BERNARD HARING
SHALOM
El sacramento
PAZ
BERNARD HARING
SHALOM: PAZ
El sacramento de la reconciliación
BARCELONA EDITORIAL HERDER1970
Versión castellana de Alejandro Esteban Lator Ros, de la obra de
BERNARD HARING, Shalom: Peace, Farrar, Straus and Giroux, Nueva York 1967 IMPRIMASE: Barcelona, 16 de diciembre 1968
José Capmany, vicario episcopal © Bernard Haring, 1967-1968
© Editorial Herder S.A., Provenza 388, Barcelona 13 (España) 1970 ES PROPIEDAD DEPÓSITO LEGAL: B, 743-1970 PRINTED IN SPAIN
Contenido
Contenido...3
INTRODUCCIÓN...9
I. LA BUENA NUEVA DE LA PAZ MESIÁNICA...11
Encuentro con el Señor...11
Poder de la alegría...12
Mensajero del amor de Cristo...12
Pacificador por el Espíritu Santo...13
«A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados»...14
Liturgia de la paz mesiánica...15
Pregoneros de la palabra de Dios...15
La hora de la gracia...17
Gozosa respuesta positiva...17
«Creed en el Evangelio»...17
II. ENCUENTRO PERSONAL CON EL SEÑOR EN LA IGLESIA...19
Cargas compartidas...20
Pesar y gozo compartidos...21
El pecado, ofensa a Dios y a la Iglesia...21
Reconciliación personal y comunitaria...22
La Iglesia peregrinante...23
Celebración comunitaria del sacramento de la penitencia...24
III. DIFERENTES FUNCIONES DEL CONFESOR...25
Cristo, como maestro...27
Cristo, médico y juez...29
Cristo, sumo sacerdote...30
El confesor, otro Cristo...30
IV. LA DISPOSICIÓN DEL PENITENTE...32
«Bienaventurados los que... saben que son pobres»...33
La ley de crecimiento...34
Un patrón de conformidad...35
Ignorancia invencible...36
Ética de situación...38
Psicología del aprendizaje...40
V. CONTRICIÓN...41
Propósito de enmienda...43
Valoración del propósito de enmienda...43
Progreso penitencial...46
VI. ABSOLUCIÓN...48
Presunción en favor del penitente...48
Presunción contra el penitente...49
Absolución condicional...51
Recusación de la absolución...51
«Perdonados te son tus pecados»...52
VII. LA OCASIÓN PRÓXIMA DE PECADO...53
Ocasión voluntaria y ocasión necesaria de pecado...53
Visión cristiana del ambiente...53
Ocasiones de pecado contra la fe...56
Ocasiones de pecado contra la caridad y la justicia...57
Ocasiones de pecado contra la castidad...57
El empleo, como ocasión de pecado...61
Una promesa por parte del penitente...62
Concubinato y otras ocasiones de pecado...63
Matrimonios inválidos...64
Matrimonios mixtos inválidos...66
VIII. INTEGRIDAD MATERIAL DE LA CONFESIÓN...67
Integridad material...67
El cumplimiento legal y el ideal...68
Especie y número de los pecados...69
Proporción entre las diferentes funciones...71
Conclusión...72
IX. EL CONFESOR Y LA INTEGRIDAD MATERIAL DE LA CONFESIÓN...72
Primer principio...72
Segundo principio...73
Tercer principio...74
Cuarto principio...74
Sexto principio...77
Séptimo principio...77
X. LA FORMACIÓN DE UNA CONCIENCIA CRISTIANA...80
Significado de conciencia...80
Principios básicos...82
La conciencia y el Evangelio...82
Atención al kairos...82
Responsabilidad personal y comunitaria...83
Signos de discernimiento...83
Fe y oración...84
Profundizar el sentido de la contrición...85
XI. GUIAR LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA...85
Formación eclesial de la conciencia...88
Síntesis: El amor al Dios y al prójimo...89
XII. LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA: FE, ESPERANZA Y CARIDAD...90
La virtud de la fe...90
Sacramento de fe...90
La virtud de la esperanza...93
Hábitos inveterados y esperanza...96
Amor de Dios...98
XIII. LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA: RELIGIÓN...100
Celebración de la liturgia...100
Obligación de la misa dominical...101
Obras serviles...105
Abnegación...105
Costumbre de jurar...107
Superstición...107
XIV. CARIDAD FRATERNA...107
El mandamiento que todo lo abarca...108
Signos de verdadero amor...108
Amor redentor...108
La ley del crecimiento...109
La prueba de la caridad...110
Escándalo y medio social...112 Agresividad...113 XV. EL CUARTO MANDAMIENTO...113 Vida de familia...113 La TV y la formación de la conciencia...115 Atención a la vocación...115 Educación en la obediencia...116 La familia abierta...117 Moral cívica...117 Armonía interracial...118 Fraternidad internacional...119
Miembros responsables de la Iglesia...120
XVI. EL QUINTO MANDAMIENTO Y LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA...120
La guerra moderna...121
Aborto...123
Vida y salud del prójimo...125
Vida y salud personal...126
El confesor de enfermos...128
XVII. LA CASTIDAD Y LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA...129
Una actitud positiva...129
Matrimonio y celibato...130
Ofensas contra la castidad...130
Masturbación o «ipsación»...132
Necking y petting...137
Fornicación...138
Adulterio...142
Pecados contra la castidad en el matrimonio...143
La píldora...155
XVIII. LA JUSTICIA AL SERVICIO DE LA CARIDAD ...158
Justicia y caridad...158
Egoísmo individual y de grupo...159
Justicia y amor a todos los niveles...160
Justicia social con los trabajadores...160
Justicia y lealtad con el Estado...162
Restitución...163
XIX. LA VERDAD EN LA CARIDAD Y LA CARIDAD EN LA VERDAD...164
La verdad, expresión de amor...164
Verdad en pensamientos, palabras y obras...164
Malicia de la mentira...165
Especies de mentiras...165
Mentiras por flaqueza humana...166
Las mentiras de los niños...167
Cuentos inocentes e inofensivos...167
La verdad y la corrección fraterna...168
Restricción mental...168
XX. EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Y LA ATMÓSFERA DIVINA...169
Proclamación del kairos...169
En este tiempo de separación...170
Pecados que contaminan el ambiente...170
Ambiciones egoístas...171
Contaminación ambiental...173
La purificación del ambiente...174
El penitente aprende a ver...175
Llamamiento a la unión y a la separación...176
Renovación de la Iglesia...177
Dolor y propósito con vistas al ambiente...177
Función de la penitencia...178
La liturgia de la atmósfera divina...181
Situaciones difíciles en vista del ambiente...182
XXI. SACRAMENTO DE CONVERSIÓN Y CRECIMIENTO...183
Necesidad de crecimiento...184
La segunda conversión...186
Dirección espiritual...187
Recepción frecuente del sacramento de la penitencia...187
Frecuencia de la comunión...188
XXII. DIFERENTES ESTADOS DE VIDA...190
Las confesiones de seminaristas...192
El problema de la castidad de los seminaristas...193
Elección de vocación o profesión...194
Las confesiones de sacerdotes y religiosos...196
Confesiones de enfermos...198
XXIII. LAS CONFESIONES DE LOS ESCRUPULOSOS...200
Conclusión...202
INTRODUCCIÓN
Tanto los sacerdotes y religiosos como los seglares observan cierta deficiencia en la celebración del sacramento de la penitencia, en cuanto que con frecuencia no se refleja aquí la renovación iniciada por el concilio Vaticano II. Pero en ningún caso debe achacarse esto a falta de buena voluntad. El quehacer es inmenso. El autor confiesa sinceramente que no puede prever qué significarán finalmente para el sacramento de la penitencia las consecuencias de la renovación bíblica, litúrgica, eclesial y ecuménica. Este libro no tiene pretensiones proféticas en el sentido de anticipar posibles cambios futuros. Su aspiración es mucho más modesta. Con él se quiere ayudar a sacerdotes, a seminaristas, a los que instruyen a otros o desean instruirse ellos mismos para hacer el mejor uso posible de las oportunidades que hoy se ofrecen. Sería aventurado, y el autor tendría que limitarse a meras conjeturas si quisiera anticipar cambios importantes, puesto que rebasarían la esfera de su competencia y habría que dejar esta tarea a personas más autorizadas en la materia. No obstante, las actitudes se pueden modificar, si ya no cambiar radicalmente, y en todo caso, siempre es posible introducir mejoras en lo que ahora hacemos. Así pues, el objetivo de este libro consiste en" prestar el mayor servicio posible actualmente, y al mismo tiempo preparar el terreno para futuros desarrollos.
Las principales intenciones del autor son las siguientes: dar mayor importancia al aspecto kerigmático del sacramento de la penitencia y al espíritu del culto; recalcar y desarrollar más ampliamente la misión del confesor como el de «un hermano entre hermanos», como mensajero de gozo y de paz, como alguien que se interesa muy en serio por la formación de la conciencia de cristianos.
Este libro va dirigido en primer lugar, aunque no exclusivamente, a los sacerdotes. El autor se sentirá muy satisfecho si la obra puede servir a ministros y laicos de confesiones cristianas, cuyo interés ecuménico los induce a buscar información sobre la manera cómo sus hermanos católicos entienden hoy día el sacramento de la reconciliación. Celebraremos que los conocimientos así adquiridos aporten una recíproca ayuda en la tarea cristiana de una constante conversión. También podrá interesar la lectura de estas páginas a seglares católicos que deseen intervenir como participantes maduros en la celebración del sacramento de la penitencia.
La semilla de la que brotó este libro fue sembrada en el Instituto de Pastoral de Concepción, Missouri, con ocasión de unas lecciones dadas por el autor en 1964 y 1966, y en la universidad de San Francisco, en 1966. No le habría venido al autor la idea de escribir un libro sobre el sacramento de la penitencia, a no ser por la respuesta estimulante y la cooperación de numerosos sacerdotes, jóvenes y no tan jóvenes, en aquella ocasión. Por propia iniciativa emprendieron los oyentes la tarea de transcribir las lecciones registradas en cinta magnetofónica. Ejemplares policopiados, destinados a los oyentes, comenzaron a circular entre otros muchos sacerdotes. Profesores de seminarios los utilizaron como base de sus lecciones sobre el sacramento de la penitencia. Todo esto sugería al autor la necesidad de publicar un escrito sobre esta materia. Al mismo tiempo iba adelantando el manuscrito.
El autor se da perfecta cuenta de que este esfuerzo no representa la «última palabra» en la materia. Habrá que seguir trabajando. Otros, dotados de más imaginación, abordarán el terreno y propondrán nuevas ideas.
B.H. Yale Divinity School
I. LA BUENA NUEVA DE LA PAZ MESIÁNICA
Para los israelitas, la palabra shalom, o «paz», tiene resonancias mesiánicas. Connota la paz de Dios, paz que fue prometida al pueblo elegido y les sería traída con la venida del Mesías. El pueblo judío sigue teniendo en gran estima la palabra paz, incluso fuera del ámbito religioso. Esta palabra es todavía la expresión más apropiada de todo lo que se puede esperar y que se pueda dar.
No puedo menos de recordar algunas ocasiones, en las que el saludo Shalom alecham transformó una situación de suyo difícil en una relación de amistad y de mutua confianza. Estas ocasiones me las proporcionaban por lo regular mis contactos con los judíos. Al presentarme yo mismo, tenía que notar la reacción causada por mi apellido, Haring, que ponía de manifiesto mi vieja ascendencia alemana. Pero cuando, apenas presentado, formulaba yo el saludo Shalom alecham, la reacción espontánea se expresaba con un fuerte apretón de mano, y se creaba una atmósfera de confianza que acaba en amistad.
El saludo «la paz sea con vosotros», en su sentido verdaderamente religioso, sugiere el gran tiempo, el tiempo mesiánico, en el que Dios traerá su propia paz a los hombres. Esta paz dará lugar a la reconciliación de los hombres con Dios y también entre ellos mismos. La promesa hecha por Dios, de un Mesías que anunciaría la buena nueva de paz, se cumplió en la persona de Jesucristo, que, poco después de su resurrección se apareció a sus discípulos y les hizo la proclamación largo tiempo esperada.
Veamos el relato del hecho por san Juan:
«Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando bien cerradas, por miedo de los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, llegó Jesús, se pone delante y les dice: "Paz a vosotros." Y dicho esto, les mostró tanto las manos como el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Entonces les dijo Jesús por segunda vez: "Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo." Y dicho esto, sopló y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados, a quienes se los retengáis, les quedarán retenidos"» (Jn 20, 19-23).
Es significativo el hecho de que el Señor recalque su proclamación de paz mostrando sus manos y costado llagados. Ello indica que mientras el misterio pascual es siempre el misterio de la resurrección, esta resurrección remite inexorablemente a su pasión y a su muerte. Así pues, la liturgia total no es simplemente la presencia de Cristo, sino la presencia poderosa y activa de Cristo resucitado que muestra las manos y el costado atravesado, señales de su sacrificio. En la liturgia, Cristo proclama todavía el Evangelio. (Cf. Constitución de la Sagrada Liturgia, art. 33.) En el sacramento de la penitencia, Jesús mismo proclama su paz mesiánica.
Encuentro con el Señor
El sacramento de la penitencia es en primer lugar la proclamación litúrgica del misterio pascual, aplicado aquí y ahora al creyente, tanto al que lo proclama como al que lo recibe. Por medio del
confesor vuelve a anunciar Cristo la paz de Dios, mostrando, al hacerlo, las llagas que nos granjearon esta paz y reconciliación.
Una vez, en la gran oportunidad (kairos), del Calvario, Cristo desafió los límites del tiempo reuniendo en sí mismo los pecados de toda la humanidad: del pasado, del presente y del futuro. Ahora, en el sacramento de la penitencia, traspasa de nuevo estos límites del tiempo aportando al penitente la acción salvífica de la cruz y de la resurrección.
Cuando los discípulos se encontraron por primera vez con Cristo resucitado, él les anunció su paz, mostrándoles al mismo tiempo las llagas de las que había manado aquella paz. Aquel encuentro libró a los discípulos del miedo que los paralizaba y los llenó de gozo. Desde entonces, Cristo viene al penitente como portador de las mismas buenas nuevas. Su «Yo he muerto por vosotros» incluye su triunfo sobre la muerte y llena al penitente de gozo, pues ello marca la liberación del pecador.
Sin embargo, el gozo del penitente depende en cierta medida del confesor que representa a Cristo. ¿Anuncia el confesor la buena nueva en el espíritu de Cristo o convierte el sacramento en una inquisición? Más abajo hablaremos de esto más por extenso. En este lugar queremos examinar el papel del confesor, en cuanto iluminado por el Evangelio, y, lo que todavía es más importante, cómo el penitente se encuentra con Cristo.
Poder de la alegría
En el espacio que medió desde el enterramiento del Señor hasta su resurrección se hallaban los apóstoles muy abatidos, presa de una desesperada conciencia de su propio pecado. El más abrumado de todos era quizá Pedro. ¿No había negado a su maestro? «No conozco a ese hombre», habían sido sus palabras. Y el Evangelio nos refiere que Pedro lloró amargamente. Mas cuando el Señor se apareció a Pedro y a los demás apóstoles poco después de la resurrección, los saludó diciéndoles: «Paz a vosotros.» Al oír estas palabras y al reconocer al que las profería, los apóstoles «se llenaron de alegría». Porque aquel saludo, aquella «paz» no era en nada, menos que una reconciliación. El Señor les mostró que les perdonaba; él sanaba al pecador. Un buen confesor es fundamentalmente un hombre que está agradecido por sus propias experiencias de reconciliación. Es un hombre que ha sentido profundamente el shalom del Señor y se ha llenado con ello de alegría, exactamente como los apóstoles. Porque así puede comprender por qué el Señor repitió por segunda vez «Paz a vosotros», añadiendo: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Puede también apreciar mejor su mandato de obrar en nombre de Cristo, anunciando, como lo hizo Cristo, la buena nueva de la reconciliación. Esta comprensión es la que induce al confesor a desempeñar su misión a la manera de Cristo, trayendo la buena nueva al pecador arrepentido, al penitente desesperado y llenándolo de alegría.
Mensajero del amor de Cristo
Importa mucho que el confesor capte el significado de las palabras de Cristo, «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Reducir esto a un asunto de «jurisdicción» en comparación con el poder de Cristo, sería un grave error. «De tal manera amó Dios al mundo, que envió a su Hijo unigénito» (Jn 3, 16). El amor es, pues, lo que explica la venida de Cristo. Su gran misión
no era la de ejercer el poder divino, sino la de dar a conocer el amor del Padre celestial. Cristo mismo, corno imagen del Padre que es, es la expresión visible de este amor. Ahora bien, Cristo a su vez encarga a sus apóstoles, a los sacerdotes del mundo, que ocupen su lugar anunciando esa paz que no es nada menos que el amor del Hijo y el amor del Padre celestial a los hombres.
San Alfonso de Ligorio, en su Praxis Confessarii, expone que la quintaesencia de las obligaciones del confesor se cifra en reproducir la imagen del Padre celestial. Y, puesto que la fiel imagen del Padre se halla en Cristo glorificado, que pronuncia las palabras de reconciliación, el confesor debe imitar este proceder amable del Señor. La actitud del confesor debe ser, no la de un juez, sino la de «un padre espiritual», de un hermano entre los hermanos, de modo que los penitentes puedan experimentar por él la bondad de Dios. Los penitentes deberían sentirse movidos a decir: «Si los ministros del Señor son tan amables, tan comprensivos, ¡cuán compasivo y misericordioso será Dios mismo! ¡Cuán buena, santa y justa es la ley del Señor!» Los cristianos han recibido un gran mandamiento: «Sed misericordiosos, como es misericordioso vuestro Padre celestial» (Lc 6, 36). Al sacerdote y al confesor les corresponde cumplir este mandamiento en medida extraordinaria.
Por otra parte, Dios no es un abuelo chocho, que dice a todo: «Sí, sí, está bien, está bien» a todas las faltas, sin atreverse a adoptar la postura de firmeza, que un padre tiene a veces que adoptar necesariamente. El papel del confesor es el de un padre amante. La misión sacramental que le ha sido asignada es la de hacer visible el amor del Padre celestial, haciéndose semejante a Cristo, fiel imagen del Padre, verdadero mensajero de paz.
Pacificador por el Espíritu Santo
«Y dicho esto sopló y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo".»
Por el poder del Espíritu Santo, la humanidad de Cristo estaba plenamente sumergida en la luz de su divinidad. Fue el Espíritu Santo el que ungió a Cristo para su doble función de sumo sacerdote y de víctima.
También hombres ordinarios han sido ungidos por el Espíritu Santo para desempeñar el doble papel de sacerdote y de víctima. Los «ungidos» reciben abundantemente el Espíritu Santo, y al recibirlo reciben una identificación especial con los otros hombres. Ahora son víctimas que comparten en forma vicaria los sufrimientos y pesares de los pecadores, unidos solidariamente con todos los hombres. Así como Cristo ungido por el Espíritu Santo se hizo a sí mismo responsable, conjuntamente con los hombres, de los pecados de éstos (san Pablo dice que se hizo
hamartia, pecado), aunque él mismo no había cometido pecado, así debe hacer exactamente el
sacerdote.
Los sacerdotes, como hombres espirituales, son liberados por el Espíritu Santo de lo que de otra manera vendría a ser un sacramentalismo, exterior, mecánico. El Espíritu Santo da a los sacerdotes el poder de sufrir con las gentes, y de gozarse con los que tienen razón de regocijarse. Porque los sacerdotes, gracias al Espíritu Santo, son hombres espirituales que han venido a participar de la vida de Cristo de manera especial. Su misión, como la de Cristo, es misión de caridad, de amor. Cristo, por causa de su unción, hizo un sacrificio de sí mismo, un don. Así debe hacer el sacerdote.
«A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados»
Este mensaje de Cristo a sus sacerdotes es un mensaje de paz y de vida. Esto tiene un antecedente en el Antiguo Testamento, en el libro de Ezequiel, en un pasaje que se aplica de manera muy especial al sacramento de la penitencia:
«Fue sobre mí la mano de Yahveh, y llevóme Yahveh fuera y me puso en medio de un campo que' estaba lleno de huesos. Hízome pasar por cerca de ellos todo en derredor, y vi que eran sobremanera numerosos sobre la haz del campo y enteramente secos. Y me dijo: "Hijo de hombre, ¿revivirán estos huesos?" Y yo respondí: "Señor, Yahveh, tú lo sabes" El me dijo: "Hijo de hombre, profetiza a estos huesos y diles: Huesos secos, oíd la palabra de Yahveh. Así dice el Señor, Yahveh, a estos huesos: Yo voy a hacer entrar en vosotros el espíritu y viviréis; y pondré en vosotros nervios, y os cubriré de carne, y extenderé sobre vosotros piel, y os infundiré espíritu, y viviréis y sabréis que yo soy Yahveh." Entonces profeticé yo como se me mandaba; y a mi profetizar se oyó un ruido, y hubo un agitarse y un acercarse huesos a huesos. Miré y vi que vinieron nervios sobre ellos, y creció la carne y los cubrió la piel, pero no había en ellos espíritu Díjome entonces: "Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: Así habla el Señor, Yahveh: Ven, ¡oh espíritu!, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos huesos muertos, y vivirán." Profeticé yo como se me mandaba, y entró en ellos el espíritu, y revivieron y se pusieron en pie, un ejército grande en extremo» (Ez 37, 1-10).
Lo que llama la atención en este texto es que ruah, el espíritu de Dios, realiza la obra de resucitar los muertos a la vida. El espíritu es el que restituye la vida. El texto del Nuevo Testamento sobre el perdón de los pecados debería leerse a la luz de este texto del Antiguo. Las grandes profecías del Antiguo Testamento se cumplen en el Hijo del hombre, que es capaz de restituir la vida y de perdonar los pecados. Por Ezequiel vemos que haría esto por el Espíritu. En el Nuevo Testamento, Jesús prueba que él puede perdonar pecados por el mero hecho de tener poder para devolver la vida. «El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para anunciar el Evangelio a los pobres, para proclamar libertad a los cautivos» (Lc 4, 18).
Jesucristo sacrificó su vida en el Espíritu. Su Padre celestial, para mostrar que aceptaba este don de su propio Hijo, hizo que volviera Jesús a la vida por el Espíritu. El Espíritu Santo ocupa un puesto central en la misión de Cristo.
También el sacerdote ha recibido el Espíritu de manera especial, Espíritu que lo ha capacitado para profetizar y para proclamar como Ezequiel, sabiendo que es el Señor el que actúa a través de sus palabras. Porque las palabras del sacerdote que imparte la absolución son más que un mero signo. Son un signum eficax, palabra y signo de la acción poderosa de Dios.
Aunque es esencialmente por el bautismo que los «huesos muertos» reciben el Espíritu y son resucitados a la vida con Cristo, sin embargo, la profecía se aplica también al sacramento de la penitencia. El efecto esencial del sacramento de la penitencia consiste en llevar a cabo la transformación de debilidad en fortaleza, de enfermedad en salud. Para algunos significa una transformación, una conversión o vuelta de la muerte a la vida. La penitencia es una gran
profecía por el Espíritu, tanto para los que se hallan en pecado mortal como para los que sólo tienen pecados veniales. Para todos los pecadores de buena voluntad, el sacramento de la penitencia entraña una buena nueva. Es la proclamación del misterio pascual, una proclamación que se les aplica aquí y ahora: ellos mueren a sus pecados y son resucitados a una nueva vida.
Liturgia de la paz mesiánica
Tanto los confesores como los penitentes deben darse plena cuenta de que el sacramento de la penitencia es una liturgia. Es la proclamación eficaz de la palabra de Dios. Por esta razón debemos celebrar el sacramento de una forma que concentre la atención, no en los pecados del penitente, sino totalmente en el Señor que proclama la buena nueva, dando la palabra eficaz de su paz con amorosa atención al penitente. Muchos cristianos dejan de atender en primer lugar al mensaje del Señor, y en cambio dan la mayor importancia a su propio papel en la recepción del sacramento. Expliquémonos.
Hace años me dedicaba yo a dar misiones. A veces me tocaba ir a zonas en su gran mayoría protestantes, donde los católicos no siempre tenían fácil acceso a los sacramentos. Al catequizar a aquellas gentes, solía aprovechar aquella ocasión para preguntar acerca del sacramento de la penitencia. «¿Cuál es el elemento más esencial, el aspecto más importante del sacramento de la penitencia?» Una y otra vez se repetía esta respuesta: «Mi arrepentimiento.» Cuando yo replicaba que había algo todavía más grande que la contrición, seguía una granizada de respuestas: «Buenos propósitos», «firme resolución», «examen de conciencia», «que nos acusemos absolutamente de todos los pecados», «cumplir la penitencia». Estas respuestas provenían lo mismo de niños que de adultos, incluso de los más inteligentes de ellos. Y todavía recuerdo la gran satisfacción que experimentaba cuando, después de tantas respuestas deficientes, oía la vocecita de un niño pequeño: «Yo lo sé. La cosa más grande es lo que hace Jesús, que me perdona los pecados, que me limpia el alma.» Aquel niño había sido preparado por su madre para su primera confesión. La madre había desempeñado ciertamente una tarea admirable logrando que el chico se diera cuenta del significado del sacramento de la penitencia. Por consiguiente, cuando celebramos el sacramento de la penitencia, tanto el confesor como el penitente dan gloria al Señor. Es culto, adoración, glorificación de Dios, «cuya ley es justa, santa y buena». Es especialmente glorificación del Señor misericordioso. Y, sin embargo, el sacramento va todavía más lejos. Porque en este sacramento, y por él, Cristo proclama su propio poder que da vida al penitente. El mismo trae la paz; él mismo glorifica su nombre como Redentor, y esto glorifica el nombre del Padre celestial. El santifica el nombre del Padre, y porque él lo hace, también nosotros podemos santificar el nombre del Padre que es misericordioso. Nosotros nos unimos con Cristo, y con esta palabra eficaz de Dios, al glorificarlo nos vemos libres de nuestras preocupaciones antropocéntricas y de nuestra concentración en nosotros mismos.
Pregoneros de la palabra de Dios
Los sacerdotes, a quienes ha dado el Señor el gran poder de pronunciar la profecía de la buena nueva y por medio de los cuales actúa él mismo, son servidores del pueblo. No son primariamente jueces, sino más bien ministros que sirven en el santo ministerio.
El sacramento de la penitencia es la proclamación litúrgica de la palabra de Dios, de la buena nueva, es el kerygma sacramentale. Los sacerdotes estamos como tales totalmente orientados a la obra de redención, al misterio pascual, a la misma palabra activa de Cristo. El breve coloquio entre el penitente y el sacerdote en el confesonario culmina en estas palabras: «Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.» Esta es una proclamación eficaz y nos complace ver que finalmente se ha traducido ya a las lenguas vernáculas para que pueda entenderla el penitente.
No puedo menos de recordar la agitación causada en algunos ambientes cuando se habló de una posible traducción de la absolución en lengua vulgar. Me viene a la memoria una anécdota bastante divertida que ocurrió a mi amigo, el padre Low. Sucedió hace unos diecisiete años. El padre Low, que era relator general de la Sagrada Congregación de Ritos, había sometido un nuevo ritual francés a la sesión general de la Congregación. La mayor parte de los textos del ritual estaban en francés, pero él seguía abogando por su aprobación. Después de la sesión, un monseñor que había tenido noticia de la aprobación, se encontró con el padre Low; entonces no sabía de quién se trataba. El monseñor se puso a denigrar las actividades del relator general que — pensaba él — estaba destruyendo la Iglesia. Es más, sostenía que la posición del padre Low estaba incluso teñida de herejía. Estaba seguro de que si los franceses pedían al padre Low permiso para usar en francés la forma sacramental de la penitencia, el padre accedería a la petición. Puedo asegurar que el padre Low era verdaderamente amable, y hasta algo tímido. Pero hay momentos en que hasta las personas amables y tímidas se excitan. «¿Cree usted, monseñor, dijo conteniéndose, que sería un gravísimo daño para la Iglesia el que los pobres pecadores entendieran las palabras de la reconciliación?»
Gracias al concilio Vaticano II, puede ahora el penitente oír las palabras de la absolución en una lengua que entiende. Sin embargo, el sacerdote se enfrenta con una dificultad mayor que la de la mera traducción de las palabras. Tiene que traducir el sentido de las palabras de la absolución, tiene que traducirlo en la vida misma del penitente. Tiene que recibir a ese hombre, a esa mujer, a ese adolescente exactamente como se le presentan. Tiene que tomar sobre sí mismo la carga del penitente y simpatizar profundamente con él. Sólo así podrá indicar al penitente el sentido profundo y jubiloso de las palabras que él pronuncia como instrumento de Cristo: «La paz sea
contigo. Te son perdonados los pecados. El Señor te ha abierto el camino de una nueva vida.»
Esta traducción del mensaje de paz en la situación de la vida del penitente es el primer deber del confesor.
Todo lo que se dirá en las páginas que siguen ha de entenderse en relación con esta acción central del sacramento de la penitencia. Esta acción es la que mueve al sacerdote a ser un instrumento humilde de Cristo, que «muestra sus manos y su costado», que da prueba de su amor divino, del poder de la resurrección. El Señor nos dice, y por nosotros al penitente, «shalom, paz a vosotros».
El papel del sacerdote es, aunque humilde, admirable. No es el papel de un instrumento muerto, ni el de un inquisidor inflexible. Es el papel y función de un profeta. Porque así como Dios hablaba por el profeta en tiempos pasados, así habla ahora por el sacerdote. Cristo no cesa de proclamar su Evangelio; Cristo mismo es quien continúa predicando la buena nueva de paz y de perdón. (Cf. Constitución de la Sagrada Liturgia, art. 33.)
La hora de la gracia
Nuestro enfoque de la práctica de la confesión se basa en el capítulo veinte de san Juan, como hemos indicado más arriba. Podemos desarrollar este enfoque fijándonos en san Marcos (1, 14-15). Aquí hallamos un resumen de la materia y del modo, es decir, de la estructura esencial de la predicación de Jesús: Entonces comenzó Cristo «a proclamar el Evangelio de Dios, diciendo: "Se ha cumplido el tiempo (ha kairos pepleromenos); el reino de Dios está cerca; convertíos
(metanoeite) y creed al Evangelio"». En la predicación de la Iglesia se ponen en práctica estas
palabras. Se realizan en su sentido más pleno en el sacramento de la eucaristía, y en una forma muy particular en el de la penitencia. Porque en cada uno de los sacramentos Cristo mismo proclama la buena nueva que viene del Padre celestial. Cada uno de estos dos sacramentos proporciona el kairos, el gran momento preparado por Dios.
Gozosa respuesta positiva
«El reino de Dios está cerca.» Con estas palabras indica Cristo su deseo de guiamos con su misericordia y su bondad. Su amor misericordioso nos impele a arrepentirnos de nuestros pecados, al tiempo que al guiarnos con su bondad nos guía también en justicia y santidad, es decir, hacia una vida que responda a su amor mediante la bondad con nuestros hermanos.
La proclamación de la presencia dinámica del reino de los cielos es también un llamamiento apremiante: metanoeite. La traducción de esta palabra por la Vulgata es: poenitemini (Mt 4, 17:
poenitentiam agite), que significa: Haced penitencia. No cabe duda de que la palabra metanoeite
significa también arrepentimiento y penitencia, pero sugiere más que esto. Es una buena nueva del tiempo mesiánico, en el que Dios cumple su palabra: «Os daré un corazón nuevo y pondré en vosotros un espíritu nuevo... Pondré dentro de vosotros mi espíritu» (Ez 36, 26-27). El llamamiento, «renovaos en vuestro espíritu» forma parte de la buena nueva. Ahora que el Señor hace que su propio pueblo vuelva a su tierra (de él), es decir, a su corazón, el llamamiento vivificante suena así: «Volved al Señor.»
En el sacramento de paz Dios mismo reúne a su pueblo y renueva los corazones de los hombres, y así su reino está en verdad cerca de nosotros, entre nosotros. Pero el acto de reconciliación trae también la exhortación y la promesa: «Si por el espíritu dais muerte a las malas acciones del cuerpo, viviréis» (Rom 8, 13).
«Creed en el Evangelio»
El sacramento de paz es un «sacramento de fe». La recepción agradecida de la buena nueva, «paz a vosotros», puede cambiar nuestra vida. Sólo nos convertimos en la medida en que abrazamos el Evangelio de la paz mesiánica.
Si los sacerdotes quieren convencer a las gentes de la naturaleza de este sacramento, si quieren borrar la idea de que la penitencia es una especie de lavado mágico, entonces hay que resolver algunos problemas prácticos. Por ejemplo, supuesto un número insuficiente de confesores, ¿hemos de seguir llevando a la iglesia una vez al mes a nuestros alumnos de escuela primaria y media, obligándolos a despachar rápidamente la confesión? ¿No convendría más bien hallar formas de confesión comunitaria? ¿No sería mejor, aun a riesgo de que algunos niños sólo
pongan en práctica cada dos o tres meses su iniciativa personal de confesarse, no sería mejor, decimos, introducir un sistema de rotación, por el que sólo se invite a algunos niños a confesarse mensualmente, dando al confesor más tiempo para la dirección? ¿Hemos de reducir la celebración sacramental al mero acto de dar la absolución? ¿O no deberíamos más bien estructurar nuestra práctica de la confesión de tal manera que no quedase duda de que la penitencia es un «sacramento de fe»? Una celebración comunitaria, de la que todavía hablaremos más abajo, ayudaría a profundizar la fe y a despertar las energías más íntimas de la conciencia cristiana.
La celebración del sacramento de la penitencia debe reproducir la estructura de la acción de Cristo en su aparición a los apóstoles abatidos. La celebración debe ser una proclamación evidente de que ahora se presenta la gran oportunidad, un tiempo de gracia y de renovación. Los penitentes sólo pueden renovarse si creen gozosamente en el Evangelio de Cristo resucitado. Entonces se «llenarán de alegría», como los apóstoles el primer día de pascua. Cuanta más satisfacción personal experimente el penitente, tanto más se podrá esperar de él una conversión perseverante. Porque, en definitiva, la perseverancia de la conversión del penitente no depende del esfuerzo de cumplir con la integridad material de la confesión o de amenazas aisladas con el fuego del infierno, sino del gozo de recibir el sacramento.
Después de un retiro que prediqué una vez en el Vaticano, quedé pasmado al oír a un viejo misionero preguntarme con toda seriedad: «¿Ha sido usted fiel a san Alfonso? ¿Ha predicado usted las verdades eternas?» «Naturalmente, padre»: le respondí, «he predicado las verdades eternas. Pero ¿puedo preguntarle qué entiende usted por verdades eternas?». «Pues todo el mundo sabe lo que son las verdades eternas: el infierno, el fuego, la condenación», me respondió. Esta respuesta me pareció a mí una limitación bastante curiosa de las verdades eternas, como si la misión de Cristo consistiera en predicar un desastre inminente, más bien que la salvación. Entonces ¿cómo daríamos razón del encargo de Cristo, «predicad el Evangelio» o la buena nueva?
El centro de nuestra predicación debería constituirlo la verdad de que Dios, desde toda la eternidad, es el amor trino y uno, y desde toda la eternidad tenía la intención de enviarnos a su Hijo. Nuestro Evangelio es la buena nueva de la muerte y resurrección del Señor, que garantiza que nuestra propia muerte será la plena realización de nuestra vida. El infierno es un lugar destinado únicamente a los que se niegan a aceptar el Evangelio, a los que rechazan la oportunidad de renovación.
El púlpito no es el único lugar de la proclamación de la verdad eterna de la muerte y resurrección de Cristo. El sacerdote debe llevar al confesonario el gozo del Evangelio, y allí debe impartir al penitente, no un mensaje lleno de amenazas, sino el mensaje de la paz de Cristo.
En el libro de Nehemías tenemos un prototipo de este enfoque. Cuando los judíos regresaron del destierro se hallaban por una parte hostigados por diferentes enemigos, y por otra, obligados a levantar una muralla protectora en torno a su ciudad al mismo tiempo que combatían a aquellos enemigos. Mientras duraba esta situación angustiosa, el sacerdote Esdras reunió al pueblo en la plaza y comenzó a hablar explicándole el libro de la Ley. Al oírlo las gentes, algunos se
conmovieron profundamente y comenzaron a llorar. Pero el sacerdote Esdras les dijo: «Venid, celebremos fiesta, y mandad parte a los que no puedan venir... no os entristezcáis, porque la alegría de Yahveh es vuestra fortaleza...» Y así toda la gente comenzó a comer y beber y a mandar porciones a los que no podían venir, gozando de gran alegría, porque habían entendido lo que se les había enseñado (Neh 8, 10-12).
Este pasaje del libro de Nehemías nos sugiere el procedimiento que hemos de emplear en nuestro papel de confesores y de penitentes. Es la clave de la Praxis Confessarii.
Nada es tan importante como el llevar a las gentes la alegría del Señor. Los que escuchaban al sacerdote Esdras cuando les leía el libro de la Ley, creían que aquel mensaje les venía del Señor. En definitiva, su fe en aquel Evangelio y en la interpretación que le daban sus sacerdotes, fue la que les proporcionó un período de alegría y de conversión.
Hoy día, Cristo mismo predica la buena nueva a su pueblo. Nuestra fe nos lo asegura. Y también nuestra fe nos asegura que nosotros, en calidad de sacerdotes, hemos recibido el Espíritu Santo, hemos sido ungidos en cierto modo como lo fue Cristo, y tenemos que tomar sobre nosotros la carga de los pecados de los demás y regocijarnos con ellos cuando se dé el caso. Unidos con Cristo, y uniéndonos así en profunda simpatía con el penitente, podemos proclamar la paz de Cristo como vivos instrumentos suyos y con un corazón que sabe sentir.
En el sacramento de la penitencia, nuestro quehacer más noble consiste en anunciar al penitente el gozo del Señor.
II. ENCUENTRO PERSONAL CON EL SEÑOR EN LA IGLESIA
«Cuando terminaron de almorzar, dítele Jesús a Simón Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?" Respóndele: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero." le contesta: "Apacienta mis corderos." Vuelve a preguntarle por segunda vez: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?" Respóndele: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero." El le contesta: "Sé pastor de mis ovejas." Por tercera vez le pregunta: "Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?" Pedro sintió pena cuando Jesús le dijo por tercera vez "¿me quieres?", y le respondió: "Señor, tú lo sabes todo; tú conoces bien que te quiero." Dícele Jesús: "Apacienta mis ovejas. De verdad te lo aseguro: cuando eras más joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás tus manos, y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras." (Esto lo dijo para dar a entender con qué muerte había de glorificar a Dios.) Y después de decir esto, le añade: "Sígueme"» (Jn 21, 15-19).
En este Evangelio pregunta el Señor tres veces insistentemente a Pedro si le ama o no, si Pedro es todavía su amigo o no. No cabe duda de que la triple interrogación responde a la triple negación de Pedro. Porque en tres circunstancias, durante la pasión del Señor, juró Pedro a los enemigos del Señor: «Yo no conozco a este hombre.» Ahora, Pedro confiesa su pecado al Señor, no ya sencillamente protestando que lo conoce, sino profesando su amor a él de la manera más humilde.
La escena aquí descrita entraña un encuentro verdaderamente personal entre Cristo y Pedro, un encuentro diferente del primero en el cenáculo la noche de pascua, cuando Pedro estaba allí con los otros diez. ¿Sería demasiado aventurado comparar estos dos acontecimientos, con la
celebración comunitaria del sacramento de la penitencia (cenáculo) y con la confesión individual (Tiberíades) respectivamente? En este encuentro personal, nuestro Señor enseñó a Pedro, y por él a todos los futuros sacerdotes, toda la importancia de su quehacer pastoral. Pedro había negado al Señor, pero Cristo resucitado en persona se acerca a Pedro y le da la oportunidad de confesar su pecado, confesión que lo humilla, desde luego, pero que al mismo tiempo lo levanta, lo purifica y lo libra del pecado. Y Pedro, aunque entristecido por esta necesidad de hacerse su propia confesión, aprovecha la oportunidad y responde con verdadera humildad. Al confesar su pecado pasado, su negación, incluía en su confesión una profesión de fe en Cristo y una protesta de fidelidad renovada.
San Pedro, en esta triple confesión, es prototipo del sacerdote que se confiesa y oye confesiones. Pedro experimentó el amor redentor del Salvador, del Señor resucitado. Con su penitencia y humilde confesión se hizo digno del cargo de buen pastor. Ahora bien, un quehacer esencial del buen pastor es la predicación del Evangelio, que incluye la administración y celebración del sacramento de la penitencia.
Es de máxima importancia para los sacerdotes comprender el ejemplo de Pedro y aprender de él. Porque el sacerdote mismo es un pecador llamado a la santidad. Sólo podrá aliviar a los otros pecadores en la medida en que él mismo haya atravesado el mar Rojo del arrepentimiento, de la contrición y de la humildad. Sólo entonces podrá sentir junto con el penitente y despertar en él un profundo arrepentimiento, así como una profunda adoración de la justicia y misericordia de Dios. Porque sólo el sacerdote que se asimila a la Iglesia en san Pedro, que se humilla, que se da cuenta de su propia debilidad, sólo el sacerdote que habiendo recibido una misión semejante a la de san Pedro, toma sobre sí la carga de los pecados de los otros y está agradecido a Dios por su propia conversión, sólo éste puede ser un buen mensajero de salvación.
El confesor que sólo piensa en los penitentes como «vosotros, los pecadores», no puede ser un buen confesor. El buen confesor es uno que, dándose bien cuenta de lo que dice, ora con la Iglesia entera: «Perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores.» Pedro, que confesó su pecado, recibió la promesa del Señor: «Simón, yo he rogado por ti, a fin de que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando luego te hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 31-34). Con esta promesa recibió Pedro el poder de fortalecer la fe del; pueblo de Dios
anunciándoles la misericordia de Dios.
Cargas compartidas
El sacerdote debe ser un hombre de penitencia, practicando la virtud a un grado cada vez más elevado. Si ha de ser un buen pastor y tomar sobre sí los pecados de todos los hombres, en particular los de sus penitentes, debe responder al llamamiento que el Señor dirige al ungido y completar en su cuerpo lo que todavía falta en el cuerpo de Cristo. Como Cristo, está llamado a sufrir y morir como mártir por los otros, y sólo puede alcanzar su perfección mediante su íntima unión con Cristo que sufrió por toda la humanidad. Su encuentro con Cristo, que es el juez, le obliga a satisfacer las exigencias de la justicia, pidiendo así misericordia para todos los que con humilde adoración reconocen que la ley de Dios es justa, santa y buena.
Pesar y gozo compartidos
La solidaridad que existe entre el sacerdote y el penitente en el sacramento de la penitencia estaba bien expresada con la nomenclatura de materia y forma de la filosofía escolástica, terminología que fue adoptada por el concilio de Trento. La absolución del sacerdote, nos enseña el concilio de Trento, la proclamación de la paz del Señor, es la forma del sacramento, mientras que la humilde confesión del penitente es la cuasi-materia. La penitencia y el matrimonio son únicos bajo este respecto. En los otros sacramentos, la materia y la forma son administradas por la misma persona. Por ejemplo, en el bautismo, el sacerdote, mientras vierte el agua (que es la materia), pronuncia la buena nueva: «Yo te bautizo...» (que es la forma). En el sacramento de la penitencia, el sacerdote y el penitente están llamados a concelebrar el sacramento, cooperando mutuamente. Esta «cooperación» no se limita al hecho de darse allí un encuentro físico entre el sacerdote y el penitente, como lo exige la Iglesia. (Permítaseme añadir aquí que yo creo personalmente que la Iglesia podría permitir sin dificultad que se diera la absolución por teléfono. Porque una conversación por teléfono origina una presencia real o encuentro personal entre las dos partes.) La cooperación significa mucho más en este caso; exige una unidad de confesor y penitente, basada en la simpatía y comprensión, una unidad en la penitencia y en la glorificación de nuestro Dios misericordioso y justo.
El mayor esfuerzo del sacerdote se entiende como preparación del penitente para el mensaje de paz. Ahora bien, si el confesor es un hombre profundamente penetrado del espíritu de penitencia mediante la meditación y su propia experiencia penitencial, se hallará en las mejores condiciones para ayudar al penitente a captar más perfectamente la justicia y bondad de la ley de Dios, y tendrá la mayor unión con el penitente en la glorificación de esta ley.
El pecado, ofensa a Dios y a la Iglesia
El sacerdote debe descubrir al penitente los efectos del pecado en relación con Dios y con la Iglesia. Por muy chocante que esto pueda parecer, el pecado es un encuentro con Dios. Es un «no» deliberado dado a la invitación de Dios a la gracia. Cuando una persona es llamada de alguna manera por Dios, peca si rechaza este llamamiento, sea que lo rechace directamente, o que sencillamente descuide hacer lo que conoce que debería hacer. El pecado es un «no» deliberado dado al amor redentor de Cristo, y esta negativa lastima a Cristo. Lo lastimó en la cruz; lo lastima y lo hiere hoy en su Iglesia. Es que todo pecado, además de herir a Cristo, afecta a la familia de Dios. El que dice «no» a Dios, lo dice dentro de la esfera del pueblo de Dios, disociándose él mismo, trastornando la armonía de la familia de Dios. Destruye el debido orden de amor dentro de la creación.
La Iglesia experimenta una grave pérdida especialmente por esos pecados que implican una negativa abierta a la invitación de la gracia. Todo miembro individual de la Iglesia, haciéndose cargo de la riqueza de que ha privado a la Iglesia, debería hacer penitencia buscando el perdón de la Iglesia entera por lo que ha hecho contra ella. En cierta medida, todo pecado significa persecución de Cristo en la Iglesia. Todavía hoy, Cristo sigue sufriendo, no personalmente como víctima en la cruz, sino a través de la Iglesia, que es su cuerpo. Este sufre realmente, porque ello implica una pérdida real. Ésta es la razón porque la llamada personal de cada uno de nosotros a ser miembro de la Iglesia de Cristo obliga a darse enteramente a la Iglesia, si uno quiere lograr su verdadera realización. Con el pecado no sólo pierde uno su verdadero ser, la perfección personal que se espera de él, sino que hiere también a la Iglesia.
Un pecado grave causa una división, una separación, no sólo entre el hombre y Dios, sino también entre el hombre y la Iglesia de Cristo. El significado inmediato y la gracia principal del sacramento de la penitencia consiste en restablecer en nosotros la unidad del pueblo de Dios y, de esta manera, unirnos con Dios. Cuanto más íntima es nuestra unión con el pueblo de Dios, tanto más íntima y profunda será nuestra unión con Dios mismo. No hay más que considerar el hecho de que la Iglesia asume la función sacramental de causar la unión entre Dios y el hombre, precisamente por ser ella la que predica el Evangelio de la reconciliación y explica la ley divina. La Iglesia es quien, poniendo la mira en la ley divina, decide si uno es digno de recibir la eucaristía. La Iglesia nos dice que si uno ha pecado gravemente, con plena libertad y con plena deliberación, trastornando el orden de la caridad, no es digno de recibir la sagrada comunión, el signo más elevado de la unidad del pueblo de Dios.
Los teólogos escolásticos de la edad media convenían en que todo pecado mortal era en cierto sentido una excommunicatio, excomunión. Con esto no querían decir que todo pecado mortal acarreaba una sanción jurídica. Más bien querían recalcar el efecto trágico del pecado grave, por el cual el pecador se desliga del sacramento que pone a todos los católicos en unión con Dios y, a través de Cristo, con toda la Iglesia. El pecador debe primero hacer su confesión a la Iglesia, antes de hacerse nuevamente digno de recibir el más gran signo de la unidad, de la unión con Cristo y de la unión con la Iglesia. Por cuanto el pecado mortal perjudica a la unión del pecador con Dios y con la Iglesia, el pecador debe recibir la reconciliación con Dios mediante la reconciliación con la Iglesia.
Hasta en las recientes ediciones del Pontificale Romanum (cf. la liturgia del miércoles de ceniza y del jueves santo) se acentúa el aspecto de la reconciliación del pecador con Dios mediante la reconciliación con la Iglesia. En las oraciones y exhortaciones del obispo se llama la atención de los penitentes sobre el gran daño que han causado y cómo han mancillado realmente a la Iglesia con sus pecados. Luego, el jueves santo, día de la institución de la sagrada eucaristía, se supone que el obispo recibe a los penitentes tomando a uno de la mano, el cual a su vez toma a otro de la mano, y así sucesivamente, hasta que todos quedan unidos físicamente. Los penitentes son conducidos luego al altar en el que se celebra el sacramento de la unidad.
Reconciliación personal y comunitaria
Uno de los aspectos más importantes de la moral cristiana se refleja en la síntesis de lo comunitario y de lo individual. Cada uno de nosotros, al pecar, rehúsa un don individual de Dios, un llamamiento individual de la Providencia, una gracia individual. En este sentido, la recusación es personal, pero no privada. Porque todos estos dones, todas estas gracias son ofrecidas al individuo en orden a la edificación de la Iglesia de Cristo. Aunque debemos confesar nuestros pecados individuales, no debemos cesar nunca de enfocarlos en la perspectiva de la Iglesia entera. Esta visión servirá y aprovechará tanto al penitente como al confesor. El darnos cuenta de los efectos, no sólo personales, sino también comunitarios del pecado, nos estimulará no sólo a evitar el pecado, sino también a ser una fuente de luz para los otros. Por el pecado sufre la Iglesia entera, perdiendo algo que es infinitamente grande. El pecado es la repulsa dada a la invitación de Dios a la gracia.
La gracia de Dios nos impele a amar su voluntad y nos reprende delicadamente por la transgresión de su ley. La ley de Dios, al tiempo que excluye la arbitrariedad, nos invita a conservar, a servir y a vivir conforme a este amor, porque garantiza nuestra realización personal en verdadero amor y, a través de nosotros, garantiza la realización de la Iglesia.
El Cristo redentor vino para reintegrarnos en la unidad del Dios uno y trino, unidad que habíamos perdido por el pecado. Pero al mismo tiempo vino para conducir a todos los hombres a la unidad de su propio cuerpo, de su familia, de la familia de Dios, el pueblo de los redimidos. El sacramento de la penitencia es un medio para mantener y para restablecer, si es preciso, la estructura familiar El buen penitente se hace cargo de que este sacramento lo sitúa cara a cara con Jesús, mediante la gracia del Espíritu Santo. El pecado que él confiesa ha roto, en cierto modo, la armonía del pueblo de Dios; ha pecado contra el cuerpo de Cristo. La justicia exige que repare el daño causado. Puesto que nadie puede pretender amar al Dios invisible si no ama a su hermano, al que ve, el pecador no tiene manera de retornar a Dios si no retorna, mediante la Iglesia de Cristo, a una mayor unidad con sus hermanos.
El sacramento de la penitencia nos hace caer en la cuenta de que Cristo tomó sobre sí la carga de los pecados de todos y de cada uno de los hombres. Hizo esto con vistas a la edificación de su Iglesia, y algo semejante se puede decir de la celebración del sacramento de la penitencia: es necesario para la edificación de la Iglesia. La Iglesia entera sufre por los pecados de sus miembros, especialmente por los corazones endurecidos. «Si un miembro sufre, todos los demás padecen con él; y si un miembro es distinguido con honor, todos los demás se alegran con él» (1 Cor 12, 26).
La Iglesia peregrinante
Como a san Pedro, a cada uno de los que forman el pueblo de Dios le pregunta el Señor: «¿Me amas?» Y así como el amigo del Señor pidió perdón mediante su profesión de amor, así también la Iglesia, esposa de Cristo, pide diariamente perdón al Señor resucitado. San Agustín dice repetidas veces que la Iglesia entera, al orar con estas palabras: «perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores», confiesa los pecados de los pecadores. Al hacer esto no divide el pueblo de Dios en dos grupos: ovejas y cabras, santos y pecadores. La Iglesia es santa, pero por vocación. Sin embargo, todavía tiene pecadores en su seno, y todos sus verdaderos hijos e hijas, unidos realmente con Dios, reconocen sinceramente su necesidad de una mayor conformidad con su voluntad. Reconocen su condición de pecadores cada vez que se confiesan o pronuncian estas palabras: «Perdónanos nuestras deudas.»
Mediante un encuentro con Cristo, nuestro juez y redentor, el sacramento de la penitencia nos proporciona también un encuentro con la Iglesia, que se sitúa a sí misma bajo el juicio salvador de Cristo. Por esto se pide al sacerdote que represente a esta Iglesia humilde, con la plena convicción de que está sujeta al juicio final de Cristo. A través de un humilde confesor, el penitente toma la mano auxiliadora de la Iglesia peregrinante. El confesonario viene a ser el punto de cita de la misericordia de Dios y de la constante necesidad de reforma y conversión del hombre. En el sacramento de la paz redescubrimos nuestra fraternidad.
Una celebración comunitaria del sacramento de la penitencia puede servir para poner de relieve el significado de la «comunión de los santos» como peregrinación y conversión: mediante la
negación de sí mismos y la penitencia, todos los hijos e hijas de la Iglesia se preparan para soportar la carga de los pecados y sostener el esfuerzo de conversión de todos los demás. Los santos encarnaban este espíritu haciendo penitencia no sólo en reparación de sus pecados, sino también por los pecados de todos los hombres. La proclamación del juicio salvífico de Dios debe por tanto extenderse siempre al entero cuerpo de Cristo. El mandato del sacerdote recibido de Cristo a través de la Iglesia consiste en procurar la reconciliación de sus hermanos con Dios y guiarlos en el seguimiento de Cristo. A Cristo, «que no conoció pecado, lo hizo (Dios) pecado por nosotros, para que en él llegáramos nosotros a ser justicia de Dios» (2 Cor 5, 21). El sacerdote, participando en la economía y redención de Dios, llama al penitente a responder al favor de Dios con penitencia, negación de sí mismo, humildad, y todo con vistas a fortalecer el cuerpo místico de Cristo.
La rehabilitación de Pedro en la gracia del Señor implicaba más que el mero perdón; se contaba con que ejerciera su autoridad fortaleciendo a sus hermanos; «cuando luego te hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 32); análogamente: todo cristiano que recibe el perdón debe desempeñar su papel en el esfuerzo común por la renovación de la Iglesia.
Celebración comunitaria del sacramento de la penitencia
Todo pecado es un «no» dado libremente a Dios, un «no» que esclaviza al hombre sometiéndolo a un monólogo estéril. Al pecador no le pasa por alto que de una manera o de otra lo llamaba Dios a adquirir luz y derramarla sobre el mundo a su derredor. Con todo pecado grave vuelve uno la espalda a Dios en lugar de dirigirse hacia él. Al mismo tiempo, aflige a la Iglesia. El que dice «no» a Dios, lo dice dentro del marco del pueblo de Dios, en realidad dentro del marco del entero plan creador de Dios. Contribuye a la destrucción parcial del orden de la creación redimida. Perturba y trastorna a los miembros de la familia de Dios. La celebración litúrgica del sacramento de la paz nos hace cada vez más conscientes de las dimensiones sociales del pecado y del carácter personal y comunitario de la conversión.
La renovación litúrgica tiene mucho que ver con esta dimensión social, especialmente desde el final del Concilio. Hasta ahora la experimentación se ha mantenido acertadamente dentro de los límites de una especie de vigilia bíblica como preparación para la confesión individual y acción de gracias por la absolución. Otros hablan de ritos penitenciales (paralitúrgicos), donde se proclame la misericordia de Dios en vista de todos los signos de su justicia y perdón. Con frecuencia, algunos o todos los miembros de la comunidad que celebra la liturgia comunitaria van individualmente a la confesión; luego, al final, todos los sacerdotes pronuncian juntos la absolución de los pecados, en cuyo caso queda en suspenso la cuestión de si esta absolución se aplica «sacramentalmente» sólo a los que se han confesado individualmente aquí y ahora, o también a todos los que, con corazón contrito, han participado solamente en la celebración comunitaria.
La celebración comunitaria tiene un significado especial en comunidades de religiosos, en seminarios o en retiros o grupos que trabajan o viven estrechamente unidos. Esto podría reemplazar, por lo menos de tiempo en tiempo, las confesiones mensuales individuales de clases
enteras de escuelas de niños que lo desearan. La jerarquía francesa ha dado algunas directrices
(insistiendo, sin embargo, en que no se permite la absolución en grupos y se mantiene la necesidad de la confesión personal de los pecados):
«Estas celebraciones permiten que el sacramento sea referido una vez más a la palabra de Dios, que es la verdadera fuente de la liturgia. Permiten la celebración de la palabra donde actualmente se eche de menos. Con ello permiten a los fieles ver que este sacramento es, como todos los demás, un signo de fe, pues la fe viene de oír la palabra. Y además inculcan en la conciencia que el arrepentimiento tiene su origen en el llamamiento a la conversión.
»Constituyen, además, una de las "celebraciones comunitarias", a las que da preferencia la Constitución del Concilio sobre la liturgia, siempre que se conformen con la naturaleza propia de los diferentes ritos. Porque si el sacramento de la penitencia se administra en privado, muestra menos sentido del que realmente tiene el sacramento. Porque el sacramento es comunitario, causando la reconciliación con Dios en la Iglesia y por la Iglesia. Por consiguiente, estas celebraciones permiten reconocer el papel de la Iglesia en la acción sacramental, así como el de la oración de la Iglesia por los pecadores.
»Proporcionan una ocasión excelente para enseñar a los fieles a hacer mejor el examen de conciencia, a establecer una jerarquía de faltas y a reanimar su sentido del pecado.
»Estas celebraciones son especialmente oportunas durante la cuaresma, durante retiros, o ejercicios o misiones parroquiales, con ocasión de una peregrinación y así sucesivamente. No deberían presentarse como una institución nueva llamada a reemplazar lo antiguo. No deberían ser para los fieles una ocasión de confesarse con menos frecuencia, sino más bien de confesarse mejor.»
En grandes parroquias con uno o pocos sacerdotes no hay probablemente otro medio de restablecer una vida eucarística normal, fuera de la introducción oficial de la celebración comunitaria del sacramento de la penitencia y de la absolución general. Debería hacerse en una forma que asegurase a todos el perdón de sus pecados en la medida de su buena voluntad. En plena continuidad con el concilio de Trento, se podría imponer esta condición: que los que tienen clara conciencia de haber cometido un pecado mortal fueran absueltos sin previa confesión individual y pudieran comulgar, aunque con la obligación — en cuanto fuera posible — de confesar los pecados mortales por lo menos durante el próximo tiempo pascual.
La confesión individual tiene todavía pleno sentido después de la celebración y absolución comunitaria. ¿No recibió san Pedro el mensaje de paz juntamente con los otros apóstoles el día mismo de la resurrección? Después, sin embargo, fue invitado por el Señor a una confesión más individual de su pecado y a una profesión de fe y de amor.
Nota: Un plan de celebración comunitaria del sacramento de la paz se hallará en el apéndice.
III. DIFERENTES FUNCIONES DEL CONFESOR
La acción de Cristo en el sacramento de la penitencia puede servir de faro cuando se enfoca el papel del confesor: Por muy obvio que parezca este aserto, es necesario para poner en guardia contra un moralismo demasiado rígido o contra una psicología demasiado condescendiente. Yo no me siento inclinado a entablar discusiones sobre cuestiones como ésta: ¿Cuál es la función primaria del confesor, sanar al penitente o perdonar los pecados? Y esto por la sencilla razón de que yo enfoco el sacramento como una totalidad, como integración de ambas funciones. Sin embargo, creo necesario detenerme brevemente en cada una de ellas.
Hay algunos confesores, en particular sacerdotes ancianos que en el seminario estudiaron muy poca sociología y psicología, que juzgan todos los casos únicamente desde el punto de vista de una moral jurídica. Cada vez que un penitente acude a uno de estos sacerdotes, el confesor se fija únicamente en la responsabilidad humana y en la culpa humana con respecto a la ley. Tal confesor sólo se ocupa de principios objetivos: «¿Cuál es la medida y el grado de responsabilidad de esta persona? Yo tengo el deber de perdonarle en la medida en que reconozca su falta como transgresión de una ley.» En una palabra, estos confesores sólo se fijan en la ley y en los pecados contra la ley. Esto quería decir yo cuando hablaba de moralismo demasiado rígido.
Recuerdo el caso de un hombre que se entregaba a la masturbación. Preocupado con el problema durante casi treinta años, había tratado durante aquel tiempo con confesores que sólo se cuidaban de informarse del número exacto de pecados mortales para así poder estimar la gravedad del pecado. Entretanto, el hombre se convenció de que no le era posible corregirse. Oró insistentemente, pero parecía que no eran escuchadas sus oraciones. La culpa, juntamente con la vergüenza lo carcomía noche y día. Se avergonzaba de presentarse delante de Dios e incluso le daba vergüenza encontrarse con sus amigos. Finalmente, sus sentimientos de indignidad le llevaron a pensar seriamente en el suicidio.
La primera vez que vino a verme estaba ya desesperado. Yo le aconsejé que aceptara como una prueba aquel hábito de masturbación. Yo le aseguré que aunque no había logrado todavía vencer aquel hábito inveterado, todos sus esfuerzos y oraciones eran seguramente una prueba de que sus faltas se debían más a dificultades psicológicas que a mala voluntad. Finalmente le aseguré que aceptara aquella aflicción como una cruz y que tal cruz podía ayudarle a acercarse más a Cristo nuestro redentor.
Algunos años después lo encontré por la calle. Se precipitó hacia mi y me dijo: «Padre, no sabría cómo decirle lo agradecido que le estoy.» Se me dio a conocer y acabó su relación en una forma que no sólo me humilló, sino que me conmovió profundamente. «Cuando usted me dijo que podía aceptar mi aflicción como una prueba», dijo, «sentí por primera vez que podía incluso superarla».
La falta cometida por el legalista moral con sus penitentes consiste en no saber cuándo se ha de recurrir a la acción renovadora para contrapesar los principios morales. De todos modos, todo lo que se piense, se diga o se haga, ha de enfocarse en la perspectiva de la acción y amor redentor de Cristo.
Por otra parte, hay también confesores que todo lo consideran exclusivamente bajo el aspecto de la angustia del penitente. Éstos van al extremo opuesto. Es una nueva tendencia basada en la moderna psicología clínica o psicoterapia. En realidad, en muchos casos los psiquiatras y los psicólogos de profundidades han logrado disipar completamente sentimientos de culpabilidad, explicándolos como meros restos neuróticos de ansiedades reprimidas de la infancia. Una vez, en un tren, me abordó una estudiante y me dijo que había adquirido una nueva visión de la vida desde que había logrado desentenderse de temores y ansiedades.
Añadió que la vida le parecía ahora hasta cierto punto bella. Quedó sorprendida cuando le pregunté cuánto tiempo se había sometido a tratamientos psicoterápicos. Me respondió francamente: había pagado 110 horas de tratamiento. Se había sometido a un tratamiento que no difería en modo alguno de los servicios de psicólogos de pacotilla cuyo objetivo capital consiste en negar la realidad de la culpa. «Es sencillamente ansiedad», decían. «Y la peor ansiedad es la que se hace pasar por culpa.»
Entendámonos. Yo no afirmo que un pecador pueda no sentirse infeliz; ni tampoco digo que la ansiedad no pueda a veces confundirse con la culpa. Efectivamente, este último punto puedo ilustrarlo con un caso. Una vez recibí una carta de una mujer joven muy inteligente, en la que me decía que sentía tal ansiedad después de cometer cualquier falta, que se preguntaba si todas sus faltas no eran pecados contra el Espíritu Santo. Evidentemente, confundía la ansiedad con la culpa, y yo estaba convencido de que tenía necesidad de tratamiento psicoterápico. Yo no me opongo a la psicoterapia en cuanto tal, sino a una psicoterapia que niega absolutamente la culpa. Se cuenta con que el sacramento de la penitencia nos proporcione mayor y más profundo conocimiento y deseo de cumplir la ley de Dios; que nos libre de la ansiedad del pecado; que nos juzgue con vistas a evitar la condenación eterna en el juicio final. Finalmente, el sacramento de la penitencia tiene un aspecto litúrgico, a saber, el de culto del Dios todopoderoso, y una expresión de la confianza y amor para con el Padre celestial. A fin de comprender estos varios aspectos de la confesión, vamos a analizar cuidadosamente los diferentes papeles que Cristo desempeña en el sacramento: las funciones de maestro, de médico, de juez y de sumo sacerdote.
Cristo, como maestro
En el sacramento de la penitencia es Cristo el maestro de la ley interior de la gracia. Su estrategia docente depende de la acción del Espíritu Santo que purifica nuestros corazones y proclama la misericordia de Cristo por boca del ministro de la Iglesia. Mediante esta purificación y proclamación el penitente adquiere conciencia de su obligación de amar con un espíritu renovado. Así lo expresa Jeremías: «En aquellos días haré yo una nueva alianza con la casa de Israel... pondré mi ley en ellos y la escribiré en su corazón» (Jer 31, 31ss). Y Ezequiel añade: «Y les daré otro corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo» (Ez 11, 19; cf. 18, 31; 36, 26).
Cristo es el maestro de la ley de manera única. Hace que el penitente tenga participación en su propia vida y consiguientemente en la ley del Nuevo Testamento. «Mis leyes pondré en su conciencia y las grabaré en su corazón; y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo» (Heb 8, 10). En una palabra: esta ley es la ley del amor, amor de Dios y amor a nuestro prójimo.
Para los que acuden al sacramento de la penitencia con pecados mortales, Cristo es en forma verdaderamente eminente el maestro de la nueva ley, pues una persona que está en pecado mortal no se halla todavía de veras dentro de la ley de Cristo. No está todavía bajo la ley de la gracia. Está más bien bajo una ley amenazadora, que anuncia muerte y destrucción. Por consiguiente, cuando un penitente se reconcilia con Cristo mediante la gracia del Espíritu Santo, la presencia de Cristo regenera el poder de la nueva ley, exactamente como redime y forma al «hombre nuevo». El penitente vuelve a estar en Cristo y Cristo en él. San Pablo lo expresa así: «Porque la ley del Espíritu, dador de la vida en Cristo Jesús, me liberó de la ley del pecado y de la muerte» (Rom 8, 2). Y también: «Porque si os dejáis guiar por el Espíritu, no estáis bajo la ley... Por el