Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con ustedes para siempre. Juan 14:15
De esto somos testigos nosotros, y también lo es el Espíritu Santo, que Dios ha dado a los que le obedecen. Hechos 5:32
Además, había caído sobre todos ustedes un copioso derramamiento del Espíritu Santo; y, estando llenos de santo consejo, en celo excelente y piadosa confianza, extendían las manos al Dios Todopoderoso, suplicándole que les fuera propicio, en caso de que, sin querer, cometieran algún pecado. Clemente de Roma (30-100 d.C.)
Ahora bien, siendo la iglesia espiritual, fue manifestada en la carne de Cristo, con lo cual nos mostró que, si alguno de nosotros la guarda en la carne y no la contamina, la recibirá de nuevo en el Espíritu Santo; porque esta carne es la contrapartida y copia del espíritu. Ningún hombre que haya contaminado la copia, pues, recibirá el original como porción suya. Esto es, pues, lo que Él quiere decir,
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ESPÍRITU SANTO hermanos: Guarden la carne para que puedan
participar del Espíritu. Pero si decimos que la carne es la iglesia y el Espíritu es Cristo, entonces el que haya obrado de modo inexcusable con la carne ha obrado de modo inexcusable con la iglesia. Este, pues, no participará del espíritu, que es Cristo. Tan excelente es la vida y la inmortalidad que esta carne puede recibir como su porción si el Espíritu Santo va unido a ella. Segunda de Clemente (150 d.C.)
“Sé paciente y entendido,” dijo, “y tendrás dominio sobre todo lo malo, y obrarás toda justicia. Porque si eres sufrido, el Espíritu Santo que habita en ti será puro, no siendo oscurecido por ningún espíritu malo, sino que residiendo en un gran aposento se regocijará y alegrará con el vaso en que reside, y servirá a Dios con mucha alegría, teniendo prosperidad. Pero si sobreviene irascibilidad, al punto el Espíritu Santo, siendo delicado, es puesto en estrechez, no teniendo [el] lugar despejado, y procura retirarse del lugar porque es ahogado por el mal espíritu, y no tiene espacio para ministrar para el Señor como desea, ya que es contaminado por el temperamento irascible. Porque el Señor mora en la longanimidad, pero el diablo en la irascibilidad. Así pues, que los dos espíritus habiten juntos es inconveniente, y malo para el hombre en el cual residen… Porque cuando todos estos espíritus residen en un vaso en que reside también el Espíritu Santo, este vaso no puede contenerlos, sino que rebosa. El espíritu delicado, pues, no estando acostumbrado a residir con un espíritu malo, ni con aspereza, se aparta del hombre de esta clase, y procura residir en tranquilidad y calma. Entonces, cuando se ha apartado de aquel hombre en el cual reside, este hombre se queda vacío del espíritu justo, y a partir de entonces, siendo lleno de malos espíritus, es inestable en todas sus acciones, siendo arrastrado de acá para allá por los espíritus malos, y se ve del todo cegado y privado de sus buenas intenciones. Esto, pues, ha sucedido a todas las personas de temperamento irascible. Hermas (150 d.C.)
“¿Qué crees que te hará el Señor a ti, El, que te dio el espíritu entero, y tú lo has dejado absolutamente inútil, de modo que no puede servir para nada a su Señor? Porque su utilidad se volvió inutilidad cuando tú lo echaste a perder. ¿No va, pues, el Señor de este espíritu a castigarte [a ti con la muerte] por este hecho?” “Ciertamente,” le dije, “a todos aquellos a quienes Él halla persistiendo en la malicia, Él los castigará.” Hermas (150 d.C.)
Por otra parte, el Espíritu de Dios no está en todos los hombres, sino sólo con algunos que viven justamente, en cuya alma se hace presente y con la cual se abraza y por cuyo medio, con predicciones, anuncia a las demás almas lo que está escondido. Las
que obedecen a la sabiduría, atraen a sí mismas el espíritu que les es congénito; pero las que no obedecen y rechazan al que es servidor del Dios que ha subido, lejos de mostrarse piadosas se muestran más bien como almas que hacen la guerra a Dios. Taciano (160 d.C.)
Para ello el Señor prometió que enviaría al Paracleto que nos acercase a Dios. Pues, así como del trigo seco no puede hacerse ni una sola masa ni un solo pan, sin algo de humedad, así tampoco nosotros, siendo muchos, podíamos hacernos uno en Cristo Jesús, sin el agua que proviene del cielo. Y así como si el agua no cae la tierra árida no fructifica, así tampoco nosotros, siendo un leño seco, nunca daríamos fruto para la vida, si no se nos enviase de los cielos la lluvia gratuita. Pues nuestros cuerpos recibieron la unidad por medio de la purificación (bautismal) para la incorrupción; y las almas la recibieron por el Espíritu. Por eso una y otro fueron necesarios, pues ambos nos llevan a la vida de Dios.
Ireneo (180 d.C.)
Por eso Pablo dice a los corintios: “Les he alimentado con leche, no con pan, pues aún no podían digerirlo.” Quiere decir: han conocido la venida del Señor en cuanto hombre, pero aún no ha descansado en ustedes el Espíritu del Padre, dada nuestra debilidad. “Pues cuando hay envidia, discordia y disensiones entre ustedes, ¿no se mues- tran carnales y caminan según el hombre?. Es decir, el Espíritu del Padre aún no habitaba en ellos, debido a su imperfección y la debilidad de su conducta. El apóstol podía darles el alimento, pues todos aquellos a quienes los apóstoles imponían las manos recibían el Espíritu Santo, que es el alimento de la vida, pero ellos no eran capaces de recibirlo por su relación con Dios aún débil y sin ejercicio. Ireneo (180 d.C.)
Mas este Espíritu se une a la criatura al mezclarse con el alma; y así por la efusión del Espíritu, el hombre se hace perfecto y espiritual: y éste es el que ha sido hecho según la imagen y semejanza de Dios. Ireneo (180 d.C.)
De modo semejante los hombres, si por la fe se vuelven mejores y acogen el Espíritu de Dios, germinan como espirituales, como si hubiesen sido plantados en el paraíso. En cambio, si rechazan al Espíritu y perseveran en lo que eran antes, buscando más la carne que el Espíritu, entonces justamente se les aplica aquello: “La carne y la sangre no poseerán el reino de Dios.” Ireneo (180 d.C.)
Por eso el bautismo, nuestro nuevo nacimiento, tiene lugar por estos tres artículos, y nos concede renacer a Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo. Porque los portadores del Espíritu de
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