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Mano de obra, proletarización y sindicalización

La producción de alimentos

3. Mano de obra, proletarización y sindicalización

Para fines del siglo XIX, las variadas formas de uso de la mano de obra (peones, jornaleros, yanaconas, aparceros) siguieron vigentes e incluso se ampliaron. los antiguos trabajadores chinos, luego de terminar sus contratas en la costa perua- na, pudieron insertarse fácilmente en algunas de estas categorías. Igualmente, muchos braceros japoneses, que llegaron al país a partir de 1899, se establecie- ron en condición de yanaconas o aparceros en las haciendas y, muy pocos, como mano de obra asalariada y permanente de la misma, es decir, como peones.

el colonato —como sabemos, sistema cercano a la aparcería— ya estaba muy extendido en las haciendas de la libertad y lambayeque, dedicadas al cultivo de azúcar, arroz o productos de primera necesidad. gracias al uso del enganche y del tambo como mecanismo de retención por la vía crediticia, la hacienda podía ampliar su dominio territorial y obtener un excedente comple- mentario. muchas veces, al estar tan comprometidos en trabajar por jornales, las tierras de la hacienda (a fines de siglo, en casagrande y laredo, debían trabajar hasta doce jornales al mes; en otras tierras, algo menos), los colonos debían sub- arrendar sus parcelas o subcontratar peones para cumplir con su asignación de tareas agrícolas. el incumplimiento de este compromiso podía suponer el corte del agua, en el caso de las haciendas de chicama y santa catalina. Por cierto, su situación era mejor en las haciendas medianas y en las chacras de la costa, donde los propietarios, que en muchos casos solo trabajaban directamente el 30 o 35% de sus tierras, les concedían parcelas, alimentos y una mejor remuneración por los jornales que estaban obligados a efectuar e incluso, a veces, les permitían uti- lizar el crédito que ofrecían los tambos. Para el caso de las parcelas cultivadas de azúcar, también podían emplear el trapiche de la hacienda para transformar sus productos en chancaca y conservar hasta la mitad de lo producido. Incluso en el valle de Jequetepeque, los colonos que tenían parcelas grandes podían conseguir

fácilmente una mayor autonomía, evitar trabajos personales agrícolas para la hacienda y limitarse a la entrega o pago de sus productos convenidos. Tal fue el caso de los colonos de algodón y, ya en el siglo XX, de los llamados “boyeros”.

distinta fue la situación de los colonos en las haciendas serranas, donde las contribuciones tenían características serviles, como fue el caso en cuzco. Por ello, en muchos lugares andinos —en cajamarca, ayacucho, cuzco o Puno—, colo- nos, mejoreros, arrendires, allegados, precarios, medianeros, concertados, obli- gados o los huacchilleros en las zonas de pastos eran sinónimo de yanaconas y estaban obligados a realizar trabajos domésticos o agrícolas en condiciones servi- les. mientras los yanaconas dedicados al cultivo de maíz, arroz, frutales o algodón en la costa iban evolucionando a formas modernas de arrendamiento (colonato o aparcería), en algunos lugares la retribución por el uso de la parcela podía ser en productos (frutas en Ica, maíz en lima, arroz en Piura), pero también en dinero. además, como parte de los jornales de trabajo, seguían sujetos a la limpieza de acequias, la reparación de cercas, el pastoreo de ganado o la preparación de cama- ricos, que eran unas ofrendas al patrón consistentes en frutos u otros productos que, en calidad de “mandas” o propios, debían trasladar a la ciudad.

Tal vez la mejor situación siguió siendo la de los aparceros, muchos de ellos pequeños propietarios, comerciantes y vecinos de la hacienda o chacra, que to- maban las parcelas con el compromiso liso y llano de entregar una parte de la producción que, a inicios del siglo XX en ascope, era un tercio del total. en general, la situación de los aparceros era muy buena en casi toda la costa. en Pisco, por ejemplo, tras la guerra del Pacífico y dada la ausencia de mano de obra en condiciones serviles, pues los chinos habían cumplido sus contratos o habían escapado, a los propietarios no les quedó más remedio que contratar mano de obra asalariada o jornaleros; pero pronto los salarios comenzaron a subir, en un contexto de escasez crónica de mano de obra en la costa y debido a las presiones de todos los hacendados a la vez. además, la inflación nacional terminó afectando los vales que, en ausencia de monedas, se convirtieron en el medio de pago a los jornaleros. Tampoco tuvo éxito la iniciativa de arrendar lotes pequeños a chinos o negros de la zona: la entrega de productos, establecida en la mitad de lo obtenido, era tan alta, la inversión tan arriesgada y los com- promisos comunitarios tan onerosos que el sistema fracasó. También resultó un fiasco poner a producir las tierras por mecanismos modernos o por sistemas cuasi serviles. así pues, a los propietarios no les quedó otra alternativa que dar paso a un sistema de aparceros típicos, con lotes de tierra mayores, una menor entrega de productos (un tercio), tiempos más largos de duración contractual y una clara delimitación de las tareas adicionales por hacer para la hacienda. Tal sistema fue adoptado por un conjunto de mestizos e indios de diferentes lugares y situaciones y permitió la renovación productiva algodonera de la zona, sea por la vía de la ampliación de terrenos agrícolas o por la conservación de los ya

existentes. Pronto, empezaron a establecerse diferencias entre estos aparceros: arrendatarios, con lotes más grandes y mejores condiciones contractuales; y los compañeros o medianeros, más débiles, siempre faltos de capital y muy nume- rosos en todo el valle.23

cuando, tras la crisis internacional de 1893-1894, la demanda mundial y otros condicionantes forzaron a los agricultores de la costa a un incremento significativo de su producción de azúcar y algodón, las necesidades de mano de obra y dominio directo del espacio igualmente aumentaron. entonces, no solamente se intensificó el fenómeno del “enganche” en las haciendas costeñas, sobre todo en las haciendas azucareras del norte, como una forma de conseguir peones fijos en los campos, sino que también se reanudó la experiencia de la migración china de la época del guano, esta vez con la llegada de braceros ja- poneses a la costa central, en condición de yanaconas, aparceros o peones fijos. los grandes ingenios azucareros de la costa norte usaron intensamente el enganche serrano para proveerse de mano de obra. en un primer momento, se sirvieron de contratas con los agentes enganchadores, quienes se hacían respon- sables de sus trabajadores, intermediaban sus salarios (a cambio del 15-30% de su exiguo jornal de 0,50 centavos de sol) y les vendían a crédito comestibles y otros artículos en los tambos concedidos por las haciendas para el usufructo de estos agentes. Pronto, en los valles norteños se iniciaron las protestas de los bra- ceros enganchados frente a los abusos y maltratos físicos, las expoliaciones del enganchador y, luego, por un malestar general ante la baja calidad de vida. Tal situación conflictiva fue palpable a partir de 1910, cuyo vehículo más llamativo fue el alza de las llamadas “subsistencias” o alimentos de primera necesidad.

en 1912, estalló en chicama una huelga en casagrande, cuyos trabajadores pedían un aumento del jornal pagado y una reducción de las pesadas tareas impuestas. cinco mil braceros incendiaron cañaverales y destruyeron tambos y otros símbolos del orden impuesto. la huelga se extendió por todo el valle hasta el de santa catalina (laredo). el ejército la reprimió duramente, pero no fue sino el germen de la organización sindical de los braceros de la caña. a pesar de que en los años siguientes algunas haciendas como casagrande buscaron una relación directa con los braceros, se desentendieron de los agentes, sus abusos y pingües ganancias (por ejemplo, se eliminaron los tambos bajo su control en las haciendas y fueron sustituidos por otros de la empresa), no fue suficiente para calmar los ánimos. Hay que recordar que el sistema de enganche sobrevivió en la costa norte hasta fines de la década de 1940.

entre 1913 y 1920, la situación de los trabajadores de la agricultura costeña se agravó: los buenos precios del azúcar y del algodón fueron acompañados por

un interés de los propietarios por desalojar a arrendatarios, colonos o yanaco- nas, para usar estas tierras de forma directa y más eficiente frente a la creciente demanda mundial, lo que causó malestar social. asimismo, las condiciones la- borales para el resto de la masa trabajadora se estrechó, a la par que el coste de vida se encareció abismalmente: los precios subieron más de cien por ciento en el período y los aumentos de los jornales no se equipararon.

el resultado fue un recrudecimiento de las huelgas y, aun más importan- te, una tendencia a la organización sindical entre los trabajadores de la caña, particularmente entre aquellos que trabajaban en los talleres y almacenes. las organizaciones gremiales incluyeron, entonces, la fundación de asociaciones de solidaridad obrera, como fue el caso de la sociedad de auxilios mutuos y una caja de ahorros en cartavio. allí, los trabajadores del sindicato lograron, luego de un paro, la aplicación de la jornada de ocho horas para los trabajadores del taller y la fábrica, concesión que significó la primera conquista de este tipo en la región norte. la posterior huelga en la hacienda roma en 1922 y los paros siguientes en otras haciendas de chicama y santa catalina no hicieron sino des- cubrir que el creciente proceso de proletarización de la mano de obra había per- mitido, a su vez, la sindicalización en la zona. Incluso, hacia 1922, los sindicatos de los ingenios lograron confluir en un sindicato regional del Trabajo. aunque la posterior represión por parte del estado y de los propietarios, luego de 1923, desarticuló el movimiento sindical en la zona, este resurgiría con fuerza pocos años después, con el inicio de la gran depresión, a partir de 1929.24

se produjo, pues, un proceso de asalarización de la mano de obra cañera, con todas sus consecuencias laborales dentro del orden capitalista. en cuanto a los trabajadores de las haciendas de algodón y de arroz, que empleaban a arrendatarios (aparceros, colonos, yanaconas, compañeros) y trabajadores li- bres (peones, jornaleros), su desarrollo fue complejo frente al impacto del cre- cimiento productivo hasta 1929. en esta época, más que un auge de las formas aparceras de cultivo, hubo un desarrollo intenso del fenómeno de colonato o yanaconaje (llamados compañeros en Pisco), es decir, formas mucho más limi- tadas y dominables de arrendamiento, seguida por una posterior preponderan- cia de trabajadores asalariados.

así, se ha podido constatar que, entre 1900 y 1910, durante el primer ciclo contemporáneo de expansión del cultivo, el yanaconaje o colonato en todas sus formas —difícil a estas alturas cualquier diferenciación entre ellos en la costa— fue la herramienta favorita para extender los cultivos dentro de las haciendas, ganar tierras marginales en los contornos de ellas y, en general, para romper con la necesidad angustiosa de mano de obra. Por ejemplo, en las antiguas haciendas

ganaderas reconvertidas en arroceras en el alto Piura, los propietarios entrega- ban herramientas, semillas, tierra y los derechos de uso de agua a sus trabaja- dores, mientras que estos debían correr con todos los gastos de infraestructura en el sembrío y desarrollo del cultivo, devolver un tercio de la producción por costes diversos y entregar el resto al hacendado a precios preferenciales.

en las haciendas algodoneras, el yanaconaje o colonato mostraba gran diversidad de posibilidades, según los valles y según las haciendas: algunos conservaron características serviles del yanaconaje colonial, otros adoptaron formas modernas de aparcería. así, en algunos lugares, además de entregar la mitad o más de la producción y de vender el resto a precios reducidos al hacen- dado, los yanaconas estaban obligados a dedicarse algunos días a trabajar en acequias o siembra en las tierras de la hacienda; aunque, en otros, la entrega de la producción ya incluía cualquier tipo de derecho; e incluso, en algunos, sola- mente se les exigía la entrega en dinero. También podían combinarse todas estas formas. en el valle de chancay, los yanaconas estaban obligados a aceptar las indicaciones sobre qué sembrar y en qué proporciones, muy aparte de la entrega de su producción y acaso trabajos personales o dinero, a cambio de una parcela y la habilitación en semillas. en ocucaje, Ica, los yanaconas pagaban en 1904 una renta en dinero por las parcelas que conducían (12 soles por fanegada), fuera de vender su cosecha al hacendado y trabajar tres jornadas a la semana en sus tierras por un salario de 0,40 centavos de sol. en Pisco, los arrendatarios o aparceros, formas más autónomas de usufructos de parcelas, empezaron a declinar a favor del sistema de los “compañeros”, más débiles y dependientes de instrumentos y crédito, con todas las características de una mano de obra dependiente o yanacona. la bonanza del cultivo del algodón, con más y más tierras cultivables y mejores jornales, llevó a los hacendados de Pisco a un cre- ciente control y subordinación de la mano de obra.

con la Primera guerra mundial y el consecuente deterioro del nivel de vida, este proceso se ahondó en toda la costa. en Pisco, incluso, estos com- pañeros fueron testigos de un recorte de sus retribuciones contractuales: con- trol estricto de horarios y formas productivas por parte de los propietarios, así como prohibición de cercos o de utilización de infraestructuras de transporte de la empresa. Finalmente, en los años veinte, con la instalación de desmota- doras centralizadas en el valle para recoger toda la producción, el uso intensivo de fertilizantes y de tractores, su escaso margen de negociación simplemente se disipó. Para 1925, los débiles compañeros pisqueños debían entregar 2/3 o

¾ partes de su producción a la hacienda, además de hacerse cargo del pago de la renta convenida.25 la reacción en muchos lugares consistió en que los

yanaconas empezaron a organizarse en federaciones, al igual que los peones, donde la influencia, primero, anarquista y, luego, socialista fue importante. así, aparecieron organizaciones en los valles de chancay y Huacho, entre 1916 y 1922; en chincha, en 1917; y en Ica, en 1924.

Frente a los problemas del sector entre 1910 y 1915 y luego de 1925, la reacción de los algodoneros se centró en propiciar el desarrollo de la mano de obra asalariada directa, además de restringir el desarrollo de formas de arren- damiento más flexibles. ya en las haciendas del bajo Piura, con muchas tierras arrebatadas a las comunidades, el desarrollo del cultivo se había llevado a cabo no sobre los regímenes ya vistos, sino sobre la asalarización, pues la enorme cantidad de mano de obra despojada de tierras (calculada en unos 80 mil a inicios de siglo) aseguraba la existencia de mano de obra temporal y fija para la producción. También en Huarmey, la sociedad agrícola berbacay, de pro- piedad de los gildemeister, empleaba mano de obra asalariada desde inicios de siglo, con algunos yanaconas en sus linderos. el proceso se ahondó posterior- mente, entre 1916 y 1925, y, como se ha visto, la cantidad de asalariados se du- plicó en todo el litoral, superando incluso a los braceros de la caña; aunque bien es cierto que el yanaconaje o cualquier tipo de arrendamiento siguió existiendo en forma paralela: solo tras la crisis de 1929 estos desaparecerían lentamente en un proceso que fue acelerado por la ley de 1947.

4. La crisis de 1929

la crisis desatada a partir de 1929 tuvo un efecto devastador en el sector moder- no de la economía peruana: las exportaciones se hundieron y los créditos inter- nacionales cesaron. el desequilibrio repercutió sobre el estado, cuyos ingresos bajaron y cuyas obras públicas se detuvieron, pero también afectó al conjunto de la población, por la vía del empleo, que descendió bruscamente, producto de la crisis del sector exportador y del sector público, así como del resto de sectores de la economía finalmente impactados (finanzas, servicios). Todo ello terminó afectando el salario y, por lo mismo, la calidad de vida. en lo concerniente al sector agrario específico, las exportaciones sufrieron una brusca caída: entre 1929 y 1932, en dólares, las lanas se contrajeron un 50%; el algodón, un 42%; y el azúcar, un 22%; aunque pronto el algodón retomó su carrera alcista, mientras que el azúcar soportó toda una década de malos precios y mercados inciertos (recuérdese, además, que las azucareras venían de años previos complejos).

Frente a la crisis, las haciendas algodoneras reaccionaron de diversas mane- ras en el corto plazo. algunas, como en Piura, abandonaron el cultivo y empeza- ron a sembrar arroz; mientras que otras, en la costa central, se decantaron por las hortalizas y frutas, como fue el caso de los cítricos en la hacienda Huando. Pero esa no fue la salida general, pues la cantidad de área sembrada solo sufrió

una ligera variación en el período crítico (126.883 ha en 1929 y 123.065 ha en 1932). más bien, se redujo la mano de obra temporal y fija, se ajustaron los costos de insumos y, en el largo plazo, y gracias al aliciente recibido por la devaluación de la moneda local, se pudo proseguir con la asalarización de la mano de obra y la incorporación de mejores procesos productivos. un proceso análogo ocurrió en las haciendas de caña, cuya área de cultivo permaneció con poca variación (244.833 ha en 1928 y 240.164 ha en 1932) y se eligió la opción de reducción de costos e incorporación de mejoras en los procesos productivos. en todo caso, en el corto plazo, la disminución de los salarios y del empleo ocasionó un recrudecimiento de la lucha social en las haciendas azucareras del norte; por ejemplo, los conflictos en las haciendas cayaltí y Pátapo en 1931 o la agitación campesina en los valles de chancay y cañete. el movimiento sindical se reavivó y la lucha política de entonces terminó cruzándose con este en mu- chos valles. en cambio, la tensión social fue menor en las zonas tradicionales andinas, lo que ha sido definido como un “silencio campesino”, síntoma de la naturaleza moderna de la crisis desatada.