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Sueño e hipnotismo como claves de acceso a la «cosa-en-sí»

El autor de El mundo como voluntad y representación también lo es de un opúsculo bastante más desconocido, cuyo título es Ensa-

yo en torno a la clarividencia y cuanto se relaciona con ello. Sin

embargo, a él habrá de acudir quien se halle interesado en refren- dar las tesis primordiales de la filosofía transcendental. Porque, como ya se ha indicado en el segundo capítulo, cuando Schopen- hauer se propone hacer tal cosa, vuelve sus ojos a los fenómenos paranormales consignados por la teoría, muy en boga por enton- ces, del «magnetismo animal» o «mesmerismo», esto es, por lo que hoy denominaríamos como hipnotismo. «Lo prodigioso del magnetismo —anota en 1815— se cifra en abrir al conocimiento las puertas que conducen al gabinete secreto de la voluntad» (EJ 140, p. 95). La clarividencia manifestada por algunas personas en medio del trance hipnótico, al que Schopenhauer se refiere con el término de «sonambulismo», viene a suponer —según cabe leer en este opúsculo de Parerga— «una confirmación de la doctrina kantiana de la idealidad del espacio, del tiempo y de la causali- dad, así como una confirmación de mi doctrina de la realidad única de la voluntad, en cuanto núcleo de todas las cosas» (P1

EC, ZA VII 327).

«Lo delirantemente asombroso de la clarividencia sonambular (por cuanto devela lo encubierto, lo ausente, lo más remoto e in- cluso aquello que todavía dormita en el regazo del futuro) pierde su absoluta inconcebiblidad cuando reparamos en que, como he dicho tantas veces, el mundo objetivo es un mero fenómeno cere- bral, pues es la regularidad y el orden de dicho mundo (basados en las funciones cerebrales de espacio, tiempo y causalidad) lo que viene a quedar suprimido en alguna medida por la clarividen- cia sonambular. En efecto, gracias a la doctrina kantiana de la idealidad del espacio y el tiempo, concebimos que la cosa en sí y, por ende, lo único auténticamente real de todos los fenómenos, al hallarse desvinculada de ambas formas del entendimiento, no co- noce la diferencia entre lo próximo y lo remoto, ni distingue el presente del pasado y lo porvenir; de lo contrario, si el tiempo y el espacio fueran algo absolutamente real e integraran el ser en sí de las cosas, entonces aquel don clarividente de los sonámbulos

constituiría un milagro absolutamente inconcebible, al igual que toda televidencia o premonición en general. En cambio, la doctri- na de Kant viene a recibir en alguna medida una confirmación fáctica mediante los hechos aquí mencionados. Pues, como el tiempo no constituye una determinación del auténtico ser de las cosas, el antes y el después carecen de significado a ese respecto, y de acuerdo con ello debe poder conocerse un acontecimiento antes de que suceda tan bien como después. Toda mántica, esté cifrada en sueños, en la premonición sonambular o en cualquier otra cosa, no consiste sino en el descubrimiento del camino con- ducente a liberar al conocimiento de la condición del tiempo. Esta cuestión también se deja ilustrar por la siguiente alegoría: la

cosa en sí es el primum mobile del mecanismo que otorga su mo-

vilidad a toda la compleja y variopinta maquinaria de este mun- do» (P1 EC, ZA VII 287-288).

En Sobre la voluntad en la naturaleza, como también se apun- tó en el capítulo anterior, Schopenhauer confiere al magnetismo animal el título que Bacon había otorgado a la magia. Para él se trata de una metafísica práctica, de una suerte de metafísica em- pírica o experimental, que logra hacer aflorar a la voluntad como cosa en sí, conjurando el imperio del principium individuationis y quebrantando con ello las barreras espacio-temporales que sepa- ran a los individuos (cfr. VN, ZA V 299). En el proceso hipnótico «la voluntad se abre camino a través de las lindes del fenómeno hacia su primordialidad y actúa como cosa en sí» (HN IV.1, 29). De ahí que «el magnetismo animal —leemos en un fragmento de 1830— suponga la confirmación fáctica más palpable de mi doc- trina de la omnipotencia y la sustancialidad única de la voluntad» (HN VI.1, 30). Con todo, estos primeros pinitos del hipnotismo no coparon su insaciable curiosidad y Schopenhauer dedicó tam- bién una gran atención a la vida onírica, que habría de revelarse asimismo como una privilegiada vía de acceso hacia el universo de la voluntad como cosa en sí. En un apunte fechado hacia 1815 describe la vida real y el mundo de los ensueños como las hojas de un mismo libro. La diferencia entre ambos estribaría en que, si bien durante la vigilia nuestra lectura recorrería ordenadamen- te cada una de sus páginas, al soñar, hojearíamos pasajes de la misma obra que todavía nos resultan desconocidos (cfr. EJ 142, pp. 96-97).

A lo largo de todos los escritos de Schopenhauer cabe detectar un gran interés por la oniromántica (cfr. MB 231, p. 220), es de- cir, por descifrar el críptico lenguaje de los sueños. De hecho, es- taba convencido de que una vez cierto sueño admonitorio le ha- bría salvado la vida. En la nochevieja de 1830 Schopenhauer soñó que un grupo de hombres le daba la bienvenida cuando visi- taba un país desconocido para él. De alguna forma logró recono- cer en un adulto a un compañero de juegos de la infancia que te- nía su misma edad y había fallecido a los diez años, hacía ya tres décadas. Dicho sueño fue interpretado como un aviso de que, si no abandonaba Berlín, podría ser víctima del cólera, de aquella misma epidemia que acabó con la vida de Hegel (cfr. HN IV.1, 46-47). El ensueño se presenta como una mediación entre la vigi- lia y el trance hipnótico, un puente que a través del intrincado simbolismo de los sueños llevaría hasta nuestros recuerdos parte de la omnisciencia lograda por el sonambulismo magnético, es decir, por el hipnotismo (cfr. MB 142 y 221). En todo caso, su in- terés estriba en que, tal y como lo hacía el hipnotismo, también el sueño puede servirnos para vislumbrar los oscuros dominios de la cosa en sí, esto es, de la voluntad. «Cuando nos despertamos de un sueño que nos ha conmovido muy vivamente —leemos en un manuscrito fechado hacia 1826—, lo que nos convence de su inanidad no es tanto su desaparición cuanto el descubrimiento de una segunda realidad que late con mucha intensidad bajo noso- tros y emerge ahora. Todos nosotros poseemos el presentimiento de que, bajo esta realidad en la cual vivimos, se halla escondida otra completamente distinta y que supone la cosa en sí» (MB 159, p. 153).