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Expresidente de Ecuador.

La memoria de Néstor Kirchner está unida al espíritu de integración.

Con Néstor Kirchner, Argentina surgió como ave fénix de las cenizas en las que la había dejado el fundamentalismo neoliberal. Como economista y académico, la experiencia argentina me

fascinaba, y quería conocer al hombre que dirigió esa recuperación tan impresionante. El 20 de abril del 2005 hubo un hecho que

cambió radicalmente mi vida, y para siempre. Dentro de la azarosa política ecuatoriana, el vicepresidente Alfredo Palacio asumió la presidencia de la República del Ecuador por el abandono del cargo del presidente Lucio Gutiérrez, después de varios días de protestas populares que no hacían más que crecer pese a la violenta

represión. Yo ayudaba al doctor Palacio como asesor económico ad

honorem, y aquel mismo día, el flamante presidente Palacio me

nombró ministro de Economía. De la noche a la mañana pasé de la serenidad de la academia a la tumultuosa vida política. El resto ya es historia.

La oportunidad de conocer a Néstor se presentó en lo que probablemente fue mi primer viaje internacional como ministro. Se trataba de la Cumbre América del Sur-Países Árabes –ASPA–, que se realizó en mayo de 2005 en Brasilia. Néstor fue el último

presidente en llegar y el primero en irse. Tan solo lo pudo observar desde la primera fila del público, sin tener la oportunidad de

estrechar su mano. Luego, como presidente, entendería

perfectamente su actitud. Las cumbres presidenciales son realmente un calvario, donde se habla mucho para decir poco y ejecutar aún menos. Fue una de las cosas que siempre compartí con Néstor: su aversión a los protocolos y a la pérdida de tiempo.

En el 2007, ya como presidente del Ecuador, harto de la actitud y lentitud de cierta diplomacia, los llamé «momias cocteleras», por lo que muchos me odian todavía. Cuando visité Argentina, lo primero que hizo Néstor fue soltar una carcajada y decirme cuán de acuerdo

estaba con mi calificativo para los malos diplomáticos. Me contó cómo la prioridad de la política exterior argentina, antes de su llegada, era rivalizar en todo con Brasil. Néstor y Lula pulverizaron esos torpes atavismos.

Ese año 2007 fue el último del gobierno de Néstor y el primero del mío. Luego de la reunión bilateral lo acompañé a un acto en un amplio local en un barrio popular. Como buen peronista, Néstor ofreció un discurso de barricada para denunciar la superficialidad de la prensa y opositores argentinos. Mencionó cómo lo criticaban

hasta por su manera informal de vestir, y yo en la mesa directiva no podía disimular una sonrisa al ver que todas esas «críticas» me calzaban también perfectamente a mí.

El 23 de mayo del 2008 firmamos en Brasilia el Tratado

Constitutivo de la Unión de Naciones del Sur –Unasur–. Pese a –en aquel entonces– mi poca experiencia, me di cuenta enseguida de dos graves errores cometidos, por delegar precisamente a momias cocteleras algo tan importante para el futuro de la integración de nuestras naciones. El primero era la «regla del consenso», es decir, que todas las decisiones se tomen por unanimidad, lo cual es la fórmula del fracaso, puesto que equivale a decir que cualquier país tiene derecho a veto. Años más tarde esa regla serviría para facilitar la tarea de gobiernos entreguistas que buscaban la destrucción de la Unasur.

El segundo error fue que la máxima instancia del organismo era el Consejo de Jefas y Jefes de Estado y de Gobierno; luego el

Consejo de Ministras y Ministros de Relaciones Exteriores; después el Consejo de Delegadas y Delegados –es decir, las mismas

momias cocteleras–; y, por último, la Secretaría General. El diseño estaba hecho para que el poder lo tuvieran los supuestos

«delegados», puesto que eran los que podían reunirse con frecuencia, convirtiendo al secretario –principal ejecutivo de la organización– en poco menos que un tomador de notas.

Mi enojo fue tal que anuncié que Ecuador no firmaría el tratado. Muy preocupados, Lula, Hugo Chávez y Evo Morales me invitaron a desayunar aquel 23 de mayo, y, aunque me dieron la razón, me convencieron de que esos errores se podían posteriormente subsanar. Accedí a firmar. Fue uno de los grandes errores que

cometí. Si no hubiera aceptado, tal vez la historia de la Unasur sería diferente. Como una forma de subsanar la poca importancia formal de la secretaría, establecimos la regla no escrita de que el secretario debía ser un expresidente.

En agosto del año 2009 asumí como presidente pro tempore de la Unasur. Néstor había dejado la presidencia de Argentina en

diciembre del 2007. El cariño, respeto y admiración de la región por Néstor era inmenso, por lo que lo propusimos como primer

secretario de la Unasur. Hice un viaje especial a Argentina para convencer a Néstor de que nos permitiera presentar su candidatura, la cual, como era de esperarse, fue aprobada casi por unanimidad en la cumbre que tuvimos en Buenos Aires, en mayo del 2010. La única abstención fue la del presidente de Argentina, Cristina

Fernández de Kirchner…

Aquella cumbre de la Unasur se centró en ayudar a Haití, víctima de un devastador terremoto el 12 de enero de ese año. Eran

tiempos de integración, solidaridad y latinoamericanismo, la época de oro de Sudamérica, con Lula en Brasil, Chávez en Venezuela, Evo en Bolivia, la Revolución Ciudadana en Ecuador, Lugo en Paraguay, Pepe Mujica en Uruguay, Cristina en Argentina y Néstor en la Unasur.

Para aquel entonces, Néstor ya había sufrido su primer problema cardiaco, por lo que le era imposible viajar a Quito, ciudad a 2800 metros sobre el nivel del mar y sede de la Unasur. Fue por ello por lo que la única reunión de trabajo que tuvimos en Ecuador –él como secretario y yo como presidente pro tempore– se realizó en mi

ciudad natal, Guayaquil, en la costa ecuatoriana, el 15 de junio. Allí Néstor me compartió su plan de trabajo, asumiendo su

responsabilidad histórica y con una enorme visión de estadista. El 27 de octubre del 2010 por la mañana me encontraba en la ceremonia por los 90 años de la creación de la Fuerza Aérea Ecuatoriana cuando me dieron la noticia. Néstor Kirchner, el

presidente histórico argentino, el primer secretario de la Unasur, el amigo y compañero, había fallecido. El gobierno de Ecuador decretó tres días de luto por su partida y dirigí un mensaje a la nación, que en una de sus partes decía:

«Un manotazo duro, un golpe helado, dice Miguel Hernández. Y así nos sentimos frente a la desaparición física de un entrañable amigo y compañero en la lucha por la soberanía y la justicia en nuestro continente. Se trata de la muerte de un amigo querido, pero también del más influyente político de la generación surgida en la República Argentina tras el derrumbe neoliberal. Es la muerte de uno de los máximos líderes de la reconstrucción y la esperanza de Latinoamérica; de la nueva Argentina que ha sido capaz de abrazar a sus hermanos latinoamericanos, de fortalecer la bandera de la dignidad, de la equidad y de la integración. La muerte de un gran patriota de la Argentina profunda, con vocación de Patria Grande. De la Argentina cuyo norte natural solo puede ser el sur».

Viajé a Argentina al velorio de Néstor, y le pude dar un abrazo solidario a Cristina, toda vestida de negro, pero siempre fuerte, siempre ejemplar. Néstor partió con un compromiso absoluto para su adorada Argentina y por la Patria Grande.

El 4 de diciembre del 2014 inauguramos la nueva sede de la Unasur, un maravilloso y ultramoderno edificio en la mitad del mundo –latitud 0–, con un diseño vanguardista que evoca las alas de un cóndor, una verdadera hazaña de ingeniería con un volado de 52 metros, el más largo de Latinoamérica. Ya para aquel entonces había partido otro inmenso latinoamericano, el comandante Hugo Chávez Frías, fallecido el 5 de marzo del 2013, después de un devastador cáncer. ¡Cuánta falta nos hacen Néstor y Hugo!

Como no podía ser de otra manera, al impresionante edificio lo llamamos Néstor Kirchner, en honor al primer secretario del

organismo. A la entrada del edificio develamos una estatua de Néstor, todo con la presencia de su viuda, compañera y presidenta de Argentina, Cristina Fernández.

En mi discurso manifesté: «… hoy fuerzas intra e interregionales, organizadas y con estrategia de poder, no quieren la integración. Súmenle a eso una institucionalidad de origen de Unasur

absolutamente disfuncional –y que se dijo en su momento en

Brasilia–, donde cada cosa debe decidirse por consenso, y veremos que todo estaba listo para que la integración se estanque y

Lamentablemente, el tiempo me dio una razón que no quería tener. Sin embargo, en aquel discurso también manifesté a renglón seguido: «Pero nosotros somos bolivarianos. Bolívar, ese hombre de una constancia y sacrificio sin límites, quien sobre las ruinas de

Caracas después del terrible terremoto de 1812 que retrasó varios años la independencia, manifestaba: “Si se opone la naturaleza, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”».

Y cité la voz profética de Allende: «Algún día América tendrá una voz de continente, una voz de pueblo unido. Una voz que será

respetada y oída; porque será la voz de pueblos dueños de su propio destino».

En el año 2017 terminé mi segundo mandato y dejé la

presidencia luego de diez años. Ganamos las elecciones, pero la traición más grande de la historia del Ecuador hizo que quienes perdieron las elecciones ganaran el poder, y que empezara una destrucción sin precedentes de lo construido con tanto esfuerzo en la llamada «década ganada» del Ecuador.

La integración tampoco se salvó de aquellos que, como decía Martí, a diferencia de los que aman y fundan, solo odian y

deshacen. Despedazaron la Unasur, vaciaron su edificio, y se llevaron en peso la estatua de Néstor. Esas escenas jamás podré borrarlas de mi alma. En su cinismo patológico, Lenín Moreno

manifestó que «Néstor Kirchner no representa los valores y ética de nuestros pueblos. Sudamérica tiene una pléyade de héroes y

próceres que sí nos representan». Si las ofensas se miden según la calidad del ofensor, los inútiles agravios de Moreno son una

condecoración post mortem para Néstor.

Los canallas podrán retirar una estatua, pero no podrán borrar la historia. Recuperaremos la Unasur, su edificio, la estatua de Néstor. Todo es cuestión de tiempo. Si ya el presente está poniendo las cosas en su lugar, ¡imaginen el futuro!

«Sobre las cenizas de los traidores construiremos la patria de los humildes», decía Eva Perón, y como agregó Néstor: «Con memoria, justicia y verdad, aunque sin odio y sin venganza».

El 4 de mayo del 2005, en la presentación del libro Palabra Viva, que recoge textos de escritores y escritoras desaparecidos y

extracto del poema «Quisiera que me recuerden», de Joaquín Enrique Areta, poeta argentino desaparecido en 1978 tras ser secuestrado por la dictadura.

«Quisiera que me recuerden sin llorar / ni lamentarme / quisiera que me recuerden por haber hecho caminos / por haber marcado un rumbo / porque emocioné su alma / porque se sintieron queridos, protegidos y ayudados / porque interpreté sus ansias / porque

canalicé su amor. / Quisiera que me recuerden junto a la risa de los felices / la seguridad de los justos / el sufrimiento de los humildes. / Quisiera que me recuerden con piedad por mis errores / con

comprensión por mis debilidades / con cariño por mis virtudes, / si no es así, prefiero el olvido, / que será el más duro castigo por no cumplir mi deber de hombre», recitó Néstor.

A los diez años de su partida demasiado prematura, y a

diferencia de sus enemigos, el olvido jamás llegará a un gigante latinoamericano como Néstor Kirchner.

In document Néstor El hombre que cambió todo (página 62-68)