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Las partituras éticas de la sinfonía schopenhaueriana

Sin duda, el nombre de Arthur Schopenhauer se halla indisoluble- mente asociado al título de un libro, El mundo como voluntad y

representación. Y, desde luego, así es como a él mismo le hubiera

gustado que la posteridad lo recordase, como el autor de una obra cabalmente consumada que albergaba la cosmovisión de su siste- ma filosófico. Sin embargo, aunque nunca osó autoenmendarse y jamás retocaba sustancialmente los contenidos de sus obras una

vez publicadas, todo cuanto escribió tenía la única misión de com- pletar su «obra capital», como gustaba de referirse a ella. Por eso, cuando en 1844 aparece una segunda edición, la primera no ha sido tanto corregida cuanto aumentada con un segundo volumen de suplementos, en el que ha estado trabajando durante un cuarto de siglo y cuyo tamaño no desmerece al de su antecesor.

Toda su vida giró en torno a esta obra, que Schopenhauer con- cibió como un auténtico poema sinfónico, donde cada uno de sus movimientos iba retomando el tema principal, hasta llegar a su apoteosis final. Bajo este símil, su tesis doctoral, De la cuádruple

raíz del principio de razón suficiente (1814), bien podría ser cata-

logada como un preludio de apertura, una obertura que marcará el tono de la mentada sinfonía. Mientras que, por su parte, Sobre

la voluntad en la naturaleza (1836) o los dos escritos redactados

para sendos concursos académicos con muy desigual fortuna, es decir, En torno a la libertad de la voluntad humana (1839) y

Acerca del fundamento de la moral (1840), ensayos que serían

publicados poco después conjuntamente bajo el título de Los dos

problemas fundamentales de la ética (1841), representarían otros

tantos interludios que nunca pierden de vista la obra por antono- masia. Es más, cuando en un momento dado pensó dedicarse a la docencia universitaria, los manuscritos elaborados para sus po- tenciales alumnos berlineses no eran sino una versión con ribetes didácticos de El mundo como voluntad y representación. Y, como ya sabemos, tampoco renunció a realizar continuas adiciones en dichos manuscritos durante varios años, a pesar de que sus alum- nos brillaban por su ausencia y preferían abarrotar el aula donde impartía sus clases Hegel.

En este orden de cosas, los trabajos reunidos en Parerga y pa-

ralipómena (1851) bien podrían ser considerados, de alguna ma-

nera, como el tercer y cuarto volúmenes de El mundo como vo-

luntad y representación. El caso es que nos hallamos ante una

nueva remesa de complementos, por mucho que ahora se alle- guen de un modo mucho más rapsódico en comparación con aquel otro tomo, bastante más orquestado, que diera pie a la se- gunda edición de su obra capital. Se trata de la última y definitiva entrega, pero ello se debe únicamente a que Schopenhauer «des- pertó del gran sueño de la vida» en 1860 y no pudo continuar la relectura sistemática que hacía de su propia obra, para enrique-

cerla constantemente con adiciones que reforzaban sus viejos ar- gumentos mediante nuevas pruebas recolectadas por doquier: en la lectura de los clásicos, las revistas de parapsicología o el

Times. De hecho, las ediciones posteriores de Parerga y paralipó- mena, publicadas a partir de l862, recogerán las acotaciones ano-

tadas en los ejemplares manejados por el propio autor, así como ciertos pasajes de sus manuscritos que éste había seleccionado con vistas a una nueva edición. Resulta curioso comprobar que, por ejemplo, el primero de los dos textos que analizaremos aquí alberga una referencia bibliográfica sobre un libro fechado en el mismo año de su muerte, lo cual nos demuestra que Schopen- hauer era un infatigable lector de sí mismo y el más contumaz de sus comentaristas.

Mi propósito es entresacar de los Parerga y paralipómena sólo aquellas partituras que atañen directamente al último de los movimientos de la gran sinfonía schopenhaueriana, es decir, las relativas a la moral. Por eso examinaremos con algún deteni- miento el cuarto ensayo de los incluidos en Parerga, una sugesti- va reflexión en torno a los presuntos designios del destino para con el individuo, así como los parágrafos de Paralipómena con- sagrados específicamente a la ética. Estos textos vienen a com- plementar los tratados publicados por Schopenhauer bajo el título de Los dos problemas fundamentales de la ética, los cuales, a su vez, fueron concebidos como una suerte de comentario adicional al cuarto libro de El mundo como voluntad y representación. Quien se interese, ante todo, por el pensamiento ético schopen- haueriano podrá completar este listado con el apartado dedicado a la moral en Sobre la voluntad de la naturaleza, sin olvidar, cla- ro está, la Metafísica de las costumbres, esas «Lecciones de Éti- ca» elaboradas para unos alumnos que sólo serían procurados por la posteridad. Pero, por supuesto, quien se limite a hacer acopio de los textos recién citados no podrá abstenerse de consultar las otras partituras, aquellas que contienen los compases de la episte- mología y de la estética, pues a ellas le conducirá esa melodía de fondo, entonada por su peculiar metafísica, que marca el compás del conjunto de la sinfonía filosófica escrita por Schopenhauer durante casi medio siglo. Otra cosa es que guste de recalar en ese movimiento final, porque sienta particular predilección por algu- nos de sus pasajes, como es el caso de quien esto suscribe.