Con respecto a los procesos que se desarrollan en los seres humanos para formar el conocimiento, Sosa analiza en su tratado que el conocimiento que ha sido formado previamente se entiende como racional y tiene una naturaleza transmisora, y que además existe un conocimiento que se produce o se genera por la intuición. La percepción desde este entendimiento puede poseer una doble naturaleza, por un lado, una racional y por otro, intuitiva. Explica además que, en momentos puede expresarse como input (intuitiva) y en otros como output (creencia). Añade que, a
más del conocimiento intuitivo y las creencias, existe la razón ampliativa, que busca comprender y dar coherencia a la realidad, a la cual se la conoce también como conocimiento práctico. Liz (2016) dice que es más gráfico al indicar que el modelo ilustrativo para estas creencias sería el de una red. La red se conecta causalmente con el mundo sobre todo a través de la percepción y la memoria, en donde cada nudo de la red, cada creencia, recibe en mayor o menor medida el apoyo de todos los demás nudos.
Sosa reconoce que esta forma de conocer tiene características que condicionan la comprensión del objeto de estudio pues al depender de la percepción variará a los ojos de quien la mire. El autor explica que un mismo objeto puede ser observado de múltiples maneras pues dependerá de las condiciones del contexto, la luz que la refleje, la hora del día, la forma que el objeto refleje ante los ojos del observador, el tamaño, la cercanía; además de las condiciones propias con las que mire el sujeto, por ejemplo, el estado emocional, su sobriedad, su edad, si es o no racional, el interés por ver lo que ve, sus creencias, etc. Además, aclara que es importante reconocer que existen personas que tienen un ojo más fino para ver detalles que otros no pueden identificar.
Los artesanos, por ejemplo, tienen esa cualidad adquirida para ver a detalle un objeto que para cualquier observador sería invisible. Esto se puede deber al nivel de experiencia que tiene el artesano. Sosa usa el ejemplo del ojo de un observador de aves quien tiene una facultad visual refinada ante el fenómeno de divisarlas en el firmamento, en comparación con los ojos de un ser humano común sin esta percepción.
Los seres humanos poseemos la capacidad de modificar nuestra percepción o de mantenernos en una idea si no encontramos otras que nos acerquen a la verdad. Sosa indica que los seres humanos tenemos la racionalidad y el instinto animal, usamos la memoria, nuestras creencias y procesos mentales para proteger nuestro conocimiento internalizado y aceptado. Sin embargo, en ocasiones, nuestro conocimiento se cruza con tratados que lo ponen en conflicto, y es lo suficientemente capaz de decidir por una nueva postura o mantenerse estático, si así lo considera. Para tomar posición ante este dilema, surge un componente más a la luz de este análisis y es la coherencia racional como justificativo para tomar la decisión.
Otro de los factores importantes a considerar en la manera cómo los humanos manejamos el conocimiento desde el enfoque de la epistemología de la virtud depende directamente del contexto, pues indica que el nivel de asertividad estará condicionado además a la posición que tenga el sujeto frente al objeto. De hecho, Sosa (citado en Carter, 2016) ejemplifica describiendo el caso de una jugada riesgosa en el básquetbol, en donde analiza el lanzamiento de un tiro desde la media cancha, en donde indica que si el balón entrase sería por suerte del lanzador, pero dejaría entrever que sus condiciones de jugador virtuoso no son aptas pues desde este lugar no posee la facultad necesaria para aventurarse a lanzar.
Estar tan lejos del objeto le impide en la mayoría de los casos estar en una posición idónea para actuar. Y, si, por lo contrario, el mismo jugador realizase el lanzamiento justo pisando el umbral del área bajo la canasta, también estaría en un lugar desde el cual un lanzamiento sería erróneo. Entonces, se infiere que la cercanía exagerada al objeto también le resta veracidad al hecho. Sosa discute que es
imperativo que el jugador se encuentre dentro de un espacio dentro del umbral de lanzamiento para ejecutar una acción apta, correcta a causa de la destreza propia. Pues señala que, en su defecto, cualquiera de las dos acciones demostraría que el jugador ha utilizado su conocimiento animal, pero no su conocimiento reflexivo. Liz (2016) menciona que al analizar los postulados de Sosa sostiene que el conocimiento animal se refiere a aquel conocimiento que se tiene sin saber que se conoce. En este conocimiento animal según Sosa el sujeto no necesita saber que se han satisfecho criterios, pues el conocimiento animal simplemente se tiene. Aunque esto parece una trivialidad, según Liz no lo es en absoluto, pues ofrece un fundamento bastante firme para el conocimiento humano.
Este conocimiento se alimenta del conocimiento reflexivo que evalúa e incorpora ese conocimiento animal en una perspectiva global sobre la posición epistémica de la realidad. Entonces, se forman las circularidades epistémicas, que en ciertos casos son viciosas y en otras virtuosas de conocimiento. Así es como el autor explica que este conocimiento animal añadido de conocimiento reflexivo le transporta al sujeto a un nivel más elevado en conocimiento. Estos ciclos se dan no para fundamentar el nivel de criterio, sino según Liz, para mantener la confianza.