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El diferenciar entre contradicción y conflicto es un punto importante porque en el seno de la tradición marxista ambos están estrechamente relacionados y a veces es equívoco el uso que se hace de ellos, llegando a emplearse como sinónimos y afirmando, por ejemplo, que hay una contradicción entre proletariado y burguesía. Giddens expresa bien esta necesidad de diferenciar entre conceptos que corresponden a planos analíticos distintos:

“Por conflicto entiendo una lucha real entre actores o grupos, no importa el modo en que se lleve adelante ni las fuentes desde donde se movilice. Mientras que una contradicción es un un concepto estructural, un conflicto no lo es.” (Giddens, 1995: 227)

Sin embargo, a pesar de ser conceptos pertenecientes a perspectivas analíticas distintas, el pensamiento marxista o influenciado por él tiende a hacer depender el conflicto de la contradicción, haciendo de ésta la línea de fractura sobre la que se organiza el segundo. En el caso de Habermas, el conflicto entra directamente en la definición de contradicción: “De 'contradicción fundamental' de una formación social podemos hablar si y sólo si a partir de su principio de organización puede deducirse la necesidad de que en ese sistema se enfrenten individuos y grupos (siempre renovados) con pretensiones e intenciones incompatibles (en el largo plazo)” (Habermas, 1999: 59).

67 “Principal, pero no únicamente, los analistas funcionales han aceptado en general tres postulados relacionados entre sí que, como ahora indicaremos, resultaron discutibles e innecesarios para la orientación funcional.

En esencia, esos postulados sostienen, primero, que las actividades sociales o las partidas culturales estandarizadas son funcionales para todo el sistema social o cultural [grado de integración como dato empírico]; segundo, que todos estos renglones sociales sociales y culturales desempeñan funciones sociológicas [disfunciones y afunciones]; y tercero, que son, en consecuencia, indispensables [equivalentes funcionales].” (Merton, 2002: 35)

Tanto el alemán como el inglés se cuidan, no obstante, de establecer una relación directa entre ambos de modo que la contradicción implique siempre el enfrentamiento, propuesta obviamente falsa a nivel empírico. La solución, como en tantos otros autores, la encuentran en la articulación con la ideología o cualesquiera otros factores que hacen que los agentes no actúen de acuerdo a sus intereses. La similitud de la formulación es evidente. Habermas afirma:

“Mientras la incompatibilidad de pretensiones e intenciones no llega a la conciencia de los participantes, el conflicto permanece latente; tales sistemas de acción integrados coactivamente necesitan por cierto de justificación ideológica, que ha de encubrir la distribución asimétrica de las oportunidades de satisfacción legítima de las necesidades, en una palabra: la represión de las necesidades.” (Habermas, 1999: 59)

Y Giddens, por su parte, nos dice también:

“Conflicto y contradicción a menudo coinciden porque contradicción expresa las principales 'líneas de fractura' en la constitución estructural de sistemas societarios. La razón de esta coincidencia es que contradicciones suelen afectar a divisiones de intereses entre distintos grupos o categorías de personas (incluidas clases, pero sin limitarse a estas). (…) Si una contradicción no alimenta inevitablemente un conflicto, ello se debe a la gran variabilidad de las condiciones bajo las cuales lo actores no sólo tienen conciencia de sus intereses sino además tienen la capacidad y la motivación de actuar con arreglo a ellos.” (Giddens, 1995: 227-228)68

El recurso a la ideología nos acerca al problema discutido anteriormente de la integración normativa como alternativa a la coacción, que ya rechazamos. Pero aún por encima de esta 68 Si seguimos el esquema completo del británico quedaría como sigue: tenemos sistemas que se reproducen en y a través de incompatibilidades entre principios estructurales; estas contradicciones estructurales generarían intereses divergentes que, dependiendo de las circunstancias (ideología, dispersión de contradicciones, represión) pueden convertirse o no en conflictos sociales; en estas luchas cobra forma la ‘dialéctica de control’ entre distintos grupos que se enfrentan en relaciones de poder (autonomía/dependencia); la capacidad de agencia de los individuos viene aumentada (o disminuida) por estructuras de dominación que suponen distribuciones diferenciales de recursos. Además de las similitudes con el esquema teórico marxista tradicional, o quizá por su causa, se aprecia que, a pesar del aparente movimiento desde las estructuras a la agencia y vuelta a las primeras, en realidad nunca nos hemos dejado de mover desde éstas hacia aquellas: las contradicciones estructurales generan intereses divergentes para los actores; las estructuras simbólicas (de significación en Giddens) impiden una conciencia clara de las contradicciones a los actores; y la distribución asimétrica estructural de los recursos condiciona la capacidad de agencia.

dificultad, permanece la asociación de contradicción y competencia por vía de lo que no podemos menos que considerar como una forma de “condicionamiento estructural”. Por el contrario, si queremos realmente mantener contradicción y conflicto en dos planos analíticos distintos, no podemos en ningún momento decir que la contradicción señala las fuentes de la competencia sino que, todo lo más, sería otro tipo de análisis de éste a partir de las reglas abstractas. Nosotros, no obstante, queremos llevar la diferenciación más lejos y proponer una disociación radical, dado que conjuntos de reglas perfectamente consistentes pueden dictar la competición, y otros contradictorios discurrir en la práctica a través de relaciones de cooperación.

A consecuencia de este rechazo de la asociación unívoca entre contradicción y competencia, la relación entre contradicción y cambio social ha de ser también matizada. Una implicación directa es que no podemos apoyar el tipo de circuito de ida y vuelta que se ha dibujado numerosas veces dentro de planteamientos marxistas: las contradicciones crean grupos con intereses contrapuestos que se enfrentan y provocan el cambio estructural. Tampoco podemos aceptar la formulación clásica de Marx, incluso en sus términos puramente estructurales, pues, como ya mencionamos, la transformación se deriva de asumir el “imperativo de compatibilidad” -junto con el determinismo económico-.

Pero más allá de esto, tampoco creemos que se pueda asociar contradicción con cambio social porque este no es lógicamente incompatible con las relaciones de consistencia, dentro de las cuales -a través de las discontinuidades y las transformaciones infinitesimales pero constantes que ya dijimos que caracterizaban a cualquier estructura- el cambio puede proceder de forma cumulativa y no como ruptura radical. Sin asociar, como hace Habermas, este tipo de concepción dinámica de las estructuras a sistemas en entornos complejos, estamos de acuerdo con su afirmación de que “una misma alteración del sistema puede concebirse como proceso de aprendizaje y cambio o bien como proceso de disolución y quiebra: no puede determinarse con exactitud si se ha formado un nuevo sistema o sólo se ha regenerado el antiguo” (Habermas, 1999: 23). Más afortunada que la asociación de la contradicción al cambio encontramos, además, la relación que establece Wallerstein entre contradicción y crisis, donde esta se entendería como el punto en el que las “contradicciones internas impide que el sistema resuelva sus propios dilemas por medio de ajustes en sus patrones institucionales vigentes” (Wallerstein, 2006: 146), y que deja en suspenso la cuestión de si esta tensión se resolverá con la continuidad o la transformación.

A. Definiciones

Hemos distinguido dentro del concepto de conflicto ya, entonces, entre competencia, disenso y contradicción y nos falta para completar esta fase inicial del análisis un solo tipo analítico más. Estas últimas categorías, que trataremos a continuación, son las de “coherencia” e “incoherencia”, que aparecen en el cruce de la distinción entre relaciones opositivas y relaciones no-opositivas con la dimensión de la “estructura” y la de “definiciones”. Si tenemos relaciones opositivas al nivel de la estructura y las definiciones, las relaciones las denominaremos “relaciones de incoherencia”. Si son relaciones no-opositivas a ese mismo nivel, las denominaremos “relaciones de coherencia”. Definiremos las relaciones de coherencia como “relaciones entre reglas en las que las definiciones de las relaciones de unas tienden a posibilitar la operación de las otras”, y las relaciones de incoherencia, paralelamente, como “relaciones entre reglas en las que las las definiciones de las relaciones de unas tienden a imposibilitar la operación de las otras”. Queremos destacar que no se trata sólo de que reglas relacionadas definan a los elementos que combinan de forma diferente, pues la multidimensionalidad no es en sí misma conflictiva, sino que la coherencia e incoherencia hacen referencia a que las definiciones de las relaciones supongan operaciones en sentidos incongruentes.

Recurrimos, por última vez, a nuestra fuente de ejemplos habitual: en la medida en que se define la formación universitaria en términos de formación orientada al mercado, la institucionalización de la formación a manos de investigadores académicos, cuyo trabajo les aleja de la práctica profesional de la disciplina, se puede decir que produce una relación de incoherencia; la institucionalización de la figura del profesor dedicado al ejercicio profesional de la disciplina, sin embargo, restablecería las relaciones de coherencia con el primer supuesto, así como una redefinición del sentido de la formación ofrecida en la universidad, podría restablecerlas con el segundo. Este ejemplo nos sirve también para ilustrar como no es sí misma la existencia de definiciones alternativas la que constituye la incoherencia dado que la definición del mismo agente como profesor e investigador no es la fuente de incoherencia, sino las especificaciones de las relaciones entre profesor/alumnos e investigación académica/mercado.

La base para nuestra definición de este tipo de relaciones la tomamos de Luhmann, de una fórmula que, en principio, parece destinada a ser un replanteamiento del problema marxiano de la contradicción:

“Los sistemas sociales existen en cuanto sistemas de comunicación, y por eso producen contradicciones mediante la comunicación de la negación. (…) Esto quiere decir también que las contradicciones están incluidas en la autorreferencia comunicacional de los sistemas sociales; que se conciben como un momento de esta autorreferencia y no como ataques del exterior. (…) Su síntesis prueba la imposibilidad de coexistencia. Sólo la exigencia de unidad de la comunicación, integrada por la selección de lo que cohesiona, constituye la contradicción. La contradicción se origina por el hecho de ser comunicada.” (Luhmann, 1998a: 330)

El planteamiento de Luhmann es en muchos puntos completamente ajeno al nuestro, dado que no aceptamos el concepto de sistema ni la reducción de lo social a lo comunicacional -especialmente cuando lo comunicacional se entiende como excluyendo lo físico, es decir, como puramente simbólico-. Sin embargo, esta definición tiene la ventaja de resaltar dos aspectos importantes. El primero, que ya hemos comentado, es el destacar que es la comunicación de la negación lo que crea la contradicción, es decir, en nuestros términos, que no hay incoherencia si no hay una “paradoja” implícita, sin ser, por tanto, una cuestión de mera acumulación de diferencias. El segundo, estrechamente relacionado con este, es que no hay incoherencia sino es por la síntesis, es decir, es la imbricación de unas definiciones de relaciones con otras la que genera la paradoja, mientras que definiciones mutuamente incompatibles pueden coexistir si las reglas que las producen se mantienen irrelevantes la una para la otra.

Pero la principal ventaja de la formulación de Luhmann se refiere a la “naturalización” de la incoherencia. Frente a modelos explicativos que hacen que la falta de coherencia ponga en peligro el normal funcionamiento de las relaciones sociales, abriéndose a las situaciones de “crisis” que como decía Wagner representaba el mundo de la Teoría de la Elección Racional, nosotros queremos apoyar las propuestas que integran las relaciones de incoherencia como parte de la dinámica social, sin que nos veamos puestos constantemente al borde del precipicio de la “falta de sentido”, tal y como Bateson afirma que “(...) una cultura situada en un doble vínculo (...) afronta o bien el exterminio externo o bien la desorganización interna y el dilema está construido de modo tal que se presenta como un dilema de autopreservación, en el más literal de los sentidos” (Bateson, 1993: 164). Bajo esta presuposición nos encontramos de nuevo con el imperativo de compatibilidad parsoniano en un nuevo nivel, que nos hace pensar que cualquier modificación o punto de ruptura en la estructura debe ser inmediatamente acompañado de un reajuste del conjunto para poder seguir siendo viable, so pena de autoaniquilación. Sin embargo, como nos recuerda Rorty, este imperativo

es tan poco obvio al nivel de las definiciones como al nivel de las sanciones -si aceptamos que el término “cultura” al que él se refiere se pueda usar para representar no una estructura simbólica sino la dimensión de las definiciones de cualquier estructura-:

“El punto que Davidson y Stroud subrayan nos trae a la memoria, entre otras cosas, que sólo una pequeña proporción de nuestras creencias sufren una alteración cuando nuestros paradigmas físicos, poéticos o morales cambian, y nos hacen notar qué pocas podrían cambiar. Nos hace darnos cuenta de que el número de creencias de las clases cultas de Europa que han sufrido cambios es ridículamente pequeño en comparación con el número de las que han quedado intactas. De manera que este argumento nos permite afirmar: da la casualidad de que no existen sistemas globales de creencias coherentes y 'alternativos'.” (Rorty, 1995: 72)

Como en el caso de las relaciones de contradicción, podemos aceptar con Bateson que las incoherencias estructurales generan tensiones, incluso situaciones de crisis, pero no que conduzcan irremediablemente a ese escenario apocalíptico. En parte, creemos que la respuesta yace, de nuevo, en un estudio empírico respecto a la intensidad y extensión de la incoherencia, que parte del supuesto de que una cultura difícilmente puede ser caracterizada como completamente coherente o incoherente, sino siempre compuesta por relaciones de ambos tipos.

Es importante, no obstante, no caer en el extremo opuesto según el cual las relaciones de incoherencia son “necesarias”, en el modo en que Luhmann afirma que la contradicción cumple funciones para el sistema al contribuir a desestabilizarlo:

“Hay que cuidarse, sin embargo, del recurrente error de pensar que la desestabilización como tal es disfuncional. Los sistemas complejos necesitan, más bien, de un grado bastante alto de inestabilidad para poder reaccionar frente a sí mismos y a su entorno, y tienen que reproducir continuamente estas inestabilidades (...)” (Luhmann, 1998a: 332)

En realidad, aquí hemos recorrido todo el camino hasta el extremo opuesto para darnos cuenta que hemos caminado en círculo y volvemos a estar donde estábamos: una nueva coherencia más eficiente se re-establece en último término. Al contrario, en nuestros términos, la incoherencia no cumple ninguna función, y que genere una dinámica de cambio o subsista durante un determinado espacio de tiempo generando tensiones es una cuestión que hay que tratar caso a caso. En este sentido, la afirmación de Berger y Luckman de que “todo universo simbólico es incipientemente problemático”, marca mucho mejor nuestra dirección (Berger, Luckman, 2005: 134).