Cura párroco de El Calafate.
«Vengan a mí Benditos de mi Padre… porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, estaba de paso y me alojaron, desnudo y me vistieron, enfermo y me
visitaron, preso y me vinieron a ver. “Señor: ¿Cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso y te alojamos, desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso y fuimos a verte?”. Él les
responderá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”». Evangelio de Mateo 25, 31-40.
Leímos este texto aquel 29 de octubre del 2010 en la despojada capilla del cementerio de Río Gallegos, mientras recordábamos que quienes dan la vida, resucitan en el pueblo, como nos enseña
nuestra fe.
Ya estaban las semillas sembradas cuando el eco del rezo de la fe profunda de la Patria Grande vibraba en la voz amiga y fraterna, firme y tierna de Hugo Chávez que nos animaba: «¡Néstor, no vinimos a enterrarte, vinimos a sembrarte en tu tierra!».
… Y que florezcan mil flores recordamos nosotros.
Néstor era patagónico, santacruceño, nacido en esta tierra que forja a sus hijos tenaces y tercos, luchadores y comprometidos, capaces de enfrentar vientos fuertes, heladas intensas, distancias y paisajes infinitos y soledades sabias. Tierra que enseña a cuidar lo frágil y lo débil porque acá es más frágil y más débil. Gente tosca dirán los tilingos que tienen buenos modales con los poderosos y son despiadados con los débiles.
Los recuerdos de Néstor que quiero compartir son simples. Evoco con ternura el relato de una chica de El Calafate, en sus tiempos de gobernador. Él salía a dar una caminata casi siempre por las mismas calles… Todos conocíamos el recorrido por el pueblo. Ella se le acercó. Por su situación personal, necesitaba un lugar donde vivir. No pretendía que le regalaran o le dieran, solo un ratito
de escucha y una luz de esperanza. Sabía que contaba con él. Néstor le dio un número telefónico al que debía comunicarse al día siguiente (era fin de semana). Lo primero que hizo el lunes fue llamar. Quien la atendió estaba al tanto, no tuvo que perder tiempo explicando nada, Néstor se había ocupado, la suya no había sido una palabra de compromiso ni un sacársela de encima; ahí nomás se le ofreció alguno de los diversos planes de acceso a la vivienda que contaba la provincia. Al poco tiempo, con sus modestos
ingresos, ella ya estaba viviendo en una casa propia. «Vinimos a sembrarte…».
Otro recuerdo es allá por 2002. El Chaltén era una pequeña
comarca que había nacido pocos años antes. No mucho más de 600 habitantes estables. Era 12 de octubre, día del pueblo. Llegaba el gobernador, seguro que con anuncios que respondían a la primera pregunta con la que tanto él como Alicia respondían cuando se les contaba de algún proyecto: «¿Qué necesitan?». Tiempos de rutas de ripio. Con demora, como casi siempre, la polvareda de la avenida anunciaba la llegada de la comitiva… Todos a sus lugares para
comenzar el acto. ¿Treinta personas seríamos? Los funcionarios a sus lugares de funcionarios, el pueblo alrededor del mástil… Néstor no. Néstor se acercó uno por uno a saludarnos, a decirnos algo, a escuchar algún reclamo, a recordar alguna anécdota, a dar una palmada. Le importábamos.
«Vinimos a sembrarte…».
En mis encuentros breves formales e informales, siempre
recuerdo su manaza con su palmada desmesurada y afectuosa en la mejilla, y el infaltable: «Vos no te hagas el pícaro», señalándome con el dedo índice, y cerrando algún chascarrillo inevitable en
relación a algún tema –también inevitable– con el que indefectiblemente se concluía el encuentro.
¿Cuál era el misterio de ese hombre recordado en anécdotas así de simples y domésticas por quienes lo cruzamos, con el chiste y la cargada a flor de labios, pero con una seriedad inclaudicable cuando
se trataba de defender los intereses del pueblo y de plantarse frente a sus agresores?
Néstor quería a su pueblo… no como categoría social. Quería a las personas de carne y hueso, no se bancaba (le dolía y se
enojaba, sí… ¡mucho!) que por la mirada al costado o la complicidad de quienes gestionan lo común, sufriera una mamá sin casa, un pibe sin escuela o sin gimnasio para jugar, una comunidad pequeña sin hospital, un hermano sin trabajo. Sabía por experiencia sureña lo que es la ausencia de la mano tendida, del poderoso lejano que debería darla. Por eso se acercaba él. Y por eso ese sello de transgresión en su estilo. No como inmadurez, como rebeldía revoltosa, sino como quien abre un tajo a la solemnidad mentirosa de las formas que protegen el «orden» falsamente inevitable del sistema para permitirnos espiar, al menos, la utopía de lo que podemos llegar a ser, y meterse por ese tajo con cuerpo y alma a construirla.
Un día el cuerpo no dio más… «Vinimos a sembrarte en tu tierra».
Y fue acá, en El Calafate, el 27 de octubre del 2010, que las manos buenas del Padre de todos se abrieron para recibirlo. A veces parece que los que sueñan sueños colectivos grandes, los que enfrentan a los poderosos de la historia siempre terminan mal… o se los lleva la lucha o los matan o los callan.
Esa noche fui a despedirme de Cristina y de la familia que
viajaban a Bs. As. Un rato antes en la misa que tuvimos que hacer en la calle con el pueblo, había comentado que cuando fui a la mañana había entendido por qué Néstor la llamaba: «Presidenta coraje». Junto al cajón se lo comenté a Cristina y ella acariciándolo y mirando a Alicia que estaba enfrente, dijo con una mueca de emoción doliente: «Sí, él me decía así… “Presidenta coraje”». «No me vas a hacer quedar mal ahora», agregué. Me miró fijo y
tomándome las manos me dijo: «A él. A él no lo voy a hacer quedar mal».
Lo que sigue ya lo sabemos… Vinieron por las flores, las
pisotearon, las enchastraron. Se la agarraron con la que Néstor más quería, la más linda para él. Pero superficiales como son, no se dieron cuenta de que la flor más querida era también la mejor de las semillas. Ignorantes de la historia y de la memoria que guarda el Pueblo como humus sabio para que la mejor semilla fecunde y sigan floreciendo mil flores.
«Resucitaste en miles»… Sobre todo chicos y chicas, «Vinimos a sembrarte»; «Que florezcan mil flores»; «Néstor no se murió»;
«Néstor vive en el Pueblo»… Todo es cierto, todo lo repetimos con convicción y ternura. Pero por acá todavía se te extraña, Lupín.