Hafiz al-Asad, nacido en el seno de una familia campesina alawí de Qardaha, población situada en la provincia costera de Latakia, comandó el 16 de noviembre de 1970, siendo ministro de Defensa, un golpe de Estado bautizado por sus mentores como ―Movimiento de Rectificación‖. Con esta asonada se culminó el proceso de lucha por el poder en el seno del partido, del régimen y de las Fuerzas Armadas, que se había radicalizado tras el golpe de 1966. Aunque en un primer momento colocó a la cabeza del estado al suní Ahmad al-Jatib mientras él se reservaba el papel de primer ministro, en marzo de 1971, se proclamó presidente del país, privando de este privilegio a la comunidad suní. Sin embargo, el objetivo de al-Asad no sería el de alentar el gobierno de una minoría sobre la mayoría, sino que, por el contrario, el proceso de rectificación que auspició tenía como objetivo ampliar la base social a través de la apertura económica y el diálogo político. Así, levantó su nuevo régimen sobre una estructura de alianzas interreligiosas y étnicas, políticas y económicas, con el fin de consolidar su poder y el de los suyos224.
A los árabes suníes al-Asad les ofreció importantes y visibles cargos de poder, mientas reservaba para su familia y miembros de su tribu y confesión los puestos relevantes del Ejército y la Mujabarat (servicios de inteligencia, policía política...) que eran los que controlaban realmente el país225. Asimismo, se ocupó de buscar una alianza con los
223 El sacrificio por las reformas es una reivindicación constante de los Hermanos Musulmanes, una cuestión a
la que continuamente recurren para subrayar su papel abanderado en la lucha contra el régimen, sea en Siria, en Egipto o en Jordania. Este sacrificio es una de sus principales fuentes de legitimidad. No obstante, como asegura Hudson: ―La perspectiva de una oposición islámica efectiva puede aumentar con el incremento de la represión del régimen, pero puede disminuir si el estado inflinge una represión aplastante‖. Michael C. Hudson. ―The Islamic Factor in Syrian and Iraqi Politics‖. Islam in the Political Process James P. Piscatori (editor). Londres, Cambridge University Press, 1983, pág. 82.
224
Alfred B. Prados y Jeremy M. Sharp. ―Syria: Political Conditions and Relations with the United States After the Iraq War‖. Washington, Servicio de investigación del Congreso de Estados Unidos. Enero, 2005.
www.usembassy.it/pdf/other/RL32727.pdf [consultada 12/2/2008].
225 Sobre la elites sirias y el reparto de poder, véase. Ignacio Álvarez-Ossorio e Ignacio Gutiérrez de Terán,
―La Transición política siria‖. Poder y regímenes en el mundo árabe contemporáneo. Barcelona, Bellaterra, 2009. Ferrán Izquierdo Brichs (editor), pp. 265-300.
comerciantes suníes, principalmente de Damasco, desfavorecidos por los procesos de nacionalización del periodo inmediatamente anterior. Esta alianza dirigida a atraerse a los comerciantes damascenos también favoreció a los cristianos, que constituyen entre un 8 y un 10 por ciento de la población. Además, ante la mayoría suní desencantada por el laicismo exacerbado de la época anterior, por la política económica, así como la crisis del panarabismo y del naserismo (cuyo empuje y atracción habían perdido impronta tras la derrota en la guerra árabo-israelí de 1967), el presidente intentó mostrar un aspecto más pío en sus discursos y comportamientos y promovió incluso la reforma de la constitución de 1969, considerada la más laica de la historia siria.
Por su parte, los cristianos, drusos e ismailíes, percibían a los alawíes como el grupo capaz de protegerles de la formación de un eventual gobierno islámico radical, mientras que los kurdos, aunque no fueron favorecidos por el régimen, tampoco mostraron resistencia ante sus políticas.
El sistema que trenzó el nuevo mandatario favoreció el clientelismo y la corrupción, un status quo que a la vez hizo muy difícil la introducción de nuevas reformas debido a los estrechos vínculos entre los sectores político y económico.
El nuevo presidente también intentó promover el diálogo político mediante la creación de un Parlamento en 1971, y un año más tarde del Frente Nacional Progresista, una plataforma política en la que, siempre bajo la protección del Ba„az, se intentó dar cobijo a algunos grupos políticos leales como la Unión Socialista árabe, el Partido Comunista Sirio, la Organización de Socialistas Unionistas y el Movimiento Socialista Árabe.
Sin embargo, gran parte de sus estrategias políticas, sobre todo las dirigidas a satisfacer a la mayoría suní fracasarían, tanto por la incapacidad de frenar la crisis económica, como por no poder ofrecer verdaderos canales de representatividad política, ni lograr cumplir las expectativas religiosas de la mayoría suní, estrechamente relacionadas con las políticas. Así, en 1973, tres años después del golpe de Estado, el conflicto religioso volvió a estallar en el país, precisamente con motivo de la elaboración de la nueva Carta Magna. Los ulemas solicitaron que se revisara el proyecto de ley para introducir la oficialidad del islam y sus exigencias fueron enarboladas en unas violentas manifestaciones que estallaron de nuevo en Hama el 21 de febrero de 1973 y que proyectaron su violencia
contra las oficinas del Ba„az en esta localidad226. El nuevo presidente intentó tranquilizar la situación introduciendo una cláusula mediante la cual se determinaba que la religión del jefe de Estado debía ser el islam (una exigencia que no compartían los HH MM). Sin embargo, los ánimos no se calmaron y las agitaciones contagiaron a los suníes de Homs, Alepo y Damasco que se mantendrían en pie de guerra hasta mediados de abril227
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La política desarrollada por el Ba„az también abrió una gran brecha entre la capital siria y las principales ciudades, que se tradujo en el apoyo de la primera al régimen frente a las repetidas manifestaciones y levantamientos llevados a cabo en las grandes urbes del norte. Por un lado, el desarrollo de Damasco promovido por las autoridades, que favoreció la emigración rural (pro ba‗azista) así como la alawí y, por otro lado, las alianzas de poder político y económico selladas por los alawíes con las grandes familias suníes damascenas y la burguesía de esa ciudad, permitieron que la capital se mantuviera en calma en los momentos de mayor tensión. Sin embargo, Alepo, Homs y Hama, en lugar de sacar partido de estas políticas, se puede decir que las padecieron, y sintieron como la emigración rural y alawí amenazaba el poder de las familias suníes tradicionales, bien por la forja de nuevas alianzas rurales, bien por el centralismo damasceno alentado por el régimen.