5. Cuándo formar un comité judicial
5.1.4. Violación
5.1.4.1. w03 1/2 págs. 30-31 Preguntas de los lectores
¿Por qué dice la Biblia que la persona debe gritar ante la amenaza de ultraje sexual?
Nadie que no haya pasado por el horrible trance de sufrir el brutal ataque de un violador, entenderá jamás hasta qué punto dicho acto puede arruinar la vida de la víctima. La experiencia es tan aterradora, que bien pudiera angustiarla durante el resto de su existencia. Una cristiana joven que hace algunos años sufrió el ataque de un violador relata: “No hay palabras para expresar el terror que sentí aquella noche ni el trauma que he tenido que afrontar desde entonces”. Es comprensible que muchas personas no deseen pensar siquiera en un tema tan estremecedor. Sin embargo, la posibilidad de sufrir ultraje sexual es una amenaza real en este mundo malvado.
La Biblia narra sin ambages algunas violaciones y tentativas de violación perpetradas en el pasado (Génesis 19:4-11; 34:1-7; 2 Samuel 13:1-14). No obstante, también aconseja sobre lo que puede hacerse ante la amenaza de sufrir tal ultraje. Lo que la Ley dice sobre este asunto se encuentra en Deuteronomio 22:23-27. Allí se exponen dos situaciones. En la primera, un hombre halló a una muchacha en una ciudad y se acostó con ella. Aun así, esta no gritó pidiendo ayuda. En consecuencia, se determina que la muchacha es culpable “por razón de que no gritó en la ciudad”. Si ella hubiera gritado, quienes hubieran estado en las cercanías podrían haberla rescatado. En el segundo caso, un hombre halló a una muchacha en el campo, donde “la agarró y se acostó con ella”. Tratando de defenderse, ella “gritó, pero no hubo quien la socorriera”. A diferencia de la muchacha del primer caso, está claro que no se sometió a las intenciones del agresor, sino que se opuso con todas sus fuerzas y gritó pidiendo ayuda, si bien no pudo impedir que el violador lograra su objetivo. Sus gritos demostraban que había sido una víctima involuntaria, y, por tanto, no se le imputó ninguna culpabilidad.
Aunque los cristianos de la actualidad no estamos obligados a guardar la Ley mosaica, los principios en ella expuestos nos orientan. El pasaje mencionado subraya la importancia de ofrecer resistencia y gritar pidiendo ayuda, y esto último aún se considera una medida muy útil ante una amenaza de violación. Cierto experto en la prevención de delitos afirmó: “La mejor arma de la víctima son sus pulmones”. Los gritos quizá atraigan a otras personas que puedan ayudarla, o tal vez intimiden al agresor y lo impulsen a marcharse. Una cristiana joven que sufrió el ataque de un violador dijo: “Grité con todas mis fuerzas, y él se apartó de mí. Cuando volvió a acercarse, grité y corrí. A menudo me había preguntado de qué me serviría gritar si me agarraba un hombre corpulento con una sola idea en su cabeza. Sin embargo, he aprendido que surte efecto”.
Incluso en el lamentable caso de que una mujer no consiga impedir la violación, su lucha y sus gritos no habrán sido en vano. Por el contrario, dejarán bien sentado que hizo lo máximo posible por resistirse (Deuteronomio 22:26). A pesar del horrible trance, mantendrá la conciencia limpia, así como su amor propio y la seguridad de seguir pura a los ojos de Dios. La espantosa experiencia quizás la deje traumatizada, pero saber que hizo cuanto pudo para repeler el ataque contribuirá en gran medida a que las heridas emocionales sanen poco a poco.
Para captar la aplicación de Deuteronomio 22:23-27, es preciso comprender que este breve pasaje no abarca todas las situaciones. Por ejemplo, no contempla el caso de que la víctima no pueda gritar porque sea muda o esté inconsciente, o porque el miedo la haya paralizado, o porque le tapen firmemente la boca con la mano o con una cinta adhesiva. Sin embargo, puesto que Jehová es capaz de sopesar todos los factores, incluidos los motivos, es comprensivo y justo en estos casos, pues “todos sus caminos son justicia” (Deuteronomio 32:4). Él está al tanto de lo que realmente sucedió y de los esfuerzos de la víctima por resistirse. Por consiguiente, aunque esta fuera incapaz de gritar, si de algún otro modo hizo todo lo que pudo dentro de las circunstancias, puede dejar la cuestión en las manos de Jehová (Salmo 55:22; 1 Pedro 5:7).
Con todo, a algunas cristianas que han sido violadas las atormentan persistentes sentimientos de culpa. Al recordar lo sucedido, creen que deberían haber hecho más por impedirlo. No obstante, en vez de culparse a sí mismas, pueden orar a Jehová pidiéndole ayuda, con total confianza en su abundante bondad amorosa (Éxodo 34:6; Salmo 86:5).
Las cristianas que en la actualidad sufren las heridas emocionales provocadas por el ataque de un violador pueden confiar en que Jehová comprende plenamente su dolor. La Palabra de Dios les asegura: “Jehová está cerca de los que están quebrantados de corazón; y salva a los que están aplastados en espíritu” (Salmo 34:18). Aceptar la comprensión sincera y el apoyo bondadoso de los miembros de la congregación cristiana también les ayudará a enfrentarse a los sentimientos traumáticos (Job 29:12; 1 Tesalonicenses 5:14). Y el esfuerzo de las propias víctimas por concentrarse en pensamientos edificantes contribuirá a que experimenten “la paz de Dios que supera a todo pensamiento” (Filipenses 4:6-9).
[Nota]
Aunque este artículo se concentra en las mujeres agredidas, los principios expuestos también son aplicables a varones que afronten la amenaza de ser violados.
5.1.4.2. it-1 págs. 962-964 Fornicación
FORNICACIÓN
Relaciones sexuales ilícitas fuera del matrimonio instituido por Dios. La palabra hebrea za-náh y otras formas afines transmiten la idea de prostitución, ayuntamiento o relación sexual inmoral y fornicación. (Gé 38:24; Éx 34:16; Os 1:2; Le 19:29.) La palabra griega que se traduce “fornicación” es por-néi-a, un término que, según explica B. F. Westcott en su libro Saint Paul’s Epistle to the Ephesians (1906, pág. 76), “se usa en sentido general con referencia a relaciones sexuales ilícitas, tales como 1) el adulterio, Os. II.2, 4 (LXX); Mt. V.32; XIX.9; 2) el matrimonio ilícito, 1 Cor. V.1, y, en su sentido más usual, 3) la fornicación, como es el caso que nos ocupa [Ef 5:3]”. A este respecto, el Greek-English Lexicon of the New Testament (de W. Bauer, revisión de F. W. Gingrich y F. Danker, 1979, pág. 693) define esta palabra como “prostitución, incontinencia, fornicación, toda clase de relación sexual ilícita”. Se entiende, por lo tanto, que por-néi-a implica el uso crasamente inmoral de los órganos genitales de por lo menos una persona, aunque hayan debido tomar parte en el acto dos o más individuos (bien otra persona que se presta al acto o un animal) del mismo sexo o de sexo opuesto. (Jud 7.) La violación es un acto de fornicación, pero, por supuesto, no convierte a la víctima en fornicador.
Cuando Dios bendijo al primer matrimonio humano, dijo: “Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, y tiene que adherirse a su esposa, y tienen que llegar a ser una sola carne”. (Gé 2:24.) La norma que Dios fijó para el hombre y la mujer fue la monogamia, y estaban excluidas las relaciones sexuales promiscuas. Tampoco se contemplaba el divorcio ni las segundas nupcias. (Véase DIVORCIO.)
En la sociedad patriarcal, los siervos fieles de Dios odiaban la fornicación, y la consideraban un pecado contra Dios, tanto si eran personas solteras, como si estaban comprometidas o casadas. (Gé 34:1, 2, 6, 7, 31; 38:24-26; 39:7-9.)
Bajo la Ley. Bajo la ley mosaica, el hombre que cometía fornicación con una muchacha que no estaba comprometida tenía que casarse con ella y pagar a su padre la dote estipulada para una novia (50 siclos de plata; 110 dólares [E.U.A.]). No podía divorciarse de ella en toda su vida. Aunque el padre de ella rehusara dársela en matrimonio, el hombre tenía que pagarle el precio de compra prescrito. (Éx 22:16, 17; Dt 22:28, 29.) Sin embargo, si la muchacha estaba comprometida, el hombre tenía que morir lapidado. No se castigaba a la muchacha que gritaba cuando era atacada, pero si no lo hacía (indicando así que consentía), también se le daba muerte. (Dt 22:23-27.)
La ley que castigaba con la muerte a una muchacha que se casase fingiendo ser virgen, pero que hubiese cometido fornicación en secreto, realzaba la santidad del matrimonio. Si su marido la acusaba falsamente de tal delito, se consideraba que había acarreado gran vergüenza a la casa del padre de ella. Por tal difamación los jueces tenían que ‘disciplinar’ a tal hombre (posiblemente azotarlo) y multarlo con 100 siclos de plata (220 dólares [E.U.A.]), dinero que se entregaba al padre de la esposa. (Dt 22:13-21.) La prostitución de la hija de un sacerdote deshonraba el sagrado puesto de su padre. A ella debía dársele muerte y luego quemarla como algo detestable. (Le 21:9; véase también Le 19:29.) La fornicación entre personas casadas (adulterio) era una violación del séptimo mandamiento, y aquellos que cometían tal pecado merecían la pena de muerte. (Éx 20:14; Dt 5:18; 22:22.)
Si un hombre cometía fornicación con una sierva designada para otro hombre pero que aún no había sido redimida o liberada, se les tenía que castigar a ambos, pero no debía dárseles muerte. (Le 19:20-22.) Esto era así porque la mujer todavía no era libre y no tenía completo control de sus acciones, como lo habría tenido una muchacha comprometida que estuviese en libertad. Aún no se había pagado el precio de redención, o al menos no en su totalidad, por lo que todavía era esclava de su amo.
Cuando el avaricioso profeta Balaam vio que no podía maldecir a Israel por medio de artes adivinatorias, procuró hacerles incurrir en la desaprobación de Jehová, induciéndolos a tener relaciones sexuales ilícitas. Por medio de las mujeres
5.1. OFENSAS QUE REQUIEREN OACCIÓN JUDICIAL 91
moabitas, consiguió que participaran en el sucio culto fálico del Baal de Peor, por lo que 24.000 israelitas perdieron la vida. (Nú 25:1-9; 1Co 10:8 [es probable que 1.000 cabezas del pueblo fuesen ejecutados y colgados en maderos (Nú 25:4) y los 23.000 restantes fuesen pasados a espada o muriesen debido al azote].)
Prohibida a los cristianos. Jesucristo restauró la norma original de Dios acerca de la monogamia (Mt 5:32; 19:9) y condenó la fornicación, equiparándola a razonamientos inicuos, asesinatos, robos, falsos testimonios y blasfemia, todo lo cual proviene del interior del hombre, de su corazón, y lo contamina. (Mt 15:19, 20; Mr 7:21-23.) Más tarde, el cuerpo gobernante de la congregación cristiana, compuesto por los apóstoles y los ancianos que estaban en Jerusalén, escribió a los cristianos en 49 E.C., prohibiéndoles la fornicación, que colocó al mismo nivel que la idolatría y el consumo de sangre. (Hch 15:20, 29; 21:25.)
El apóstol Pablo señala que la fornicación es una de las obras de la carne, lo opuesto al fruto del espíritu de Dios, y advierte que el practicar las obras de la carne impedirá que un individuo herede el Reino. (Gál 5:19-21.) Su consejo es que el cristiano amortigüe su cuerpo “en cuanto a fornicación”. (Col 3:5.) Pablo advirtió a los cristianos que la por-néi-a ni siquiera debería ser tema de conversación entre personas santas, tal como a los israelitas se les mandó que no mencionasen los nombres de los dioses paganos de las naciones que los rodeaban, no que no los nombraran a sus hijos al prevenirles del culto a esas deidades, sino que no los mencionasen con agrado. (Ef 5:3; Éx 23:13.)
La fornicación es una ofensa por la que un individuo puede ser expulsado de la congregación cristiana. (1Co 5:9-13; Heb 12:15, 16.) El apóstol explica que un cristiano que comete fornicación peca contra su propio cuerpo, pues usa los órganos de la reproducción para fines ilícitos. Este proceder afecta muy adversamente a la persona en sentido espiritual, trae deshonra a la congregación de Dios y hace que dicha persona quede expuesta al peligro de enfermedades venéreas mortíferas. (1Co 6:18, 19.) El fornicador abusa de los derechos de sus hermanos cristianos (1Te 4:3-7), pues: 1) su ‘locura deshonrosa’ introduce inmundicia en la congregación y la desprestigia (Heb 12:15, 16); 2) priva a la persona con quien comete fornicación de una condición moral limpia y, si es soltera, del derecho a dar comienzo a una relación matrimonial pura; 3) mancha el nombre de su propia familia, y, además, 4) perjudica a los padres, esposo o prometido de la persona con quien comete fornicación. Tal persona no desafía al hombre, cuyas leyes pueden o no sancionar la fornicación, sino a Dios, quien exigirá castigo por su pecado. (1Te 4:8.)
En sentido simbólico. Para Jehová Dios la nación de Israel, que estaba en una relación de pacto con Él, era una “esposa”. (Isa 54:5, 6.) Cuando Israel llegó a ser infiel a Dios, despreciándole y volviéndose a otras naciones, como Egipto y Asiria, en busca de ayuda y pactando con ellas, fue como una esposa infiel —adúltera o prostituta— que fornicaba con todo descaro. (Eze 16:15, 25-29.) De manera semejante, se llama adúlteros a los cristianos que están dedicados a Dios, o que profesan estarlo, y de manera infiel participan en adoración falsa o se hacen amigos del mundo. (Snt 4:4.)
La obra Lexicon Graecum Novi Testamenti (edición de F. Zorell, París, 1961, col. 1106) dice respecto al significado simbólico de por-néi-a en determinados pasajes: “Apostasía de la fe verdadera, sea parcial o total; defección del único Dios verdadero Jahvé para seguir tras dioses ajenos [4Re 922; Jer 32, 9; Os 610, etc.; pues se consideraba la unión de Dios con su pueblo como una especie de matrimonio espiritual]: Ap 148; 172, 4; 183; 192”. (Corchetes del editor; en la Septuaginta griega 4Re corresponde a 2Re en el texto masorético.)
Asimismo, a Babilonia la Grande, símbolo de una colectividad religiosa, se la representa en el libro bíblico de Revelación como una ramera. Sus diversas sectas, “cristianas” y paganas, han alegado ser organizaciones de adoración verdadera; pero ella se ha asociado con los gobernantes de este mundo para conseguir poder y ganancia material, y ‘los reyes de la tierra han cometido fornicación’ con ella. Su proceder inmundo y obsceno de fornicación ha sido detestable a la vista de Dios y ha causado gran derramamiento de sangre y angustia en la Tierra. (Rev 17:1-6; 18:3.) Debido a su proceder, Babilonia la Grande sufrirá el juicio de destrucción de Dios contra los fornicadores. (Rev 17:16; 18:8, 9.)
5.1.4.3. w83 15/7 pág. 30 ¡Honre el arreglo divino del matrimonio! [Nota]
El hombre o la mujer a quien se violara o ultrajara sexualmente contra su voluntad no sería culpable de porneia.