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SACRAMENTO DE CONVERSIÓN Y CRECIMIENTO

In document Häring.El sacramento de la reconciliacion (página 183-190)

El bautismo es el gran sacramento de conversión. Por la fe y el bautismo somos convertidos por Dios mismo de las tinieblas de la incredulidad a la luz del pueblo elegido de Dios. En el bautismo da la persona el gran paso de la vida a la muerte, de una existencia sin vida divina, a la gracia, a la vida en Cristo Jesús.

Debemos pensar que normalmente la persona bautizada permanece en la vida de Cristo. Debería considerarse como anormal e infrecuente que un cristiano bautizado, sellado con la sangre del

Redentor, volviera a la vida de las tinieblas. Pero aun después del bautismo tiene el cristiano necesidad de una plena transfusión de nueva vida. Debe hacer un esfuerzo constante para desarraigar todas las consecuencias de la vieja actitud egoísta y contrarrestar con el debido antídoto los efectos nocivos del ambiente y colectivismo satánico. Todo el que después del bautismo recae en la muerte del pecado mortal puede todavía recibir «un segundo bautismo» (término usado por el concilio de Trento para hablar del sacramento de la penitencia), no de un bautismo como el primero, sino de un bautismo que invita a la penitencia y satisfacción. Ha de servir de despertador pensar que es horrible que una persona que ha gustado la bondad del Señor y el verdadero significado de la vida en Cristo, vuelva a las tinieblas de los días anteriores al bautismo.

En la vida cristiana normal, el sacramento de la penitencia no es un sacramento de conversión de la muerte a la vida o una primera conversión reiterada. La entera tradición de Oriente y de Occidente llama al bautismo la conversión primera. San Justino lo llama el «baño de conversión». Para los que han pecado mortalmente, el sacramento de la penitencia es el sacramento de la primera conversión reiterada. Para el cristiano que vive en gracia, el sacramento de la penitencia es el sacramento de la segunda conversión, que significa una conversión continuada, un signo de crecimiento en la vida del amor de Dios, signo de una resistencia más decisiva contra el egocentrismo y el pecado. En este caso, cuando se trata de un sacramento de conversión continuada, lo llamamos sacramento de devoción. «Confesión de devoción» no es una expresión adecuada; yo prefiero decir «conversión continuada». Hay diferencia entre las dos, y esta última tiene raíces más profundas en la tradición, remontándose hasta los primeros días de la Iglesia.

Necesidad de crecimiento

Donde hay vida tiene que haber crecimiento. Si uno comienza a resistir a la ley del crecimiento o se niega a seguir creciendo, se condena a sí mismo a la muerte. El tiempo presente, que comprende parte del período entre la primera y la segunda venida de Cristo, es un tiempo de esperanza y de crecimiento. La esperanza significa suspirar por la venida de Cristo, por su victoria en la batalla decisiva contra Satán, el cual combate «en la convicción de que su tiempo es limitado» (Ap 12, 12). Por esto, el cristiano obra en la convicción de que sólo una firme resistencia en esta batalla contra las asechanzas de Satán mismo, contra las tinieblas del ambiente y contra la esencia misma del egocentrismo, lo mantendrá en vida y le ayudará a crecer.

En esta conversión continuada debemos crecer en:

1) El examen de la conciencia. Nuestros ojos deben despejarse con el arrepentimiento y un conocimiento más profundo de Cristo, con un conocimiento más profundo de los fundamentos de una verdadera vida cristiana. El penitente no debe examinar sólo sus pecados contra el decálogo, sino que ante todo debe mirar a la apremiante realidad de la gracia, a la ley proclamada en el sermón de la montaña. Al comparar su vida presente con esta ley de fe, no sólo examina sus acciones, sino que escudriña sus más profundos deseos y motivos de obrar. Nadie se conoce perfectamente; quien así piense será fariseo, una persona muy necesitada de conversión. Los que hacen progresos, por lo regular comienzan su carrera dirigiendo una mirada objetiva a sí mismos, procurando alcanzar su conocimiento más profundo de su propio corazón. Se requiere humildad

para entregarse a una crítica de uno mismo, pero ésta ha de hacerse bajo la mirada misericordiosa del Señor.

2) Un segundo aspecto de este continuado crecimiento y conversión es el crecimiento en sinceridad ante Dios y ante los hombres. El apóstol Santiago exhorta a los cristianos: «Confesaos, pues, los pecados unos a otros; orad unos por otros» (Sant 5, 16). «No os quejéis, hermanos, unos de otros, para no ser juzgados» (5, 9). Uno que no confiesa sinceramente ante los ojos de Dios «soy pecador», es ciego y está en las tinieblas. Y san Juan añade: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros» (1 Jn 1, 8). El mismo apóstol asegura que el que ha sido regenerado en Cristo no peca: «Quien ha nacido de Dios, no peca, porque su germen permanece en él» (1 Jn 3, 9). Esto quiere decir que no vuelve a recaer en pecado mortal. Ahora bien, todo el que crece en la vida divina y en el amor de Dios es cada vez más consciente de profundo egocentrismo y lucha denodadamente contra los bajos instintos de la naturaleza inferior desarreglada. Así confiesa delante de Dios no sólo que ha hecho esto o aquello, sino también: «Soy pecador. Porque mi corazón no está todavía suficientemente purificado, por eso cometo esos pecados sin darme cuenta de lo que estoy haciendo.» Pero si uno se confiesa delante de Dios, debe también confesarse delante de su prójimo al que ve. Esto significa especialmente que debemos confesar nuestras faltas a aquellos a quienes hemos ofendido; debemos confesarles que hemos procedido mal.

Ir a confesarnos cada semana será una especie de fariseísmo si no nos «confesamos» a los que hemos lastimado con nuestros desmanes, si todavía pretendemos que nuestra rivalidad es puro celo del reino de Dios. Debemos reconocer cuán radicalmente somos todavía pecadores. Algo tenemos que cambiar en nosotros. Nos confesamos al Dios todopoderoso en presencia de los santos, de los ángeles y de la Iglesia. Nos confesamos a la Iglesia. La prontitud para ir a confesarnos y el empeño por confesarnos más humildemente delante de Dios y delante de nuestro prójimo son signos de la constante conversión, signos de crecimiento.

La ley general que puede urgir el confesor como obligatoria para todos es únicamente la de confesar los pecados mortales. Puede haber razones especiales de abandonar esta norma; por ejemplo, a una persona escrupulosa se la puede a veces retraer de entrar en demasiadas enumeraciones, si no se le prohíbe efectivamente confesarse con frecuencia. Pero si no hay razones especiales, lo normal es que el amor de Cristo nos impela a hacer una confesión cada vez más profunda, más humilde y más aceptable.

Esta confesión debemos hacerla no sólo delante de Dios, sino también delante del pueblo de Dios. Tal es la ley del crecimiento en la penitencia. Los que salen de una profunda oscuridad están sujetos a las leyes ópticas de «adaptación a la luz»; no están abiertos de manera tan perfecta a la gracia, que ésta pueda disipar completamente su ceguera. Todavía no están dispuestos para una penitencia completa, una plena reparación y satisfacción. Es señal de crecimiento, señal de que se va avanzando más y más en el camino de la conversión, cuando una persona reconoce la necesidad de hacer más penitencia, la necesidad de una conversión más profunda en pensamientos. palabras y obras.

La segunda conversión

Sería un error afirmar que el sacramento de la penitencia es el único medio de promover y atestiguar una conversión continuada. El concilio de Trento dice claramente que hay diferentes medios disponibles y que se han de elegir con libertad. Los pecados veniales se pueden perdonar de muchas maneras, incluso sin confesión y absolución sacramental. El mejor coronamiento del perdón puede lograrse mediante la humilde y frecuente recepción de la comunión, que nos purifica de nuestros defectos cotidianos. Mediante la amorosa conversación con el Señor se expulsa del alma esa flojedad que es la fuente de la mayoría de nuestros pecados veniales. La eucaristía fue instituida sobre todo — enseña el concilio de Trento — como alimento espiritual para la unión de amor con Cristo y con los miembros de su cuerpo. Pero, dado que esta unidad se lleva a cabo mediante el amor, cuyo fervor nos proporciona no sólo el perdón de culpa y pena, sino también la transformación interna, consiguientemente obtenemos el perdón del pecado y la conversión más y más profunda en la medida en que aumenta el fervor de nuestra devoción. Un fervor creciente de devoción exige crecimiento en el espíritu de penitencia. Si falta el espíritu de penitencia, si falta fervor en este empeño por lograr una purificación cada vez más profunda, y si uno es descuidado tocante a sus pecados veniales, no sólo disminuye la eficacia de la eucaristía en cuanto a borrar los pecados veniales, sino que disminuye el fruto de todos los sacramentos de vivos, y todos los medios de salvación pierden algo de su eficacia.

No se puede afirmar que la recepción del sacramento de la penitencia sea absolutamente necesaria para los que no tienen pecados mortales. Sin embargo, habrá que entender que la confesión de los pecados mortales es el mínimum exigido por la ley, que obliga bajo pena de pérdida de la vida eterna. La vida eterna de uno depende de la confesión de sus pecados mortales ciertos. Hay que confesarlos por lo menos en el próximo tiempo pascual, a fin de poder cumplir el precepto de la comunión. La conversión, sin embargo, no debe diferirse hasta la próxima pascua. Hay que convertirse inmediatamente. Hay que hacer todo lo necesario para convertirse, ya que no hay mayor mal en la vida que el de permanecer, aunque sea poco tiempo, en las tinieblas del pecado mortal.

Quien por desprecio rechace los medios más eficaces ofrecidos por el Señor, no logrará una conversión efectiva. Sin embargo, nadie tiene absoluta obligación de confesarse lo antes posible cuando ha pecado mortalmente. No obstante, debe hacer todo lo posible por recobrar la amistad de Dios mediante un acto de perfecta contrición, y esto lo antes posible. Aún así, no es infrecuente hallar personas que no recobran la paz del corazón hasta que reciben el sacramento de la penitencia.

Para todo cristiano bajo la ley de gracia es de la mayor importancia enfocar la vida cristiana en su totalidad. Salta a la vista que en este tiempo, en el que se desarrollan más claramente tanto la doctrina como la práctica, no puede uno negarse a recibir el sacramento sin disminuir sus posibilidades de continuo crecimiento y de continua conversión.

Según la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, mediante la piedad eucarística es como principalmente se alcanza una creciente conciencia de la santidad de Dios y se obtiene el santo temor de Dios. El cristiano sólo puede experimentar el gozo pascual mediante el contacto con el Dios todo santidad. Debe sentir la necesidad de purificación como el profeta Isaías, que no tenía

pecado mortal cuando vio el misterio de la santidad de Dios y gritó: «Soy hombre perdido... Tengo que morir, porque he visto al Dios del universo, yo que soy un hombre de labios impuros y que vivo en medio de pecadores» (Is 6, 1-5). Luego fue purificado por el fuego salido del altar del Altísimo. Así, si un católico desea crecer en la piedad eucarística, sentirá también la necesidad de conversión que viene del fuego mismo del amor, del altar, de la cruz del Señor. Así recibirá con gratitud el sacramento de la penitencia como signo de continua conversión.

La confesión, como signo de la continua conversión, lleva consigo la bendición de la primera bienaventuranza: «Bienaventurados los que saben que son pobres, porque en ellos está el reino de Dios.» «Conocer que somos pobres pecadores», como las otras palabras, «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados», se aplican convenientemente a la recepción del sacramento de la penitencia. Con razón afirmó el concilio de Trento que a veces los que reciben el sacramento con fervor experimentan un gozo y consuelo extraordinarios. Dios mismo amplia el consuelo de las bienaventuranzas para atraernos al altar con un temor más filial, con la experiencia de la beatitud de Dios.

Dirección espiritual

El sacramento de la continua conversión es un servicio, y el sacerdote, al aplicarse a este ministerio de la Iglesia, debería considerar su papel correlativo de director o guía espiritual del penitente. No debería proceder como si se tratase simplemente de dar la absolución. Si las gentes reciben el sacramento como signo de continua conversión, es que desean la ayuda especial de la Iglesia para su crecimiento. El confesor debe ayudar al penitente a conocer más y mejor su conciencia, de modo que logre llevar una vida cristiana integrada más maduramente en el amor de Dios y del prójimo.

La dirección espiritual no debería mirarse como un servicio accesorio destinado a unos pocos; la tradición espiritual la recomienda en gran manera como una finalidad especial de la confesión, no como algo artificial y arbitrario. Debe versar sobre el núcleo de las dificultades, ocupándose con los problemas reales de la vida. Tal es el quehacer del director espiritual.

Recepción frecuente del sacramento de la penitencia

Las prácticas que están dejadas por principio a la libertad del individuo, no deberían inculcarse por vía de corrección y discriminación; sólo un mínimum necesario puede ser urgido por la autoridad humana. Si uno es consciente de haber cometido pecado mortal, entonces se le pueden hacer notar los peligros a que se expone si se niega a confesarse. Pero un párroco no debería nunca inducir a los fieles a la frecuencia de la confesión o de la comunión tronando o fulminando censuras contra el penitente. El único procedimiento viable consiste en celebrar el misterio o el sacramento de la penitencia gozosamente, de modo que todos se sientan invitados a recibirlo. Debemos predicar la buena nueva, los valores, la invitación del Señor por medio de este sacramento. Deberíamos hacer sentir a los fieles que lo que los obliga no es una ley externa, sino el apremiante amor de Cristo, el deseo de crecer en santidad.

El confesor mismo puede exhortar al penitente, como lo haría un amigo, a responder más a menudo a la invitación de Cristo. En todo caso, debe evitar reprender al penitente si deja de

acudir con frecuencia. Lo que hacen falta son cristianos maduros, que obren con libertad, no bajo presión.

Frecuencia de la comunión

La mayoría de los cristianos practicantes reciben el sacramento de la continua conversión por lo menos en cada tiempo pascual. La ley de la Iglesia universal no nos obliga a confesarnos por pascua; sólo nos obliga a comulgar. Sólo surge la obligación de la confesión en el tiempo pascual si se tienen pecados mortales — sólo así se puede cumplir con el precepto de la comunión pascual —, aunque creemos que los buenos cristianos no tienen dificultad en recibir el sacramento de la penitencia en este tiempo, aun sin estar estrictamente obligados a hacerlo.

Algunos pueden engañarse pensando que no habiendo cometido pecados mortales, no necesitan la confesión anual. Es posible pasar la vida en estado de gracia, pero convendría pensar más en la necesidad de mayores esfuerzos y la necesidad de la acción purificadora del Señor. El episcopado francés, en su directorio pastoral sobre la administración del sacramento de la penitencia (n. 45) dice: «Aunque no se requiere confesar los pecados veniales cada vez que se ha de recibir la comunión, sin embargo, la recepción frecuente de la sagrada comunión nos invita a la correspondiente frecuencia del sacramento de la penitencia, que nos sirve especialmente para obtener la verdadera pureza de conciencia.»

El pretexto de que la práctica presente de la confesión de devoción es contraria a la práctica de la primitiva Iglesia, como lo muestran los estudios sobre la historia de la penitencia, es a mi parecer absurdo. La Iglesia primitiva hizo mucho más de lo que hacemos nosotros para mantener el elevado ideal y un espíritu vivo de penitencia entre todos los fieles. Si alguien pretende que la Iglesia primitiva no hacía esto, no tiene más que unirse a la Iglesia primitiva en sus penitencias. Conviene tener presente que hay un aspecto del desarrollo del sacramento de la penitencia que se pasa por alto con frecuencia. Este desarrollo forma parte del desarrollo del rico tesoro de la fe, no sólo al nivel de la doctrina, sino también al de la disciplina y de la práctica.

Los sacerdotes deben recibir con frecuencia este sacramento con vistas a su celebración diaria del misterio de la santidad de Dios, la eucaristía. En el Código de derecho canónico no hay una definición exacta de lo que se entiende por «frecuentemente»; no hay ninguna ley acerca de la confesión semanal. Mi experiencia en muchas regiones me ha mostrado que los buenos sacerdotes se confiesan una o dos veces al mes, o cada semana. Si viven a grandes distancias, lo hacen una vez al mes, pero entonces lo hacen más en serio. La legislación actual obliga a los religiosos generalmente a confesarse cada semana; esto es una indicación del Código, como también una regla de la respectiva congregación u orden; pero, a mi parecer, no es una ley que obligue bajo pecado. Es un ideal al que debemos aspirar si no hay razones especiales que lo disuadan. El confesor puede — y a veces debe — aconsejar a religiosos escrupulosos que es mejor para ellos que sólo se confiesan una vez al mes o incluso con menos frecuencia. Puede también recomendarse que sólo confiesen uno o dos pecados, y en todo caso aquellos de que quieran realmente corregirse o enmendarse.

La cuestión más importante no es la de la frecuencia con que hay que confesarse, sino la de cómo debemos confesarnos. Si después de cada pecado hacemos un acto de dolor y de confianza

en Dios en vista de los signos de su gran misericordia, estaremos mejor preparados a la hora del sacramento de la penitencia. Es más provechoso ir a confesarse dos veces al mes y entonces hacer una confesión verdaderamente seria con perfecta preparación, con un buen propósito de enmienda, que hacerlo cada día o cada semana con menos seriedad y preparación. De suyo no es peligroso la frecuencia del sacramento, pero tenderemos a la rutina si lo hacemos tan superficialmente. Debemos poner empeño en celebrar el sacramento como un encuentro real con el Señor Resucitado, un encuentro con el Señor en su pasión, un encuentro con el Señor que ha de venir para ser nuestro juez.

Acerca de la confesión general se hallará una exposición más completa en La Ley de Cristo I, p. 533ss. Es lástima que muchos sacerdotes, especialmente los que predican misiones, hayan dado a veces la impresión de que la mayor parte de las confesiones son indignas o inválidas y por consiguiente la mayoría de los fieles deben hacer confesión general. Hay que hacer notar con toda claridad que Dios dio este sacramento de misericordia en tal forma que quienquiera que

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