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B. Los encuentros entre culturas

3. La distinción conflicto-desintegración

3.1.1. La simultaneidad: cambio histórico y cambio geográfico

Con ayuda de las dos dimensiones metateóricas, estructura-agencia y sanciones-definiciones, que añadimos a la de relaciones opositivas y no-opositivas, empezamos al final del capítulo anterior a desgranar distintos ámbitos dentro del hiper-complejo fenómeno de la globalización. A pesar de que no pretendiéramos hacer un análisis exhaustivo de ninguno de ellos, incluso en el planteamiento de argumentos básicos se podía apreciar aún una enorme diversidad de cuestiones analíticamente diferentes. En este y los próximos capítulos trataremos de afrontar algunas nuevas distinciones que sigan produciendo nuevas delimitaciones para los problemas teóricos relacionados con la globalización, pero procederemos a la inversa en cuanto a su articulación con la crítica conceptual del conflicto. Si hasta ahora hemos trabajado aplicando a este área de estudio nuestra tipología de relaciones sociales construida, por su parte, en base a la teoría sociológica más general, ahora, a la inversa, comenzaremos intentando rellenar las lagunas que vamos creando en torno a la globalización y derivar de ello nuevas conclusiones respecto al conflicto.

El planteamiento en este y los próximos dos capítulos partirá de una de las características más abstractas de la globalización: su relación con la simultaneidad. De este concepto, preñado de implicaciones de gran profundidad para el fenómeno que estudiamos, destacaremos algunos puntos que nos parecen de especial interés y que creemos que conectan con problemas de relevancia. El primero de ellos, como apunta el título del epígrafe, tiene que ver con la alteración de la relación entre espacio y tiempo y lo que ello supone respecto al cambio social. Probablemente este sea uno de los lugares comunes más centrales en el imaginario de la globalización, el lema de “todos vivimos en el mismo mundo”. Está tan enraizado ya en nuestro sentido común que afirmarlo parece trivial y negarlo un sinsentido y, sin embargo, la obviedad de tal proposición es relativamente reciente. La reducción del mundo a la singularidad está lejos de ser dada o ni tan siquiera fácil de conseguir o mantener y, de hecho, está muy lejos de estar plenamente lograda. Sin embargo, su “empequeñecimiento” es, en cierto sentido, evidente. La clave, en nuestra opinión, está menos en una unificación completa, que en las sensaciones creadas por la rapidez del movimiento, o lo que es

lo mismo, la reducción de las distancias. Como explica Bauman, “la reducción del espacio entraña la abolición del paso del tiempo” (Bauman, 2001: 116), y Harvey (1995) acuño con éxito la expresión “compresión espacio-tiempo” para sintetizar esta característica definitoria de la globalización. Es como si nada (o muy poco) nos separase ahora a los más de seis mil millones de habitantes de nuestro planeta, con todo el resto de animales, plantas, bacterias y nuestra inconmensurable colección de objetos. De repente es como si nos viéramos irremediablemente “juntos”.

Esta potente imagen mental de este mundo pequeño e hiperpoblado, es la base de una de las metáforas más extendidas, la de “aldea global”. De hecho, el creador del término, Marsahll McLuhan, no estaba pensando él mismo en algo muy distinto. La era de la electricidad era para él no una lenta explosión desde el centro hacia los márgenes, sino un implosión instantánea, una concentración que nos aúna de forma inmediata (McLuhan, 1966: 93). Las implicaciones de esta simultaneidad para nuestra concepción del cambio social son de gran calado. Como el mismo McLuhan expone, es como si la inmediatez y la instantaneidad, en cierto modo, terminaran con la secuencia sustituyéndola por la simultaneidad71. Probablemente sea mejor, sin embargo, dejar de

momento en suspenso la atrevida afirmación de que “the causes of things began to emerge to awareness again” y la imagen de transparencia en la que desemboca la inmediatez en su propuesta. También es importante destacar que no pretendemos hacer equivaler nuestra propuesta con un mero paso del “cambio histórico” al “cambio geográfico”, que nos lleva fácilmente a pensar en formulaciones del tipo “el fin de la historia”. Lo que nos importa hacer notar es que el fenómeno de la globalización nos exige que abandonemos los enfoques que abordan el cambio social como dinámicas enteramente endógenas, corriente siempre pujante en la sociología y no sólo entre quienes han recogido el legado del marxismo, sin que ello implique que este modelo deba ser enteramente negado. Significa, eso sí, una cierta toma de partido por lo que había sido el lado “derrotado” de las dimensiones espacio y tiempo en la disciplina, como una especie de venganza de de la sociología comparativa frente a las teorías de la modernización, de la geografía frente a la historia o de la etnología frente a la genealogía.

71 "That one thing follows another accounts for nothing. Nothing follows from following, except change. So the greatest of all reversals ocurred with electricity, that ended sequence by making things instant. With instant speed the causes of things began to emerge to awareness again, as they had not done with things in sequence and in concatenation accordingly. Instead of asking which came first, the chicken or the egg, it suddenly seemed that a chicken was an egg's idea for getting more eggs." (McLuhan, 1966: 27).

Y, sin embargo, esto aún no es suficiente, porque no se trata sólo, como defendía Giddens en La constitución de la sociedad, de darle la importancia que se merecía a la dimensión espacial, en pie de igualdad con la dimensión temporal, sino de hacerla entrar en consideración en las mismas transformaciones sociales. No basta, por tanto, con estudiar qué hay en común entre la religiosidad de la Europa moderna y el totemismo de Papúa-Nueva Guinea, á la Durkheim, puesto que ahora tenemos a unos y otros viviendo puerta con puerta y lo que se nos impone son los cambios que experimentan precisamente a causa de esa vecindad. No se trata sólo de destacar la simultaneidad para hacer notar, como decía Debord décadas antes, que “con el desarrollo del capitalismo, el tiempo irreversible se ha unificado mundialmente” sino, más allá, de que en lugar de seguir reproduciendo el modelo de pensamiento que imagina el cambio a través de la temporalidad, identificándose lo eterno con lo idéntico, nos abramos también a pensar el cambio en la espacialidad. No es, entonces, cuestión de negar que, como afirma Castoriadis, es sólo en base a la radical otredad o creación que podemos pensar realmente sobre la temporalidad (Castoriadis, 1987: 184-185), sino de señalar que no hubo nunca un antes donde reinara la identidad, sino en virtud de la separación. El dominio del espacio sobre el tiempo, propio de la globalización, como explica Albrow, nos pone frente a una nueva concepción de la no-identidad basada en la co-presencia de lo históricamente diferente72.