Fernando armas asín
III. El impacto de la modernización guanera (1840-1879)
1. La fuerza del mercado externo y los mercados urbanos crecientes
aunque a partir de 1830 se observó un crecimiento sostenido de la demanda de gran bretaña y otros países del norte para las exportaciones peruanas como la lana, no fue sino hasta este período que otros productos agrarios se volcaron a dichos mercados y rebasaron los mercados internos o de los países vecinos que hasta entonces habían sido su destino. la revolución Industrial, extendida a europa occidental y los estados unidos, fue sin duda el motor de la demanda, la que también estuvo acompañada de una innovación tecnológica en la agri- cultura peruana.
la vanguardia de este cambio se encontró en la exportación de azúcar a gran bretaña, la cual siguió produciéndose de manera artesanal hasta aproxi- madamente 1860, en los trapiches de haciendas y chacras de la costa central y norte, así como en los valles cálidos de los andes y la selva alta. el merca- do chileno y las ciudades del país, como lima, eran sus únicos mercados de
destino. las ganancias obtenidas por el guano no solo beneficiaron al estado, sino directamente a diversos sectores sociales del país a través del pago por la consolidación de la deuda interna (1850), por la manumisión de esclavos (1855) y, de forma más indirecta, por el flujo de recursos que el estado destinó para la ejecución de obras públicas o la ampliación de la burocracia y sus actividades. gracias a estas transferencias, muchos antiguos propietarios rurales obtuvieron recursos económicos que invertir y se formó una élite capitalista en el país, li- meña y costeña, que invirtió parte de sus ganancias en el sector agrícola.
además, el mismo contexto de oportunidades de negocios hizo posible la formación, en la década de 1860, de un sistema financiero en el país, en el cual se destacaron los novísimos bancos hipotecarios: banco de crédito Hipotecario y banco Territorial Hipotecario. Tales instituciones captaban recursos del pú- blico, a través de cédulas hipotecarias a un 6 u 8% de interés: hacia 1873, el último año de bonanza del período, tenían colocadas la suma de 13,8 millones de soles en cédulas; y, con este capital, atendían los requerimientos de propieta- rios rurales o urbanos, que solicitaban préstamos para invertir en la refacción o ampliación de sus haciendas.
con esta maraña de recursos creados, algunos propietarios y arrendatarios se decidieron a importar maquinaria a vapor para la instalación de refinerías de caña de azúcar y dejar atrás los obsoletos trapiches coloniales. además, estuvie- ron en capacidad de importar culíes chinos como mano de obra y, en general, de reorganizar sus haciendas y expandir su producción, no solamente mediante el reemplazo de los diversos cultivos existentes dentro la hacienda, tanto entre las tierras directamente conducidas como en las diversas parcelas, sino también por medio de pequeñas irrigaciones en los contornos o a través de la compra de nuevas tierras aledañas.
este fenómeno de modernización se produjo preferentemente en la costa central y norte, donde se formaron auténticos ingenios azucareros que, hacia 1879 —año del estallido de la guerra del Pacífico—, eran el orgullo de algunos valles. al sur de lima, en cañete, destacaban los ingenios de enrique swayne, quien había iniciado un proceso de concentración de propiedades, por com- pra y arriendo, de las haciendas la Quebrada, casablanca, cerro azul, el chilcal, ungará, la Huaca y santa bárbara; así como las haciendas san Jacinto, motocache y Huacatampo en el valle de nepeña: en conjunto, sumaban un total de 4.619 fanegadas.10 algunas de estas haciendas eran o habían sido del estado
o de la orden de la buena muerte. entre lima y el norte cercano figuraba el ingenio de Palo seco, en chimbote, propiedad de dionisio derteano, banquero vinculado a dreyfus, junto a guillermo shell y Federico Fort; san nicolás de
supe, de la familia laos, con sus grandes calderos movidos a vapor también era motivo de admiración; por su parte, la negociación canevaro poseía el ingenio de caudevilla, en carabayllo, en lima. más al norte, en lambayeque, la familia solf controlaba la hacienda Pátapo, que producía azúcar y algodón, y arren- daba la hacienda Tumán, de la familia Pardo, que les pertenecía desde 1872. Igualmente, la hacienda cayaltí, de la familia aspíllaga, estaba ubicada en esta región, producía azúcar, arroz y alfalfa y, con sus 1.200 fanegadas, era conside- rada una de las mejores de la zona. en la libertad, luis albrecht, alemán que llegó al país en 1855, poseía los ingenios de Facalá y casagrande. Pero, entonces, era más importante el ingenio de mocán, de la familia orbegoso, que gozaba del soporte financiero de guillermo shell y el banco nacional, en lima; o el conglomerado formado a partir de la unión de las haciendas santa ana, lache y santa clara por el arrendatario augusto cabada, quien importó maquinaria moderna desde europa.
aunque en esa época algunas de estas haciendas se habían extendido, gracias a compras, conquistas de montes o pequeñas irrigaciones, difícilmen- te llegaban a un máximo de cuatro mil hectáreas por unidad; pero, sin duda, el promedio había aumentado bastante con respecto a los tiempos coloniales. según una estadística de 1875, había 235 haciendas de cultivo de caña en el país, mayormente ubicadas en los actuales departamentos de lambayeque y la libertad, cuya extensión conjunta ascendía a alrededor de 36 mil ha. como se puede apreciar en el cuadro 3, la producción azucarera fue creciendo a ritmo vertiginoso en el período 1870-1878, justamente cuando empezaron a fructifi- car las inversiones de los años previos. Para 1879, 80 mil toneladas de azúcar —moscabada, blanca, granulada y chancaca— eran exportadas al mercado bri- tánico y chileno por los puertos de cerro azul, el callao, supe, chimbote, eten o Pacasmayo. dionisio derteano, guillermo shell o enrique swayne se convir- tieron en sinónimo de la nueva élite azucarera, vinculada con sus negocios en la banca limeña o diversas actividades comerciales.
el surgimiento de los ingenios azucareros empezó a cambiar lentamente la fisonomía de los valles costeños: conllevó un cambio tecnológico significativo, no solo al interior de los ingenios, sino también en sus contornos, con ferroca- rriles que conducían la caña de la plantación a la refinería y al puerto, con un estado que invirtió en líneas férreas y muelles claramente para favorecerlos, como fue el caso de los construidos en lambayeque y la libertad. si bien mu- chas chacras y pequeñas haciendas siguieron cultivando caña y procesándo- la en sus antiguos trapiches, algunas terminaron convirtiéndose en unidades productivas satélites de los ingenios, a los cuales les vendían su producción. si no hubiera estallado la guerra del Pacífico, hubiésemos presenciado el mismo fenómeno acontecido en la primera parte del siglo XX: dependencia de la refi- nación, del crédito, del acceso al agua y, finalmente, la compra de la propiedad.
Hacienda casagrande en el valle de chicama
Hacienda san rafael en casma
(Imágenes reproducidas de middendorf, ernst. Peru, Beobachtungen und Studien über das Land und seine Bewohner während eines 25 jähringen Aufenthalts, vol. 2. das Küstenland von Peru. berlín: 1893)
Hacienda arona en cañete
Hacienda Facala en el valle de chicama
Fuente: bonilla 1984: 144.
existen algunos testimonios puntuales, por valles, que permiten visualizar este proceso, como es el caso de enrique swayne, en cañete. de más está decir que el mercado de tierras fue muy dinámico en estos valles, con muchas fami- lias de origen colonial o de inicios de siglo, desplazadas por empresarios más dinámicos, sobre todo, en la costa central y en la libertad. Tal es el caso de la hacienda caudevilla, en el valle de carabayllo, inicialmente de propiedad de diego de aliaga y santa cruz y vendida en 1869 a Juan montero, empresario vinculado a los negocios ferrocarrileros en Tarapacá, quien la traspasó en 1870 a mariano laos quien, a su vez, la cedió a la negociación canevaro, entidad de- dicada a negocios guaneros primero y mercantiles después. o en Jequetepeque, con la hacienda lurifico, inicialmente del convento de san agustín, bajo con- ducción del enfiteuta del período colonial tardío, manuel antonio de los santos, quien vendió su dominio útil al coronel santiago rázuri, quien adquirió el do- minio total en 1839 para venderla al coronel José balta en 1866, en una transac- ción que ascendió a 150 mil pesos por sus 250 fanegadas; entonces, se cultivaba básicamente algodón y balta realizó algunas mejoras en la infraestructura. en 1871, vendió la hacienda en 300 mil soles a enrique meiggs, quien con el si- guiente propietario Federico Fort —quien compró el predio en 1874— intro- dujo maquinaria a vapor, abonos y métodos agrícolas modernos de conducción en una hacienda que, desde entonces, se volcó definitivamente a la producción azucarera. además, expandió sus linderos con la compra de tierras de peque- ños propietarios vecinos y de las haciendas el Tambo y el molino de casimiro rázuri. como meiggs construía por entonces el ferrocarril con salida al puerto
cuadro 3 ProduccIón de azúcar (1870-1879) año Toneladas 1870 0.251 1871 4.500 1872 6.550 1873 15.950 1874 23.700 1875 50.000 1876 55.000 1877 63.000 1878 69.763 1879 80.000
de Pacasmayo, se sentaron las bases para una modernización del valle alrededor de la producción y exportación azucarera. detrás de Federico Fort, no lo olvide- mos, se encontraba la casa dreyfus y sus inversiones en el Perú.11
en el interior del país, en cambio, el aislamiento en las comunicaciones per- mitió que las haciendas y chacras mantuvieran una autonomía mercantil, por lo que los viejos trapiches continuaron dominando estas regiones.
en cuanto al algodón, no fue sino hasta la guerra de secesión estadouni- dense (1861-1865) y la “sequía” que la siguió, particularmente, para el mercado inglés, que la producción de las fibras peruanas fue de nuevo estimulada. esta situación concluyó aproximadamente hacia 1872, año en que el valor de las ex- portaciones ascendió a 280 mil libras esterlinas, debido a la recuperación de la producción norteamericana, a la crisis crediticia mundial y a la crisis económi- ca de los últimos años de la época guanera. en todo caso, posteriormente, la ex- portación no bajó de las dos mil toneladas anuales en promedio, lo que significó que su cultivo ocupara no menos de ocho mil ha.
en consecuencia, muchas haciendas de Ica y Piura cultivaron algodón en lugar de otros productos, como los de primera necesidad. así, los agriculto- res del alto Piura, a semejanza de las comunidades campesinas del bajo Piura, empezaron a sembrar algodón y dejaron de dedicarse exclusivamente a la ga- nadería. sin duda, el ferrocarril Piura-Paita los ayudó para sus exportaciones; además, compraron bombas de agua a vapor para regularizar el riego del río Piura y adquirieron arados a vapor. raimondi, de paso por allí, observó la canti- dad de bombas de agua y desmotadoras ya instaladas en los valles del alto Piura y de chira, así como en el mismo puerto de Paita.
en Ica, destaca el caso emblemático de domingo elías, quien se apropió o alquiló haciendas de terceros para dedicarlas a este cultivo. o el caso de la fami- lia aspíllaga que, además de cayaltí, poseía la hacienda Palto de Pisco, que en el siglo XVIII había sido de propiedad de rafael salazar y Traslaniña, y que luego pasó a manos de Federico Torrico quien, endeudado, la vendió en 1867. al igual que otras haciendas del valle, esta empezó a cultivar algodón junto con otros productos tradicionales, por el sistema de aparcería o yanaconaje. entre las ha- ciendas se encontraban cáucato, de manuel montero; manrique, de del solar; zárate, de Panizo; o chongos, de Juan J. Pinillos, todos recién llegados al valle. nuevamente, el proceso estuvo acompañado por el financiamiento bancario, la compra de tierras por la nueva élite o la inversión de capitales por parte de algu- nos antiguos propietarios. como ocurrió con la hacienda Talambo, comprada por el hacendado manuel salcedo Peramás en 1851, propiedad que aumentó sus tierras de 1.400 a 2.200 fanegadas en la primera parte del siglo XIX. el algodón
era sembrado por el sistema de yanaconaje, a pesar del intento de modernizar la organización productiva a través de inmigrantes vascos. el sistema de yanaco- naje era más barato y de fácil rentabilidad.12
la relación entre mercado externo y cultivos puede rastrearse también en la ganadería lanar. en la época, puede comprobarse con certeza estadística un aumento sostenido de las exportaciones de lanas. aunque, entre 1855 y 1879, las exportaciones de lana de oveja permanecieron estacionarias en un prome- dio de mil toneladas, las de alpaca subieron de mil a mil quinientas, con picos fluctuantes en el período. los especialistas concuerdan en que en tal período se produjo un aumento en la producción y en los precios, aunque ya antes de 1879 las fluctuaciones a la baja fueron notables, un síntoma de la crisis mundial y local. Por cierto, el circuito comercial de la lana, controlado por las casas de comercio arequipeñas, se consolidó. Tal circuito consistía en el uso de agentes o intermediarios, quienes, en ferias o a través de pactos individuales, captaban la producción de lana de las haciendas o de las comunidades indígenas, por métodos pacíficos o coercitivos, muchas veces dando crédito para obtener el compromiso de entrega del producto. luego, las lanas, lavadas y peinadas, eran exportadas desde arequipa, a través del puerto de Islay, hasta 1872 aproximada- mente, cuando empezó a emplearse el nuevo puerto de mollendo.
la transformación que ocasionó el comercio lanero sobre la estructura de la tierra y la mano de obra en la zona fue notable. según investigaciones,13 la
cantidad de tierras traspasadas para la provincia de azángaro es perceptible a partir de 1860 hasta inicios de la década siguiente; como siempre, antes de la guerra con chile y de la crisis económica previa. eran haciendas de viejos propietarios mestizos o criollos o tierras de indios, compradas por los nuevos terratenientes, muchos de ellos foráneos a la provincia. el precio de la tierra fue subiendo, a pesar de que como mercancía no fue una realidad usual sino hasta la década de 1890, en virtud a las disposiciones modernizadoras de entonces. la extensión de las haciendas creció y, en suma, el gamonalismo se fue impo- niendo en la región como forma social y económica. según el censo de 1876, en el país se contabilizaron 3.867 haciendas que albergaban a una población de 373.355 personas, un 27,4% de la población rural.
además de azúcar, algodón y lanas, se exportaban otros productos en pe- queña escala: cortezas de árbol de quina o algunas plantas medicinales como, por ejemplo, la ratania, que se obtenía en pequeñas cantidades en las zonas cá- lidas del oriente sur, como carabaya, y se exportaba a través de los puertos de mollendo o arica, aunque dichas exportaciones nunca superaron en cantidad
12. burga 1976: 165-201; eguren lópez, Fernández-baca y Tume 1981: 17-27 y 35-46; Pachas 1984: 140-195.
a las de bolivia, también trasladadas por estos puertos. en esos años, se expor- taron maderas a mercados vecinos, pero la hoy denominada actividad forestal estuvo muy limitada a unos pocos mestizos e indios que las obtenían y vendían a comerciantes itinerantes.
en cuanto a la producción de tabaco en los valles de chachapoyas y Jaén, decayó bastante y desaparecieron las exportaciones que antes se efectuaban a chile, aunque para 1900 su producción todavía fluctuaba entre los 12 y 15 mil quintales. no existen trabajos exhaustivos, pero la producción de los departa- mentos de amazonas y loreto (tabaco, café, cacao, azúcar para aguardiente, algodón, coca, yuca, frutas y verduras) no solo servía para el consumo regional, sino que el mercado brasileño fue creciente y atractivo, a partir de 1851, gracias a los tratados comerciales y de libre navegación con ese país y a la llegada de vapores brasileños a nauta. Para 1858, la región vendía al vecino país productos por un valor superior a las 40 mil libras esterlinas.14
dejando de lado el mercado externo, el interno se activó en gran medida: la prosperidad de la ciudad de lima en los días del guano —que pasó de 50 a 120 mil habitantes, según el censo de 1876—, tanto como el dinamismo creciente de los puertos del litoral y de algunas ciudades del centro y sur del país, deter- minaron que diversas haciendas, chacras y no pocas comunidades se volcaran a satisfacer sus necesidades. muchos agricultores de chacras y huertas de lima y el sur y norte chicos producían para la urbe limeña y el callao hortalizas, forrajes, verduras y algunos frutos, además de los productos necesarios para su autoconsumo. Por otra parte, los arrieros llevaban regularmente maíz, menes- tras y otros productos esenciales a la capital desde las distintas comunidades y haciendas de la sierra central. ese mismo dinamismo se puede observar en los alrededores de las ciudades de Piura, Trujillo, Ica y arequipa, sin contar con los distintos puertos del país.
no se trata de que desapareciera el viejo dinamismo colonial de flujos de productos a los centros mineros o la complementación de productos entre re- giones —el fenómeno de arrieraje, los tambos, posadas y las ferias anuales y, luego, dominicales son un fiel testimonio—, pero estos se vieron rebasados. además, la construcción de los ferrocarriles y la actividad del litoral produje- ron serias modificaciones y redireccionamientos en los flujos a los mercados de consumo. si bien el aguardiente de pisco siguió fluyendo de los viñedos de Ica a la sierra central y lima, el aguardiente de caña, cada vez más creciente en Huánuco o la costa central, fue ampliando su mercado.
una plaza que los agricultores de Tacna, o acaso de los valles de arequipa, no pudieron satisfacer fue la de la provincia de Tarapacá, cuna de las actividades
salitreras. allí, la pobre agricultura local fue complementada con aguardien- te, menestras, forrajes y otros requerimientos agropecuarios provenientes de bolivia, chile e incluso del extremo norte argentino, como se comprueba a par- tir de las estadísticas portuarias y las descripciones de viajeros existentes.