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LA CASTIDAD Y LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA

In document Häring.El sacramento de la reconciliacion (página 129-164)

Una actitud positiva

En materia de castidad, una conciencia estrictamente prohibitiva saca de su quicio a la persona humana y obstruye la acción de Dios en ella. Si queremos formar una conciencia que induzca al penitente a la integridad, aunque dejando intacto el amor y el gozo, que son esenciales para la debida comprensión y uso de la sexualidad humana, debemos tender a una apreciación más completa de la bondad y santidad de ésta.

Mediante la sexualidad humana encauza Dios la vida y el amor en el mundo. Llama al hombre a participar con él en la formación creativa de su pueblo y en la continua efusión de su amor redentor en la tierra. En la medida en que se ayuda al penitente a lograr el sagrado objetivo de su sexualidad, se le anima también a evitar su profanación.

Una actitud verdaderamente torcida y demasiado predominante es la de considerar el sexo como un mal o como una ocasión de pecado, pecado que luego se excusa con el matrimonio. Esto sería algo así como decir que la administración de los sacramentos es pecaminosa, pero cesa de serlo

una vez que el sacerdote ha sido ordenado y ha recibido la facultad de oír confesiones. Naturalmente, quienquiera que osase oír confesiones antes de estar ordenado no merecería ser confesor, pues revelaría una lamentable ignorancia de la misión de éste.

Por la sexualidad humana están todos llamados, de una manera o de otra, a una paternidad o maternidad de los hijos de Dios. La respuesta corriente al llamamiento de Dios está en la vocación del matrimonio y de la paternidad natural; sin embargo, interesarse con amor por el prójimo en la vida seglar, es también un papel de padre, y la total entrega de uno mismo a la paternidad o maternidad espiritual en el celibato consagrado, es una vocación, una forma especialmente bendecida de fecundidad espiritual.

Todas las obligaciones de la castidad cristiana fluyen de estas vocaciones, que testimonian, cada una en su forma especial y única, la presencia del reino de Dios. Una vez que uno ha comprendido la castidad a esta luz, sabe por qué debe evitar los pecados contra el sexto mandamiento que contradicen o alteran el profundo significado de su sexualidad y su expresión en su propia vocación. La formación de la conciencia del penitente bajo este respecto significa inducirlo a penetrar el sentido de las profundas verdades implicadas en esta materia. Entonces se percibe lo que significa pecar contra Dios, sumo bien en nuestra escala de valores y revelador de esta jerarquía de bienes.

Matrimonio y celibato

¿Qué es el matrimonio? Es una alianza estable y exclusiva de amor entre un hombre y una mujer en la presencia de Dios. Por la acción del Espíritu Santo y la aceptación de esta acción por los esposos, su amor personal mutuo refleja el amor de Cristo al pueblo de Dios, que es su Iglesia. Su gozosa colaboración con el grandioso o Amante, Dios Creador y Redentor, profundiza su propio amor hasta que éste se transforma en un don total del uno al otro y de ambos a los hijos nacidos de su unión. Así forman una comunidad de amor, que da gloria a Dios.

¿Qué es el celibato? El celibato es también una alianza de amor, pero de un amor orientado hacia lo más alto, que en primer lugar se da enteramente a Dios y luego refleja su amor divino, en actos y actitudes. delante del mundo. Es una de las formas más elevadas de apertura a Dios y al prójimo, apertura que capacita a la persona para entregarse plena y gozosamente a testimoniar la presencia de Dios mediante el servicio a los hijos de Dios.

Ofensas contra la castidad

Muchos cristianos piensan, u oyen decir, que todos los pecados contra el sexto mandamiento son

ipso facto pecados mortales. Sin embargo, esto no ha sido enseñado nunca por la Iglesia. Sería de

lo más ridículo equiparar el abominable pecado de estupro o de fornicación desdeñosa y desamorada, con las caricias demasiado íntimas hechas a la novia, aunque con ellas se experimenta un cierto grado de placer egoísta. Ni se puede sostener que la falta de control en cuanto a la pasión sexual del amor haya de juzgarse más severamente que el desenvolvimiento de pasiones tan destructivas como la cólera o el odio, de las que hemos tratado en el capítulo precedente.

No hay normas especiales de moralidad aplicables al sexto mandamiento; éste se rige por las mismas normas y principios generales que regulan el resto de la moral. Como en los demás casos, sólo se comete un pecado mortal tras la necesaria deliberación y la libertad requerida por parte del individuo.

Tres elementos deben estar siempre presentes para que haya pecado mortal: 1) hay que darse plena cuenta de que se toma una decisión acerca de la amistad de Dios y de la salvación, lo cual proviene de la convicción de la importancia que tiene la decisión (o la materia de la decisión); 2) una plena liberación proporcionada, y 3) el grado de libertad correspondiente a la decisión sobre la salvación eterna. Sin embargo, sólo Dios conoce la exacta medida de la deliberación y de la plena libertad que merece condenación eterna. Los teólogos sólo pueden proponer tanteos o reglas aproximadamente de prudencia.

Hasta estos últimos años, la opinión más común entre los moralistas era que son mortales todos los pecados en los que una persona busca directamente un placer sexual contrario al orden moral, sea cual fuere el grado de ese placer sexual o desorden moral. Con otras palabras: se enseñaba que todo desorden sexual o toda búsqueda desordenada de placer sexual era de tal importancia que el cristiano medio tenía que darse cuenta de que con ello destruía la amistad con Dios y consiguientemente era merecedor de condenación eterna. Esto se sostenía aun en el caso de que una persona tuviera la intención de detenerse antes de alcanzar la plena satisfacción sexual, es decir, antes del orgasmo. Sin embargo, moralistas más avisados insistían en que esto sólo tenía lugar si había una voluntad directa, deliberada y plenamente libre de excitar la propia sexualidad hasta cierto grado. Ahora bien, muchos moralistas tradicionales habrían aceptado la siguiente regla práctica de discernimiento: personas que generalmente muestran buena voluntad y, por razones morales, se detienen antes de haber alcanzado el orgasmo, tienen en su favor la presunción de no haber cometido pecado mortal, por lo menos en casos en que se dude de si obraron con voluntad plenamente libre, con suficiente deliberación y con intención directa de abusar de su sexualidad o de excitar hasta cierto grado la de otra persona.

Hoy día un número creciente de teólogos rechaza esta posición. Afirman que en este campo se debe abordar y expresar la cuestión en los mismos términos que en las otras categorías morales. Con esto se quiere decir que si hay un grado menor de desorden, tenemos muy buenas razones de pensar que la persona media no tiene la sensación de que en ese caso se arriesga la salvación ni toma una decisión que brote de las profundidades de la voluntad; es un' acto imperfecto de decisión, un pecado venial. Naturalmente, los teólogos modernos reconocen también la gravedad de todo pecado que exprese un acto de decisión plenamente libre y deliberada de transgredir directa e intencionadamente la voluntad y la ley de Dios (el orden del amor), sea cual fuere el punto en que quiera detenerse en la búsqueda egoísta del placer.

Independientemente del enfoque teorético, en la práctica se puede aplicar el siguiente criterio: una persona que generalmente muestra buena voluntad y con la más seria preocupación moral trata por lo menos de evitar la satisfacción sexual completa, no ha cometido pecado mortal. Con todo, hay que advertir a los penitentes que quien, con plena deliberación y libertad decide explotar su sexualidad en todos los grados sin llegar al orgasmo, no puede psicológicamente no querer ir más lejos; al final sucumbirá a esta tendencia más oculta y desarreglada. La advertencia

es todavía más perentoria si está implicada la excitación sexual de otra persona, por razón del pecado contra la caridad y de la implicación mutua en un impulso creciente.

Los teólogos de ambas escuelas admitirán que se debe amonestar lo más seriamente posible al cristiano acerca del peligro de jugar con su sexualidad, especialmente si se hace con plena deliberación o con obstinación. Esta advertencia era el objetivo esencial del enfoque tradicional en teología moral, aunque la forma de presentarlo nublaba con frecuencia el punto principal y daba la sensación de que la moral sexual debía tratarse diferentemente de t otras materias morales.

Sin embargo, conviene saber que ningún teólogo bien informado enseña que todos los pecados contra la finalidad de la sexualidad sean mortales, incluso desórdenes causados sólo indirectamente o buscados indirectamente. Por ejemplo, no siempre que se cede a la curiosidad o que no se evita una ocasión de pecado, se comete necesariamente pecado mortal. Sin embargo, si uno sabe que caerá en pecado como consecuencia de su curiosidad o de acciones inconsideradas, entonces estos actos «indirectos» son mortalmente pecaminosos, supuesto, naturalmente, que la persona se dé perfecta cuenta de que la situación es para ella una ocasión próxima de pecado, ocasión que hubiera podido evitar, pero no quiso, y de que al obrar así procedía con deliberación y voluntad libre.

Es evidente que muchas personas no pueden evitar todas las ocasiones que constituyen para ellas cierto peligro de excitación sexual. Sería, por ejemplo, ridículo sostener que parejas de prometidos no pueden abrazarse o acariciarse si ello provoca una cierta excitación y placer sexual. Si hoy día se impusiera y se llevara adelante esta restricción, no podría casarse nunca ninguna muchacha que siguiera este consejo. No obstante, una pareja de prometidos debe evitar las ocasiones que saben que para ellos constituyen peligros próximos de experimentar placer sexual completo y de darle libre consentimiento.

En la castidad, como en cualquier otra materia de moralidad, quienquiera que tenga buena voluntad y aspire a realizar plenamente la virtud de la templanza, está en estado de gracia y se mantiene en él, aunque a veces tenga alguna debilidad. Lo que importa es que no cese de mostrar buena voluntad. Exagerando los peligros, concentrando demasiado la atención en ellos e imponiendo demasiadas restricciones tocante a las manifestaciones de cariño, nos exponemos a desanimar a las personas y a entregarlos completamente en brazos del vicio.

(Sobre el complejo problema de la homosexualidad, véase B. Haring, La Ley de Cristo, tu, p. 316ss.)

Masturbación o «ipsación»

Los psicólogos han mostrado una cierta preferencia por el término «ipsación» (de ipse, uno mismo) en lugar de masturbación, porque expresa mejor la naturaleza egocentrista de la tendencia o del acto. Aunque esta inclinación es más común en los jóvenes (y aquí la trataré principalmente desde este punto de vista), esto no quiere decir que el problema se limite a este grupo de edad; no pocos adultos se ven molestados por este hábito. Con frecuencia representa una persistencia de hábitos juveniles que no se dominaron nunca totalmente. En otros casos la tendencia se desarrolla en condiciones de aislamiento de frustración que la persona no puede

cambiar o no tiene intención de cambiar. Una persona soltera que se halla en un ambiente extraño, lejos de la compañía de la familia o de amigos muy conocidos, o personas casadas separadas por la distancia o agobiadas por falta de inteligencia mutua, pueden verse tentadas en este sentido. Aquí entran en juego muchos factores psicológicos.

Hay gran diferencia entre el género de culpabilidad asignada a un abuso de la propia sexualidad con manipulaciones voluntarias y la que proviene de ceder débilmente a este impulso bajo la presión de una alteración emocional. En todos los casos, el esfuerzo del confesor debe orientarse a ayudar al penitente a superar su dificultad, pero sus consejos deben reflejar las diferentes necesidades y circunstancias. En el primer caso de los dos que hemos mencionado, el confesor debe subrayar la gravedad del pecado, que profana una facultad sagrada, y debe acentuar la necesidad del dominio de sí en todos los aspectos de la vida. En el segundo caso, quizá sea lo más conveniente no llamar la atención hacia el pecado, por el peligro de intensificar las tensiones ya existentes. En cambio, podrá el confesor insinuar en términos generales cómo la confianza en Dios, el abrirse a Dios en la oración y en la comunión frecuente puede representar una ayuda para el penitente; puede hablar también de la virtud de la generosidad en obras de misericordia, como visitar a personas abandonadas. Lo más importante es dar ánimos. Hay que ayudar a la persona a apreciar su propio valor y animarla a empeñarse generosamente en intereses exteriores a ella misma.

La juventud está especialmente expuesta a esta dificultad particular. En el ambiente de nuestros días penetrado de sexualidad, la mayor parte de los muchachos y una gran minoría de las muchachas se entregan más o menos a actividades masturbatorias durante el proceso del desarrollo. Pero no es sólo el ambiente; otros hechos nos obligan a repensar algunos de los principios formulados en circunstancias totalmente diferentes.

Hoy día, en Europa y en América, se alcanza la madurez sexual por término medio de dos a cuatro años antes que en el siglo pasado, mientras que la personalidad tarda por lo regular más en alcanzar la madurez. Las mayores exigencias de la instrucción someten a la juventud a un período más largo de dependencia de su familia, con la consiguiente dilación en los adolescentes de la asunción de las responsabilidades y decisiones de los adultos. La inmadurez forzada viene a ser una circunstancia atenuante en los problemas de los adolescentes. La extensión del problema de la masturbación pone de relieve el hecho de que la madurez biológica rebasa la psicológica hasta tal punto que los jóvenes, al enfrentarse con el problema, todavía no han adquirido los valores y la libertad necesarios para tratarlo con suficiente conocimiento y deliberación; no están suficientemente maduros para afrontar el impulso biológico.

De resultas de la nueva situación y de la importancia dada hoy día a los factores psicológicos, hemos creído necesario reformar nuestra actitud frente a este viejo problema. La doctrina tradicional de la Iglesia conserva todavía su vigencia, pero hay que poner cuidado en expresarla e interpretarla de forma que pueda aplicarse a la presente generación y ser entendida por ella. En una sociedad estática, en la que la mayoría de los jóvenes habían casi alcanzado la madurez personal antes de encontrarse con los problemas sexuales, no había tanto inconveniente en expresar principios en forma estática e inflexible, por ejemplo, afirmando sin más que la masturbación era pecado. Hoy día, en cambio, los principios deben expresarse en términos

dinámicos, teniendo en cuenta las tensiones y el grado de madurez actuales. De lo contrario los jóvenes no entenderán lo que queremos decir.

Conviene subrayar que el hábito de la masturbación en un adolescente es casi invariablemente signo de una tensión entre la temprana maduración sexual y la maduración retrasada de la personalidad, y el problema sólo puede resolverse si la fuerza resultante es una fuerza de apertura a Dios y al prójimo. Este enfoque reviste particularmente importancia en vista del hecho de que muchos jovencitos caen en el hábito antes de comprender realmente lo que sucede. Una dificultad temporal no tarda en convertirse en una condición permanente, especialmente si se tropieza con constantes reproches o si uno concentra en ello la atención en forma negativa.

Naturalmente, sería contra la tradición sostener que la masturbación no es nunca pecado mortal o pretender que casi nunca es pecado. El papa Pío XII decía (AAS 1952, p. 275):

«Rechazamos como errónea la afirmación de los que consideran las caídas como inevitables entre los adolescentes, por lo cual no merecen tomarse en cuenta. Aceptan como regla general la creencia de que las pasiones destruyen la libertad necesaria requerida para hacer un acto imputable moralmente.»

Aunque primeramente debemos observar que la palabra «adolescente» puede tener diversas connotaciones y que hoy día muchos que se enfrentan con problemas sexuales son todavía niños, la declaración del Papa sigue siendo la línea directriz. Es cierto que no podemos sostener que tales «caídas» son inevitables, pues las caídas morales no son nunca inevitables en cuanto son decisiones libres. Además, muchos muchachos y muchachas cuyo ambiente y herencia son sanos, se arreglan para evitar absolutamente esta situación. Ni se puede decir que la pasión sola destruye la imputabilidad moral de los pecados contra el sexto mandamiento, pues si así fuera, ello serviría de verdadera excusa de todos los pecados procedentes de pasión. Entonces sólo un pecado diabólico sería mortal.

André Gide, autor cuyos libros fueron puestos en el Índice, refiere en uno de ellos cómo él decidió hacer una experiencia única. Decidió procrear un hijo sin tener la menor sensación de amor o de placer. Se preguntaba qué pasaría si dos personas que no se tienen la menor simpatía ni sienten la menor pasión la una por la otra tuvieran relaciones con vistas a la procreación. El llevó realmente a cabo su plan. Por naturaleza, tal experiencia es diabólica y patológica. Abusar de la facultad sexual sin la menor pasión ni amor revela en una persona normal una mala voluntad empedernida. Una pasión desordenada es menos mala que un abuso calculado fríamente.

Aunque la pasión sola no excusa de pecado, en muchos muchachos y muchachas no se trata simplemente de pasión o de un enorme impulso sexual. Hay implicados muchos factores psicológicos. Ceden a la masturbación porque no han sido preparados o instruidos adecuadamente acerca del valor del matrimonio y la dignidad del sexo. No saben lo que son esas fuerzas que están experimentando. En muchos casos la masturbación viene a ser un acto compensatorio con el que los adolescentes dan desahogo a sus frustraciones. Se sienten abandonados y despreciados y a veces ellos mismos se desprecian.

Muchachos fracasados están especialmente sujetos a tales tentaciones. Con frecuencia se masturban después de una reprimenda del maestro o de sus padres. Su pecado solitario los convence de su falta de valía, mientras que al mismo tiempo ellos afirman su independencia y

buscan consuelo. Ahora bien, incluso cuando un muchacho se entrega a manipulaciones consigo mismo no se puede siempre concluir que proceda con plena libertad; puede ser víctima de un impulso psicológico incontrolado. A veces su ansiedad o su miedo de sucumbir de nuevo puede crecer hasta el punto de hacerse imposible toda tentativa de resistir al impulso. El muchacho puede tener deseos de resistir, pero no puede. Esta es la razón por la cual es recomendable una táctica positiva que distraiga la atención del acto pecaminoso. Si el confesor invita a un penitente que incurre en este pecado a hacer algo con el fin de ayudar a otros, le ayuda a él mismo a enderezar sus energías canalizándolas en forma constructiva.

Algunos confesores, al tratar de ayudar, procuran resolver este problema inspirando a los muchachos motivos de miedo y procediendo como si tales pecados fueran algo verdaderamente extraordinario. De esta manera sólo consiguen suscitar un complejo de culpabilidad que hace que

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