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Habla obscena

In document Referencias Libro Ancianos (página 118-120)

5. Cuándo formar un comité judicial

5.1.14. Habla obscena

5.1.14.1. g03 8/6 págs. 18-20 Evitemos el lenguaje hiriente

El punto de vista bíblico

Evitemos el lenguaje hiriente

“De la misma boca salen bendición y maldición. No es correcto, hermanos míos, que estas cosas sigan ocurriendo de esta manera.” (SANTIAGO 3:10.) EL HABLA es una característica excepcional que nos distingue de los animales, pero lamentablemente algunas personas utilizan mal este don. Los insultos, las blasfemias, las vulgaridades y las obscenidades a menudo duelen más que las agresiones físicas. “Existe el que habla irreflexivamente como con las estocadas de una espada”, señala la Biblia (Proverbios 12:18).

Cada día hay más gente con la costumbre de usar palabras soeces, y en las escuelas se ha notado que los alumnos son cada vez más malhablados. Sin embargo, hay quien sostiene que el lenguaje hiriente puede resultar beneficioso si se utiliza con el fin de desahogarse emocionalmente. Un estudiante de ciencias políticas escribió: “Habría que recurrir al enérgico lenguaje vulgar cuando el vocabulario común no transmita la intensidad de nuestros sentimientos”. ¿Deben los cristianos tener una actitud tan despreocupada con respecto a su forma de expresarse? ¿Qué opina Dios de este asunto?

Aborrezcamos las bromas obscenas

El lenguaje obsceno no es un fenómeno reciente. ¿Le sorprendería saber que en tiempos apostólicos, hace casi dos mil años, también se utilizaba? Por ejemplo, parece ser que algunos miembros de la congregación de Colosas proferían indecencias cuando se enojaban. Tal vez lo hicieran para atacar o herir a otros intencionalmente o para desquitarse. Del mismo modo, muchas personas de la actualidad emplean palabras obscenas cuando tienen arranques de ira; de ahí que

5.1. OFENSAS QUE REQUIEREN OACCIÓN JUDICIAL 119

la carta de Pablo a los Colosenses siga siendo pertinente hoy. El apóstol les aconsejó: “Deséchenlas todas de ustedes: ira, cólera, maldad, habla injuriosa y habla obscena de su boca” (Colosenses 3:8). Por tanto, es evidente que se exhorta a los cristianos a evitar tanto los arrebatos de ira como el lenguaje obsceno que a menudo los acompaña.

Claro, mucha gente dice obscenidades sin la intención de atacar o herir a los demás. De hecho, es probable que solo deseen añadir cierto tono informal a la conversación, lo que explica por qué tales expresiones se han arraigado tanto en el habla cotidiana. A algunas personas hasta les cuesta comunicarse sin decir improperios. En ocasiones, este tipo de lenguaje tiene también el objetivo de provocar la risa. Pero ¿debe considerarse este uso menos ofensivo y, por tanto, más tolerable? Piense en lo siguiente.

Los chistes obscenos suelen contener groseras alusiones al sexo, las cuales encuentran divertidas muchas personas que se consideran respetables (Romanos 1:28-32). No es de extrañar, pues, que las conductas sexuales tanto naturales como antinaturales sean el tema predilecto de muchos humoristas. También se bromea sobre el sexo en numerosas películas, al igual que en programas de radio y televisión.

Ahora bien, la Biblia no guarda silencio al respecto. El apóstol Pablo escribió a los cristianos de Éfeso: “Que la fornicación y la inmundicia de toda clase, o la avidez, ni siquiera se mencionen entre ustedes, tal como es propio de personas santas; tampoco comportamiento vergonzoso, ni habla necia, ni bromear obsceno, cosas que no son decorosas” (Efesios 5:3, 4). Así pues, no cabe duda de que las obscenidades, sin importar qué se pretenda con ellas, ofenden a Dios. Son moralmente inaceptables y sin duda entran dentro de lo que se considera lenguaje hiriente.

Palabras duras que desagradan a Dios

Desde luego, el habla dañina engloba mucho más que el lenguaje obsceno. Los insultos, el sarcasmo, las burlas y la crítica severa pueden herir profundamente. Es cierto que todos pecamos con la lengua, y más si se tiene en cuenta lo comunes que son el sarcasmo y la difamación en el mundo en que vivimos (Santiago 3:2). Sin embargo, los cristianos verdaderos nunca debemos adoptar una actitud indiferente en lo que a lenguaje soez se refiere. La Biblia indica claramente que Jehová Dios desaprueba todo tipo de habla hiriente.

Por ejemplo, el segundo libro de los Reyes cuenta que un grupo de niños agredieron verbalmente al profeta Eliseo. El relato narra que estos “empezaron a mofarse de él” y “siguieron diciéndole: ‘¡Sube, calvo! ¡Sube, calvo!’”. Ahora bien, Jehová, quien podía leer sus corazones y ver su intención maliciosa, se tomó muy en serio sus insultos, por lo que hizo que 42 muchachitos murieran (2 Reyes 2:23, 24).

Otro ejemplo es el de los israelitas, quienes “continuamente estuvieron burlándose de los mensajeros del Dios verdadero y despreciando sus palabras y mofándose de sus profetas, hasta que la furia de Jehová subió contra su pueblo, hasta que no hubo curación” (2 Crónicas 36:16). Aunque la furia de Dios se debió principalmente al proceder idolátrico y desobediente del pueblo, es interesante notar que la Biblia menciona específicamente los ataques verbales que sufrieron los profetas de Dios, lo cual subraya que él desaprueba por completo tal conducta.

Por consiguiente, la Biblia insta a los cristianos a “no criti[car] severamente a un hombre mayor” (1 Timoteo 5:1). Sería útil tener presente este principio siempre que tratemos con otras personas. Las Escrituras nos animan a no hablar “perjudicialmente de nadie”, a no ser “belicosos”, a ser “razonables” y a desplegar “toda apacibilidad para con todos los hombres” (Tito 3:2).

Refrenemos nuestros labios

A veces puede ser difícil resistir el impulso de insultar a alguien. Al sentirse ofendida, una persona tal vez crea que tiene motivos justificados para hablar al ofensor con dureza y crueldad, o para criticarlo a sus espaldas. No obstante, los cristianos contenemos dicho impulso. Proverbios 10:19 señala: “En la abundancia de palabras no deja de haber transgresión, pero el que tiene refrenados sus labios está actuando discretamente”.

Los ángeles de Dios nos dan un buen ejemplo al respecto. Ellos están al tanto de todo el mal que ha hecho la humanidad. Sin embargo, aunque superan a los hombres en fuerza y poder, no presentan contra ellos acusación en términos injuriosos “por respeto a Jehová” (2 Pedro 2:11). Puesto que saben que Dios es perfectamente consciente de los errores de cada uno y perfectamente capaz de corregir los asuntos, los ángeles refrenan sus labios. Miguel, el jefe de todos los ángeles, se contuvo de injuriar incluso al Diablo (Judas 9).

Los cristianos nos esforzamos por imitar a estas criaturas celestiales y obedecemos la siguiente exhortación bíblica: “No devuelvan mal por mal a nadie. Provean cosas excelentes a vista de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de ustedes, sean pacíficos con todos los hombres. No se venguen, amados, sino cédanle lugar a la ira; porque está escrito: ‘Mía es la venganza; yo pagaré, dice Jehová’” (Romanos 12:17-19).

Es interesante recordar que hasta el tono y el volumen de la voz pueden hacer que nuestras palabras resulten hirientes. No es raro que los cónyuges se ofendan mutuamente intercambiando gritos, y con frecuencia, muchos padres levantan la voz a sus hijos. Sin embargo, nosotros no debemos gritar para expresar nuestros sentimientos. La Biblia nos aconseja:

“[Quítense] toda amargura maliciosa y cólera e ira y gritería y habla injuriosa” (Efesios 4:31). Las Escrituras también indican que “el esclavo del Señor no tiene necesidad de pelear, sino de ser amable para con todos” (2 Timoteo 2:24).

Palabras que curan

En vista de lo común que es el lenguaje vulgar y obsceno, los cristianos necesitamos un antídoto contra su dañina influencia. Las Escrituras prescriben uno muy eficaz: el amor al prójimo (Mateo 7:12; Lucas 10:27). El interés sincero y el amor por el prójimo nos impulsarán a emplear siempre palabras que curen. La Biblia dice: “No proceda de la boca de ustedes ningún dicho corrompido, sino todo dicho que sea bueno para edificación según haya necesidad, para que imparta lo que sea favorable a los oyentes” (Efesios 4:29).

También nos ayudará a evitar el lenguaje hiriente el que los consejos de la Palabra de Dios se arraiguen en nuestra mente. Leer y meditar en las Santas Escrituras hará que nos resulte más fácil “desech[ar] toda suciedad” (Santiago 1:21). En efecto, la Palabra de Dios puede sanar nuestra mente.

5.1.14.2. w83 15/6 págs. 3-5 La Era de la obscenidad La obscenidad va en aumento

El habla profana ha sido común durante toda la historia. Se trata de cualquier tipo de lenguaje que profana o deshonra algo o a alguien. Tal lenguaje despliega falta de reverencia por las cosas sagradas, incluso por Dios y todo lo que esté relacionado con Sus cualidades y caminos. A menudo consiste en pedir a una deidad que “maldiga” a otra persona. O tal vez se use el lenguaje profano para violar o insultar a personas o cosas que Dios considera sagradas. Pero la Biblia dice: “Yo, el Señor tu Dios, castigaré a cualquiera que haga mal uso de mi nombre”. (Éxodo 20:7, Today’s English Version.)

Pero en los últimos años, ha habido un cambio notable en cuanto al lenguaje profano. Éste se ha vuelto explícito en lo que tiene que ver con lo sexual, —se ha vuelto obsceno— de modo que introduce en la mente detalles íntimos con relación a los órganos sexuales y el uso de ellos. Se ha vuelto común manifestar falta de respeto, hasta desprecio, para con la santidad del matrimonio y el engendramiento de los hijos. “En casi todo nivel, los hurras que se oyen durante eventos atléticos se han convertido —explica la revista U.S. News & World Report— en insultos desenfrenados y explícitos que se dirigen en contra de los rivales y aluden a lo sexual.”

Dichas obscenidades constituyen pornografía verbal. El aire hoy está contaminado con tal lenguaje. Según informa la revista Time, el dirigente de un equipo de béisbol, Tommy Lasorda, “dijo 144 obscenidades al hablar brevemente ante los miembros de su equipo para animarlos”. Muchos líderes políticos del mundo usan obscenidades también. De hecho, Richard Nixon popularizó la expresión “se ha suprimido el expletivo” desde que se publicó el contenido de las cintas de la Casa Blanca. El ex presidente estadounidense Jimmy Carter, aunque se le conocía por sus convicciones religiosas, usó una palabra con implicaciones sexuales que el periódico The New York Times rehusó imprimir. El diario sencillamente se refirió a ella como “un vulgarismo norteamericano”.

Algunos tal vez recuerden que en un tiempo se consideraba mal habladas a personas que usaban palabras como “caramba”, “diablos”, “córcholis” y “caracoles”. Pero en vez de estas palabras, se han vuelto comunes las obscenidades tanto en la lengua hablada como en la palabra escrita, de modo que el lenguaje obsceno nos ataca de todo lado. Hace años, cierto escritor que trató el asunto del lenguaje profano enumeró 14 usos de la palabra “diablo” o “diablos” en el lenguaje profano. Pero ahora, en el caso de muchas personas, casi cada oración termina en palabras vulgares que describen actos sexuales, y se aplican éstas a casi cualquier cosa imaginable. Además, estas palabras no se pronuncian solo bajo el impulso de la ira o el dolor, sino que las personas están usándolas simplemente porque quieren usarlas.

Tanto en tarjetas postales como en los garabatos o dibujos esgrafiados que se ven en lugares públicos es evidente que el lenguaje vulgar se está esparciendo. Por casi todas partes se pueden ver camisetas, cartelones, botones y etiquetas en los parachoques de los automóviles que llevan obscenidades escritas. Tal lenguaje se ha hecho “popular” entre muchas personas. “El uso en público del lenguaje profano ha llegado a aceptarse de manera tan general —comenta la revista U.S. News & World Report— que sería difícil, o tal vez imposible, detener esta tendencia e introducir otra contraria a ella.” ¡Con razón se ha calificado a nuestro tiempo de “Era de la obscenidad”!

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