de los jesuitas en el desarrollo de la modernidad
IDEAL MISIONERO Y LABOR INTELECTUAL: EL CASO MEXICANO
Si bien la llegada de los jesuitas a esta parte del mundo es tardía, no por ello deja de experi- mentar un rápido crecimiento, como atestiguan las cifras siguientes: el primer grupo de mi- sionero, en 1572, se compone de 15 hombres (Sánchez Baquero 1945: 21-22), seguido en 1574 por nueve otros compañeros, para luego producirse un ritmo de crecimiento sostenido. Entre 1576 y 1580, el número pasa a 107, para alcanzar a 233 en 1596. Hay allí un ritmo de llegada a la medida del espacio mexicano, difícil de organizar en espacios tan breves.
La reunión de la primera congregación provincial, del 5 al 15 de octubre de 1577, se halla documentada sobre todo por las Acta Congregationis Provincialis Hiapaniae, que per- miten apreciar la medida de los principales problemas de la provincia cinco años después de su creación. En esta época, la actividad pedagógica ya ha comenzado, más que nada en México, y las fuerzas resultan limitadas ante la masa de tareas por realizar. Son sobre todo
estos puntos los que son abordados en octubre de 1577: el desarrollo del Colegio de México y las prioridades del apostolado, dos cuestiones que no dejan de estar relacionadas una con otra, sobre todo en una época de escasez de efectivos. Detrás de la yuxtaposición de ambos temas se dibuja la cuestión, en México como en toda la Orden, del apostolado misionero, del que depende el perfil de los reclutas que se enviarán al Nuevo Mundo. Por ello, a través de los textos que emanan de la congregación provincial, se diseña y destaca la figura del misionero ideal:
No ay peligros próximos de ruina y perdición en la Compañía, aunque necessidad ay de poner en lo espiritual algún más estrecho medio para persuadir la penitencia y mortificación con dulçura; porque no dexa de aver alguna disposición en alguna falta de oración y mortificación y cosas humildes dignas de ser remediadas, como es no aplicarse tanto a confesiones de negros y mulatos y gente humilde y a tractar con indios, a leer gramatica y otras cosas semejantes de humildad... Por lo qual parescio a la congregación pedir a V. P. embiase dos o tres personas de mucha virtud y autoridad, para que persuadiesen oración y mortificación y humildad, y que en esto y en regir se ocupasen mas que en predicar a los de fuera. (Zubillaga 1956-1991,I: 296-297)
Ytem que los que se enbiasen a estas partes, no sean tales de quien se desean descartar las pro- vincias donde estavan, y que antes venga gente virtuosa y que venga de buena gana, que no hábiles y con deseos de hazer milagros y predicar; y que sean avisados los superiores que fue- ren enbiados y todos, que se ocupen mucho en el gobierno de los suyos y vaquen a solo este principalmente. (Zubillaga 1956-1991,I: 296)
[...] que se pidan a su P. d. mancebos de la Compañía, que sean de buenos naturales y devotos, mas que de mucha habilidad para letras, y que se pidan dos o tres padres antiguos de la Com- pañía de mucho spiritu y virtud, que sean exemplares a la gente de aca; porque hay necessidad grande de que los Nuestros sean ayudados en espíritu de los tales; y que su P. d. señale los que se han de enbiar aca, no remitiendolo a los provinciales, porque suelen enbiar los que alla no querrian tener, y aca son poco convinientes, especialmente que el Rey los pide tales que lo descarguen, y por esso los enbia a su costa. (Zubillaga 1956-1991,I: 312)
En la recurrencia de la evocación de las cualidades de humildad y espiritualidad de los hombres que se enviarían a la Nueva España se puede, sin duda, leer el eco de la preocupa- ción del provincial, padre Sánchez, sobre el devenir de la empresa mexicana, en un mo- mento en que los compañeros que lo rodean, y sobre todo los que son empleados en el Co- legio de México, no comparten necesariamente sus aspiraciones. Así se diseña, a través del documento, una visión jerarquizada de las actividades misioneras, que pone al apostolado al servicio de la evangelización, y la evangelización de los indios en el centro de las preocu- paciones del provincial:
[...] propuso el Padre Provincial si seria conveniente que los Nuestros se empleasen en el mi- nisterio de los indios, pues es la gente mas necessitada desta tierra, y si para esto sera conve- niente hazer alguna residencia entre los indios, o tomar otros cuidados dellos; a lo qual se respondio que, aunque por via de missiones, se ha sentido mucho fructo de los Nuestros, pero no es bastante; porque en dexandolos, luego se cae; por lo qual paresce ser necessario residir entre ellos. (Zubillaga 1956-1991,I: 318)
Por ello, la cuestión de las lenguas indias se torna central: «Y en que en el entretanto, por via de missiones, y en nuestros collegios, vaian los Nuestros aprendiendo las lenguas, para emplearse en este ministerio de los indios, segun lo que a su Paternidad de N. Padre General paresciere» (Zubillaga 1956-1991,I:321). La idea de la primacía del apostolado en dirección de los indígenas, sobre el apostolado intelectual, parece retomada claramente en Roma por el encargado general Mercurian: en respuesta a los votos emitidos por la congre- gación provincial, pide a los de la provincia que «trabajen principalmente con los naturales, en las cosas que hasta el presente se han hecho poco, incluso nada. Y deseo que V. R. consi- dere principal a esta empresa, que es aquella por la cual nuestra Compañía fue enviada a este país». Pide, además, que los jesuitas se dediquen al estudio de las lenguas, en particular los que trabajan en las iglesias y desea que no se dé la ordenación sino a los que conocen al menos a algunas de ellas (Churruca Peláez 1980: 349; Zubillaga 1956-1991,I: 379).
En el mismo período, otras fuentes permiten esbozar el retrato del misionero ideal. Una de ellas describe a un compañero de Messina, que solicitaba desde hace muchos años dejar Sicilia para ir de misionero. Antes de que fuese finalmente enviado a México en 1579, su superior, conocido por el papel que desempeñará a continuación en el desarrollo de la misión de China, Alessandro Valignano, explica sus reticencias a enviarlo a oriente:
El padre Vincenzo Lenoci ha sido considerado siempre por todos nosotros por muy peligroso y difícil si iba a la India, porque tiene una cualidad que, llegado a una ciudad, la revuelve toda de arriba a abajo; no deja cosa por ver, traba rápidamente diversas amistades y visita a hom- bres y mujeres, se involucra en toda clase de negocios sin escoger y no es muy escrupuloso en la obediencia; más bien, interpretándola a su modo, al final ordinariamente hace lo que le place, y, en suma, no muestra en el proceder sino vanidad y curiosidad, de manera que, tra- tándose de su venida, todos concluyen...que de ningún modo debe ser enviado a India, te- niendo muy contrarias cualidades a las que se necesitan en aquel lugar.
En este ejemplo, como en las citas anteriores, hay una definición, por los hombres de campo, de la identidad misionera de la Orden, que no necesariamente asigna un lugar cen- tral a la actividad intelectual, y aún menos a las ciencias. De hecho, ellas no son constitu- tivas de la identidad jesuita; son un elemento contingente, debido a interpretaciones abiertas del principio ignaciano de actuar en el siglo, al mismo título que todo un conjunto de actividades intelectuales o sociales en las que los miembros de la Compañía son actores.
El ideal misionero que se halla, en cambio, en el fundamento de la Compañía, es un ideal de movilidad —despliegue in situ del tema de la universalidad de la Compañía—, que se desarrolla principalmente en la séptima parte de las Constituciones, en una relación estrecha
con el voto de obediencia, a su vez en el corazón del proyecto ignaciano, pero presente en el conjunto del texto.
Así, si uno se remite a la cuarta parte de las Constituciones, la consagrada a «Del instruir en letras y en otros medios de ayudar a los próximos los que se retienen en la Compañía» (que apunta, por lo tanto, a definir los marcos de la actividad intelectual), se verá que está precedida por la «Declaración sobre el prefacio de la Cuarta Parte», que vuelve a centrarse en torno al ideal misionero:
Como el scopo y fin desta Compañia sea, discurriendo por unas partes y por otras del mundo por mandado del summo Vicario de Cristo nuestro Señor o del Superio de la Compañia mes- ma, predicar, confesar y usar los demás medios que pudiere con la divina gracia para ayudar a
las ánimas; nos ha parecido ser necessario o mucho conveniente, que los que han de entrar en ella sean personas de buena vida y de letras suficientes, para el officio dicho. Y porque buenos y letrados se hallan pocos, en comparación de otros, y de los pocos los más quieren ya reposar de sus trabajos passados; hallamos cosa muy difficultosa que de los tales letrados buenos y doctos pudiese ser augmentada esta Compañia, asi por los grandes trabajos que se requieren en ella, como por la mucha abnegación de sí mesmos. (Constituciones 1937: 105-107)
En el comienzo de la Compañía está, pues, el movimiento: por esta razón, la idea de es- tablecimiento, que implica una fijación, no tiene ninguna naturalidad para los jesuitas, como recuerda la fórmula de Nadal: Totus mundus nostra habitatio fit (citado en AAVV 1999: 296). En este sentido, los colegios, en el marco del desarrollo de la enseñanza, tienen como apuesta una cierta fijación de la Orden: el «establecimiento» (en el sentido literal del tér- mino) jesuita por excelencia, ¿no hace correr a la Compañía el riesgo de inmovilizarse? El temor no está formulado en estos términos en las Constituciones, como indica el capítulo 4 (y último) de la séptima parte sobre la misión, «De las casas y colegios de la Compañía, en qué ayuden el próximo»: «Porque no solamente procura la Compañía de ayudar a los próximos discurriendo por unas y otras partes, pero aun residiendo en algunos lugares continua- mente, como es en las Casas y Colegios; es bien tener tener entendido en qué modo se puedan en los tales lugares ayudar las ánimas, para exercitar la parte dellos que se pudiere a gloria de Dios nuestro Señor». Pero al menos se verán numerosas tensiones en los espacios no europeos, aunque también en Europa, que expresan el antagonismo entre los que se quedan en estos establecimientos y los que incansablemente parten como misioneros. Esta es manera de recordar que la sedentarización no es otra cosa que una condición insosla- yable del compromiso pedagógico y, más generalmente, de la actividad intelectual, cuya responsabilidad asumida por la joven Compañía era nada menos que evidente.
A su manera, la figura de Antonio Rubio da cuenta de estas tensiones cuando dirige, después de ocho años de presencia en México, una carta al general Acquaviva, sucesor de Mercurian. Esta carta constituye la huella casi única de una serie de misivas enviadas por el misionero a Roma, y cuyo eco no nos llega sino a través de los fragmentos de respuestas que se han conservado. Escrita desde México, el 25 de octubre de 1584 (Zubillaga 1956-1991,II: 383-390), ella permite aprehender un «yo» al que las fuentes institucionales dan raramente acceso.
Las fuentes no dicen nada sobre las razones de su paso a la Nueva España ni sobre sus motivaciones; la ausencia de indipeta en los registros romanos actuales no necesariamente significa que Rubio no había pedido partir. Quizá su solicitud se ha perdido, quizá su par- tida ha sido dispuesta por sus superiores, tal vez partió por deber de obediencia. De lo que no hay duda, en todo caso, es de las razones del envío: se trata de responder a las necesi- dades de profesores para el primer colegio jesuita fundado en tierra mexicana, para el que es elegido por sus competencias intelectuales. Debe tenerse en cuenta, a este respecto, el re- sumen de la carta del general Mercurian, anunciando al provincial padre Sánchez la lle- gada de nuevos misioneros: «[...] que es gente de toda virtud; y que entre ellos hay para leer artes y teología (especialmente el padre Pedro de Hortigosa, y el hermano teólogo Antonio Rubio)».
En octubre de 1584, Rubio enseña teología en el Colegio de México, después de haberse encargado del ciclo de filosofía; es decir, ocupa una posición destacada en la jerarquía im- plícita de los establecimientos y hombres de la Compañía por el hecho de sus diferentes
competencias, raras para la época y para el lugar. Habría podido legítimamente esperar de sus superiores la autorización para pronunciar el cuarto voto, ese tan característico de la Compañía, y que corresponde al último estadio del devenir jesuita, el de «proceso de los cuatro votos». Precisamente porque esa autorización le fue negada se dirige al general, para responder a la crítica que le ha sido hecha por Acquaviva en una carta remitida al provin- cial: «También se podrá diferir el padre Antonio Rubio, al qual avise R. V. seriamente a que tenga y muestre mayor amor a la pobreça y desprecio de sí mismo; mayor sencillez y morti- ficación, y desseo de ayudar a los indios. Dése más a la oración y devoción» (Zubillaga 1956-1991,I: 190).
La razón de la negativa es clara: no solamente Rubio no se muestra lo bastante cercano al voto de pobreza y de humildad, sino que, sobre todo, no siente ninguna necesidad de ayudar a los indios. En consecuencia, debe consagrarse más a la oración y a la devoción. Conforme a la imagen del misionero que emergía de la relación de la congregación provin- cial de 1577, a través de todo lo que se reprocha a Rubio, se dibuja otra vertiente de la figura misionera, más espiritual, más orientada hacia la plegaria, y, por este hecho —es al menos lo que sugiere la carta de Acquaviva—, más apta para ponerse al servicio de la evangeliza- ción, que en esta parte del mundo tiene que ver también con los indios.
Se descubre en este intercambio a un jesuita que formula el pedido de volver a la metró- poli, y que revela así un aspecto de la empresa misionera, la cuestión del retorno, que las fuentes no siempre permiten esclarecer. Las razones que Rubio expone para justificar su demanda son particularmente interesantes para nuestro propósito: «[...] tratase [...] de mi buelta a España; siendo ansi que se juzgase poder yo alla, con las letras que nuestro Señor me ha dado en la Compañia, servir mas a nuestro Señor, y a ella, por medio de la occupa- cion que la obedientia alla me diesse. Esto propuse non como quien pretendia inquietar sus superiores con importunidad, sino propuesto abraçar con toda voluntad lo que se me orde- nase» (Zubillaga 1956-1991,I: 385).
Así Rubio pone por delante el «deber de inteligencia», pone el compromiso misionero en segundo plano, incluso lo hace desaparecer. Es porque dispone de letras que serviría mejor a la Compañía estando allá en España, que quedándose aquí en México. Al insistir, a continuación, sobre el carácter propositivo de lo que plantea, lo que ofrece como justifica- ción de su pedido es el voto de obediencia: es lo que le ha hecho involucrarse en los estu- dios y en las funciones que se derivan de ellos, es decir, la enseñanza. Se trata, pues, de al- guna manera, de armonizar aquel deber con sus talentos: en su deseo de servir mejor al Señor a partir de las competencias que le han sido dadas, propone y solicita su retorno.
Ahora bien, a su manera, este pedido no solo es la confesión del rechazo de la misión, sino también de su fracaso: entre líneas se perfila el regreso de la temática de la «viña es- téril», pues todo su razonamiento descansa sobre la idea implícita de que las funciones a las que se adecúa mejor no tienen objeto sobre el cual concentrarse allí donde se encuentra. Desde este punto de vista, no es solamente al mundo indígena al que se apunta, sino tam- bién a la sociedad urbana colonial, cuya incultura deja entender. No es cuestión para él de insistir sobre este punto —al contrario, él desarrollará más adelante en su carta un largo alegato en pro del desarrollo de los estudios en la Nueva España—, pero el riesgo de esta crítica aflora tanto más nítidamente por cuanto Rubio no llega totalmente a regocijarse por la orden expresa que se le ha dado de permanecer en México: «me respondía averlo pro- puesto a V. P. y ser su voluntad, despues de lo aver encomendado a nuestro Señor, que me
esté quedo en esta tierra, como estoy. Yo me he consolado con esta respuesta, y digo a V. P. que estoy muy contento» (Zubillaga 1956-1991,I: 385). En la continuación de la carta se es- fuerza en desmentir la idea de que sería orgulloso o desobediente: recuerda no solamente lo que ha hecho durante los ocho años pasados en México, sino que insiste mucho sobre su adhesión a la política lingüística que se establece en la provincia, insistiendo en el interés de contar con reclutas criollos: «[...] los que se reciben en la Compañia de los que están en los colegios, y son nascidos en la tierra, pruevan muy bien en el novitiado y estudios y sa- cerdotio; y ultra de ser muy aptos para la Compañia y amoldarse muy bien a nuestro insti- tuto, como experimentamos, son para la lengua, como yesca para el fuego, por averse criado en trato con los indios y mamado la aptitud de la lengua en la leche» (Zubillaga 1956-1991,
I: 388).
En su argumentación, Rubio insiste sobre su interés en recibir a estos últimos en la Compañía, pues ellos tienen aptitudes lingüísticas «naturales», han mamado de sus len- guas indígenas, y su eficacia frente a los indios no se vería sino acrecentada. A través de este discurso sobre la apertura y la eficacia buscada, se hace legible en este texto también una introducción de las jerarquías sociales propias del mundo colonial, en la que a la superio- ridad de los españoles correspondería la nobleza de los ministerios intelectuales. Rubio, que se propone perseguir ese ministerio, no puede disimular su aversión a las lenguas indí- genas, al mismo tiempo que recuerda su presencia en Tepotzotlán, junto a los novicios, y su sincero deseo de ayudarlos.
Esta carta señala, incontestablemente, un momento de crisis en la vida de Rubio y en sus relaciones con la Compañía: es interesante porque esclarece, mediante un testimonio personal, no solamente las dificultades concretas de la puesta en práctica de una política misionera, sino también sus límites. Si bien el 6 de enero de 1587 Rubio pronuncia el cuarto voto, lo cual sería la prueba de un cambio de actitud confirmado efectivamente por otras fuentes, un documento administrativo del mismo año lo describe, sin embargo, en Tepotzotlán, donde se consagra a su trabajo erudito, el comentario del corpus aristotélico. Unos años más tarde, en 1593, eleva el pedido a la congregación provincial de hacer su doc- torado de filosofía en la universidad de México: se convierte en doctor en el año siguiente. Ahora bien, esta voluntad de proseguir su formación intelectual y de verla sancionada por grados académicos puede ser interpretada como un eco de las posiciones expresadas en 1584. El hecho es que, solo en 1596, o sea veinte años después de su llegada a México, las fuentes señalan lacónicamente: «El P. Antonio Ruvio ha començado a deprender la lengua meicana, y confiessa ya en ella» (Zubillaga 1956-1991,VI: 144). Con Rubio se está, pues,