En el primero de los dos textos que vamos a examinar en este ca- pítulo, Schopenhauer acomete lo que anuncia su título, Especula-
ción transcendente sobre los visos de intencionalidad en el desti- no del individuo, esto es, una meditación «de altos vuelos» —a la
que califica con toda ironía de «transcendente»— sobre aquellos designios que parecen regir la vida de los individuos o, lo que viene a ser lo mismo, se propone rastrear los «guiños» del desti- no y compulsar su presunto carácter intencional, además de com- probar su identidad. Las pistas que sigue para llevar a cabo seme- jante labor detectivesca difícilmente podrían ser más variadas, y esa variedad es la causante de que su ensayo resulte particular-
mente sugestivo. Su investigación comienza por dar un repaso etimológico al ámbito terminológico del concepto estudiado, analizando sus distintas acepciones. No cabía esperar menos de alguien cuya competencia filológica era más que aceptable, como nos demuestra cada uno de sus escritos y en concreto este que nos ocupa. Como suele ser habitual, Schopenhauer utiliza in- distintamente para sus citas la media docena de idiomas que do- mina con cierta soltura, encontrándonos con una retahíla de pasa- jes en griego, latín, inglés, francés o italiano e incluso en español, en ese castellano que aprendió para leer al autor de La vida es
sueño y traducir a Gracián.
Pero sus fuentes resultan aún más variopintas. Por las páginas del opúsculo que vamos a examinar desfilan grandes autoridades filosóficas, desde Platón hasta Kant, pasando por Duns Scoto, junto a nigromantes como Paracelso; plumas como las de Schi- ller y Goethe habrán de codearse nada menos que con los redac- tores del célebre rotativo londinense; los poemas de Byron o el arte dramático de Shakespeare serán invocados en pie de igual- dad con los pioneros del hipnotismo; Heródoto entrará en escena flanqueado por el profeta Jeremías. Y es que a Schopenhauer no le preocupa demasiado el «pedigrí» de sus invitados ni tampoco rehúye los mestizajes. Esta mezcolanza sólo denota una falta de prejuicios en la búsqueda de la verdad, le hubiera encantado de- cirnos. En esa búsqueda Schopenhauer no duda en examinar, con idéntica convicción, las tragedias griegas y las cartas de unos mi- sioneros destacados en la India; un texto de Aristóteles goza para él del mismo crédito que los informes relativos a ciertos fenóme- nos paranormales; una cita de Séneca vale tanto como un cuadro de Tischbein; los libros esotéricos pueden rivalizar con un relato de Walter Scott y, por supuesto, la sabiduría conservada durante milenios en los libros védicos no desprecia verse actualizada con una página del Times.
Schopenhauer constata que, desde siempre y en todos los ámbi- tos, la humanidad ha venido escudriñando los astros, además de consultar oráculos o estudiar el vuelo de las aves, sin dejar de prac- ticar la quiromancia y la cartomancia. Poetas, historiadores, filóso- fos, dramaturgos y un largo etcétera, hasta llegar a lo más impor- tante, el individuo vulgar y corriente, han interpretado augurios o se han dejado llevar por presentimientos y presagios. En todas las
épocas, el hombre se ha mostrado interesado por columbrar los guiños del destino e intentar desentrañar lo que éste le tiene reser- vado, adivinar aquello que se halla escrito en el retablo del porve- nir. Esta constatación histórica parece imponerse por sí sola, pero a ello se une otro dato importante, cual es que la presunción de los designios del destino ha sido mantenida por cabezas nada proclives a suscribir superstición alguna. Por supuesto, nos dice como de pa- sada Schopenhauer, que todo podría quedar explicado atribuyéndo- lo a un espejismo de la imaginación; se trataría entonces de un efecto inconsciente debido a nuestra retozona y esquematizadora fantasía que, tras lanzar una rápida ojeada retrospectiva sobre los acontecimientos y su concatenación, se divierte haciéndonos creer que todo podía haberse previsto, al igual que nos hace percibir si- luetas muy bien perfiladas en una superficie donde sólo hay som- bras informes, caprichosamente diseminadas por el azar. Siempre nos queda ese recurso para eludir esta cuestión.
Sin embargo, desde la óptica de Schopenhauer, contamos con una prueba prácticamente irrefutable, con un claro testimonio a favor de aquella «raíz común del azar y la necesidad» que ha sido presumida por el hombre desde tiempos inmemoriales. Dicha prueba es aportada nada menos que por la clarividencia y, más concretamente, por aquella clarividencia que propicia el hipnotis- mo. Algunas personas, cuando quedan sometidas a un trance hip- nótico, lo que por aquel entonces da en llamarse «sonambulismo magnético», se muestran perfectamente capaces de predecir el futuro con una minuciosa exactitud, y eso viene a demostrar que todo se halla predeterminado de antemano, puesto que, de lo con- trario, no habría lugar para semejantes pronósticos. Como hemos visto en el segundo capítulo, esos fenómenos paranormales que iban detectando los pioneros del hipnotismo despertaban una gran curiosidad en Schopenhauer, pero este interés no era sino un ingrediente menor ante la enorme fascinación que le suscitaba el enigmático mundo de los sueños. A sus ojos, el trance hipnótico lograría hacer aflorar ese críptico lenguaje propio del sueño, ese lenguaje simbólico que le habría llegado a salvar en cierta oca- sión de una muerte segura, al ser capaz de reconocer aquel guiño del destino gracias a un ejercicio de oniromántica.
Desde luego, había una predisposición favorable hacia esa oniromántica, pues ya en 1828 nuestro autor mostraba su conven-
cimiento de que algunas veces «el sueño podía tener un significa- do profético, aun cuando la naturaleza simbólica del mismo haga que su desciframiento resulte una tarea muy ardua» (HN III 527); «a través de todas las épocas y entre todos los pueblos, ha venido atribuyéndose un sentido profético a las imágenes oníricas y se han realizado ímprobos esfuerzos por fijar de una vez para siem- pre su significado, sin éxito alguno, al no poseer la claves de se- mejante alfabeto jeroglífico» (MB 221, p. 215). En el profundo sueño del sonambulismo, anotó en uno de sus manuscritos berli- neses, «llegamos a expresarnos de un modo extraño y sublime, mostrando hondos conocimientos que no poseemos despiertos, e incluso nos tornamos telépatas o profetas» (MB 154, p. 149). «Dentro de nosotros está encerrado un secreto profeta que se re- vela en el sonambulismo y la clarividencia, proclamando aquello del pretérito y el porvenir que durante la vigilia nos es incons- ciente. Al dormir, este profeta lo sabe todo también, e intenta trasladar sus conocimientos al cerebro a traves de sueños alegóri- cos. Pero con frecuencia no es capaz de acarrearle más que un te- nue presentimiento» (HN IV.2, p. 9).