Arquitecto y amigo de la familia Kirchner.
A veces pareciera que el tiempo no pasa. Sin embargo, hace quince años que hablé por primera vez con Néstor Kirchner. Fue a fines del 2005. En ese momento regresaban él y Cristina a El
Calafate después de las elecciones legislativas en las cuales ella había ganado por la provincia de Bs. As. Yo había terminado el primer trabajo que Cristina me había encargado; una casa de
huéspedes. Si bien empecé el trabajo a principios del 2005, mi trato era con ella y alguna que otra vez lo saludaba a él con un «cómo le va» cuando entraba a la cocina. El comedor de ese lugar era el que Cristina elegía para ver los planos y colores, ya que hay una luz natural como si uno estuviese al aire libre.
Yo estaba en la obra «que ya no era obra», y los veo bajar del auto y que vienen directamente sin entrar primero a su casa, Cristina adelante, atrás Néstor que venía charlando con Alberto Fernández… No quiero recordar los nervios que tenía. Habían estado meses sin venir por la campaña de Cristina y prácticamente ella no había visto nada de los últimos meses de la obra.
Cuando terminamos la recorrida, ya con el alivio de ver que le había gustado mucho –digo «le» y no «les» porque él miraba y no hablaba, solo le mostraba a Alberto la distribución del lugar–, y mientras caminábamos hacia su casa, al despedirme le pregunto a Cristina si lo podía saludar al presidente.
–¡Por supuesto, Pablo! Acompañame. –Y fuimos al living donde estaba él.
–Néstor, Pablo te quiere saludar.
Automáticamente se paró, y cuando estiró la mano, le dije que le agradecía mucho que hayan confiado en mí, que me sentía
distinguido por ellos y que lo admiraba mucho.
–Gracias a vos querido, ¡a tus ordenes! ¡Está contenta! –me dice. (Con el tiempo entendí que era lo que más le importaba, si había una ventana torcida, ni cuenta se daba. Para los detalles estaba ella).
Comenzó a preguntarme cuánto tiempo hacía que vivía en Calafate, de dónde venía y demás…
Esos cinco minutos de charla me bastaron para darme cuenta de que era alguien distinto, tenía algo que atraía de manera natural, sin ningún tipo de esfuerzo. Fue muy cálido y atento a lo que yo le
contaba.
Luego seguí con otros trabajos y cada vez que iba a la casa (rollo de planos en mano) a sentarme con Cristina en el comedor,
aparecía Néstor siempre para hacer algún chascarrillo y luego se volvía al living.
–Ojo con este que te va hacer todo torcido… –le decía a Cristina. Yo al principio me preocupaba y cuando él se iba, Cristina me decía…
–Preocupate cuando te ignore.
Después entendí que era la forma que tenía de demostrar cariño. De ahí en más, con el correr del tiempo, se sucedieron cientos de anécdotas que voy a atesorar para siempre… A algunas les puse título, porque siento que forman parte del libro de mi vida.
«Asesino»
El viernes de Semana Santa del 2007, me llama Cristina a la tarde para que lleve unos planos que quería ver, yo acababa de atropellar al perro de mis hijos con el auto saliendo de casa. Llego como siempre, planos en mano, me siento en el comedor de la cocina y cuando entra ella desde el patio me dice:
–Pablo, ¿qué te pasa? ¿Por qué tenés esa cara?
–¡¡No sabe lo que hice…!! Atropellé al perro de los chicos con el auto saliendo de casa y se murió.
–¡¡¡No te puedo creer!!! –Cristina adora a los perros.
En ese momento viene Máximo, se sienta con nosotros y entre los dos intentan consolarme un poco mientras hablábamos de cómo le iba a decir a mis hijos la terrible noticia. Al rato, Máximo se
levanta y se va al living donde estaba Néstor mirando televisión y le cuenta lo que había pasado.
Cinco minutos después, él viene a la cocina y apenas asomando la cabeza por el marco de la puerta me dice:
–¡Por favor, andate de acá! –le dice Cristina enojada. Él se acerca, me toca la cabeza y me dice:
–No te hagas problema, ¡es un perro! Y Cristina interrumpe:
–Nosotros le vamos regalar uno a los chicos cuando volvamos. Al tiempo viajaban a Río Gallegos, estando arriba del avión en Bs. As., ya por salir, me llama un secretario de Cristina.
–Hola, Pablo, estamos saliendo para Gallegos, llevamos un perrito para vos. ¡No sabés lo que grita y llora! ¿Vos tendrás a alguien en Gallegos que lo vaya a buscar cuando lleguemos?
En eso Néstor le saca el teléfono y me dice:
–¡¡Vení a buscar rápido a este perro porque vos mataste al primero y yo voy a matar al segundo!!
No podía parar de reírme.
«La gente buena también se equivoca»
Un sábado a la tarde estábamos en la obra con Cristina y le cuento que me tenía que ir al aeropuerto que llegaban mis padres que venían de Monte Buey. Por supuesto que los conocían sin conocerlos de tanto que yo les había hablado de ellos, en síntesis, mi mamá antiperonista y mi papá peronista.
Ese día a la noche comimos un asado en casa y cuando ya habíamos terminado, alguien golpea la puerta. Cuando abro era Néstor.
–Vengo a tomar un whisky, ¿me invitan?
Sin contestarle y sorprendido lo hago pasar. ¡No puedo describir la cara de mi papá cuando lo vio entrar! Casi muere, encima Néstor le dice:
–¡¡¡Miguelitooo!!! –Se acordaba el nombre que vaya a saber cuánto tiempo antes se lo había dicho.
Se sentó en la mesa y mi mamá estaba haciendo dormir a mi hijo menor en su dormitorio, por ende, no lo vio entrar. Cuando aparece, no podía creer lo que estaba viendo, y yo le digo a Néstor:
–¡¡A ella no le dé ni bola, Néstor, que le da con un caño!! Y él me dice guiñándome el ojo:
Por supuesto que todos nos largamos a reír y estuvimos hasta las tres de la mañana con charlas y discusiones inolvidables para todos nosotros… Las discusiones con mi mamá eran la mayoría referidas al tema del campo, Monte Buey es un pueblo rural donde nacimos y tenemos nuestras familias tanto mi esposa como yo hasta el día de hoy. Es la capital de la siembra directa y mi familia materna tiene campo, y esto fue en octubre del 2008, así que todavía estaba reciente el tema de la 125.
Al otro día, cuando me levanto, uno de mis hijos me dice: «Papá, pasó Kirchner y dejó esto para la abuela». (A las ocho de la mañana ya había salido a caminar).
Era una copia de un artículo de ese día: «“El campo perdió por no acatar la 125”. Para Ana. Con cariño, NK».
Cuando se lo di a mi madre, no podía parar de reírse, lo tiene en su mesa de luz hasta el día de hoy.
«Un sojero gorila»
Allá por mayo del 2009 vino a El Calafate Hugo Chávez, y yo le comenté a Cristina que me gustaría saludarlo si se podía en algún momento. Ellos habían organizado una cena en el hotel Los Álamos.
–Venite esta noche a la cena que yo te lo presento –me dice. Cuando la cena ya estaba terminando, Cristina mira hacia mi mesa y me doy cuenta de que se acuerda de mi pedido. Le empieza a hablar a Chávez mientras me hace señas para que me acerque. Cuando llego, Hugo con esa voz inconfundible me dice:
–Pabloo, ¡qué gusto! ¡Eres arquitecto! ¿Conoces Caracas?
Yo lo saludo y comienza una charla como si lo hubiese visto más de diez veces. En eso veo de reojo que Néstor se viene para
nuestro lado.
Conociéndolo y con la cara que venía, pensé, ¿qué va a hacer este ahora?
Cuando llega, señalándome le dice a Chávez: –Ojo con este, Hugo, ¡¡que es un sojero gorila!!
Por supuesto que la carcajada fue unánime de todos los que estaban cerca.
Un domingo casi al mediodía estábamos con mi esposa en casa, yo mirando el TC y ella en la mesa del comedor. De pronto se
escucha un piedrazo fuerte en un vidrio, cuando corro la cortina, lo veo a Néstor con las dos o tres personas que siempre lo
acompañaban a caminar, que salían corriendo.
Al instante me llama uno de ellos y me pasa con él: –¡Levantate! ¡Mirá la hora que es!
–¿Ustedes están todos locos? ¡Rompieron el vidrio! –le digo. Él se queda unos segundos sin hablar y me dice:
–¡Andá a comprarlo! ¡Fue Tatú! Y le digo:
–Además estaba el nene cerca y un vidrio le lastimó la mano. Ahí se quedó helado, y me dijo:
–¡Es mentira!
–¡Es verdad! –le retruco.
Ahí terminó la charla. En realidad, no se había roto el vidrio, ni nadie se había lastimado, se lo había dicho a propósito para agrandar la situación.
Ese mismo día a la tarde me llama Cristina para que vaya a verla porque se volvían a Buenos Aires y quería coordinar algunos
trabajos. Cuando entro por la puerta de la cocina, él estaba en el
living, escucha mi voz y me llama… Con cola de paja me dice:
–Ese Tatú es un boludo, ¡cómo va a hacer eso! Al techo tenía que tirar.
Por supuesto que conociéndolo no tenía ninguna duda de que la piedra la había tirado él.
Baja Cristina del dormitorio y me ve en el living con él. –¿Llegaste? No me avisaron.
Se sienta con nosotros, en un momento se hace un silencio y pensé… ¡esta es mi oportunidad! Y digo sin dirigirme a nadie:
–¡Qué boludez lo que hicieron hoy!
–¿Qué cosa? –dice Cristina, mientras él miraba fijo el televisor. –Lo que hicieron estos hoy en mi casa. Tiraron un piedrazo, rompieron un vidrio y el más chico se cortó una mano…
Cristina lo miraba sin sacarle la vista y le decía: –¡Decime que es mentira!
Él miraba el televisor como que no estaba escuchando mientras ella le seguía preguntando. En un momento Néstor le contesta:
–¡Es mentira de este! ¿No lo conocés?
¡Por supuesto que yo decía que era verdad y ella enojadísima le decía de todo a los gritos!
–¡Estás loco! Yo no puedo creer que hagas esas chiquilinadas. ¡¡¡¡No lo puedo creer!!!!
Cristina sale enojada hacia la cocina, y cuando quedamos los dos solos en el living, él me mira con cara desencajada y me dice:
–¡¡¡Ya me la vas a pagar, acordate!!!
¡Hasta el día de hoy nos reímos con Cristina de ese día!
Podría seguir con muchas anécdotas más, pero lo que quiero reflejar con estos recuerdos es que lo que hacía distinto a Néstor era su sencillez, su humildad, la sensibilidad para ver lo que otros no veían… o no querían ver. Ese tipo despojado de las formalidades, los protocolos, y preocupado realmente por lo importante.
Hay algo que me quedó grabado de él, yo no lo conocía personalmente todavía y ya era presidente. Se inauguraba una fábrica en José León Suarez y uno de los empresarios le agradeció que estuviese presente en ese momento y dijo que él, como hombre común, se sentía muy contento con su presencia… Era el
presidente, ¿no?, pensaba yo. Y Néstor, cuando tuvo la palabra, primero le agradeció que lo hayan invitado, y seguido le dijo que él también era un hombre común con responsabilidades temporales importantes, pero nunca iba a dejar de ser un hombre común, porque el día que dejara de serlo, ya se vio lo que le pasa a la Argentina.
Y era así. Néstor no actuaba.
Yo creo que esta es la síntesis de él. Un hombre común… que de común no tenía nada.
Ese hombre que estaba en todo, desde el manejo de un país, de pensar una América distinta, hasta de acordarse, veinte días
después, si una persona que le había contado su problema en la calle ya lo tenía resuelto…
Ese que me llamó por teléfono media hora después de haber terminado su discurso ante la Asamblea de las Naciones Unidas
para preguntarme si había terminado de techar (un mes antes le había dicho que para esa fecha iba a estar el techo terminado). Yo no lo podía creer.
Ese que llamó a mis padres cuando falleció mi hermano en un accidente acá en Calafate para decirles simplemente: «Soy un soldado de ustedes, hago lo que me digan». Y en realidad él sabía que había hecho lo máximo que podía para aliviarles un poquito el alma en el peor día de sus vidas, llamándolos.
Ese que se preocupaba, y ocupaba, por la enfermedad de la madre de un compañero de la escuela primaria. ¡¡¡Sí!!! De la primaria.
El que se angustiaba y le dolía en el alma la necesidad de la gente; se le notaba en la cara…
El que quería visitar la obra cuando toda la gente estuviera trabajando, saludándolos uno por uno, preguntando de qué lugar habían venido, escuchando sus historias de vida. ¡¡Y no lo hacía por compromiso!! Al contrario, le importaba realmente. Hasta pidiéndole él a la gente sacarse una foto con ellos, (leyeron bien, la foto la pedía él) mientras le sacaba el casco de protección a algún obrero para ponérselo, sacarles una sonrisa y salir en la foto con el casco puesto. Y por supuesto, nunca faltaba el chascarrillo. «¿Este les paga? ¡Si no, me avisan, eh! Por supuesto, todos se reían.
Y sí, era la forma que tenía de cargar toda esa interminable energía que tenía, estar en contacto con ellos, que tanto defendía. Esa es la conclusión que saqué con el tiempo, pensaba que desde su asunción como presidente, en un acto o una recorrida por algún barrio, siempre terminaba fundido entre toda esa gente que a él realmente le importaba. «Es muy fácil y cómodo ponerse del lado de los más fuertes», lo he escuchado decir mil veces.
Néstor era así de simple y así de especial, con una cabeza que no volví a ver y una capacidad de trabajo que te cansaba verlo. ¡¡¡¡Y eso que a Calafate venía a descansar!!!! No estaba en su
diccionario la palabra descansar.
Hasta que ese 27 de octubre del 2010, soleado y sin viento, ese cuerpo flaco, torpe y desgarbado no aguanto más. Y… pobre
Fue como si el día hubiese sabido lo que estaba pasando… Todo fue calma, un día diáfano, raro en octubre, cuando el viento parece un ser vivo y enojado.
Eran las ocho de la mañana y estaba durmiendo, escucho que suena el teléfono, mi esposa atiende, se sienta en la cama y casi sin querer decirlo me dice: «Llamó una amiga que fue a llevar al bebé a la guardia del hospital… y… y me dijo que falleció Néstor». En el momento pensé que no podía ser cierto, yo había estado en su casa el día anterior y me costaba creerlo.
Me cambié y fui al hospital; luego, la intimidad en su casa. Una Cristina que enternecía con su entereza, baja la escalera y me dice: «Viste, Pablo, tuvo que ser en Calafate».
Y así se fue sin irse, hasta el día de hoy lo veo sentado en el sillón del living…
En ese funeral en Buenos Aires, donde miles y miles de personas lo despidieron, también fue como si el día supiese lo que pasaba… La lluvia se confundía en lágrimas.
Estoy seguro de que dijo desde el cielo: «Para la historia». ¡¡¡Te abrazo desde el sur, amigo, se te extraña!!!