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Directamente relacionado con este nuevo entramado casi inconmensurable de relaciones en el que nos desenvolvemos, está el renovado protagonismo de la investigación de las consecuencias no deseadas de la acción y la fuerza de las propuestas en torno a la hiper-complejidad. Si se focaliza el análisis en la agencia intencional y reflexiva se hace evidente que los agentes tienen cada vez menos capacidad para controlar los efectos que producen sus acciones. El escenario que tienen que contemplar es demasiado vasto como para que el cálculo de factores tenga una probabilidad de éxito razonable. Aún más, en la mayor parte de los casos, ni siquiera los investigadores especializados pueden encontrar sencilla la definición del conjunto de relaciones que se debe tener en cuenta.

Esta imposibilidad de determinar certeramente la perturbación que los cambios de un sólo elemento puede introducir en el conjunto, ha sido elaborada dentro de las teorías de los sistemas hiper-complejos, pero esta línea de investigación ha sido explotada con éxito también dentro de las investigaciones en torno al riesgo. La dificultad de hablar de sociedades de riesgo en formas

distintas a la “sociedad de riesgo global” se debe a que estos riesgos que afrontamos nos conectan a través de relaciones de las que la mayor parte de las veces no somos capaces de dar cuenta a priori. Aunque esta interconexión planetaria es evidente al nivel de los riesgos ecológicos por la unidad biológica de la Tierra, y este ámbito es el protagonista en muchos caso, los autores se han esforzado por demostrar su potencial generalización a otros.

Esta es una línea de debate importante en este ámbito de la globalización que intentamos acotar, pero se podría decir que no es, de momento, sino una descripción del escenario que confrontan los agentes reflexivos. Para hablar de cooperación y competencia debemos ir más allá y dejar de tratar a los agentes no intencionales como “factores” y tomar nota de las diferencias que introducen. Sólo así se puede dar cuenta de una manera efectiva de qué nuevos “juegos de suma cero” y “juegos de suma positiva” se están entablando en esta figuración planetaria, pues nuestros agentes reflexivos, en la mayoría de los casos, sólo por medio de su relación con estos otros son capaces de ganar cierta inteligibilidad de su posición en ese inmenso entramado.

Es por esta razón que nos interesa ubicar aquí no sólo cuestiones relacionadas con los usos sociales de la tecnología, sino también otros problemas que habitualmente se ubicarían bajo el epígrafe de “globalización cultural”, como son las tendencias homogeneizantes que predominan en la esfera del consumo global y el papel jugado por los “medios de comunicación”. Evidentemente, estos fenómenos -como cualquier otro- son susceptibles de ser analizados bajo la dimensión de las definiciones y, sin duda, aportarían elementos fundamentales para la reflexión bajo esa perspectiva, pero son también parte de los fenómenos a los que nos referimos aquí, en la medida en que se refieren a agentes que alteran de forma contundente, aún cuando parezca que de manera trivial, el espectro de sanciones que amenazan -o alientan- a otros agentes.

Pero, probablemente, el gran punto de debate en torno a estos reposicionamientos de la agencia en una figuración planetaria tienen que ver con la ubicación de las grandes líneas de enfrentamiento y producción de desigualdades. En la perspectiva de figuraciones asociativas, se trataría de delinear los límites de los colectivos “solidarios” -recordando el sentido en el que usamos este concepto de solidaridad, como relacionado con la una distribución relativamente estabilizada de las sanciones en un colectivo-. En términos muy abstractos se podría destacar dos posiciones principales que, básicamente, se pueden hacer corresponder con los tipos de globófilos y globófobos de los que ya habláramos. Por un lado, algunos autores tienden a enfatizar que nuestra nueva figuración mundial hace que el número de alternativas abierto a cada agente se amplifique. Llevándolo al extremo, por así decirlo, el mundo globalizado es un mundo sin perdedores porque

todos tienen algo que ganar. Un número prácticamente infinito de relaciones posibles supone un potencial también prácticamente infinito de fortalecimiento al alcance de cualquier agente.

Por otro lado, otros autores -la mayoría- se ocupan de mostrar que estos cantos de alabanza a la globalización tienen poco sustento en el análisis empírico y destacan la continuidad de las relaciones de desigualdad y de intereses enfrentados. Sin embargo, esta dista de ser una posición mínimamente homogénea y se puede, cuando menos, distinguir entre aquellos que defienden que las líneas de fractura pre-existentes -sean cuales sean éstas en opinión de cada autor- se mantienen básicamente inalteradas, y aquellos que proponen que los ejes de estratificación se han modificado y buscan nuevas fórmulas para explicar la desigualdad. Como es bien sabido, dentro del primer grupo los candidatos más exitosos fueron las clases -ahora, ¿o quizá siempre?- globales y los grupos de filiación étnica y cultural, y dentro del segundo lo fueron la movilidad y la capacidad de interconexión.

En realidad, como suele pasar cuando se hacen este tipo de abstracciones argumentales, la mayor parte de los autores se encuentran en medio de todas estas posiciones: se destaca las nuevas posibilidades de acción obtenidas por distintos grupos, pero subrayando que la magnitud de éstas varía de uno a otro, y recombinan los factores de estratificación tradicionales y los propios de este mundo global.

2.5.2. Consenso y disenso