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Fraude, calumnia

In document Referencias Libro Ancianos (página 112-117)

5. Cuándo formar un comité judicial

5.1.12. Fraude, calumnia

5.1.12.1. it-1 págs. 472-473 Chisme, calumnia CHISME, CALUMNIA

Chismear es charlar ociosamente de cosas que atañen a otros; esparcir rumores infundados. Calumniar es difamar, por lo general con malicia, sea verbalmente o por escrito.

Aunque el charlar ociosamente no siempre es malo ni perjudicial, puede llegar a serlo. A veces puede tratarse de un elogio o sencillamente de referir algo que carece de trascendencia y no es censurable sobre otros por considerarlo de interés. Sin embargo, es fácil deslizarse hacia el habla hiriente o importuna. Las Escrituras aconsejan que se evite el habla ociosa, pues indican que la lengua es difícil de domar y que se “constituye un mundo de injusticia entre nuestros miembros, porque mancha todo el cuerpo y enciende en llamas la rueda de la vida natural”. Su destructividad se enfatiza aún más en las siguientes palabras del mismo escritor: “Y es encendida en llamas por el Gehena”. (Snt 3:6.) El peligro de hablar ociosamente o a la ligera se recalca muchas veces. Este tipo de habla se relaciona con la estupidez o tontedad (Pr 15:2); es un lazo y puede acarrear ruina al que la practica. (Pr 13:3; 18:7.) “En la abundancia de palabras no deja de haber transgresión”, advierte el proverbio, y añade que el tener refrenados los labios es un acto discreto. (Pr 10:19.) Otra advertencia contra el habla irreflexiva, a la ligera u ociosa es: “El que guarda su boca y su lengua, guarda su alma de las angustias”. (Pr 21:23.)

“De la abundancia del corazón habla la boca”, dijo Jesucristo. (Mt 12:34.) Por consiguiente, el tema habitual de la conversación de una persona indica aquello en lo que tiene puesto su corazón. Las Escrituras nos instan a salvaguardar el corazón y a pensar y hablar de aquello que es verdadero, serio, justo, casto, amable, de buena reputación, virtuoso y digno de alabanza. (Pr 4:23; Flp 4:8.) Jesucristo dijo: “Lo que procede de la boca, eso es lo que contamina al hombre”, y entre las cosas que proceden de la boca, pero que en realidad salen del corazón, dijo que se contaban los “razonamientos inicuos” y los “testimonios falsos”. (Mt 15:11, 19.)

El chisme puede llevar a la práctica desastrosa de la calumnia. La sabiduría de las palabras de Eclesiastés 10:12-14 es obvia: “Los labios del estúpido se tragan a este. El comienzo de las palabras de su boca es tontedad, y el fin de su boca, posteriormente, es locura calamitosa. Y el tonto habla muchas palabras”.

El chisme es habla que revela algunos hechos o asuntos de otras personas. Puede ser un rumor infundado, incluso una mentira, y la persona que lo extiende, aunque no sea consciente de la falsedad del rumor, se hace responsable de propagar una mentira. Puede que el chismoso hable de las faltas o errores de alguien, pero incluso en el caso de que lo que diga sea verdadero, está haciendo lo que no debe y demostrando falta de amor. El proverbio dice: “El que encubre la transgresión busca amor, y el que sigue hablando de un asunto separa a los que se han familiarizado entre sí”. (Pr 17:9.) El apóstol Pablo asesoró con firmeza al superintendente Timoteo con relación a la conducta de las viudas jóvenes que no tenían una casa que cuidar y que no se mantenían ocupadas en ministrar a otros. Dijo: “También aprenden a estar desocupadas, andorreando por las casas; sí, no solo a estar desocupadas, sino también a ser chismosas y entremetidas en asuntos ajenos, hablando de cosas que no debieran”. (1Ti 5:13.) Dicha conducta era escandalosa. El mismo apóstol dijo de algunos cristianos de la congregación de Tesalónica: “Están andando desordenadamente entre ustedes, y no hacen ningún trabajo, sino que se entremeten en lo que no les atañe”. (2Te 3:11.) El apóstol Pedro menciona al “entremetido en asuntos ajenos” junto a personas tan reprobables como el asesino, el ladrón y el malhechor. (1Pe 4:15.)

Por otra parte, informar de situaciones que afectan a la congregación a los que tienen la autoridad y responsabilidad de supervisar y corregir los asuntos no se consideraría chismear ni calumniar, ni tampoco sería impropio. Prueba de ello es el registro bíblico sobre la congregación cristiana de la antigua Corinto. Las disensiones y el rendir honra indebida a hombres estaban creando actitudes sectarias y acabando con la unidad de la congregación. Algunos miembros de la casa de Cloe, conscientes de esta situación y preocupados por el bienestar espiritual de la congregación, la pusieron en conocimiento del apóstol Pablo, quien actuó con rapidez desde Éfeso escribiendo consejo correctivo a la congregación. (1Co 1:11.)

¿Qué diferencia hay entre el chisme y la calumnia?

Mientras que el chisme puede ser más o menos inofensivo (aunque puede convertirse en calumnia o conducir a ella), la calumnia siempre es perjudicial y causa daño y contienda. Sea que el calumniador lo haga con un motivo malicioso o no, se coloca en una mala posición ante Dios, pues “cualquiera que envía contiendas entre hermanos” practica una de las cosas que Dios odia. (Pr 6:16-19.) La palabra griega para “calumniador” o “acusador” es di-á-bo-los. Ese término también se usa en la Biblia como título de Satanás, “el Diablo”, el gran calumniador de Dios (Jn 8:44; Rev 12:9, 10; Gé 3:2-5), con lo que se indica quién fue el originador de la calumnia, este tipo de acusación difamatoria.

La calumnia constituye un tropiezo para otros, en particular para aquel a quien se calumnia. La ley dada por Dios a Israel mandaba: “No debes andar entre tu pueblo con el fin de calumniar. No debes ponerte de pie contra la sangre de tu

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prójimo”. (Le 19:16.) Estas palabras ponen de relieve la seriedad de la calumnia, pues muestran que en algunos casos las acusaciones falsas pueden llevar a la ejecución. Muchas veces el testimonio de testigos falsos ha conducido a la muerte de personas inocentes. (1Re 21:8-13; Mt 26:59, 60.)

En ocasiones, el calumniador se deleita en revelar asuntos confidenciales a aquellos que no tienen ningún derecho de conocerlos. (Pr 11:13.) El calumniador deriva placer de revelar cosas que causan sensación, pero el que le escucha también es culpable y se perjudica a sí mismo. (Pr 20:19; 26:22.) Un comentario difamatorio de un calumniador podría apartar a una persona de sus amigos y provocar enemistades y divisiones. (Pr 16:28.)

En las Escrituras se predice que la notable presencia de los calumniadores sería una de las señales de los “últimos días”. (2Ti 3:1-3.) Si se encuentran tales personas, sean hombres o mujeres, en el pueblo de Dios, los que ocupan puestos de responsabilidad en la congregación cristiana han de censurarlas y corregirlas. (1Ti 3:11; Tit 2:1-5; 3Jn 9, 10.) La calumnia causa contienda (Pr 16:28), y por esa razón produce ciertas “obras de la carne” (como odios, contiendas y divisiones), obras que impiden que el calumniador y los que se dejen llevar por él hereden el reino de Dios. (Gál 5:19-21.) Aunque el calumniador puede ser astuto y engañoso, su maldad se descubrirá en la congregación. (Pr 26:20-26.) Jesús descubrió al calumniador Judas (Jn 6:70) ante sus apóstoles y lo despidió. Lo que más tarde tuvo lugar llevó a la destrucción de Judas. (Mt 26:20-25; Jn 13:21-27; 17:12.)

Una forma de calumnia es la injuria, y el que la practica merece ser cortado de la congregación cristiana, pues en las Escrituras se juzga indignos de la vida a los injuriadores. (1Co 5:11; 6:9, 10.) La calumnia y la injuria suelen estar relacionadas con la rebelión contra Dios o contra aquellos que Él ha constituido debidamente y nombrado para dirigir la congregación de su pueblo. Este fue el caso de Coré y los que estaban con él, que se rebelaron contra el orden teocrático y calumniaron a Moisés y Aarón. (Nú 16:1-3, 12-14.) Judas llama la atención a estos rebeldes y al final que tuvieron, cuando advierte a los cristianos que no practiquen el habla injuriosa ni la murmuración ni la queja, y que tampoco hablen “cosas hinchadas”. (Jud 10, 11, 14-16.)

5.1.12.2. it-1 págs. 967-968 Fraude FRAUDE

Engaño deliberado, artificio o perversión de la verdad para inducir a otra persona a deshacerse de algo valioso que le pertenece o a renunciar a un derecho legal. El significado básico de la palabra hebrea que se traduce ‘defraudar’ (a-scháq; Le 6:2) es abusar de la fuerza, poder o autoridad sobre otros. Por eso también se traduce ‘oprimir’. (Ec 4:1; Isa 52:4.) El verbo griego a-po-ste-ré-¯o significa “privar; defraudar; despojar”. (1Co 7:5; Mr 10:19; 1Ti 6:5.) El nombre griego dó-los (“fraude”; Hch 13:10) también se traduce “engaño”. (Mr 7:22.)

El fraude sobre el que trata la Biblia por lo general está relacionado con los negocios. La ley de Dios prohíbe el fraude comercial. Los israelitas tenían que comportarse honradamente unos con otros, y la Ley protegía específicamente al jornalero. (Le 19:13; Dt 24:14; compárese con Snt 5:4.) Jesucristo incluyó el mandato de no defraudar entre los “mandamientos” de Dios. (Mr 10:19.) Bajo el pacto de la Ley, el hombre que defraudaba a su compañero y que más tarde se arrepentía y confesaba el mal, tenía que restituir a la persona perjudicada la cantidad completa más una quinta parte, y presentar a Jehová una ofrenda por la culpa. (Le 6:1-7.)

Asimismo, en las Escrituras se consideran fraudulentas las formas falsas de religión. Pablo condenó al hechicero Elimas por practicar el fraude y la villanía al “torcer los caminos correctos de Jehová”, lo que resultó en que fuese herido con ceguera. (Hch 13:8-11.) Pablo también corrigió a los cristianos de Corinto que se llevaban unos a otros a los tribunales, diciéndoles que estaban perjudicando y defraudando a sus hermanos por llevarlos ante un tribunal compuesto por hombres injustos en vez de recurrir a los santos de la congregación. Antes que llevar tales asuntos a hombres del mundo, deberían permitir que se les defraudara. (1Co 6:1-8.)

La Biblia condena con frecuencia el fraude y las prácticas fraudulentas, a la vez que señala que Dios juzgará a los defraudadores y librará a su pueblo de ellos. (Sl 62:10; 72:4; 103:6; Pr 14:31; 22:16; 28:16; Miq 2:1, 2; Mal 3:5.)

5.1.12.3. w97 15/3 págs. 17-22 Permitamos que el discernimiento nos salvaguarde Permitamos que el discernimiento nos salvaguarde

“La capacidad de pensar misma te vigilará, el discernimiento mismo te salvaguardará.” (PROVERBIOS 2:11.) JEHOVÁ desea que mostremos discernimiento. ¿Por qué razón? Porque sabe que nos protegerá de diversos peligros. Proverbios 2:10-19 comienza diciendo: “Cuando la sabiduría entre en tu corazón y el conocimiento mismo se haga agradable a tu mismísima alma, la capacidad de pensar misma te vigilará, el discernimiento mismo te salvaguardará”. ¿Salvaguardarnos de qué? De cosas como el “mal camino”, de los que dejan las sendas rectas y de quienes son sinuosos en su derrotero general.

2 Seguramente recuerde que el discernimiento es la capacidad mental de distinguir una cosa de otra. La persona que posee discernimiento percibe las diferencias que existen entre varias ideas o cosas, y por lo tanto, tiene buen juicio. Los cristianos deseamos, sobre todo, el discernimiento espiritual, que se basa en el conocimiento exacto de la Palabra de Dios. Cuando estudiamos las Escrituras, es como si extrajéramos de una cantera las piedras con que se construye el discernimiento espiritual. Lo que aprendemos nos ayuda a tomar decisiones que agradan a Jehová.

3 Cuando Dios preguntó a Salomón, el rey de Israel, qué bendición prefería, el joven gobernante dijo: “Tienes que dar a tu siervo un corazón obediente para juzgar a tu pueblo, para discernir entre lo bueno y lo malo”. Salomón solicitó discernimiento, y Jehová se lo otorgó a un grado fuera de lo común. (1 Reyes 3:9; 4:30.) Para adquirir discernimiento, tenemos que orar y estudiar la Palabra de Dios valiéndonos de la iluminación espiritual que nos brindan las publicaciones del “esclavo fiel y discreto”. (Mateo 24:45-47.) Esto nos permitirá cultivar el discernimiento espiritual al grado de estar “plenamente desarrollados en facultades de entendimiento” y ser capaces de ‘distinguir [discernir] lo correcto de lo incorrecto’. (1 Corintios 14:20; Hebreos 5:14.)

Necesidad especial de discernimiento

4 Si tenemos el debido discernimiento, actuaremos en conformidad con estas palabras de Jesucristo: “Sigan, pues, buscando primero el reino y la justicia de Dios, y todas estas otras cosas [materiales] les serán añadidas”. (Mateo 6:33.) Jesús también dijo: “La lámpara del cuerpo es tu ojo. Cuando tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo también está brillante”. (Lucas 11:34.) El ojo es una lámpara simbólica. Un ojo “sencillo” es sincero y está bien enfocado. Tal ojo nos permite tener discernimiento y conducirnos sin tropezar espiritualmente.

5 Algunos no han seguido el consejo de Jesús de mantener el ojo sencillo y se han complicado la vida y han complicado la de otras personas emprendiendo negocios tentadores. Conviene recordar a este respecto que la congregación cristiana es “columna y apoyo de la verdad”. (1 Timoteo 3:15.) Como los pilares de un edificio, la congregación sostiene la verdad de Dios, no las actividades comerciales de nadie. Las congregaciones de los testigos de Jehová no se han fundado para fomentar intereses, productos ni servicios de índole comercial. En el Salón del Reino no deben tratarse asuntos comerciales. El discernimiento nos ayuda a considerar los Salones del Reino, los Estudios de Libro de Congregación y las asambleas de los testigos de Jehová como centros donde disfrutar de compañerismo cristiano y estudiar temas espirituales. ¿Qué daríamos a entender si nos valiéramos de las relaciones espirituales para fomentar algún tipo de mercantilismo? ¿No revelaría, al menos, cierto menosprecio por los valores espirituales? Nunca debemos aprovecharnos de la relación con los miembros de la congregación para fines lucrativos.

6 Algunos se han valido de las relaciones teocráticas para negociar con productos de salud o belleza, vitaminas, servicios de telecomunicaciones, materiales de construcción, ofertas de viajes, programas y aparatos informáticos, etc. Pero las reuniones de la congregación no son el marco adecuado para vender u ofrecer artículos o servicios comerciales. Podemos percibir el principio subyacente si recordamos que Jesús “expulsó del templo a todos aquellos junto con las ovejas y el ganado vacuno, y desparramó las monedas de los cambistas y volcó sus mesas. Y dijo a los que vendían las palomas: ‘¡Quiten estas cosas de aquí! ¡Dejen de hacer de la casa de mi Padre una casa de mercancías!’”. (Juan 2:15, 16.)

Qué puede decirse de las inversiones

7 Es preciso tener discernimiento y cautela cuando pensamos invertir en operaciones comerciales. Supongamos que alguien nos pide un préstamo y nos hace promesas como estas: “Le garantizo que va a ganar dinero”. “No tiene nada que perder.” “Esta inversión es segura.” Extreme la cautela cuando alguien le dé tales garantías. Esa persona o no es realista, o no es honrada, pues las inversiones rara vez son seguras. De hecho, ha habido individuos melosos y sin escrúpulos que han defraudado a algunos miembros de la congregación. Nos recuerdan a los “hombres impíos” que se introdujeron con disimulo en la congregación cristiana del siglo primero y ‘tornaron la bondad inmerecida de nuestro Dios en una excusa para conducta relajada’. Eran como rocas submarinas dentadas que podían herir y causar la muerte a los nadadores. (Judas 4, 12.) Es cierto que los motivos de los defraudadores son diferentes, pero también se aprovechan de los miembros de la congregación.

8 También ha habido cristianos que, con buenas intenciones, han propuesto a otros negocios aparentemente rentables, y tanto ellos como los que han seguido su ejemplo han acabado perdiendo el dinero invertido. Como consecuencia, varios cristianos han perdido sus privilegios en la congregación. Cuando se descubre que las operaciones para enriquecerse de la noche a la mañana son un engaño, el único beneficiado es el defraudador, quien no tarda en desaparecer. ¿Cómo nos ayuda el discernimiento a evitar estas trampas?

9 El discernimiento implica tener criterio para conocer la consecuencia o inconveniencia de las cosas. Lo necesitamos a fin de evaluar cualquier afirmación tocante a inversiones. Los cristianos se tienen confianza mutua, y por ello algunos quizá razonen que los hermanos espirituales no participarían en un negocio arriesgado que pusiera en peligro los recursos

5.1. OFENSAS QUE REQUIEREN OACCIÓN JUDICIAL 115

de sus compañeros de creencia. Pero el que un negociante sea cristiano no significa que sea un comerciante consumado ni garantiza el éxito de su empresa.

10 Algunos cristianos piden préstamos a sus hermanos porque ninguna entidad crediticia fiable les adelantaría el dinero para sus arriesgadas operaciones. Muchos han caído en el engaño de creer que con solo invertir el dinero que poseen, amasarán rápidamente una fortuna sin tener que trabajar o trabajando muy poco. A algunos les atraen las inversiones por la emoción que conllevan, pero a veces han perdido los ahorros de toda una vida. Un cristiano invirtió una gran suma de dinero esperando un rendimiento del 25 % en solo dos semanas. Perdió todo el dinero, pues el empresario se declaró en bancarrota. En otra operación, un agente inmobiliario pidió grandes préstamos a varios miembros de la congregación. Prometió unos intereses exorbitantes, pero dio en quiebra y perdió todos los fondos prestados.

Cuando fracasan las operaciones comerciales

11 Algunos cristianos se han desilusionado o hasta han perdido su espiritualidad por el fracaso de sus arriesgadas operaciones comerciales. Al no permitir que el discernimiento los salvaguardara, han sufrido dolor y amargura. La avidez ha entrampado a muchos. ‘Que la avidez ni siquiera se mencione entre ustedes, tal como es propio de personas santas’, escribió Pablo. (Efesios 5:3.) Y advirtió: “Los que están resueltos a ser ricos caen en tentación y en un lazo y en muchos deseos insensatos y perjudiciales, que precipitan a los hombres en destrucción y ruina. Porque el amor al dinero es raíz de toda suerte de cosas perjudiciales, y, procurando realizar este amor, algunos han sido descarriados de la fe y se han acribillado con muchos dolores”. (1 Timoteo 6:9, 10.)

12 Si un cristiano abriga amor al dinero, puede salir muy perjudicado en sentido espiritual. Los fariseos amaban el dinero, como lo hace la gente en estos últimos días. (Lucas 16:14; 2 Timoteo 3:1, 2.) Por otro lado, el modo de vivir del cristiano debe estar “exento del amor al dinero”. (Hebreos 13:5.) Por supuesto, los cristianos pueden negociar entre sí o ser socios comerciales. Pero si lo hacen, deben mantener separados sus tratos y negociaciones de los asuntos de la congregación. Y recuerde: aunque se trate de hermanos espirituales, siempre hay que poner por escrito los acuerdos comerciales. Se ofrecen sugerencias muy útiles en el artículo “¡Póngalo por escrito!”, publicado en ¡Despertad! del 22 de agosto de 1983, páginas 20 a 22.

13 Proverbios 22:7 nos dice: “El que toma prestado es siervo del hombre que hace el préstamo”. En muchos casos no es prudente ni que nos pongamos nosotros ni que pongamos a nuestros hermanos en la posición de siervos. Si alguien nos pidiera un préstamo comercial, sería recomendable analizar si podrá reintegrarlo. ¿Tiene fama de ser cumplidor y fiable? Por supuesto, hemos de tener presente que al prestar dinero nos arriesgamos a perderlo, pues muchos negocios salen mal. El contrato no garantiza por sí mismo el éxito del negocio. Y, por supuesto, no es prudente arriesgar en una operación comercial más de lo que uno puede permitirse el lujo de perder.

14 Debemos demostrar discernimiento cuando, sin mediar fraude alguno, un cristiano pierde el dinero que le prestamos para una operación comercial. Si no fue culpa del compañero de creencia que nos pidió el préstamo, ¿podemos decir que nos engañó? No, pues le facilitamos el dinero por voluntad propia, probablemente recibimos intereses y no hubo fraude. Dado que no existió engaño, no hay razón para demandar al prestatario. De hecho, ¿qué se sacaría demandando a un compañero cristiano honrado que tuvo que declararse en bancarrota porque le salió mal un negocio que emprendió con buena intención? (1 Corintios 6:1.)

15 Los que sufren fracasos comerciales a veces tratan de remediar la situación declarándose en bancarrota. Como los cristianos no son negligentes en saldar sus deudas, algunos sienten que, si bien la ley los declara libres de ciertas deudas, su conciencia les impone la obligación moral de procurar pagarlas, si los acreedores lo aceptan. Ahora bien, ¿qué puede decirse si uno pierde el dinero que le prestó un hermano, pero luego se entrega a una vida lujosa? ¿O qué ocurre si el prestatario recupera suficientes fondos para devolver el préstamo, pero no cumple con la obligación moral que tiene con su hermano en sentido económico? En tales circunstancias quedaría en entredicho su aptitud para ocupar un puesto de responsabilidad en la congregación. (1 Timoteo 3:3, 8; véase La Atalaya del 15 de septiembre de 1994, páginas 30 y 31.)

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