Diputado Nacional por la provincia de Buenos Aires. Dirigente sindical.
Con Néstor nos conocimos en el 2003. Era otra Argentina.
Todavía el «que se vayan todos» impregnaba el clima político. Los que intentaban gobernar la Argentina, caminaban sobre una capa muy delgada que todos los días se hacía más frágil. Había hartazgo y escepticismo en nuestro pueblo, en cuya memoria perduraba el estallido. Con apenas el 23 % de los votos había un Kirchner en la Casa de Gobierno. Ese tal Néstor, al que los grupos del poder
fáctico habían intentado condicionar de entrada. Lo que no había en esa Argentina era el kirchnerismo.
El hombre había avisado el día de su asunción que no estaba dispuesto a dejar sus sueños en la puerta de la Casa Rosada. Pero la verdad es que después del menemato, la mayoría de los
peronistas teníamos los oídos tapados con cera para no escuchar más cantos de sirena.
Néstor que era un animal político, lo sabía. Y decidió hablar con la contundencia de los hechos. Por eso, ni bien asumió, fue
personalmente a Entre Ríos a pagarle el salario a los docentes. Apeló a un gesto que consistió en meter mano a la caja nacional y ponerle en el bolsillo la plata a los docentes de esa provincia, en la que hacía meses no se cobraba, o se cobraba con papelitos
pintados. Inauguraba con la potencia de ese símbolo una nueva etapa, en la que se daba por concluida la Argentina del Ministerio de Educación «sin docentes y sin escuelas», frase que fue el sello
distintivo del desguace educativo de los 90.
Fue por esos días, en que a mí me tocó asumir como secretario general de la CTERA, que me llamó Néstor para que fuera a verlo a la Rosada. Fue en respuesta a un llamado que le había hecho, cuando hizo descolgar el cuadro de Videla, para decirle que
empezaba a creer otra vez en la política. Quedamos en juntarnos a tomar un café.
Aunque por entonces ya tenía varios años de sindicalista, se contaban con los dedos de una mano las veces que había hablado con un presidente. Durante el menemismo no habíamos pisado ni la vereda de la Casa de Gobierno. Con De la Rúa, la vez que nos recibió, fue como darle la mano a un muñeco de cera. Con Néstor hablábamos como si nos hubiésemos conocido de mucho tiempo antes. Tenía una manera de encarar la conversación que rompía las distancias. «¿Qué es eso de la ley de financiamiento que ustedes proponen para educación?», preguntó como para entrar en tema. Le empecé a explicar el desastre que había significado la
provincialización del sistema educativo, la ausencia del soporte del Estado nacional, pero enseguida me di cuenta de que hablaba con alguien que lo había vivido siendo gobernador. Néstor me
interrumpió y me dijo: «La semana que viene te venís y nos juntamos con el Pálido». En el momento no le pregunté, pero
después me enteré de que «el Pálido» era Lavagna, el ministro de Economía.
Aquel fue un período de dos años largos en que, por primera vez desde el gobierno de Raúl Alfonsín, no hubo paros convocados por la CTERA. Después de un tiempo sin tener noticias del tema, se comunicó conmigo el ministro de Educación Daniel Filmus para decirme que Néstor quería que fuéramos a la Casa Rosada. Así fue que conocí la famosa «libretita negra» en la que anotaba los
números de la economía. Esa tarde estábamos Tito Nenna, el
ministro Filmus y yo. Después de hablar de bueyes perdidos, Néstor nos dijo que lo había estado pensando y se le había ocurrido cómo entrarle al tema del financiamiento. Daniel Filmus, que estaba
sentado a mi lado, me pateó por debajo de la mesa como diciéndome: «Es ahora o nunca».
La propuesta consistía en aumentar durante un quinquenio, a razón de 20 % por año, la inversión educativa de manera que se duplicara el presupuesto al llegar al quinto año. La condición era destinar todos los años una parte del excedente del PBI que
generara el crecimiento de la economía. Cuando terminó de hablar, yo tragué saliva y le dije: «Néstor, si vamos con esto a la CTERA, nos sacan cagando». Allí fue cuando sacó la famosa libretita del bolsillo del saco. Me dijo: «Hugo, te puedo asegurar que la
economía del país va a crecer por lo menos siete años de manera ininterrumpida y no podemos perder esta oportunidad». Allí fue que Néstor, que hablaba con la vehemencia de un militante, insistió una y otra vez que había que planificar en cinco años la duplicación del presupuesto educativo. Es decir, llegar a los tan reclamados seis puntos del PBI, que por entonces parecía una utopía.
Al final nos convenció. Ya íbamos por el tercer café cuando yo le dije que estaba todo bien, pero que teníamos que garantizar que esa plata que iban a recibir las provincias fuera toda a la educación. En el medio de la discusión sobre cómo hacer para que esos fondos no se destinaran a otros rubros, le pasan a Néstor una
comunicación telefónica. Y entonces veo que el presidente agarra un papel amarillento, una vieja hoja de cuaderno escrita con letra cursiva que tenía encima del escritorio, y le empieza a leer al que estaba del otro lado de la línea un texto que hablaba sobre un
compañero desaparecido. Me sorprendí viendo como a Néstor se le llenaban los ojos de lágrimas y le decía: «Cómo no me voy a
acordar de vos, si tantas veces nos esperabas con la comida hasta tan tarde».
Estaba emocionado Néstor cuando colgó y le costó seguir
hablando. «Era la mamá de un compañero mío cuando estudiaba en La Plata, secuestrado por los milicos», nos dijo. Me dieron ganas de levantarme y abrazarlo. Me imagino que debe haber algún lugar donde quedan esos abrazos que uno no se animó a dar en su momento.
Cuestión que después de ese episodio, le seguimos sacando punta al tema y surgió la idea del fondo de financiamiento con blindaje y asignación directa para la educación. Cuando salimos, nos fuimos caminando con Tito hasta la sede de la CTERA, en San Telmo, y me dice: «Te das cuenta lo que es este tipo, este Néstor es de otro planeta». Como quien no quiere la cosa, igual que tantos otros argentinos y argentinas, nos estábamos haciendo
kirchneristas.
Después de un par de meses de discutirlo, se hizo el anuncio del proyecto de ley que el presidente de la nación enviaría al Congreso. Me acuerdo de que Daniel Filmus me llamó la tarde anterior al acto que se iba a hacer en la Casa Rosada para decirme que Néstor
quería que yo hablara ahí. Todavía veo los ojos saltones de Néstor, brillantes de emoción, en el momento que dije que para la escuela pública ese era un día histórico.
Seis meses después fue la Cumbre de los Pueblos en Mar del Plata. La del rechazo al ALCA, con la movilización en las calles y un George Bush mirando al vacío con el rostro demudado. Aquel
Néstor Kirchner que había llegado con apenas el 23 % de los votos después del «que se vayan todos», lograba que millones de
argentinos dejaran de ser la gente para ser otra vez pueblo, y volver a creer en la política como herramienta para impedir el atropello de los poderosos.