La virtud de la fe
La fe, no el sexto mandamiento, es el punctum puncti en la formación de una conciencia cristiana. Es doctrina de la Iglesia que la fe es el fundamento, la fuente y la raíz de la justificación. De aquí que, si nuestra praxis confessarii ha de ser ortodoxa y fiel a la doctrina de la Iglesia, hay que dirigir la mayor atención a la profundización y purificación de esta virtud en el penitente.
Sacramento de fe
La confesión contrita no es simplemente una relación de los propios pecados, sino también una profesión de fe. Importa atraer la atención del penitente hacia este punto, especialmente si hace bastante tiempo que no se ha confesado. En efecto, si se logra que el penitente se dé especialmente cuenta de las implicaciones de su confesión, el sacramento adquirirá mucho más sentido para él. Y así el confesor debe asegurarle que, contrariamente a la inclinación al mal expresada por sus pecados, su relación humilde de estos pecados ha dado una vez más expresión a su fe. En efecto, su confesión equivale a un renovado reconocimiento de la bondad, santidad y justicia de la ley de Dios. Además, manifiesta su fe en el poder del Señor, que por el ministerio de la Iglesia lo libra de sus pecados.
El penitente debe ahora aprender a mantener esta profesión de fe haciendo que informe su comportamiento en su vida de familia, en su trabajo, en sus diversiones. Para decirlo en términos concretos: esto significa el empeño en incorporar a su vida cotidiana ese humilde reconocimiento de la voluntad de Dios, sin vacilar en proclamar la verdad ante los que, por una razón o por otra confunden lo verdadero y lo falso, lo que es justo y lo que no lo es. Tal fortaleza da a otros ocasión de reaprender su propia fe y las normas de moralidad.
A veces tendrá el confesor que llamar la atención del penitente hacia la necesidad de profundizar su conocimiento de fe. Un medio verdaderamente práctico a este objeto podrá ser, supuesto el consentimiento del penitente, imponerle como penitencia una breve lectura diaria de la Sagrada Escritura o de algún libro espiritual, o del boletín diocesano, suponiendo que sea apropiado.
Ahora bien, el crecimiento en la fe no es mera cuestión de conocimiento. Aun antes de que el penitente abandone el confesonario, debe el confesor hacerle percatarse bien del significado de su absolución, como gran mensaje de fe y de esperanza. El confesor puede hacerlo celebrando el sacramento de tal forma que su propia fe halle resonancia en el corazón del penitente. La fe de la entera comunidad contribuye a fortalecer la de cada miembro con ocasión de una celebración comunitaria del sacramento.
La formación de la conciencia en la fe se lleva a cabo con éxito si el penitente reconoce que su vida ha de ser una gozosa respuesta a la revelación de la salvación de Dios. El confesor, teniendo esto presente, puede animarlo especialmente a fijarse en los aspectos de su fe que le proporcionan satisfacción, por ejemplo, los aspectos relacionados con su vida de familia.
Por la fe es llamado el cristiano a ser una luz que brille en las tinieblas del mundo. No basta con que el cristiano no reniegue de su Maestro o lo desconozca. Tiene la obligación de conducir a otros a la felicidad que él mismo ha hallado. Este deber es especialmente perentorio por lo que se refiere a su contorno próximo. El sacramento de la penitencia, como sacramento de fe que es, lo invita a cumplir esta obligación como reparación por sus pecados. ¿Qué contorno podría ser más próximo al penitente que su propia casa? Sin negar la necesidad de exhortar de vez en cuando a los casados acerca de materias concernientes a la castidad conyugal, pienso que los confesores obtendrán mejores resultados — incluso tocante a la castidad -- si concentran sus mayores esfuerzos con vistas a profundizar la fe de la pareja. Ayudemos a las parejas a mirar su vida de familia como una vocación, un llamamiento a crecer juntos en la fe. Si llegan a comprender que tienen una responsabilidad mutua de elevar los acontecimientos de la vida cotidiana a las alturas y a la luz de la fe, crecerán seguramente en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo y en una inteligencia más profunda del misterio del matrimonio.
Los padres tienen la admirable vocación de mirar por la educación sacramental de sus hijos. Mediante el bautismo introducen al niño en el ámbito de la fe. Con su ejemplo enseñan al niño cómo ha de vivir la fe. El confesor ordinario de un buen matrimonio que está para tener un hijo puede animarlos a celebrar el bautizo de una forma que dé edificación al resto de la familia, como también a los vecinos. Una vez oí de un sencillo labrador que se dirigió a su párroco y le dijo: «Padre, he venido para preparar el bautizo de mi octavo hijo. Después del bautizo de los otros, sentí cada vez que algo no estaba en regla. La ceremonia se había celebrado casi en secreto, algo así como si nos avergonzáramos de dar un nuevo hijo a Cristo. Querría que este bautizo fuera lo más alegre posible. ¿Podrían repicar las campanas? ¿Querría usted invitar a los parroquianos a asistir si les agrada? De esta manera podría yo compartir mi alegría con todos. Deseo que la gente cante y alabe a Dios porque ha nacido un nuevo hijo a la parroquia.» La sinceridad del hombre conmovió tanto al párroco, que de todo corazón apoyó sus propuestas. En realidad, el párroco confesó que en aquel mismo momento decidió examinar su conciencia acerca de la práctica del bautismo en su parroquia. Su reflexión acerca de lo que le había dicho aquel sencillo labrador le hizo comprender que no había cumplido con sus parroquianos tocante a la celebración de este gran sacramento de la fe. Yo no digo que haya que repicar las campanas a cada bautizo. Lo que sí quiero señalar es que párrocos que tengan un poco de imaginación darán con medios de hacer que el sacramento tenga más sentido para toda la parroquia. En una cierta localidad el párroco felicita a los niños que han sido bautizados, incluyendo sus nombres en la oración de los fieles que es rezada por toda la asamblea dominical.
El confesor mismo debería considerar atentamente los medios apropiados para desarrollar su propia fe tocante al bautismo, y así de esta manera ayudar a los fieles a desarrollar la suya. Si él mismo tiene ocasión de bautizar a un niño, puede aprovechar la ocasión para recordar a todos los presentes que la palabra de Dios que se va a pronunciar en esa ceremonia fue pronunciada una vez sobre ellos en su bautizo. Puede recordarles la gracia que se ofrece a los que asisten a esa ceremonia: la gracia de dar testimonio de su propia fe recitando gozosamente todos juntos el credo, y finalmente de traducir esta renovación en sus propias vidas. En su calidad de confesor puede inducir al padre y a la madre a asistir a la ceremonia y a meditar sobre las implicaciones del mensaje transmitido por la liturgia tocante a la educación cristiana de su hijo. En el bautismo, el Padre celestial, mediante el ministerio de la Iglesia, reconoce su título tocante a este niño: «Ahora ha venido a ser mi hijo muy amado.» Los padres de ese niño no pueden ya limitar su responsabilidad a educar al niño en la formación de buenos hábitos: «Haz esto. no hagas aquello.» Tienen el privilegio de explicar continuamente de palabra y obra el sentido total de esta proclamación sacramental de la buena nueva.
Hay padres que creen que si envían a su niño a una escuela católica, cumplen con su obligación de procurarle una educación cristiana. En realidad no es así. San Pío X, que fijó los siete años como la edad corriente para recibir la primera comunión, expresó con toda claridad que los padres deben asumir la tarea sumamente meritoria de preparar al niño para la recepción de la sagrada eucaristía. Si el niño es instruido únicamente por el sacerdote o por las religiosas, si los padres abandonan su deber totalmente, entonces el niño, en las profundidades del subconsciente, tenderá a asociar estas cosas más con la escuela, con las monjas y con el párroco, que con la vida de todos los días.
El niño es por naturaleza admirador de héroes, y sus primeros héroes son su propio padre y madre. Si éstos desempeñan un papel de primera importancia en la preparación de su hijo para el encuentro sacramental con Cristo y van a la comunión con él, no sólo periódicamente, sino a menudo, entonces su niño se grabará en el corazón la buena nueva de este sacramento central de la fe. La religión vendrá a ser para él una forma de vida, no algo impuesto durante las horas de la escuela.
El confesor debería aconsejar con frecuencia a los jóvenes matrimonios tocante a su vocación de ser los primeros heraldos de la fe para sus hijos (cf. Lumen Gentium, art. 11). Puede recomendarles buenos libros y revistas que los guíen en la formación espiritual del niño. Debe darles a entender que él mismo está dispuesto a esclarecerles todas las dudas que puedan tener. Ayudando a los padres a ayudar a los hijos fortalecerá la fe de todos los interesados. Este esfuerzo pastoral ayuda también a los padres a vencer toda tentación de practicar el control de la natalidad en su mal sentido. Una vez que los padres se percaten de las cosas tan valiosas que pueden proporcionar a su hijo, cosas que no se pueden procurar con todo el dinero del mundo ni con todos los colegios, no preguntarán ya tan fácilmente: «¿Por qué he de tener más hijos? ¿Qué es lo que puedo darles?» Esta misma pregunta, quizá de su colega o de algún vecino, hará que pasen por su mente como un relámpago algunos de los mejores momentos de su vida. Se acordarán del día del bautizo de su hijo, del gozo con que seguían la liturgia y la respuesta que ésta les sugería:
«La fe.»
«¿Y qué te da la fe?» «La vida eterna.»
Se acordarán de los días tan emocionantes de la preparación de su hijo para la primera comunión, y de la alegría que brillaba en los ojos del niño y que llenaba sus propios corazones la mañana que se acercaron con él al altar. Estos pensamientos disiparán rápidamente la tentación de practicar un control egoísta de la natalidad. Porque tal género de egoísmo proviene en gran parte de falta de fe. Son los materialistas los que dicen: «No puedo darle nada.» Para los padres que han estado implicados vitalmente en la educación sacramental de sus hijos, es la fe mucho más que un conocimiento abstracto. Es una experiencia real.
Habrá momentos en que el confesor tenga la oportunidad de proponer a los padres la manera de educar a sus hijos para una conveniente vida de oración. Deberá advertirles que eviten dar a los niños la impresión de que la oración es un ejercicio maquinal al que se nos llama con la campana: «Ahora es el momento de rezar las oraciones.» Los padres deben más bien iniciar al niño en la vida de oración hablándole primero de la bondad de Dios y de todo lo que Jesús hizo y no cesa de hacer por los hombres. El padre, como jefe de la familia, puede proceder a consagrar los acontecimientos del día en su familia mediante una oración personal hecha en presencia de los otros, dando gracias a Dios por los favores que les ha otorgado y pidiendo perdón por sus ofensas y las de la familia. Tal oración será una profunda vivencia para los niños.
La costumbre de cantar himnos en familia está íntimamente relacionada con la oración familiar Muchas familias han comenzado a resucitar la costumbre de cantar juntos las alabanzas de Dios. San Pablo, en la carta a los Efesios, antes de hablar del misterio del amor conyugal, exhortaba a los fieles: «Recitad entre vosotros himnos y cánticos espirituales» (5, 19). Hay aldeas católicas en las que uno que recorre las calles por la noche oye resonar cánticos religiosos que le llegan de las casas de la circunscripción. San Alfonso puso especial empeño en promover esta costumbre en sus misiones. Compuso himnos con las tonadas populares de la época y enseñaba a los fieles a cantarlos, no sólo en la iglesia, sino también en casa y en los campos. Hoy día se está reanimando el espíritu y la costumbre de cantar himnos, especialmente gracias al movimiento de los cursillos, que han suscitado una reacción muy favorable. Cantar puede ser una expresión admirable de fe gozosa, y Dios quiere que nuestra fe sea vivida gozosamente.
El plan pastoral de todo sacerdote debe adaptarse al crecimiento de su pueblo en la fe. Este plan será incompleto si su expresión se limita a la predicación y a la catequesis. Una sugerencia personal para fortalecer la fe, hecha al penitente en el sacramento de la penitencia, será el mejor medio de elevar al máximo la eficacia del ministerio de la predicación y de la catequesis.
La virtud de la esperanza
El capítulo quinto de la constitución conciliar sobre la Iglesia, Lumen Gentium, que lleva por título: «La vocación universal a la santidad», expresa el ideal de la esperanza cristiana en forma verdaderamente admirable. Cada uno de nosotros, se nos asegura, ha sido llamado por Dios a la santidad, y el camino para llegar a esta santidad consiste en la fiel aceptación de todas las circunstancias con que podamos encontrarnos en nuestra vida.
El confesonario da a los sacerdotes más de una oportunidad de exhortar al penitente a creer y esperar en el llamamiento general a la santidad, pero también de ayudarle a comprender su particular llamamiento y vocación. El penitente, animado por esta doctrina, renovará más fácilmente su firme resolución de aspirar a esta santidad.
Si un penitente camina todavía por la senda del legalismo, el mejor consejo que podrá a veces darle el confesor será recordarle que la promesa de Dios de salvar al pecador no se limitaba al hombre que trata simplemente de evitar el pecado mortal. Más bien, Dios ha llamado a todos los hombres a la santidad y ha prometido su asistencia a los que se fijan esta meta. El confesor, después de instruir así al penitente, podrá continuar, imponiéndole esta penitencia: rezar todos los días para pedir una fe y esperanza más robusta tocante a su vocación a la santidad. Otra penitencia puede ser también, para variar, pedir al penitente que examine su conciencia sobre este punto al final de cada día, preguntándose: «¿Me he dejado guiar hoy por la fe y esperanza que profeso? ¿Han sido mis pensamientos, palabras y acciones propios de un hombre que está llamado a la santidad?»
La esperanza cristiana se pone a prueba con el sufrimiento. En el capítulo octavo de la carta a los Romanos nos dice san Pablo que hemos recibido en nuestros corazones al Espíritu que clama
«Abba. , ¡Padre!» y que da testimonio de que somos hijos de Dios, herederos de Dios juntamente
con Cristo, con tal que estemos dispuestos a sufrir con Cristo. La exhortación a confiar en Dios es, pues, apropiada cuando el penitente revela sus aflicciones y dificultades. Que el confesor explique al penitente, en una forma apropiada a su inteligencia, que Dios lo está probando, y que aceptando esos sufrimientos se acercará él más a Dios. Como lo explicaba san Pablo:
«Y si somos hijos, somos también herederos: herederos de Dios, y coheredero, de Cristo, puesto que padecemos con él y así también con él seremos glorificados» (Rom 8, 14-17)
El confesor deberá asegurar al penitente que aceptando su cruz profundizará su espíritu de esperanza y se asegurará una prenda cierta de las promesas y de la fidelidad de Dios.
Ningún momento es quizá más propicio para que el confesor hable de esperanza al penitente, que cuando éste acude a él deprimido por un hábito de pecado. Recuerdo a un adolescente que me decía: «Padre, explíqueme cómo Dios puede ser amor. ¿Cómo puedo yo creer que Dios me ama si no puedo conservarme en estado de gracia una sola semana, aunque rezo y quiero realmente ser bueno?» Afligido por su impotencia para vencer sus dificultades cuando tanto deseaba avanzar en amistad, su corazón se extrañaba de que Dios lo rechazara a pesar de su buena voluntad. Vacilante en su creencia de que Dios es amor, el muchacho estaba en peligro de sucumbir a la tentación de perder la esperanza. Se esforzaba por evitar la masturbación, que hoy día molesta bastante comúnmente a los muchachos. Su confesor había acentuado una y otra vez la gravedad de aquella ofensa del Dios omnipotente. Aunque el chico deseaba sinceramente acercarse a Dios, se iba alejando más y más de la comunión. No tiene nada de extraño que se desanimara.
Yo vi con toda claridad que el confesor ordinario del muchacho debía haber seguido otra táctica en aquel caso. En lugar de recalcar la gravedad de la ofensa, habría podido insistir en la importancia de vencer aquella dificultad temporal. Podía haberse congratulado con el muchacho por su admirable despliegue de buena voluntad. Era el momento oportuno para instruirlo acerca de la ley del crecimiento: «En tanto puedas decir sinceramente que haces esfuerzos, en tanto
sigas rezando y pidiendo ayuda para hacer lo que todavía no puedes hacer, puedes estar seguro de que estás en gracia de Dios. Podrá ser una larga y dura batalla, pero acabarás por triunfar.» No hay que extrañarse de que un penitente como aquel muchacho comience a dudar de si todavía tiene buena voluntad. Para disipar tal duda puede el confesor explicarle que una prueba de buena voluntad será ésta: la fidelidad en confesarse, la jovialidad con los otros, la oración cotidiana, y un serio esfuerzo en poner en práctica los medios que le indique el confesor para vencer tal hábito. Con frecuencia se fortalecerá también su virtud de esperanza, así como sus energías psíquicas, si el confesor lo invita a comulgar sin confesarse previamente. Este procedimiento se recomienda especialmente si el muchacho está en una escuela o seminario, donde todos van a comulgar y donde su ausencia frecuente de la mesa del altar o sus frecuentes confesiones antes de comulgar pueden causarle apuros.
La misma táctica se puede seguir también con personas casadas que luchan y oran fervientemente para poder practicar la castidad conyugal, y sin embargo vuelven a recaer. En tanto muestren buena voluntad, se les puede absolver; esta opinión se basa en principios tradicionales. Pero, aparte la cuestión de la absolución y de la actual discusión sobre ciertos aspectos del «control de la natalidad» en casos difíciles, prefiero decir una palabra sobre la posibilidad de que se acerquen a la comunión sin confesarse. Voy a ilustrar esto con dos casos reales.
En un mismo día recibí dos cartas franqueadas en dos diferentes ciudades de España. La primera carta era de un señor anciano cuya hija y yerno tenían seis hijos. Los padres habían educado a