El sacerdote confesor que celebra el sacramento y proclama la presente oportunidad de conversión, deberá conocer la historia de la salvación y la presente oportunidad que se ofrece dentro de ella. Debe hacerse cargo de que la historia de la salvación no está fuera de la historia humana, sino que en gran manera forma parte de ella.

El confesor debe conocer, por lo menos en sus líneas generales, las condiciones sociológicas en que se halla el penitente. ¿Cuáles son las oportunidades, las fuerzas positivas en su contorno? ¿Cuáles son en la parroquia, que es idealmente una representación de la Iglesia entera, del ambiente divino, aunque con frecuencia, desgraciadamente, se asimila no poco del mundo

medios de comunicación (televisión, prensa, cinematógrafo) — que influyen en él? Para un cristiano, las presentes oportunidades de convertirse, de cambiar de vida no pueden concebirse en términos abstractos, como una mera reforma interior, o como una buena intención. Debe insertar esta buena intención en el mundo real, que es una parte del hombre. Con todos sus pensamientos y deseos, está relacionado con ese mundo y con sus posibilidades, buenas y malas. El es parte de su contorno, y esto presenta al sacerdote. La Iglesia debe entonces proclamar el tiempo de la salvación, el tiempo favorable, la gran posibilidad, pero en forma realista, sabiendo que si uno no aprovecha la presente oportunidad al máximo, puede sucumbir a los males de su día (cf. Ef 5, 16; Col 4, 5-6).

En este tiempo de separación

El resumen de la predicación del Señor presentada en el Evangelio de san Marcos (1, 14ss) revela que Nuestro Señor comenzó a proclamar la buena nueva: «Se ha cumplido el tiempo, el reino de Dios está cerca.» ¿Qué entiende por el reino de Dios? Sencillamente que el hombre se deja conducir por el amor y la gracia de Dios. Dios mismo es el que dirige, pero no mediante intimidación, sino por su amor misericordioso que se hizo visible en su Hijo unigénito hecho hombre, por el corazón abierto del Redentor, por la Iglesia en cuanto comunidad de amor. Se acepta el reino de Dios cuando, en lugar de preguntar «¿Hasta dónde puedo llegar sin pecar mortalmente?», se dice «¿Cómo podré pagar a Dios todo lo que me ha dado?». Para ello debemos conocer los grandes dones de Dios.

El confesor proclama los dones presentes de Dios, dones de conversión, en el sacramento de la penitencia. Aquí quisiera recomendar el solemne rito de la penitencia, tal como se halla en el

Pontificale Romanum. En esta liturgia solemne de reconciliación, la Iglesia expone al penitente

los aspectos sociales del pecado. Nuestros pecados inficionan el ambiente, disminuyen la fuerza y el testimonio de la atmósfera divina de la Iglesia y así intensifican las fuerzas del príncipe de las tinieblas. Todos los pecados perjudican a la consumación social de la salvación. El reino de

Dios es el gran Estado mundial bajo el único régimen del amor. Es un llamamiento que reúne,

que aúna. El obispo, en la primera parte del rito (exclusión del pecador de la comunidad del altar) muestra a los penitentes que no son dignos de estar alrededor del altar y de recibir el gran signo del Cuerpo místico, el signo de la eucaristía. Por sus pecados han menoscabado notablemente la unidad de los cristianos, la atmósfera divina, el altar. Por esto, deben mantenerse alejados durante el tiempo de penitencia, de modo que se hagan más cargo de que sus pecados son perjudiciales para la comunidad. Tienen que convertirse y luego contribuir a la edificación del Cuerpo místico. Este rito, en todas sus oraciones, himnos y en la reconciliación pública, muestra el gozo que hay en el cielo y en la Iglesia entera por estos miembros que se han reconciliado y que ya no son perjudiciales, peligrosos o contagiosos. Han regresado, se han reunido en torno al altar, el gran signo de la unidad. Ahora están purificados y son dignos de construir, de expiar con la penitencia y con una nueva vida.

Pecados que contaminan el ambiente

Cristo dice que donde dos o tres están reunidos en su nombre, se halla él en medio de ellos. La fraternidad cristiana transmite el llamamiento unitivo del amor de Cristo. Donde los hombres responden a este llamamiento y se reúnen en el amor, sienten la presencia de Cristo. Hacen a Cristo visible mediante su amor mutuo. Hay pecados que expulsan a Cristo, de modo que en una

comunidad no hay ya testimonio de la presencia de Cristo, de su amor. Ya no se puede decir de esa comunidad: «Mirad cómo se aman, cómo muestran que son discípulos de Cristo, cómo está Cristo en medio de ellos.»

San Pablo habla de los pecados de la carne, del sarx, de una existencia egocéntrica, concentrada en sí misma. Es interesante ver que la mayor parte de los pecados que menciona el apóstol son pecados que destruyen directamente la atmósfera divina, el ambiente de caridad que hace presente a Cristo. «Ahora bien, las obras de la carne están patentes, a saber: lujuria, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, animosidades, rivalidades, partidos, sectas, envidias, borracheras, orgías, y cosas semejantes a éstas» (Gál 5, 19-20).

El pecado de sarx es verdadero egocentrismo, en el que el pecador se busca a sí mismo sin reservas. En la fornicación busca uno sus propios intereses y abusa de otra persona, destruyendo la semejanza de Cristo en sí mismo y en el otro, y edificando juntamente una atmósfera de tinieblas. Podrá decir «te amo», pero en realidad lo único que pretende es explotar a la otra persona para su propio placer; así no hay comunidad de amor, no hay presencia de Cristo. Los dos vienen a ser, sí, una carne, pero en forma egocéntrica. Todos los pecados de impureza, de impudicia y de malas conversaciones sustraen gloria a Dios entre esas gentes.

En el centro de este catálogo de actitudes egocéntricas vemos algunas que destruyen la atmósfera divina, destruyendo propiamente el testimonio de Cristo que se halla en medio de ellos. Los cristianos hacen esto criticando indebidamente a sus superiores, a sus colegas y a sus semejantes en general, poniendo de manifiesto un espíritu de discordia entre aquellos con quienes tienen que vivir y dar testimonio de la presencia de Cristo. Es muy sabido con qué energía el papa Pablo amonestó a las instituciones y colegios eclesiásticos en su alocución en la universidad de Letrán el año 1963. Severamente exhortó a evitar las competencias y rivalidades que se habían mostrado en el pasado.

San Pablo habla de esto cuando dice: «Algunos proclaman a Cristo por envidia y rivalidad» (Flp 1, 15), y así no manifiestan la atmósfera divina, la unidad del cuerpo de Cristo. Con la envidia no persigue uno el bien de los otros o de la comunidad, sino únicamente la idea egoísta que él tiene de la vida.

Ambiciones egoístas

Grandes pecados se cometen por miembros del clero, que consideran el sacramento de la

diakonia, el ministerio, como un medio de elevarse a una clase social más alta, o de incrementar

su prestigio y su poder. Buscando tales ventajas para sí mismos, dan ocasionalmente lugar a disensiones, a intrigas de partido y cosas semejantes. Fijémonos en un monasterio: de suyo debería ser un verdadero testigo de Cristo, un verdadero signo visible de unidad y caridad que fomentara la santidad de cada uno. Pero si en él hay facciones, disensiones e intrigas de partido, el esfuerzo común por aspirar a la santidad quedará oscurecido por un deseo de suplantar al otro partido. Quienquiera que contemple este espectáculo no tendrá la sensación de que Cristo está en medio de ellos. Tales personas expulsan a Cristo de su comunidad, negándose a experimentar su presencia y su proximidad mediante la comunión de espíritus que crea el sentido comunitario. No dan testimonio de la presencia graciosa de Cristo.

Lo mismo puede suceder con el apostolado seglar en la parroquia. En las fábricas, en el vecindario, en el Estado, en los Sindicatos es donde los cristianos, con envidias y rivalidades, actúan unos contra otros. Otra cosa sucedería si sus diferencias fueran en realidad diferentes enfoques para llegar a una solución más elevada y mejor, un verdadero y fructuoso diálogo o compromiso; en cambio, cada uno quiere afirmar su propia posición. Tales seglares no dan testimonio de la atmósfera divina, de la presencia de Cristo.

Las francachelas y reuniones en que abunda el alcohol y brilla por su ausencia el autodominio y el respeto mutuo, no contribuyen ciertamente a crear un ambiente que dé testimonio de la presencia del Señor crucificado. La actitud del sacerdote que ha renunciado al matrimonio y luego trata de disfrutar todo lo que puede de la vida, es completamente desordenada. El exceso en fumar y beber, el entregarse a la comida y al sueño, el disfrutar de la vida desempeñando los ministerios en una atmósfera de campo de golf, todas estas actividades no contribuyen lo más mínimo a crear una atmósfera divina; no edifican el cuerpo místico; no dan testimonio del misterio pascual. Aquí falta la fuerza redentora y unificadora del olvido de sí, que conduce al verdadero gozo cristiano.

La atmósfera divina se presenta en forma positiva en la misma epístola de san Pablo cuando dice: «No nos hagamos vanidosos, provocándonos recíprocamente y envidiándonos unos a otros. Hermanos, aun en el caso de que alguno fuera sorprendido en alguna falta, vosotros los espirituales, con espíritu de mansedumbre, procurad que se levante, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado» (Gál 5, 26-6, 1). En la corrección fraterna hay un elemento sacrificial. Creo que es una gran tentación para el indolente la de decir: «Ya se arreglará.» Cristo está entre nosotros si tenemos valor para corregimos unos a otros con amabilidad. Es evidente que esto no se ha de hacer con «arrebatos de furor» (Gál 5, 20), sino con toda amabilidad sacando fuerzas del amor.

Y san Pablo continúa: «Llevad cada uno las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo» (Gál 6, 2). Esta es la ley de Cristo: solidaridad, esfuerzo común por purificar el ambiente. Se requiere un esfuerzo en común y plenamente solidario para crear un ambiente que testimonie a todos que Cristo está entre nosotros, que Cristo está en nuestros corazones y que nosotros estamos reunidos en su nombre y nos apoyamos unos a otros pacientemente.

Hay pecados que tienden muy directamente a destruir la atmósfera de verdad y caridad divina. San Pablo muestra la raíz y fuente del pecado: «Habiendo conocido a Dios, no le dieron gloria como a tal Dios ni le mostraron gratitud; antes se extraviaron en sus varios razonamientos, y su insensato corazón quedó en tinieblas» (Rom 1, 21). El pecador busca su propia gloria. San Pablo cataloga los pecados que destruyen la unidad y dignidad de la humanidad, y añade: «No sólo hacen ellos mismos tales cosas, sino que hasta aplauden a quienes las practican» (Rom 1, 32). La situación se hace más grave si uno, no contento con testimoniar contra la ley de Dios con sus actos pecaminosos, aplaude también tales prácticas.

Nosotros debemos conocer el ambiente social al que servimos si hemos de ser sensibles a las situaciones y circunstancias que aplauden prácticas pecaminosas. Se han llevado a cabo diferentes estudios sociológicos empíricos que se extienden a ciertos aspectos de nuestra moralidad cristiana. Se ha comprobado que en Europa y en los Estados Unidos, aun entre

quienes frecuentan regularmente la misa, el petting (véase más arriba, cap. XVII) y experiencias sexuales completas antes del matrimonio, son tenidas por algunos por experiencias humanas lícitas y necesarias. Y no sólo lo afirman de sí mismos, sino que lo predican en público.

Puede darse que tales opiniones se proclamen sólo como algo aceptado por otros, sin que necesariamente expresen profundas convicciones personales. Un ejemplo servirá para ilustrar este punto: En una pequeña ciudad había una sección de una organización nacional de seglares que trataba de mejorar las costumbres en todo el país y hablaba de buenas prácticas entre los jóvenes no casados, insistiendo en la necesidad y posibilidad de la pureza antes del matrimonio. Un funcionario de la organización dirigió la palabra a unas doscientas personas, la mayoría jóvenes. Después de su discurso, se levantó el hijo del granjero más importante y fondista de la ciudad y dijo: «Todo eso son tonterías. Cada uno de los aquí presentes ha tenido relaciones por lo menos con diez muchachas diferentes, y eso es necesario antes de que uno pueda elegir su compañera.» Ni uno solo se levantó para contradecirle. Nadie dio testimonio. Había muchos muchachos y muchachas que no compartían sus ideas, pero el joven en cuestión era tenido por un líder. Los asistentes no querían causar mala impresión. Cinco meses después el mismo joven se casó por la Iglesia con una liturgia muy solemne, sin haber dado pública reparación por un pecado que de tal manera había envenenado el ambiente. La noche misma de la boda la pasó con otra mujer. Con todo, nadie en la comunidad le dio una respuesta valiente. Sin embargo, hubieran debido dejar sentado bien claro que aquel muchacho y otros como él no tenían nada de cristianos.

Contaminación ambiental

Contribuir a crear una opinión pública contraria a la justicia social o a la integración racial es un pecado que envenena el ambiente. Si un párroco aconseja a los fieles que no vendan casas a gentes de color porque la llegada de familias de color depreciará la propiedad parroquial y hará bajar el nivel de la parroquia, nos hallamos con un caso de este tipo. Quienquiera que piense de esta manera o trate de inducir a otros a pensar como él fomentará una neurosis racial. Los fieles que reciban tales consejos mirarán muy probablemente con recelo la perspectiva de vivir con familias de color en el vecindario y así, tan luego llegue una de esas familias, se verán dominados de pánico. Esta es una forma de contaminar el ambiente. Tal sacerdote habría ciertamente pecado contra la misión de la Iglesia considerada como un medio ambiente divino. La actitud verdaderamente cristiana habría sido ésta: «Si viene a nuestra parroquia gente de color, tenemos la obligación de darles la bienvenida y de mostrarles que somos una comunidad de amor, recibiéndolos como recibiríamos a Cristo mismo. Nos sentiremos dichosos al testimoniar en favor de nuestro Padre celestial y del único Señor Jesucristo que redimió a todos.» Los que defienden la injusticia social y prácticas comerciales reprobables, y quizás hasta las aplauden, envenenan todo el ambiente de nuestra vida económica y social. Lo mismo se diga de los que propagan ideas de control egoísta de la natalidad — uno o dos hijos nada más—; de los que dicen: «Indonesia y el Japón están superpoblados, por eso en los Estados Unidos nadie debería tener una familia numerosa»; o de los que dicen que no importa la forma cómo se limite el número de los hijos, que el fin justifica los medios, etc. Afirmaciones como éstas envenenan el ambiente y perjudican directamente a la atmósfera divina de la Iglesia, que en todas partes debe dar testimonio del valor del niño y de toda persona, de la alianza de amor y del matrimonio.

La purificación del ambiente

El signo visible y la meta visible del sacramento de la penitencia es la unidad del pueblo de Dios. (Res et sacramentum paenitentiae est untas populi fidelium. Esta es una fórmula escolástica que revela toda una tradición.) El sacramento de la penitencia manifiesta, y tiene como su gracia primaria y más eficaz, la unidad del pueblo de Dios. Su objetivo es edificar una comunidad que haga visible la presencia de Cristo. Por esto todos los actos, tanto del penitente como del confesor, deben estar orientados a este ambiente. El examen de conciencia y la confesión de los pecados han de estar orientados explícitamente a su ambiente, hacia esas cosas que destruyen y corrompen el ambiente de la Iglesia, que envenenan y contaminan el ambiente humano en la vida social, cultural y económica.

Tal sucede cuando se ha enseñado a los fieles a ver todos los actos, deseos y palabras a la luz del gran mandamiento del amor fraterno. No sólo amor de una persona a otra, sino amor fraterno como factor de la edificación de la comunidad de verdadero amor. Los opúsculos que ayudan a los fieles a hacer el examen de conciencia, la predicación sobre el sacramento de la penitencia, la exhortación y la ayuda prestada en el mismo sacramento: todo esto sirve para robustecer la conciencia tocante a la responsabilidad hacia el ambiente.

Hoy día, la conciencia cristiana debe hacerse plenamente cargo de que vivimos en una sociedad pluralista, privada de valores cristianos; no es posible evitar sin más el ambiente envenenado del mundo. Con otras palabras: no puede liberarse de la solidaridad con el egocentrismo del primer Adán, a menos que escoja explícitamente la atmósfera divina del amor, de la solidaridad con Cristo y con todos en Cristo.

Este gran principio pastoral podría descubrir por qué muchos pecados, especialmente cuando se siguen servilmente las normas de este ambiente envenenado, con frecuencia no están exentos de culpa.

El pecador parecía no ser libre y ni siquiera deseaba serlo, porque no había puesto verdadero empeño en dar testimonio de su solidaridad con Cristo, en iluminar su ambiente. Nuestra élite social debería hacer un examen de conciencia sobre su gran responsabilidad. En la sociedad

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