B. La globalización en red
3.2.2. La fragmentación no es competencia
A. La ampliación de las redes y la interdependencia en construcción
Es fácil comprobar de lo dicho en el epígrafe anterior que nos decantamos, en resumen, por una concepción de la red que remite a un tipo de dinámica más que a un tipo de figuración. Lo interesante del concepto y su afinidad con los procesos que se estudian como relacionados con la globalización, para nosotros, es su capacidad para destacar la producción y destrucción de relacionamientos, lo que hay de cambiante e inestable en el fenómeno. No se trata, entonces, como sugiere Castells, de un término que represente adecuadamente un tipo de organización que se adapta mejor a un “entorno” en constante transformación. Lo que el término significa en nuestra articulación es la transformación misma de las relaciones sociales en las que nos constituimos como agentes. Nosotros mismos seríamos ese “entorno” en constante transformación. Nuestro permanente entretejernos en relaciones novedosas, paralelo al igualmente permanente destejerse de relaciones más estabilizadas, imbricándonos en cadenas de interacciones que cruzan el mundo al tiempo que nos “separamos” de lo que hasta ahora se había considerado más “próximo”, es lo que construye la globalización. Nuestros movimientos en el espacio social se han hecho mucho más impredecibles y el concepto de red nos ayuda a dar cuenta de ellos. Podemos decir, con Latour, que se acuña el concepto de red con la finalidad de describir más certeramente lo inestable de lo social -el objeto de la sociología entendida como el trazado de asociaciones-, frente a los conceptos de instituciones, organizaciones, estructuras, etc., de los que nos servimos para explicar lo socialmente estabilizado, -el objeto de la sociología pre-relativista-84.
Lo que se pone en primer plano, así, es la constante incorporación y expulsión de agentes en la producción de las relaciones sociales. Incluir la “expulsión” es importante porque hablar sólo de “multiplicación”, ya lo hemos señalado muchas veces, puede ser engañoso. Es preciso, sin embargo, insistir en dos puntos que ya hemos mencionado pero que es importante que queden totalmente
84 “A more extreme way of relating the two schools is to borrow a somewhat tricky parallel from the history of physics and to say that the sociology of the social remains 'pre-relativist'. In most ordinary cases, for instance situations that change slowly, the pre-relativist framework is perfectly fine and any fixed frame of reference can register action without too much deformation. But as soon as things accelerate, innovations proliferate and entities are multiplied, one then has an absolutist framework generating data that becomes hopelessly messed up.” (Latour, 2005: 12)
claros. El primero tiene que ver con lo novedoso de la dinámica. Comentábamos en el apartado anterior la importancia de notar lo imprevisible e ininteligible de las nuevas conexiones, proposición en la que se reside la clave para diferenciar la reactivación de figuraciones que operan más o menos intermitentemente -la mayoría- y la producción de figuraciones auténticamente nuevas. Sin embargo, al trasladar la cuestión en términos de incorporación y expulsión de agentes en las figuraciones se corre el riesgo de que surja una confusión muy perjudicial. Hay un sentido evidente en el que, incluso en la más estable de las figuraciones, nuevos agentes se incorporan con regularidad a distintas relaciones, mientras que otros van desapareciendo de las mismas, debido a la mayor capacidad de supervivencia de las estructuras que de los agentes. Así, por ejemplo, un profesor de 1º de bachillerato entra todo los años en relación con muchos nuevos agentes en sus clases, a la vez que una mayoría de los del año anterior las abandonan. Del mismo modo, el profesor puede ser sustituido a mitad de curso. La dinámica de la que hablamos ciertamente no es esa. Para concretar la diferencia es necesario recordar, como siempre, que los agentes se constituyen en las relaciones y que es en ellas donde esta la verdadera novedad. Nuevos agentes deben suponer nuevas relaciones. De este modo, mientras no haya una cierta ruptura en los patrones de relacionamiento entre profesor y alumnos, básicamente son los mismos agentes los que componen la figuración de una clase de 1º de bachillerato año tras año.
El segundo punto tiene que ver con una confusión que puede darse también con el uso de los términos “incorporación” y “expulsión”. Estos tienen como connotación que la dimensión activa del relacionamiento estaría en los agentes que “permanecen” en la figuración, mientras que los que “entran” y “salen” serían una parte pasiva en la dinámica. Nada más lejos de nuestra intención que proponer que en una relación puede haber agentes puramente pasivos. En este sentido, hay dos nuevas matizaciones que hacer. La primera es que, en todo caso, como hay que entender esta dinámica es como la construcción o aniquilación de agentes. Es decir, un agente que se “incorpora” es un agente que la relación “produce”, pasando de ser irrelevante para la misma a ser relevante. A la inversa, un agente que se “expulsa” es un agente que la relación “elimina”, pasando de ser relevante a ser irrelevante. Si entendemos al agente en el sentido convencional como el nodo en el que se entrecruzan diversas relaciones, el agente entonces no deja de existir por ser “eliminado” de una de ellas -aunque sí es transformado-, pero de cara a la relación a la que nos referimos sí lo hace, y de forma radical. Nuestros alumnos de 1º de bachillerato, obviamente, no dejan de ser agentes por pasar de curso, pero sí que dejan de ser agentes relevantes para la figuración del profesor de ese
curso con sus alumnos. Este es un primer sentido en el que no nos referimos a agentes pasivos: hablaríamos de nuevos agentes o agentes que ya no son tal.
La segunda matización es que, independientemente de que se esté “produciendo” o “eliminando” un agente, éste es parte de ese proceso y siempre interviene en él. Esta dinámica no puede ser considerada como exitosa o fallida sin tener en cuenta la participación del agente, que puede tratar de impedir tanto su incorporación como su expulsión. Pero aún este planteamiento se limita a considerarle como una parte reactiva y esta no es una proposición correcta. El ímpetu que fuerce el cambio en la relación puede provenir tanto de los agentes que “permanecen” como de los que “salen” o “entran”. Los agentes “producidos” o “eliminados” pueden serlo por sus propias acciones en la red, y si nos referimos a agentes intencionales, incluso, la dinámica podría ser elaborada como proyecto suyo, tanto en uno como en otro caso. Es fácil imaginar, por ejemplo, como la “expulsión” de la figuración puede ser buscada por un agente que en ella se ve sometido a restricciones y coacciones severas, como podría ser si se encontrase preso, o si sintiera su vida amenazada, como podría ser si participase en un conflicto bélico. No debemos, por tanto, presuponer que el agente siempre quiera la incorporación, muy al contrario, es frecuente que al agente le interese la expulsión.
Un apoyo en la formulación de este tipo de dinámicas lo encontramos en los principios de “voz” y “salida” propuestos por Hirschman (1977). Sin embargo, hay un número importante de limitaciones que tener en cuenta y que impiden una asimilación completa. La primera tiene que ver con que Hirschman parte de grupos constituidos de modo que, aunque “salida” se puede corresponder bien con “expulsión”, no se puede decir lo mismo de “voz” e “incorporación”, dado que “voz” es un término que se aplicaría a agentes que ya están ahí. Se podría decir que “voz” transforma a los agentes, pero esto no es una necesidad lógica de la definición de Hirschman, y puede ser una alternativa perfectamente estabilizada para ellos. La segunda se refiere a que Hirschman define estos principios como mecanismos de corrección, de modo que, en nuestros términos, podríamos decir que parte de relaciones conflictivas. Esto no es necesariamente cierto en nuestra propuesta porque, por ejemplo, una cooperación exitosa puede alimentar que se establezcan nuevas relaciones que sigan nutriendo la figuración. La tercera está en relación con que Hirschman tiene en mente agentes intencionales que optan por uno u otro principio como estrategias. Al contrario, nosotros, como acabamos de explicar, no queremos excluir la intencionalidad, pero preferimos mantener nuestra propuesta abierta a contemplar todo tipo de relaciones. La cuarta, debido a las diferencias entre nuestro concepto de “incorporación” y su concepto de “voz”, así
como a su asunción de que se parte de grupos constituidos que enfrentan una situación conflictiva, es que realmente nos encontramos con que con lo que nosotros trabajamos es con el concepto de “salida” y un opuesto que Hirschman no contempla, y que vendría a ser algo similar a “entrada” -y, de hecho, nosotros nos hemos apoyado en nuestra elaboración argumental de ese concepto-. Por último, aunque él pretende mostrar que ambos funcionan en ambas instituciones, la identificación entre “salida” y economía y “voz” y política, nos dejan en una situación muy desfavorable:
“Al examinar el carácter y la intensidad de estas fuerzas endógenas de recuperación nuestra investigación se bifurca, como explicamos antes. Su rompimiento en dos categorías distintas, aunque no mutuamente excluyentes, la salida y la voz, sería sospechosamente nítido si no reflejase fielmente un cisma más fundamenta: el que se existe entre la economía y la política. La salida pertenece al primer campo, la voz al segundo. (…) [el concepto de voz] Es claro -abandonamos o no abandonamos una empresa-, impersonal -se evita toda confrontación cara a cara entre el cliente y la empresa con sus elementos imponderables e imprevisibles, y el éxito o fracaso de la empresa se le comunican por un conjunto de estadísticas-, e indirecto -toda recuperación de la empresa declinante se obtiene por cortesía de la Mano Invisible, como producto no deliberado de la decisión de abandono del cliente. En todos estos sentidos, la voz es exactamente lo opuesto de la salida. Es un concepto mucho más 'confuso', porque puede graduarse desde el débil murmullo hasta la protesta violenta; implica la articulación de nuestras opiniones críticas antes que un voto privado, 'secreto', en el anonimato de un supermercado; y por último, es directo y claro antes que de rodeo. La voz es una acción política por excelencia.” (Hirschman, 1977: 23-24)
La extensa cita es necesaria para comprobar el planteamiento tan distinto en el que concluyen los límites antes expuestos. Nuestros conceptos de “incorporación” y “expulsión” no son, en absoluto, sólo “económicos”, ni muchos menos claros, impersonales e indirectos. Al contrario, nos gustaría más bien dotarlos de las características que Hirschman imputa al principio de “voz”, incluso encontrando beneficiosa para los mismos la asociación con lo político.
Pero, sobre todo, existe un peligro importante en la aplicación de una conceptualización tal al campo de la globalización, que consiste en que hablar de “voz” y “salida” como tipos de estrategias con las que afrontar situaciones conflictivas deriva fácilmente en los planteamientos que asumen la interconexión completa a escala global o, en nuestros términos, la actualización de una figuración planetaria, y al tipo de planteamientos que hace Beck sobre la imposibilidad de escapar a los riesgos globales o, aún peor, a la conversión de toda relación competitiva en dilemas sólo solucionables en términos de transformación en relaciones cooperativas. Así surge el presupuesto de la coordinación
global como imperativo del mundo que habitamos. Esta es, por ejemplo, la consecuencia que extrae Serres, bajo las bellas metáforas de la “política en tierra” y la “política en el mar”: “entre la vida ordinaria en tierra y el paraíso o el infierno en el mar existe la diferencia de la posible retirada: a bordo nunca cesa la existencia social y nadie puede retirarse a su tienda privada, como lo hizo Aquiles, guerrero de a pie, antaño” (Serres, 1991: 71-72). Y añade: “desde el principio de nuestra cultura, la Ilíada se opone a la Odisea como la conducta en tierra firme frente a las costumbres de mar: la primera sólo tiene en cuenta a los hombres, las segundas tienen que ver con el mundo” (Serres, 1991: 73).
Sin embargo, el propio Beck reconoce, como vimos más arriba, que la globalización de la biografía requiere a veces el aislamiento. Y, aunque podemos estar de acuerdo en que quizá en algunas dimensiones verdaderamente globalizadas nos encontramos con esa carencia de la retirada como solución, aún hay muchas cuestiones en las que los agentes poderosos consiguen escapar de las sanciones negativas. Incluso ante riesgos ecológicos o la amenaza de la “destrucción mutua asegurada”, como afirman Nye y Keohane (1998), la indeterdependencia no termina de cristalizar en la coordinación de la acción a nivel global, debido a factores como a los diferentes grados de vulnerabilidad y a la imposibilidad de encontrar vías únicas de actuación. Conviene, entonces, ser precavidos y limitarse a aceptar la utilidad que la retirada puede tener en las relaciones de competencia.
Un uso más acorde con lo que proponemos, aunque siempre dentro del marco de la agencia intencional, lo encontraríamos en la siguiente proposición de Crozier:
“(...) es mucho más fácil preservar la propia independencia e integridad cuando uno se mantiene aparte de la responsabilidad de decidir que cuando se acepta participar en el debate. El individuo que se niega a dejarse arrastrar a los problemas que plantea la acción colectiva se conserva mucho más libre ante cualquier presión. Cuando se discute, uno se liga por la propia colaboración aportada y se vuelve en seguida más vulnerable a las presiones de los superiores y aun de los colegas.” (Crozier, 1974: 97)
En esta línea podemos conectar las dinámicas de incorporación y expulsión como vinculadas de forma mucho menos lineal con la competencia y la cooperación y, sobre todo, se hace patente su relación fundamental con las cuestiones de la interdependencia y la autonomía sin tomarlas como condiciones dadas, sino como lo que está precisamente en juego.
Es preciso concretar, para terminar con la exposición de nuestra posición, lo que se entiende por “interdependencia” y “autonomía”, puesto que como ilustra Simmel con el ejemplo de la
diferencia entre “inmortalidad” y “no-mortalidad”, no se debe asumir como contraposición de la “(inter)dependencia” la mera ausencia de relaciones con los demás:
“(...) [la libertad] no puede aparecer aquí como mera ausencia de relaciones, sino, precisamente, como una relación muy determinada con los demás. Esos demás han de estar ahí y se han de percibir, a fin de que nos puedan ser indiferentes. La libertad individual no es un atributo puramente interior de un sujeto aislado, sino una manifestación correlativa que pierde su sentido cuando no encuentra una contrapartida.” (Simmel, 2003: 365)
Podría parecer que esta afirmación contradice, sin embargo, nuestra proposición de que la “expulsión” es, efectivamente, la eliminación de una relación. No obstante, esto aparece así bajo la identificación errónea del agente como nodo de relaciones al que se refiere Simmel, con el agente como parte de una relación. Si un agente -como nodo de relaciones- busca su expulsión es con el fin de evitar una sanción negativa por su interferencia con otras relaciones. Es importante, al efecto, tener en cuenta lo dicho en el capítulo anterior sobre que lo “positivo” o “negativo” de una sanción se mide en relación con la sanción recibida por los otros agentes, y por el reposicionamiento en la figuración. La autonomía, por tanto, no puede concebirse como libertad en su sentido meramente negativo, sino por el incremento de alternativas respecto a otras relaciones.
En este sentido, aunque rechazamos la distinción entre interdependencia e interconexión tal y como la formulan Nye y Keohane -donde la primera supone “efectos de costo recíproco en los intercambios (aunque no necesariamente simétricos)” mientras que la segunda “no implican efectos de costo significativos”, y que viene a equivaler entre distinguir entre relaciones de competencia y cooperación (Nye, Keohane, 1988: 22-23)-, sí nos es de utilidad su distinción entre sensibilidad y vulnerabilidad. Según estos autores, éstas representan dos dimensiones diferentes de la interdependencia, refiriéndose la primera a “grados de respuesta dentro de una estructura política” y la segunda a “la disponibilidad relativa y en el costo de las alternativas que los actores deben encarar” (Nye, Keohane, 1988: 27). Podríamos decir, traduciéndolo a nuestros términos, que la primera se refiere a la inmediatez de la interdependencia, esto es, al número de eslabones en las cadenas de interacción por las que un agente A termina por recibir una sanción como efecto de la acción de B. La segunda, por su parte, se referiría a la magnitud de la sanción que recibiría A, o bien a la cantidad de canales, es decir, relaciones por las que recibiría la sanción, y, por tanto, al número de sanciones.
Si aceptamos que el análisis de los fenómenos sociales requiere el estudio de la relación de muchas relaciones, que son la que dan sentido a la referencia a los agentes como nodos en
figuraciones, y si complementamos esta caracterización de las dos dimensiones de la integración con la valiosa intuición de Luhmann acerca de la imposibilidad de una interdependencia total dado que “las interdependencias se dan sólo por medio de la selección” (Luhmann, 1998a: 260), tenemos entonces los principios para la construcción de un continuum en los que la interdependencia y la autonomía absolutas funcionarían como límites inalcanzables y que nos dejaría entre ambas un amplio campo en el que considerar los grados relativos de cada una de ellas como producción -intencional o no intencional- de los agentes.