Exministra de Defensa de la Nación (2005-2010).
Néstor, el gobierno político de las Fuerzas Armadas
Mi primera conversación con Néstor fue un día del 2002 en una entrevista en la Casa de Santa Cruz. Yo quería conocerlo.
Atravesábamos los días turbulentos posteriores al fracaso del
gobierno de De la Rúa y al colapso político, económico y social que lo continuó.
Todos buscábamos una luz al final del túnel atento además las elecciones del año próximo. Especialmente los militantes que
siempre habíamos creído en la política y que, en consecuencia, en ese momento pensábamos que era del seno de la política de donde debían surgir los hombres y las mujeres que fueran capaces de reencauzar ese camino tan difícil que nos esperaba para devolverle a nuestro pueblo un futuro con crecimiento, distribución, empleo y esperanza. Más aún, necesitábamos un liderazgo capaz de conducir ese proceso.
Yo me senté en un sillón de la oficina y Néstor también lo hizo por breves momentos para después levantarse y empezar a caminar de un lado a otro a lo ancho de la habitación mientras me explicaba la grave situación del país y, área por área del Estado y del esquema productivo, qué medidas debían tomarse.
Era un torbellino que expresaba ideas, propuestas, soluciones, gestión. Con increíble entusiasmo, con precisión, con convicción.
Me despidió muy cálidamente y le dije que iba a trabajar para ayudar a concretar esas propuestas.
Me fui pensando que ese hombre no solo era un político con
conocimiento de la realidad argentina y con una larga experiencia de gestión en los más importantes cargos públicos de su provincia, sino que seguía siendo un militante, un luchador lleno de pasión, de fe, de esperanza. Un sembrador de ideas. Y esas eran las cualidades indispensables para salir de la compleja situación que sufríamos.
Pensé que si no pudiese ganar la próxima elección a la que se postulaba, triunfaría en la siguiente. Porque me pareció evidente que tanta convicción, tanta voluntad de transformación del país, tanta fuerza, iban a ser aprovechadas por la historia.
Y así fue, afortunadamente, en la primera ocasión que tuvo. El día que asumió como presidente de la república, el 25 de mayo del 2003, es para mí una fotografía fiel de quién era y cómo era Néstor Kirchner, y cuáles serían los ejes, los principios y las formas de su accionar.
En primer lugar, cómo tomó el bastón de mando y lo mostró al pueblo con la alegría de lo finalmente obtenido para hacer lo que debía empezar a hacerse impostergablemente. Esa actitud
transgresora de revolear el bastón de mando reflejaba además su relativización valorativa por los símbolos formales del poder, cuya naturaleza él conocía muy bien, y también quiénes eran sus actores.
En su mensaje al Congreso de la Nación asumió el compromiso público de no dejar en la puerta de la Casa de Gobierno las
convicciones que habían inspirado su vida política. Y vaya si lo cumplió. Cada día de su mandato.
Después de recorrer la atestada Avenida de Mayo y la plaza, apenas un rato después, pronunció su discurso de presidente en la Casa Rosada, en el que recordó que hacía treinta años, también un 25 de mayo, él había estado en el acto de asunción del presidente Héctor Cámpora, que ponía fin a la dictadura militar de ese
momento. Había estado en la plaza, cantando la victoria, disfrutando la esperanza.
Dijo también que rendía su homenaje a todos los que permitieron que aquel triunfo y el actual fueran posibles. Fue un reconocimiento histórico de gran contenido emotivo para muchos que estábamos ahí escuchándolo, fue un hecho de justicia. Quizás no era
políticamente correcto, seguramente iba a granjearle enemigos. Pero él decidió ser fiel a su pertenencia, a su historia y a sus ideas. Porque como ya había dicho, no las iba a dejar en la puerta de la Casa de Gobierno.
Un sábado de los primeros días de diciembre del 2005, siendo yo embajadora en la República Bolivariana de Venezuela, recibí un llamado
de Néstor que me propuso ser su ministra de Defensa. Me dijo que hubiera preferido hablarlo personalmente, pero que tenía urgencia de hacer ciertos anuncios. Después de la obvia sorpresa que me produjo el ofrecimiento, le manifesté mi disposición permanente a colaborar en todo lo que pudiera ser útil al proceso que él conducía, pero le pregunté si estaba seguro de que este era el caso. Me
contestó diciendo que él creía indispensable lograr el gobierno político de las FF. AA. que durante años las autoridades políticas habían renunciado a ejercer, permitiendo dosis cada vez mayores de autonomía de estas. Que creía que yo entendía perfectamente esa necesidad y que podía lograrlo. Además, me dijo que yo tenía una trayectoria en la lucha por los derechos humanos y que eso iba a ser una clara señal al interior de las fuerzas de la posición que íbamos a tener en ese tema trascendente. Por último, agregó que él creía que conmigo podía jugar de memoria, una frase de confianza que guardo entre mis recuerdos más preciados.
El 29 de mayo del 2006, Día del Ejército, como siempre en esa ocasión, el presidente en su carácter de comandante en jefe de las FF. AA., asistía a la conmemoración que se realizaba en el Colegio Militar de la Nación.
Unos pocos días antes, el 24 de mayo, se había registrado un inadmisible hecho de indisciplina de claro significado político cuando cinco militares –que inmediatamente fueron sancionados– habían participado de un acto «en memoria de los militares muertos por la subversión» realizado en la Plaza San Martín.
Ese era el clima preexistente el día que fuimos al Colegio Militar. El presidente bajó del helicóptero y rápidamente, con sus largos pasos que yo tenía el difícil desafío de seguir, se encaminó hacia el vehículo que nos indicaban para pasar revista a los cientos y cientos de tropas allí formadas. Hicimos el recorrido del contorno del
despliegue en un profundo silencio solo interrumpido por las habituales marchas militares. Al terminar, Kirchner se ubicó en el palco destinado a las autoridades civiles y militares, escuchó el discurso del jefe del Ejército y se aproximó al atril para pronunciar el suyo. Desde allí vio que algunos militares de las graderías a su izquierda giraban para darle la espalda. En ese marco y el de los días previos era previsible un discurso duro en el que ratificaría su
autoridad. Efectivamente, aludió a las palabras recientemente pronunciadas por oficiales a las que calificó de apología del delito. Dijo que queríamos el ejército de San Martín, Belgrano, Savio y Mosconi, y no el de los que asesinaron a sus hermanos, el de
Videla, Viola, Galtieri y Bignone. Y agregó en un grito enérgico: «No tengo miedo ni les tengo miedo».
Y sin ver el clásico desfile de estas ceremonias, abandonó rápidamente el palco y se retiró del acto.
Había mostrado una vez más su decisión irrevocable de conducir el instrumento militar de la nación sin aceptar presiones de ningún tipo. Y su decisión de rescatar a nuestras FF. AA. para seguir la trayectoria de sus patriotas más destacados.
Esa noche en una reunión con el jefe del Ejército para discutir las sanciones que se aplicarían a los responsables de los graves
hechos de indisciplina de ese día, ordenó que fueran a los
verdaderos responsables y no a oficiales de rango inferior que no eran los que debían dar las órdenes ni tomar los resguardos. En esa ocasión expresó también que no quería generales kirchneristas
porque eso generaría generales antikirchneristas y politizaría y dividiría a la fuerza. Recordó para ilustrar su idea las frases de Perón sobre la generación de anticuerpos. Terminó afirmando que quería militares que respetaran la Constitución y los derechos
humanos, y que acataran la autoridad del presidente de la república en su carácter de comandante en jefe de las FF. AA.
Eran criterios muy acertados en este tema de fundamental importancia para el sistema de defensa.
Su llegada al gobierno produjo el acercamiento de muchos que vieron que otra Argentina estaba naciendo, que lo que parecía imposible estaba empezando a ser posible.
Su coherencia con el objetivo de «Memoria, Verdad y Justicia» lo hizo posible a pesar de todos los inconvenientes y todos los
enemigos. La política de DD. HH. fue una política de Estado que permitió terminar con la impunidad.
Desde la renegociación de la deuda hasta la defensa de la industria nacional y la creación de empleos, desde la construcción de infraestructura
educación hasta el apoyo a la ciencia y técnica, desde la
recuperación del rol del Estado hasta la de la autoestima de los argentinos, en todos estos temas y muchos otros rompió con las tortuosas políticas que lo habían precedido.
Impulsó, en coordinación con Hugo Cháves y Lula da Silva, un latinoamericanismo auténtico que nos acercó al sueño de San Martín y Bolívar.
Fue el que necesitábamos.
Su muerte sorpresiva e inesperada mostró en el dolor del pueblo la importancia de su acción, y la obligación histórica y estratégica de continuarla.
Colas interminables se formaron para despedirlo y un grito
espontáneo brotó de todas las gargantas: «Gracias, Néstor; fuerza, Cristina».
Frase síntesis de la valoración de su obra y de la confianza en la figura que era capaz de continuarla.